Mi cliente del martes pidió algo más que un masaje
Me llamo Daniela y lo que voy a contar pasó hace poco más de una semana. No es una fantasía ni algo que leí; es algo que me sucedió a mí, y sigo dándole vueltas en la cabeza cada vez que entro a mi cuarto de trabajo.
Antes de seguir, dejen que me describa, para que se hagan una idea. Tengo treinta y dos años, mido poco más de un metro sesenta, soy delgada, de piel morena clara y pelo ondulado que casi siempre llevo recogido cuando trabajo. No tengo mucho pecho, pero sí una cola firme y respingada que, lo admito, me ha valido más de una mirada que finjo no notar.
Me dedico a las terapias de relajación: meditación, sanación y masajes. Tengo un pequeño local a dos cuadras de mi casa, con una camilla, velas, aceites tibios y música baja. Siempre fui muy profesional. Mi regla número uno, la que me repito como un mantra, era no enredarme jamás con un cliente. Nunca. Hasta ese martes.
***
Esa tarde tenía agendado a un muchacho que ya había venido un par de veces antes. Lo llamaré Marcos. Es un hombre normal, de esos que no llaman la atención por la calle, pero que de cerca tienen algo: huele bien, sonríe con calma, te mira a los ojos al hablar. Las veces anteriores no había sentido nada raro. Esta vez fue distinto desde que cruzó la puerta.
Me saludó con un beso en la mejilla, como siempre, y se me erizó la piel entera. Fue absurdo, casi vergonzoso. Disimulé, le ofrecí agua, le indiqué que se quedara en ropa interior y que se recostara boca abajo en la camilla mientras yo preparaba los aceites.
—¿Mucha tensión esta semana? —pregunté, por decir algo, mientras me frotaba las manos para calentarlas.
—En los hombros, sobre todo —respondió él, ya acostado, con la voz amortiguada contra la toalla.
Empecé por ahí. Apoyé las palmas en sus omóplatos y empujé despacio, buscando los nudos. Tenía la espalda ancha, la piel tibia, y soltaba de vez en cuando un gemido bajo, a medio camino entre el dolor y el alivio. Yo seguía el ritmo de su respiración, subiendo y bajando por la columna, y trataba de concentrarme en lo que hacía. Pero algo en mí ya no estaba concentrado en el trabajo.
El aceite calentaba bajo mis manos y la habitación olía a lavanda. Cada vez que apretaba los músculos de su cuello, él dejaba escapar un suspiro que me erizaba la nuca. Hubo un momento en que me sorprendí a mí misma demorándome más de la cuenta en la curva de sus hombros, solo por el gusto de tocarlo, y tuve que recordarme dónde estaba y qué se suponía que hacía.
Solo es un masaje. Solo es un cliente.
Me lo repetí varias veces. No sirvió de nada.
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Bajé hacia las piernas. Le pasé el aceite por las pantorrillas, por la parte de atrás de los muslos, y noté que cada vez que subía me acercaba un poco más a la entrepierna, sin llegar del todo, rozando apenas el borde de su bóxer. Lo hacía despacio, midiendo cada movimiento, atenta a cómo reaccionaba su cuerpo. Y reaccionaba. Apretaba un poco los puños, contenía la respiración cuando mis dedos subían demasiado.
Seguí así un buen rato, fingiendo que era parte de la sesión, aunque los dos sabíamos que ya no lo era del todo. Terminé la espalda, las piernas, la nuca, y entonces le pedí que se girara.
—Date la vuelta, que sigo por delante.
Se giró. Y ahí estaba, imposible de ignorar: un bulto firme tensando la tela del bóxer. Verlo así, excitado solo por mis manos, me prendió por dentro. Sentí cómo me empezaba a humedecer, y tuve que tragar saliva para que no se me notara en la cara.
Continué como si nada. Le esparcí aceite por el pecho, por los brazos, me detuve en el cuello y en las clavículas. El bulto no bajaba; al contrario. Era evidente que tenía una erección, y yo no podía dejar de mirarla de reojo cada vez que me inclinaba sobre él.
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Bajé otra vez hacia los pies, masajeé los empeines, los tobillos, las plantas. Y al subir por las piernas volví a acercarme a su entrepierna, esta vez más decidida, hundiendo los dedos en la cara interna del muslo, justo al lado de donde la tela se levantaba. Sentí cómo su sexo se movió, vivo bajo el algodón. Volví a subir. Volvió a moverse. Hubo un instante en que hizo el gesto de querer quitarse el bóxer, pero se frenó, como esperando que fuera yo quien diera el paso.
Y lo di.
Con la palma abierta, por encima de la tela, le pasé la mano por toda la longitud. Estaba durísimo. Él no abrió los ojos; solo sonrió, apenas, una sonrisa de complicidad que me dijo todo lo que necesitaba saber. Volví a hacerlo, esta vez apretando, sintiendo la firmeza bajo mis dedos. Soltó un suspiro largo y echó la cabeza hacia atrás.
Ya no había vuelta atrás. Le bajé el bóxer despacio. Su sexo saltó hacia afuera, limpio, depilado, con la punta brillante. No era ni enorme ni pequeño; era exactamente del tamaño que cabe entero en la boca, y eso fue lo que hice. Me incliné y empecé a chupárselo de una forma que ni yo me reconocía. Lo tomaba hasta el fondo, lo soltaba, le daba pequeños lametones en la punta y volvía a hundirlo. Él me puso la mano en la nuca, sin forzar, solo acompañando, y yo perdí por completo el control.
***
De pronto se incorporó. Me tomó de la cara y me besó con una urgencia que me dejó sin aire. Me agarró las nalgas con las dos manos, las apretó, y me habló al oído con la voz ronca.
—Tienes un culo precioso —murmuró—. Llevo semanas pensando en esto.
Esas palabras me derritieron. Seguimos besándonos mientras él me iba quitando la ropa con una calma que contrastaba con la prisa de antes. Quedé en tanga y sostén sobre la camilla. Bajó la boca a mis pechos y los chupó despacio, alternando entre uno y otro, mientras una de sus manos bajaba entre mis piernas. Me encontró empapada. Pasó los dedos por encima de la tela, luego la apartó, y empezó a acariciarme el clítoris con una paciencia que me hacía temblar.
—Siéntate aquí —dijo, dando una palmada al borde de la camilla.
Me senté. Me abrió las piernas y bajó la cabeza. Lo que vino después no tengo cómo describirlo bien: me comió con una habilidad que no había sentido nunca. Alternaba la lengua plana con la punta, subía y bajaba sin prisa, y cuando notaba que estaba a punto se detenía un segundo, solo para volver a empezar y dejarme al borde otra vez. Me corrí dos veces seguidas contra su boca, agarrándome del borde de la camilla, mordiéndome el labio para no gritar demasiado fuerte y que se escuchara desde la calle.
Cuando levantó la cara, tenía una sonrisa tranquila, casi de orgullo, y se relamió sin dejar de mirarme. Yo temblaba todavía, con las piernas flojas, sin entender en qué momento había dejado de ser la profesional de siempre para convertirme en esto.
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—Ven —dijo, tumbándose de nuevo—. Quiero sentirte completa.
Hicimos un sesenta y nueve. Mientras yo volvía a su sexo, él me lamía con una entrega que me hacía perder el ritmo. En un momento me susurró, entre lametones, que desde la primera sesión había sabido que algún día iba a pasar esto. Que llevaba semanas inventando excusas para volver.
No aguanté más. Me incorporé, me senté a horcajadas sobre él y le tomé el sexo con la mano para guiarlo. Lo sentí entrar despacio, abriéndose paso, y me quedé quieta unos segundos, disfrutando de tenerlo dentro. Entonces me dio una palmada en la nalga y empecé a moverme.
Fue cuestión de medio minuto. Me vine otra vez, fuerte, clavándole las uñas en el pecho. Él se dio cuenta y, sin sacarla, me hizo girar.
—Ponte en cuatro —ordenó.
***
Obedecí. Me apoyé sobre los codos y él entró de nuevo, esta vez con fuerza, bombeando con un ritmo que me hacía morder la toalla. Mientras me embestía, una de sus manos seguía trabajándome el clítoris, y con la otra empezó a lubricar más arriba, en un lugar donde nunca había dejado entrar a nadie. Metió un dedo. Luego dos. Dolía un poco, pero el dolor se mezclaba con el placer de una manera nueva, y no le pedí que parara.
Dejó de penetrarme. Cambió de posición y sentí la punta de su sexo apoyándose justo ahí.
—Qué apretado —dijo bajito—. Quédate quieta.
Empujó despacio. Al principio me tensé, me ardía, y él se detuvo apenas pasó la punta. Esperó. Me acarició la espalda, me dio tiempo a acostumbrarme, y cuando notó que me relajaba, empezó a entrar y salir milímetro a milímetro, cada vez un poco más profundo. El ardor fue cediendo y dio paso a algo intenso, distinto a todo lo que conocía. Terminó dentro, sosteniéndome de las caderas, y se quedó así unos segundos, respirando contra mi espalda.
***
Nos quedamos un rato tumbados, recuperando el aire, sin decir gran cosa. Él se vistió, me dio un beso en la frente y se fue como si hubiera venido a una sesión cualquiera. Yo me quedé sentada en la camilla, con las velas todavía encendidas y la regla que me había repetido durante años hecha pedazos en el suelo.
Ayer me escribió. Quiere otra cita, otro masaje. Le dije que sí, que lo recibiría de una forma especial. No le conté lo que tengo pensado, pero sé que esta vez no voy a fingir que es trabajo.
Sé que está casado. No me importa. No busco quitárselo a nadie ni que esto sea más de lo que es. Es solo deseo, algo entre los dos, cuando los dos queramos. Y mientras dure, pienso disfrutarlo sin culpa.