Lo que pasó en nuestra primera noche de intercambio
Llevábamos meses sin hacer nada fuera de lo común, así que decidimos escaparnos un fin de semana a Sevilla a ver qué nos deparaba la suerte. Reservamos un hotel coqueto, llegamos el sábado al mediodía y nos instalamos sin prisa. El sitio quedaba cerca de un club de intercambios que habíamos encontrado por internet semanas atrás.
Éramos completamente nuevos en ese mundo, de modo que nos habíamos pasado varias noches leyendo foros para no quedar como dos pardillos en cuanto cruzáramos la puerta. No buscábamos sexo a cualquier precio. Queríamos algo que nos convenciera, gente con la que estuviéramos cómodos, sin presiones. Comimos tranquilos, paseamos como dos turistas más, nos arreglamos con calma y, después de cenar algo ligero, nos fuimos hacia el local.
Pagamos la entrada y nos recibió un lugar mucho más cuidado de lo que esperábamos. Una chica de la casa nos enseñó las instalaciones, seguramente porque se nos notaba a kilómetros que era nuestra primera vez. No estaba lleno, pero había un buen número de parejas, alguna mujer sola y un par de chicos que, si no trabajaban allí, poco les faltaba. No voy a mentir: estábamos nerviosos, sin saber muy bien cómo movernos. La gente se comportaba con discreción, nada escandaloso, solo el ir y venir tranquilo de parejas hacia las zonas reservadas.
Nos acomodamos en la barra, pedimos un par de copas y nos dedicamos a observar el ambiente. Al fondo, casi escondida, había una pareja joven. No tendrían más de treinta y pocos años, bien vestidos, atractivos y, sobre todo, tan nerviosos como nosotros. Lucía me preguntó al oído si nos acercábamos. Asentí, y nos dirigimos hacia ellos. Fue mi mujer la que rompió el hielo.
—Hola, ¿es vuestra primera vez, como la nuestra?
Se quedaron un poco cortados, pero ella reaccionó enseguida.
—¿Tanto se nos nota?
—Bueno, imagino que igual que a nosotros —respondió Lucía con una sonrisa.
Empezamos a charlar de cosas sin importancia hasta llegar al motivo que nos había llevado a todos a ese sitio. Se llamaban Adrián y Noelia, los dos de treinta y seis años, novios desde la adolescencia y conviviendo desde hacía casi una década. Altos, guapos, educados y con sentido del humor, pero a la vez discretos. Habían venido desde Zaragoza buscando algo nuevo, conocer gente, probar sin compromiso.
Por nuestra parte fuimos sinceros. Les contamos qué tipo de relación teníamos y que buscábamos una aventura concreta. Lucía les explicó que nuestro objetivo principal era encontrar a un hombre con una polla adecuada para el sexo anal, algo que conmigo le resultaba imposible. Se miraron y sonrieron, como si la idea les gustara. Confesaron que ellos lo practicaban de vez en cuando, aunque no tanto como a Adrián le habría gustado.
Nuestro punto débil era la edad. Casi les doblábamos los años, y aunque nuestros cuerpos no lo aparentaban, no sabíamos si de verdad les atraíamos. Cuando nos habían enseñado las instalaciones vimos un pequeño spa con piscina, así que les propuse darnos un chapuzón, relajarnos y decidir allí si seguíamos adelante. Con algo de dudas, aceptaron.
Un empleado nos indicó dónde dejar la ropa, nos entregó un albornoz y unas zapatillas, y nos explicó las normas. Se les veía tímidos: era, probablemente, la primera vez que iban a desnudarse del todo delante de desconocidos. Por suerte estábamos solos en el spa; a esa hora, nos dijo, siempre había tranquilidad. Nos acercamos al borde de la piscina, nos quitamos el albornoz, dimos media vuelta para que nos vieran bien y nos metimos en el agua.
Tanto Adrián como Noelia nos repasaron de arriba abajo antes de entrar, como quien hace un inventario. Él no perdió detalle del cuerpo de mi mujer, y ella clavó la mirada en mi polla con una sonrisa que lo decía todo.
—La verdad es que no aparentáis la edad que tenéis —comentó Noelia.
Últimamente mi afición por el gimnasio había tonificado mi cuerpo y borrado la pequeña barriga que arrastraba desde hacía años. Desde el agua los animamos, y con algo de vergüenza dejaron caer los albornoces.
Adrián tenía un cuerpo atlético, alto, de músculos bien marcados. Lo primero que hizo Lucía fue mirarle la entrepierna; la polla se le escondía entre el vello, abundante y al natural, nada que ver con mi depilado. Después fue Noelia quien se descubrió. Alta como él, figura de gimnasio, poco pecho con pezones pequeños, caderas estrechas, un culo respingón y un sexo cuidado aunque poblado de vello. Guapa de cara, melena oscura a media altura. Como con prisa, se metieron junto a nosotros.
Poco a poco se fueron soltando, pegados a nosotros como quien busca refugio. Hablábamos del local, de la gente, de lo bien organizado que estaba todo. Pero Lucía buscaba otra cosa y empezó a subir el tono.
—Bueno, Noelia, ¿qué te ha parecido mi marido?
—¡Muy bien, oye, se conserva el hombre! —rio ella—. ¿Y a ti Adrián?
—Pues que está cañón. Esta noche tendré que vigilarlo para que no me lo robéis —contestó mi mujer—. Lo que no sé es si cumplirá mis expectativas.
Adrián confesó que estaba tan cortado que casi ni se la encontraba. Reímos todos, y ahí fue cuando Lucía se lanzó.
—Noelia, ¿puedo?
—¡Claro, chica, a ver si así se anima!
El agua nos cubría por debajo del pecho, así que mi mujer deslizó la mano con disimulo y empezó a acariciarle la polla y los huevos. En un instante la tuvo dura como una piedra. Solo por el tacto, Lucía me buscó la mirada y le susurró a Noelia: «Perfecta para mi culo». Ella, como pidiendo permiso, hizo lo mismo conmigo. Me agarró y empezó a masturbarme despacio. Su cara de asombro era impagable.
—¡Joder, Lucía, estás bien servida! —soltó.
Las chicas nos acariciaban con suavidad mientras seguíamos charlando como si nada. Casi al mismo tiempo, Adrián y yo les pasamos las manos por el culo. El de Noelia era firme, de deportista, la piel suavísima y sin un solo defecto. Miré sus pequeñas tetas y vi cómo los pezones rosados se le ponían duros. Adrián, por su parte, no apartaba los ojos del pecho de mi mujer, mucho más generoso, y se le notaba en la cara que quería devorarlo.
Noelia se giró y quedó frente a mí. Yo estaba apoyado en la pared, sin escapatoria. Deslicé la mano desde su vientre hasta su sexo. Con el dedo empecé a explorar; estaba completamente mojada, no sé si por el agua o por la excitación. Su clítoris, pequeño y durísimo, la hizo soltar un gemido tímido en cuanto lo rocé. Le metí un dedo entero, que entró con facilidad en aquel interior caliente. Mientras tanto, Lucía había acorralado a Adrián contra la pared y disfrutaba de la sensación de tenerlo a su merced.
Volví a centrarme en el clítoris de Noelia, masajeándolo con paciencia. Ella me soltó la polla y, sin llegar a pegarse a mí, me rodeó el cuello con los brazos. No dejaba de mirarme a los ojos. Lo hacíamos todo con cautela; aunque estábamos solos, teníamos la sensación de que podían vernos en cualquier momento. Lucía fue la primera en correrse, con un «me corro» casi inaudible y un temblor que le recorrió todo el cuerpo. Tuvo que agarrarse a Adrián para no resbalar. Poco después Noelia apoyó la cabeza en mi hombro, me gimió al oído y se dejó ir de la misma forma discreta.
***
Empezaron a entrar más parejas al jacuzzi y perdimos la intimidad. Les preguntamos si querían ir a más. Aceptaron encantados, así que pedimos al personal una sala privada. Nos guiaron con amabilidad hasta una habitación amplia, con espejos, mobiliario para todos los gustos y una gran cama en el centro. Todo impecable. La luz era tenue, pero suficiente para vernos perfectamente. Nos desnudamos y subimos a la cama.
Adrián se ocupó de Lucía y yo de Noelia. Él fue directo a las tetas de mi mujer mientras ella le masturbaba. Yo jugué con los pezones de Noelia con la lengua; al ser casi plana de pecho, entendí perfectamente que Adrián se diera un festín con los de Lucía. Las dos jadeaban a la vez y nosotros estábamos durísimos. Me fijé en la polla de él: fina y circuncidada, ideal para el culo de mi mujer. Noelia, mientras tanto, alucinaba con la mía sin dejar de sobármela.
Tenía muchas ganas de probar su sexo, así que la tumbé, le flexioné las piernas y se las abrí cuanto pude. Le pasé el dedo por la raja y se lo metí entero. Estaba algo apretada, supongo que por los nervios, pero enseguida se amoldó. Acerqué la cara, le levanté el culo con las manos y empecé a devorarla. La sensación fue mejor de lo que esperaba: suave, perfumada, con los labios marcados y empapados. Recorrí cada rincón con la lengua hasta concentrarme en su clítoris, alternando lametones de abajo arriba. Sus gemidos subían de volumen y se notaba que disfrutaba de verdad.
De pronto oí a mi mujer. Alcé la vista sin soltar mi presa y descubrí que Lucía se estaba corriendo sentada en la cara de Adrián, que la sujetaba del culo y se la comía con avidez. Aceleré el ritmo y conseguí que Noelia se viniera también. Las dos gritaban a la vez mientras nosotros seguíamos. Tras unos minutos de descanso, cambiamos las tornas.
Ahora Adrián y yo nos tumbamos y ellas se nos lanzaron a las pollas. Lucía ensalivó la suya de la punta a la base y empezó a follársela con la boca, metiéndosela hasta la garganta sin esfuerzo. Noelia lo intentó conmigo, pero por el grosor no era capaz de pasar de unos pocos centímetros, así que optó por masturbarme con una mano, acariciarme los huevos con la otra y lamerme el capullo con dedicación. Estuvieron así un buen rato hasta que, casi al mismo tiempo, nos corrimos los dos. Noelia recibió mi descarga en la boca, con parte del semen escapándose por la comisura de los labios. Lucía se lo tragó todo y me la dejó impecable.
***
Decidimos parar a tomar una copa. Nos sentamos en una mesa del bar a charlar. Nuestra joven pareja había perdido por completo la vergüenza y se les veía cómodos con nosotros. Las chicas estaban impacientes por continuar, así que avisamos para volver a la sala en cuanto quedara libre. No tardaron en darnos acceso.
Al principio habíamos quedado en usar preservativo, pero la confianza pudo más y lo dejamos correr. La verdad es que a mí me incomodan y a Lucía no le transmiten lo mismo. Además, después de habernos tragado todo, ya daba un poco igual.
La idea estaba clara: Adrián se follaría el culo de mi mujer, que se moría de ganas, y yo le daría a Noelia por el coño, porque mi polla por detrás no la veía nada segura. Volvimos a la sala, nos desnudamos y empezamos sin perder tiempo. Lucía lubricó bien la polla de Adrián y también uno de sus dedos. Se puso a cuatro patas ofreciéndole el culo y le pidió que la dilatara despacio. Él obedeció, simulando que la follaba con el dedo. Noelia y yo nos tumbamos de lado para no perdernos nada. Hicimos la cucharita; cogió mi polla, se la pasó varias veces por el sexo y se la fue metiendo poco a poco. Se notaba que nunca había alojado algo de ese grosor. Me pidió entre gemidos que fuera despacio, que no quería perderse cómo Adrián penetraba a mi mujer.
Cuando Lucía sintió que estaba preparada, le pidió que se la metiera con cuidado. Adrián apuntó y, con un empujón suave, empezó a abrirse paso. Mi mujer gimió de gusto en cuanto notó esa polla entrando en su culo. Todo iba bien; él la follaba con suavidad, acelerando cuando ella se lo pedía. Le pedí a Noelia que se pusiera a cuatro patas, de manera que su cara quedara a pocos centímetros del culo de Lucía, viendo cómo su pareja la penetraba. La sujeté por las caderas, apunté y entré despacio. Fue una gozada cómo mi polla se abría camino en aquella vagina estrecha y cómo sus paredes me apretaban. No paré hasta el fondo. Se estremeció y gimió tan fuerte que Lucía y Adrián se detuvieron un instante para mirarla.
A partir de ahí los cuatro entramos en el mismo ritmo. Cuando mi mujer pedía más fuerte, yo le daba igual a Noelia. Fiel a su costumbre, Lucía fue la primera en correrse, sorprendiendo a nuestros amigos con la intensidad de un orgasmo anal que la dejó temblando. «No pares, dame duro», gritó, y Adrián aceleró. Poco después sentí las contracciones de la vagina de Noelia, el aumento de humedad, el temblor recorriéndola entera hasta estallar con un grito que llenó la sala.
Llevábamos los dos un ritmo frenético. Noelia, a pocos centímetros, veía cómo la polla de Adrián entraba y salía del culo de Lucía a una velocidad que ella nunca había experimentado. Su pareja jamás la había follado con esa intensidad, y su propio coño recibía el mismo castigo, disfrutándolo como nunca.
Las chicas volvieron a correrse casi a la vez, una detrás de otra, repitiendo las mismas frases entrecortadas. Adrián aguantaba bien; a mí la segunda siempre me cuesta más, así que seguimos sin bajar el ritmo. Hasta que él, con un bufido, agarró fuerte a mi mujer de las caderas, se hundió hasta el fondo y se quedó quieto, descargando dentro. Cuando terminó, cayó rendido sobre la cama. Lucía se quedó inmóvil, dejando que el semen le resbalara por los muslos antes de desplomarse también.
Yo seguía follando a Noelia con fuerza. Noté que se corría otra vez y esta vez sí, lo hicimos juntos. Jadeaba sin aliento, repitiendo «me muero de gusto», mientras yo descargaba hasta vaciarme por completo. Cayó desfallecida junto a mi mujer, con el cuerpo todavía temblando. Fue una experiencia especial para los cuatro.
Salimos del local con ganas de repetir. Nos intercambiamos los correos y nos despedimos. Al día siguiente, Lucía recibió un mensaje de Noelia invitándonos a pasar un fin de semana en Zaragoza. Ya lo estamos organizando.