La recluté para el porno en la fiesta del pueblo
No tuve ninguna duda: era ella, aunque hubiera cambiado. Gesticulaba igual, se movía igual, solo que con varios kilos de más y una niña pequeña sentada en el carrito de la compra. Cinco años sin verla, los mismos que llevaba sin pisar el pueblo, y el sitio apenas había cambiado más que ella.
Me miraba de reojo y aceleraba el paso entre las estanterías. Fui detrás y rompí el hechizo.
—¡Cuánto tiempo! —dije.
—Per… perdona, no sé… —balbuceó.
—Soy Darío. No me digas que no te acuerdas. Tú eres Lara. Lara Vela.
—Lara Quiroga —me corrigió en voz baja, mirando a la niña—. Tengo que irme.
Y se fue a toda prisa, dejando el carrito a medio llenar, sin comprar nada, como si yo fuera un fantasma al que no quería darle la mano.
***
El lunes siguiente se lo conté a Nadia en el estudio. Llevábamos años montando juntos una productora pequeña, casera, de esas que graban en pisos prestados. Ella detrás de la cámara y yo, casi siempre, delante.
—¿A que no sabes a quién me crucé en mi pueblo? A Lara Vela.
—Claro que me acuerdo —dijo sin levantar la vista del monitor—. De las primeras que pasaron por aquí. Desapareció de un día para otro.
—Se largó con un chico del pueblo, por lo visto. Se casó, tuvo una hija.
—Vida nueva —murmuró Nadia—. Y eso que la chica trabajaba sin descanso.
Me quedé mirando la pantalla apagada y, sin querer, retrocedí cinco años. Hay cosas que uno entierra y que un encuentro tonto en un supermercado vuelve a desenterrar enteras.
***
La conocí en las fiestas de mi pueblo. Yo tenía casi cuarenta años y había vuelto de mala gana, por compromiso, a aburrirme entre orquestas y casetas. Ella tenía diecinueve, era delgada, morena, con unos ojos castaños y una cara de no haber roto nunca un plato que, en realidad, era pura fachada.
Me fijé en ella enseguida, en un bar de mala muerte donde yo iba a beber. El camarero, con el que ya había hecho migas, me siguió la mirada.
—Esa es la hija de Honorio, el carnicero —dijo bajando la voz—. Menudo elemento. Con lo bruto que es su padre, como se entere de la mitad de lo que se cuenta, la encierra.
—¿Y qué se cuenta?
—Que se sube al coche del primero que pasa. Que le gusta la marcha. Su padre, con el genio que tiene, un día la manda interna y se acabó.
No iba muy desencaminado. Dos noches después la vi salir del bar con un chico de pelo largo y moto. No sé qué me empujó a seguirlos con el coche. No fueron lejos, apenas un kilómetro, hasta un pinar a las afueras. Aparqué, bajé y caminé por el sendero como quien sale a fumar bajo la luna.
Los oí antes de verlos. Cuando llegué al claro, el chico ya se subía los pantalones. Se acercó a pedirme tabaco con esa chulería de los veinte años, le di un cigarrillo y, sin que viniera a cuento, soltó:
—Polvo echado, visita acabada —y se largó con un rugido de tubo de escape, dejándola allí tirada.
La encontré sentada en el suelo, mareada, buscando el bolso a tientas. Esta chica no debería irse sola así, pensé, aunque mis motivos no eran del todo nobles.
—¿Estás bien? Te acerco a casa, no estás para caminar.
La metí en el coche. Olía a vino y a pinar.
—El cabrón ese me deja tirada —murmuró—. En cuanto encuentre curro en la ciudad, me piro del pueblo y no vuelvo.
—¿Y de qué piensas trabajar?
—De lo que sea. Dejé los estudios. Hice un módulo de peluquería, pero lo odiaba.
Cuando paré donde me indicó, saqué una tarjeta de la productora y se la metí en el bolso.
—Detrás están los teléfonos. Cine para adultos. Ya eres mayor de edad. Piénsalo.
—¿De puta? ¿Quién te crees que soy? —dijo, y cerró la puerta de un portazo.
***
Me había olvidado del asunto cuando, un mes más tarde, me llegó un mensaje. Era ella. Había pensado lo de grabar, no se llevaba bien con sus padres, quería el dinero y la excusa para marcharse. Quedamos en la estación. Llegó con una mochila grande y la ropa arrugada de quien no piensa volver.
—He visto vuestra página —dijo en el coche—. En algunos vídeos sales tú.
—Somos pequeños, pero pagamos religiosamente. Eso te lo garantizo.
Cuando llegamos, Nadia la miró de arriba abajo con su frialdad habitual.
—No es de gama alta —me dijo aparte—. Pero tiene una cosa en la cara. Esa inocencia. Eso vende.
El problema era que el actor que iba a probarla nos había fallado a última hora. Nadia se encogió de hombros.
—Tendrás que hacerlo tú. Yo me ocupo de la cámara.
La idea no me desagradaba. A mis casi cuarenta todavía me sostenía un cuerpo decente, y sabía moverme delante y detrás del objetivo.
La mandamos a la ducha. Cuando salí a montar el set, ya estaba sentada en una silla, envuelta en un albornoz, secándose el pelo. Sobre la mesa había preservativos y un bote de lubricante. Los miró sin disimulo.
—¿Siempre con condón? —preguntó.
—Siempre. Y el final, en la cara o el cuerpo, nunca dentro.
—¿Y la pasta?
Nadia le enseñó los billetes. Ella se levantó, los contó, los guardó en la mochila y volvió a sentarse a esperarme. No es tan ingenua como parece, pensé. Mejor.
Salí sin rodeos. Ella miró mis tatuajes, miró el resto, y levantó una ceja con altanería de cría.
—¿Has probado alguna vez algo así? —le pregunté.
—Puede —dijo, fingiendo que nada la impresionaba.
La levanté de la silla, le abrí el albornoz despacio y la besé en el cuello hasta que se le erizó la piel. La giré de espaldas a la cámara, le hice abrir las piernas y la fui preparando con la mano, sin prisa, hasta que dejó de fingir indiferencia y empezó a respirar por la boca.
—Buen plano —dijo Nadia desde detrás del trípode.
La senté en el borde de la mesa, le separé las rodillas y seguí con la lengua donde antes habían estado los dedos. Lara echó la cabeza hacia atrás y se agarró al canto de la mesa. No gemía de mentira, como hacían otras para la cámara; soltaba el aire en sacudidas cortas, casi a su pesar, como si le molestara estar disfrutando de algo que había venido a hacer por dinero.
Me puse el preservativo y entré despacio, dejando que la cámara hiciera su trabajo, y luego ya no tan despacio. La mesa quedaba a la altura justa. Ella clavó los talones en mis caderas y dejó de mirar a ningún sitio. Cuando se corrió, no gritó ni exageró: solo exhaló, larguísimo, con los ojos vidriosos, y eso valía más que cualquier escándalo fingido. Terminé fuera, como mandaba la casa, y se fue derecha a la ducha sin decir palabra.
Aquel primer vídeo, subido esa misma noche, fue el que más comentarios reunió en mucho tiempo.
***
A los tres días volvió a escribir. Quería más dinero y, lo que era nuevo, quería volver a grabar. Le dije que ese día rodábamos con otra chica, una que se vengaba de un novio infiel, y que si quería podía pasarse a mirar. Apareció en media hora.
Esa tarde le presenté a Bruno, un habitual nuestro, ex militar, bajo pero fortísimo, de los que no fallan delante de la cámara. Lara se sentó en una esquina del pisito y no perdió detalle de la escena. Cuando salimos, me lo dijo sin pestañear, con esa lengua suya de barrio:
—Esa chica no se venga de nadie. Esa folla porque le gusta. Como yo.
La miré por el retrovisor. Ya no era la cría borracha del pinar. En pocos días había entendido las reglas del juego mejor que actrices con años de oficio.
—Tienes tres semanas buenas por delante —le dije—. Que sepas que mañana te toca con dos pata negra. Ven descansada.
***
Al día siguiente le esperaban Mateo y Aldo, lo mejor de nuestra cuadra. Mateo rondaba los cuarenta, serio, de cara dura y una cicatriz fina cruzándole la nariz, de esos hombres que sin ser guapos vuelven locas a las chicas. Aldo era todo lo contrario: veintitrés años, mulato, espectacular, una sonrisa de diablo y la costumbre de repetir «¡eso es!» cada dos frases hasta sacarte de quicio. Por separado eran un seguro de vida; juntos, un terremoto.
Estrenamos por fin la habitación con cama de verdad, en lugar de la mesa y la silla de los castings. Lara llevaba un vestido corto y nada debajo. Entró Mateo, se hicieron las presentaciones de rigor y la atracción se notó en el aire desde el primer segundo.
Mateo no perdió el tiempo. La besó con hambre mientras le subía el vestido, le dio la vuelta para la cámara y le marcó cada curva con las manos. Lara, que en el casting todavía dudaba, ahora atacaba con decisión, había aprendido a sostener la mirada al objetivo. Él la levantó en volandas, jugó con su boca y su cuerpo en una postura imposible, y luego la sentó a horcajadas sobre él, de pie, las piernas de ella cerradas en torno a su cintura. Lara se mecía y gemía como una gata, ya sin ningún pudor, hasta que se dejó ir entre temblores. Mateo terminó deprisa, casi con prisa de oficinista, y se duchó y se vistió en un visto y no visto.
—Tengo que pasar por casa y recoger a los críos —dijo poniéndose la cazadora, como si volviera de la oficina—. Buena chica. Aprende rápido.
***
Entonces entró Aldo, con su gorra al revés y su «¡eso es!» en la boca. Donde Mateo era seco y eficaz, Aldo era puro espectáculo. La rodeó como un animal estudiando a su presa, la besó largo, la hizo reír a su pesar y, cuando empezó de verdad, demostró por qué sus escenas se veían por miles.
La tumbó en la cama, le dobló las piernas y se entregó a ella con una paciencia que no esperaba de alguien tan fanfarrón. Lara dejó de actuar por completo. Tenía la mirada clavada en el techo, la respiración rota, el cuerpo entero tensándose en oleadas. Yo me acerqué con la cámara al hombro y capté el momento exacto en que perdía el control, los ojos cerrados, un grito largo que retumbó en toda la habitación. Después él se levantó, terminó como sabía, mirando al objetivo con esa sonrisa suya, y se metió en la ducha silbando, dejando la puerta abierta, fiel a su gusto por exhibirse.
—Es una bomba —le oí decir a Nadia mientras Lara se limpiaba en el baño.
—Es un cerdo —respondió Lara, pero estaba sonriendo.
***
No tardé en tener noticias de mi padre. Alguien le había enseñado los vídeos en el pueblo y me llamó para decirme que era una vergüenza, que no se me ocurriera volver, que me había aprovechado de la hija del carnicero. Me dijo que la herencia entera sería para mis hermanos. Yo, la oveja negra. Lo curioso es que él se había bebido la vida entera y nunca le tembló la mano para señalar a nadie.
Mi tío, en cambio, me llamó muerto de risa.
—En el pueblo te admiran y te matarían a partes iguales —me dijo—. Encima convenciste a esa chica. ¿De dónde sacas el cuajo?
A Lara, en los meses siguientes, se la rifaron medio plató y media ciudad. Trabajó hasta hartarse y un día, sin avisar, desapareció. Solo años después supe que se había casado y que tenía una niña.
***
El tres de noviembre del año pasado volví al pueblo para enterrar a mi padre. A la vuelta, en la carretera, un camión se me echó encima en el lateral. Hubo quien dijo que no fue un accidente. No tengo manera de probarlo.
Escribo esta confesión desde una silla de ruedas. Sigo viviendo del porno, produciendo lo que ya no puedo protagonizar, porque mi cuerpo dejó de servir para eso aquella noche en la carretera. A veces pienso en Lara empujando aquel carrito, en cómo bajó la mirada y salió corriendo. Y entiendo que ninguno de los dos quería recordar quiénes fuimos. Yo, al menos, ya no tengo escapatoria: lo arrastro conmigo a todas partes, en estas dos ruedas.