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Relatos Ardientes

Mi padre y mi amante eran amigos y no lo sabía

Me llamo Mariana y acababa de cumplir diecinueve años cuando todo esto pasó. Soy de piel trigueña, con el pelo castaño oscuro recogido casi siempre en una coleta floja, y bajita: no llego al metro sesenta. Tengo curvas suaves, esas que durante mucho tiempo me incomodaron y que con el tiempo aprendí a llevar con cierto orgullo. Trabajaba en una panadería del barrio, amasando desde el amanecer, atendiendo el mostrador y, por las tardes, repartiendo pedidos en una bicicleta vieja que chirriaba en cada bache. No era el sueño de nadie, pero pagaba mis cosas y me mantenía con los pies en la tierra.

Todo cambió un par de meses antes, cuando conocí a Gustavo. Era un hombre de cuarenta y siete años, jefe de turno en una empresa de logística de las afueras. Alto, de hombros anchos, con el pelo corto ya entrecano y unas manos grandes de quien ha trabajado siempre. Nos cruzamos un mediodía en que su equipo encargó media docena de bandejas de empanadas para celebrar no sé qué. Fui yo quien hizo la entrega, cargando las cajas tibias contra el pecho.

Cuando llegué a la recepción del almacén, él estaba ahí, firmando el albarán con una media sonrisa que me puso nerviosa sin razón aparente.

—Gracias, preciosa —me dijo, y deslizó un billete de propina que era casi tan grande como el pedido.

Charlamos mientras yo descargaba las bandejas. Antes de irme me pidió el número.

—Para el próximo encargo —bromeó, pero sus ojos contaban otra historia.

Desde ese día empezamos a escribirnos. Al principio eran mensajes inocentes, después cenas rápidas cuando yo salía del turno de la tarde. Poco a poco Gustavo se convirtió en algo que nunca había tenido: alguien que me llevaba a sitios bonitos, que me regalaba ropa y pequeñas joyas que jamás habría podido pagarme con mi sueldo. Me hacía sentir deseada, mirada de una forma distinta. Nuestras citas terminaban siempre entre besos largos y caricias que me dejaban temblando en el asiento del coche. Él sabía exactamente dónde poner las manos, cómo meterme los dedos por debajo de la falda hasta encontrarme el coño empapado, cómo hacerme correr apretando la boca contra su hombro para que no me oyeran en la calle.

Un viernes por la noche me llamó con la voz cargada de entusiasmo.

—Mariana, hay una reunión en casa de un amigo. Gente de mi mundo, una parrillada, música. ¿Te animas a venir conmigo? Quiero presentarte.

Me ilusioné como una tonta. Nunca había ido a una fiesta de adultos como esa, con su grupo de siempre.

—Claro que sí —respondí enseguida.

Me puse un vestido que él me había regalado: rojo, ceñido a las caderas, con un escote que dejaba ver lo justo. Me delineé los ojos con cuidado y solté el pelo para que cayera en ondas. Quería estar a la altura. Debajo del vestido me puse un tanga negro de encaje, también regalo suyo, y ningún sujetador: sabía que a Gustavo le gustaba notarme los pezones marcados bajo la tela.

***

Gustavo pasó a buscarme en su sedán oscuro. En cuanto me senté, me besó como si llevara días sin verme, con la mano apoyada en mi muslo, subiendo despacio hasta rozarme la ingle por encima del vestido.

—Estás increíble —murmuró—. Me vas a volver loco esta noche.

Condujimos por las avenidas iluminadas, pero a unas cuantas calles de la casa giró hacia una callejuela en penumbra, junto a un parque cerrado. Apagó el motor.

—No puedo esperar a llegar —dijo con la voz ronca—. Necesito que me la chupes ahora.

El corazón se me disparó. Me incliné sobre él y le desabroché el cinturón con dedos torpes, después el botón y la cremallera. Se levantó un poco del asiento para que le bajara el pantalón y el bóxer hasta los muslos, y su polla saltó afuera, dura, gruesa, con la punta ya brillando de una gota de precorrida. La tomé en la mano y la sentí latir contra mi palma, caliente, pesada. Se la bombeé despacio, apretando en la base, viendo cómo la piel se tensaba y la punta se ponía morada.

—Hazlo, por favor —pidió, y yo no necesité que insistiera.

Bajé la cabeza y saqué la lengua para lamerle primero la punta, recogiendo aquella gota salada. Le di un beso húmedo en el glande y después me lo metí entero en la boca, despacio, sintiendo cómo me llenaba hasta rozarme la garganta. Empecé a subir y bajar, cerrando los labios apretados alrededor de la verga, ayudándome con la mano en lo que no me cabía. Cada vez que llegaba abajo respiraba por la nariz y aguantaba unos segundos con toda su polla dentro, hasta que se me llenaban los ojos de agua.

—Así, justo así —jadeó, con la voz rota—. Cómo mamas, joder, cómo me la mamas.

Su mano se enredó en mi pelo y me marcó el ritmo sin forzarlo. Yo saqué la lengua y le lamí por debajo, desde los huevos hasta la punta, con lametones largos y descarados, dejándole toda la polla brillante de saliva. Le tomé los cojones en la palma y se los apreté con cuidado mientras seguía chupando la punta con los labios cerrados, haciendo ese ruidito de succión que a él siempre lo ponía loco.

—Métetela otra vez, entera, guarra, así, así —gemía, empujando la cadera hacia arriba.

Lo sentí palpitar contra mi lengua, hincharse todavía más, y aceleré. Salivé a propósito, dejé que se me escurriera por la barbilla, y bombeé con la mano al mismo tiempo que subía y bajaba con la boca. Tenía las piernas apretadas debajo del vestido, el tanga hecho un desastre, el clítoris hinchado latiendo cada vez que él gemía. Me metí la mano libre entre las piernas y me toqué por encima de la tela empapada, frotándome mientras se la chupaba.

Antes de que perdiera del todo el control, Gustavo me levantó la cabeza con suavidad, tirándome del pelo, y me besó con hambre, invadiéndome la boca, saboreándose a sí mismo en mi lengua. Con la otra mano me bajó el escote de un tirón y me sacó las tetas al aire. Bajó la cabeza y se las metió en la boca una detrás de otra, chupándome los pezones hasta dejármelos duros como piedras, mordisqueándolos hasta que se me escapó un gemido y arqueé la espalda contra el respaldo. Le agarré la mano y me la llevé entre las piernas. Él apartó el tanga de un lado y me hundió dos dedos en el coño sin previo aviso, hasta el fondo, haciéndome jadear contra su boca.

—Estás chorreando, cerda —susurró contra mi piel—. Toda mojada por chuparme la polla.

Me movía los dedos dentro con fuerza, entrando y saliendo, mientras con el pulgar me daba círculos en el clítoris. Yo movía las caderas contra su mano, montándole los dedos, con las tetas fuera del vestido y los labios abiertos contra su cuello. Sentía que me iba a correr de un momento a otro, apretándole los dedos con el coño, cuando de golpe los sacó.

—Eres perfecta —susurró, chupándose los dedos delante de mí, saboreándome—. Pero se contuvo. Se recompuso entre risas y me ayudó a arreglarme el vestido, a meterme las tetas otra vez debajo de la tela.

—Guárdate el resto para después de la fiesta —dijo—. Te la voy a meter hasta el fondo cuando volvamos.

Me limpié la boca con el dorso de la mano, con las mejillas ardiendo, el sabor de él todavía en los labios y el coño palpitando entre las piernas, y seguimos camino.

***

La casa era grande, en un barrio tranquilo, con luces colgadas en el jardín y música saliendo del fondo. Gustavo me tomó de la mano y empezó a presentarme a sus amigos: hombres de su edad, cerveza en mano, hablando de trabajo y de fútbol. Yo sonreía un poco fuera de lugar con mi vestido rojo entre tanta camisa informal, muy consciente de que no llevaba sujetador y de que todavía tenía las bragas hechas un asco.

—Ella es Mariana, mi novia —dijo él, y todos me saludaron con amabilidad.

Y entonces lo vi.

Mi padre, Ramón, estaba de pie junto a la parrilla con una cerveza en la mano, riéndose dentro de un corro. Llevaba su camisa a cuadros de siempre. No podía ser. ¿Qué hacía él en esa casa? Gustavo notó cómo se me congelaba la cara.

—¿Qué pasa, cariño? —preguntó.

No alcancé a responder. Mi padre giró la cabeza y nos vio. Abrió los ojos como platos, dejó la cerveza sobre la mesa y vino hacia nosotros.

—¡Mariana! ¿Qué demonios haces tú aquí? —exclamó.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. No sabía dónde meterme.

—Ramón, viejo, ¿conoces a Mariana? —preguntó Gustavo, desconcertado, apretándome la mano.

—¡Claro que la conozco! Es mi hija —rugió mi padre, con la cara roja de rabia.

El jardín entero pareció bajar el volumen de golpe. Todos miraban.

—¿Qué significa esto, Gustavo? ¿Estás saliendo con mi hija? —siguió—. ¡Si es una cría!

Gustavo palideció.

—Ramón, tranquilízate. No tenía ni idea de que fueras su padre. Llevamos un par de meses, va en serio.

Mi padre lo señaló con el dedo, fuera de sí.

—¡En serio! Si tienes mi misma edad, hombre. ¿Qué pretendes, comprarla a base de regalos?

Yo solo quería desaparecer. Para mi padre yo seguía siendo la que se levantaba de madrugada en la panadería para ahorrar y, algún día, estudiar.

Gustavo levantó las manos, conciliador.

—Escucha, Ramón, no es lo que estás pensando. Mariana es mayor de edad. La respeto, y decide ella.

Mi padre bufó, pero dos de sus amigos se metieron en medio.

—Venga, Ramón, no montes un número en plena fiesta. Habladlo con calma.

Se apartaron a un rincón del jardín, discutiendo en voz baja. Yo me quedé sola, temblando, fingiendo interés en un plato de comida que ni toqué. Llegaban fragmentos sueltos: «esto no está bien», decía mi padre; «es su vida», contestaba Gustavo. Acabaron calmándose con un par de palmadas tensas en la espalda, pero el aire seguía cargado. La fiesta continuó y yo apenas hablé, esquivando la mirada de mi padre toda la noche.

***

Horas más tarde, Gustavo me dijo que era hora de irnos. En el coche, el silencio pesaba como una losa, pero antes de arrancar del todo giró por una calle lateral y aparcó bajo unos árboles, lejos de las farolas.

—Lo siento, Mariana. No tenía ni idea —murmuró—. Jamás habría imaginado que erais familia.

—No sabía que erais amigos —respondí yo, hundida—. Me muero de vergüenza.

Me acarició la rodilla, después el muslo, y me subió el vestido hasta la cintura.

—Ven aquí. Te prometí algo antes de la fiesta.

No sé si fue la adrenalina de todo lo que había pasado, la rabia, la humillación, o simplemente que llevaba toda la noche con el coño ardiéndome bajo el vestido, pero me pasé al asiento del conductor y me senté a horcajadas encima de él, aplastándole la polla, que ya volvía a estar dura debajo del pantalón. Me besó con desespero, apretándome las nalgas con las dos manos por debajo del vestido, arrancándome el tanga de un tirón hasta romperlo. Lo tiró al suelo del coche.

—Sácamela —le pedí al oído, con la voz rota—. Métemela ya, Gustavo, por favor.

Se bajó los pantalones y el bóxer hasta las rodillas mientras yo le devoraba la boca. Le agarré la polla, la coloqué entre mis labios mojados y me deslicé encima despacio, sintiendo cómo me abría entera, cómo me llenaba centímetro a centímetro hasta que mis nalgas chocaron contra sus muslos. Se me escapó un gemido largo, pegado a su cuello.

—Dios, qué apretada estás —jadeó él, agarrándome de las caderas—. Móntamela, guarra, cabálgamela hasta el fondo.

Empecé a moverme encima de él, subiendo y bajando, apoyándome con las manos en el respaldo del asiento. Sentía la verga entera entrar y salir, rozándome por dentro en todos los sitios buenos. Gustavo me subió el vestido del todo, me sacó otra vez las tetas y se metió un pezón en la boca, chupándomelo con fuerza mientras me embestía desde abajo, clavándomela con golpes secos que me hacían rebotar en su regazo.

—Así, papi, así, dame más —le supliqué sin pensar—. Fóllame, fóllame fuerte.

El coche se meneaba con nosotros, los cristales empezaron a empañarse. Le agarré la cara con las dos manos y lo besé mientras seguía cabalgándolo, moviendo las caderas en círculos, sintiendo cada centímetro de su polla frotándome el clítoris cada vez que bajaba a fondo. Él me daba palmadas en el culo, cachetes secos que me hacían apretarlo por dentro sin querer.

—Date la vuelta —me ordenó de repente.

Me levanté con las piernas temblando y me di la vuelta, apoyando las manos en el volante y las rodillas separadas sobre el asiento, con el culo empinado hacia él. Me agarró las caderas y me la metió de un empujón hasta el fondo, arrancándome un grito ahogado. Empezó a follarme así, de perrito y sentado, sujetándome fuerte de la cintura, embistiéndome desde atrás mientras yo veía nuestros reflejos borrosos en el parabrisas.

—Mírate, Mariana, mírate cómo me la montas después de la que has liado —me susurró al oído, echándose hacia adelante contra mi espalda—. Toda una señorita con tu padre delante y ahora con mi polla hasta la garganta del coño.

—Cállate y sigue, no pares —jadeé, apretando el volante.

Me pasó una mano por delante, me buscó el clítoris con dos dedos y empezó a frotármelo en círculos rápidos mientras me embestía. Con la otra mano me apretaba una teta, me pellizcaba el pezón. Yo empujaba el culo hacia atrás para encontrarme con sus caderas, chocando piel contra piel, oyendo el ruido húmedo de su polla entrando y saliendo de mi coño empapado.

—Me corro, me corro, Gustavo —gemí, con las piernas ya sin fuerzas—. Ay, joder, me corro.

—Córrete, mi amor, córrete en mi polla —me gruñó, follándome más rápido.

El orgasmo me estalló entera, en oleadas, con el coño apretándole la verga en espasmos que me hacían temblar de arriba abajo. Me mordí el labio para no gritar demasiado y me dejé caer hacia adelante, con la frente contra el volante, mientras él seguía embistiéndome sin piedad.

—Voy yo, voy yo —jadeó a los pocos segundos—. ¿Dónde te la echo?

—Dentro, córrete dentro —le dije sin pensar, todavía temblando.

Me agarró las caderas con las dos manos y se enterró hasta el fondo, apretándome contra él, y sentí cómo su polla se hinchaba y latía dentro de mí, escupiendo chorros calientes de semen que me llenaron por completo. Se quedó ahí, dentro, jadeando contra mi nuca, mientras yo notaba cómo se derramaba entre mis piernas.

Nos quedamos un rato así, encajados, respirando, sin decir nada. Después me levanté con cuidado y sentí su corrida escurriéndose por la cara interna de mis muslos hasta el asiento. Me limpié como pude con el tanga roto y me acomodé el vestido. Gustavo me besó la frente.

—Guarda esto para ti —murmuró, todavía con la voz ronca—. Pase lo que pase.

Llegamos a mi casa, un apartamento pequeño cerca del centro. La luz de la sala estaba encendida: mi padre ya había vuelto y me esperaba con los brazos cruzados. Gustavo me dejó en la puerta.

—Adiós, cariño. Llámame mañana —dijo, pero yo apenas le contesté un «buenas noches», con las piernas todavía flojas y su semen todavía caliente entre los muslos.

Entré y mi padre estalló.

—¡Mariana, siéntate ahora mismo! ¿Qué es esa relación con Gustavo? ¡Es mi amigo de toda la vida y tú andas con él!

Me senté en el sofá, con las manos en el regazo, apretando las piernas.

—Papá, por favor, no es para tanto. Solo salimos.

—¿Solo salimos? ¡Te vi en su coche antes de entrar a la fiesta! ¿Qué hacíais ahí parados?

Bajé la mirada, recordando todo lo que había pasado en aquella callejuela y lo que acababa de pasar unos minutos antes en la calle lateral.

—Nada malo, papá. Me quiere.

Él se paseaba de un lado a otro, sin poder estarse quieto.

—Te compra cosas, ¿verdad? Ese vestido, los zapatos, todo. Yo creía que era tu sueldo de la panadería, pero no. ¡Es su dinero!

Las lágrimas empezaron a rodarme por las mejillas.

—Papá, ya soy adulta. Sé lo que hago.

—¡Adulta! Es un hombre que me dobla la edad a ti, Mariana. Termina con él. No quiero verte más a su lado, ¿me oyes?

Discutimos casi media hora. Él gritaba sobre mi futuro, sobre cómo aquel hombre me estaba apartando de mi camino. Yo lloraba y defendía a Gustavo, pero al final cedí, agotada.

—Está bien, papá. No lo veré más.

***

Han pasado varias semanas desde aquella noche. No he vuelto a hablar con Gustavo; bloqueé su número por orden de mi padre, que ahora vigila cada uno de mis pasos. He vuelto a mi rutina en la panadería, a repartir sola en la bicicleta vieja, sin regalos y sin aquellos besos que me hacían olvidar el cansancio.

A veces, cuando cierro los ojos de madrugada antes de que suene el despertador, todavía siento el calor de aquel coche a oscuras, la polla de Gustavo abriéndome por dentro y su voz diciéndome que era perfecta. Me meto la mano entre las piernas debajo de las sábanas y me toco pensando en él, corriéndome sola y mordiendo la almohada para que mi padre no me oiga desde el otro cuarto. Me duele el corazón, no lo voy a negar. ¿Habré dejado escapar algo o me habré salvado de algo? Esa pregunta no me la responde nadie.

Por ahora, esto es todo lo que tengo: una aventura que empezó en un mostrador, terminó en la fiesta más incómoda de mi vida y me dejó una lección que aún no sé del todo si quiero aprender.

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Comentarios(8)

Meli_mdz

Dios mio que situacion!!! no me imagino lo que sintio en ese momento, me dejo sin palabras

lector_cba

Por favor que venga la segunda parte, no puedo quedarme con esa escena en la cabeza sin saber como termino todo

CuentoFan_baires

Me enganche desde el principio. Hay algo en los relatos de confesiones que se siente distinto, mas genuino. Este en particular tiene mucha tension bien manejada.

AndreaMir

jajajaja la situacion mas incomoda posible y la narraron con tanto detalle... excelente!!!

Romina_Cba

Tremendo giro sorpresa, no lo vi venir para nada. Muy buen relato!

JorgeDelSur

El momento en que lo vio adentro debe haber sido como una pared de hielo. Muy bien contado, se siente completamente real.

Facu_Cba

sigue asi, quiero leer mas cosas de este estilo

NachoPaz

Me pregunto como manejaste despues la situacion con tu padre... eso queda pendiente para la proxima entrega jaja

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