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Relatos Ardientes

El secreto que le dejé al desconocido de la fiesta

La máscara pesaba más de lo que había imaginado.

No por el material. Pesaba de otra manera, en algún punto entre el pecho y la cabeza, como una promesa que todavía no sé pronunciar en voz alta.

Era una presión rara, casi placentera: la certeza de estar a salvo detrás del anonimato. De poder mirar, sonreír, provocar, sin que nadie supiera del todo quién era yo bajo aquel antifaz.

La casa respiraba de noche.

Desde la entrada ya se oía el pulso grave de la música, como un corazón lento latiendo bajo el suelo de madera. El aire estaba cargado de perfume, de alcohol y de calor humano.

Marina me había arrastrado a esa fiesta con la promesa de que «no me iba a arrepentir». Yo había puesto los ojos en blanco. Ahora, cruzando el umbral, empezaba a darle la razón.

Dentro todo era movimiento.

Luz dorada reflejándose en las copas, en máscaras venecianas, en pieles que brillaban apenas bajo una iluminación tenue. Los anfitriones habían convertido la casa en un pequeño laberinto de tentaciones: el salón grande para bailar, una barra improvisada bajo la escalera, una terraza abierta a la madrugada y un cuarto lleno de cojines y velas donde la gente hablaba demasiado cerca.

Y al fondo, un pasillo con varias puertas entreabiertas.

Nadie decía para qué eran.

Pero todos lo intuíamos.

Entramos riendo, Marina, Claudia y yo, todavía con el frío de la calle pegado a las piernas. El contraste con el calor de adentro me recorrió la espalda como una descarga corta.

Pedí una copa.

La primera la bebí rápido. La segunda, mucho más despacio.

La música se me metía en el pecho y me aflojaba los hombros.

Y entonces levanté la mirada.

***

Él ya estaba allí.

No sé cuánto tiempo llevaba observando la sala, ni si me había visto antes de que yo lo encontrara entre la gente. Pero cuando nuestros ojos se cruzaron tuve la certeza inmediata de que sí, de que llevaba un rato mirándome.

Llevaba una máscara negra.

Sin adornos, sin plumas, sin dorados. Solo negro mate. Bajo el borde se adivinaba una boca firme, tranquila, con esa curva mínima que no llega a ser sonrisa pero promete algo.

No apartó la mirada.

Eso fue lo que me descolocó. La mayoría de la gente, cuando la descubren mirando, desvía los ojos por puro reflejo. Él no. Siguió observándome, sin agresividad y sin vulgaridad. Peor todavía: como si mirarme fuera la cosa más natural del mundo.

Sentí un cosquilleo lento en el estómago, una corriente que fue subiendo despacio.

Volví a girarme hacia mis amigas. Bailamos. Reímos. Pero cada pocos segundos mi vista regresaba a buscarlo casi sin que yo lo decidiera.

Y siempre estaba ahí. En otro rincón. Cerca de una columna. Luego junto a la barra. Después apoyado en la pared del fondo.

Siempre mirando. Nunca acercándose.

Eso volvía el juego más intenso, porque la distancia se iba llenando de cosas que todavía no pasaban.

***

La tercera canción fue más lenta. Las luces bajaron un poco y la pista se llenó de cuerpos que se movían pegados.

Fue entonces cuando sentí su mano rozarme el brazo.

Un contacto ligero. Suficiente para erizarme la piel.

Me giré. Era él.

De cerca su presencia era distinta. Más sólida, más cálida. La colonia que llevaba tenía un fondo oscuro, algo amaderado, que se mezclaba con el olor de la fiesta.

—¿Bailas? —dijo.

Su voz era baja, grave, casi un murmullo que sentí más que escuché.

Asentí.

Su mano encontró mi cintura con una naturalidad que me sorprendió. No fue un gesto invasivo, sino seguro, como si hubiera imaginado ese movimiento muchas veces antes de hacerlo.

Nos movimos hacia una zona menos iluminada de la pista.

Al principio bailamos con una pequeña distancia entre los dos. Esa distancia duró poco. Su mano en mi cintura se volvió más firme. Mi brazo descansó sobre su hombro. Nuestros cuerpos empezaron a seguir un ritmo compartido que parecía nacer de la música y de algo más.

Sentí el calor de su cuerpo antes incluso de pegarme del todo a él. Y algo más también: la línea dura de su polla, apenas perceptible a través de la tela del pantalón, apoyándose contra mi cadera cuando nos girábamos. No fingí no notarlo. Me pegué un poco más.

—Te llevo mirando un buen rato —murmuró cerca de mi oído.

El aire de su voz me rozó la piel.

—Ya me había dado cuenta.

—¿Ah, sí?

—Un poco.

Su mano en mi espalda se desplazó apenas unos centímetros, lo justo para que reaccionara con una sensibilidad que no esperaba. Bajó un poco más, hasta la curva del culo, y se quedó ahí, quieta, marcando territorio sin decirlo.

Había algo muy físico en esa cercanía. El roce de las telas. El calor acumulado entre los cuerpos. La respiración que poco a poco se nos iba sincronizando. Yo ya notaba el coño hormigueándome bajo el vestido, húmedo, despierto solo por el modo en que me sostenía.

Seguimos bailando. Cada canción parecía más lenta que la anterior. Terminamos casi alineados por completo, sintiendo el subir y bajar de su pecho contra el mío, y su erección apretada contra mi vientre.

La máscara me rozaba la suya cuando nos inclinábamos demasiado cerca. Ese contacto accidental tenía algo peligrosamente íntimo.

—Podríamos quitárnoslas —dije en un momento.

Negó despacio.

—Todavía no.

—¿Por qué?

Su boca buscó mi oreja.

—Porque ahora mismo no saber es más excitante.

Esa palabra me recorrió entera como una corriente. No la dijo como provocación. La dijo como una constatación tranquila. Y tenía razón: la imaginación llenaba todos los huecos.

***

Bebimos algo más en la barra. Salimos un momento a la terraza. El aire frío me erizó la piel bajo el vestido, y él lo notó cuando su mano se posó un segundo en mi brazo.

—Tienes frío.

—Un poco.

Pero no nos movimos. Nos quedamos mirándonos, con un silencio espeso y lleno de intención entre los dos.

Cuando volvimos adentro, la fiesta estaba en uno de sus momentos más vivos. La gente aplaudía alrededor de un círculo donde los anfitriones habían colocado una ruleta con retos escritos en cartones.

Besos robados. Bailes obligados. Pruebas absurdas. Carcajadas.

No sé bien cómo acabé frente a la rueda. Tal vez Marina me empujó. Tal vez yo misma quise jugar.

Giré. La rueda dio varias vueltas antes de detenerse, y la anfitriona leyó el cartón con una sonrisa traviesa.

—«Elige a alguien de esta sala y desaparece con esa persona durante diez minutos.»

Estallaron las risas.

Sentí su mirada antes incluso de girarme. No tuve que pensarlo.

Tomó mi mano. Sus dedos eran cálidos. Me condujo fuera del círculo sin decir una palabra.

***

El pasillo de las habitaciones estaba en penumbra. La música llegaba lejana, amortiguada por las paredes. Había algo en ese trayecto corto que me aceleró el pulso, la sensación de cruzar un límite invisible.

Abrimos una puerta cualquiera. El cuarto estaba iluminado apenas por una lámpara de luz suave. Cuando la puerta se cerró detrás de nosotros, el silencio cayó como una cortina.

Nos miramos. Dos máscaras. Dos desconocidos.

Durante un segundo nadie se movió. Pero la tensión que habíamos acumulado toda la noche era demasiado fuerte para seguir fingiendo calma.

Se acercó. Su mano subió despacio por mi cuello y su pulgar rozó la línea de mi mandíbula. Ese gesto mínimo despertó una reacción inmediata en toda mi piel.

Y entonces me besó.

El primer contacto fue lento, pero cargado de una intensidad contenida, como si ese beso fuera el final inevitable de todo lo anterior: las miradas, el baile, la cercanía.

Mis manos encontraron su espalda. Sentí el calor de su cuerpo contra el mío cuando me atrajo hacia él. El beso se volvió más profundo, más urgente. Su lengua se abrió paso entre mis labios y yo la recibí con la mía, mordiéndole apenas el labio inferior cada vez que se apartaba. La máscara rozaba la suya cada vez que nos movíamos, y ese detalle extraño lo volvía todo aún más excitante.

Sus manos recorrieron mi espalda, mi cintura, la curva de mis caderas con una lentitud deliberada que hacía que cada contacto se amplificara. Mi piel respondía a cada roce. Calor. Escalofríos. Pequeñas descargas que me cruzaban entera.

Nos movimos hacia la cama entre besos y respiraciones cada vez más desordenadas. Cuando me dejó caer sobre las sábanas, una mezcla de vértigo y deseo me hizo cerrar los ojos un instante.

Sus manos no tenían prisa. Empezaron por los tirantes del vestido, deslizándolos por mis hombros con una lentitud que me hacía morder el labio bajo la máscara. La tela cayó hasta la cintura y mis tetas quedaron al descubierto ante él, con los pezones ya duros por el frío del cuarto y por el peso de su mirada fija.

—Joder —murmuró.

Se inclinó y me atrapó un pezón entre los labios. Su lengua trazó círculos lentos alrededor del pico, chupó con una presión medida, y cuando cerró los dientes apenas, una descarga me atravesó desde la punta del pecho hasta el coño. Pasó al otro y repitió el juego: chupar, morder, lamer, hasta que yo arqueaba la espalda buscando más y le hundía los dedos en el pelo pidiéndole en silencio que no parara.

Le arranqué la camisa. Los botones se resistieron dos segundos antes de ceder. Bajo la tela apareció un pecho firme, marcado, caliente. Pasé las manos por él, sintiendo cómo respiraba fuerte. Bajé la vista y vi el bulto tenso que empujaba contra la tela oscura del pantalón.

Le llevé la mano hasta la bragueta.

—Sácatela —le dije.

Se rió bajo, ronco, y obedeció. El cinturón hizo un chasquido seco al abrirse. Cuando se bajó los pantalones y los calzoncillos de un solo movimiento, su polla saltó dura, gruesa, con una gota brillante en la punta, más grande de lo que había imaginado bajo aquella cercanía en la pista.

Se me hizo agua la boca.

Me arrodillé en el borde de la cama y la agarré con la mano. Estaba caliente, palpitante, con una vena marcada corriéndole por debajo. La besé primero en la punta, sintiendo cómo temblaba entre mis dedos. Luego la lamí de arriba abajo, saboreando la sal de la piel. Y entonces abrí la boca y me la metí entera, todo lo que pude, hasta sentirla golpearme el fondo de la garganta.

Él soltó un gemido grave.

—Así, joder, así...

Su mano se enredó en mi pelo, no empujando, solo acompañando el ritmo. Empecé a mamarle la verga despacio, con la lengua bien pegada al glande cada vez que subía, hueca en las mejillas cada vez que bajaba. Se la chupé con hambre, con ruido, con la saliva escurriéndome por la barbilla. A veces la sacaba de la boca solo para lamerle los huevos, para chuparle uno y luego el otro, para volver a tragarme la polla hasta el fondo mientras lo miraba desde abajo.

—Vas a hacer que me corra si sigues así —jadeó.

Lo miré desde abajo, con la boca todavía llena de él, y sonreí con los ojos.

Me tomó de los brazos y me subió a la cama. Me tumbó boca arriba, me terminó de sacar el vestido de un tirón y me abrió las piernas con las manos. Se quedó un segundo mirándome el coño, todo mojado, brillante bajo la luz suave de la lámpara.

—Estás empapada —dijo.

—Es tu culpa.

Bajó la cabeza y empezó a comerme.

La primera pasada de su lengua me arrancó un gemido largo. Lamió despacio, de abajo hacia arriba, deteniéndose en el clítoris para chupármelo con los labios. Volvió a bajar, me metió la lengua adentro, la sacó, subió otra vez. Repetía el circuito como si tuviera todo el tiempo del mundo, y yo apretaba las sábanas con los puños y arqueaba las caderas contra su boca pidiéndole más.

Metió dos dedos.

Los curvó adentro y encontró exactamente el punto que necesitaba mientras me seguía chupando el clítoris. La combinación fue devastadora. El primer orgasmo me llegó de golpe, apretándome entera alrededor de sus dedos, y solté un grito ahogado contra mi propia mano.

Él no se detuvo. Me chupó todo lo que salía, me lamió limpia con paciencia, hasta que el temblor de mis muslos empezó a bajar.

Se incorporó. Su boca brillaba mojada por debajo de la máscara.

—Ahora te voy a follar —dijo.

—Sí —respondí sin aliento—. Fóllame.

Se colocó entre mis piernas. Vi cómo se agarraba la polla y la pasaba por mis labios abiertos, empapándola en mi propia humedad, rozando el clítoris con la punta hasta hacerme jadear. Me estaba volviendo loca a propósito.

—Métemela ya, por favor.

Empujó.

Entró de una sola embestida larga, lenta, hasta el fondo. Sentí cómo me llenaba entera, cómo mi coño se estiraba alrededor de su verga hasta acomodarla, cómo el cuerpo entero se me tensaba con la presión. Se quedó quieto un segundo dentro de mí, respirando fuerte, como saboreando la sensación.

—Joder, qué apretada estás.

Y empezó a moverse.

Al principio con embestidas largas, profundas, que me sacaban un gemido con cada empujón. Yo le enganchaba las piernas alrededor de la cintura y le clavaba los talones en el culo para pedirle más. La cama crujía con nosotros. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando se mezclaba con la música lejana de la fiesta.

—Más fuerte —le pedí.

Aceleró. Cada vez que su cadera golpeaba contra la mía, un latigazo de placer me subía por la espalda. Mis tetas rebotaban con cada embestida y él se agachó para atrapar un pezón con la boca sin dejar de follarme, chupando con la misma intensidad con la que me la metía.

—Así, así, no pares...

Me agarró por debajo de las rodillas, me abrió aún más las piernas y se hundió más profundo. Ese ángulo me hizo ver las estrellas. Sentí la polla tocarme en un punto exacto que me hacía perder la cabeza.

—Voy a correrme —jadeé—. Voy a correrme otra vez...

—Córrete en mi polla.

El segundo orgasmo me sacudió entera. Grité contra su hombro mientras el coño se me cerraba en espasmos alrededor de su verga. Él siguió empujando, alargando el placer, hasta que casi no pude soportarlo.

Salió de mí. Antes de que pudiera protestar, me giró boca abajo.

—A cuatro patas.

Me levantó las caderas. Me dejó con el culo en alto, la cara contra la almohada, la máscara todavía puesta. Sentí la punta de su polla otra vez en la entrada, empapada, resbaladiza. Y entonces volvió a metérmela de un empujón.

—Ay, joder...

En esa posición entraba todavía más adentro. Me agarró de las caderas con las dos manos y empezó a follarme de una manera distinta: brutal, primitivo, sin miramientos. El sonido de sus muslos golpeando contra mi culo llenaba el cuarto. Me agarró el pelo con una mano y tiró apenas, lo justo para levantarme un poco la cabeza.

—Dime que te gusta.

—Me encanta —gemí—. Me encanta cómo me follas.

Me dio una palmada en el culo. El escozor me atravesó y por alguna razón me puso todavía más caliente. Me golpeó otra vez, más fuerte, y esta vez gemí sin poder contenerme.

—Otra —le pedí.

Otra palmada. Y otra embestida profunda.

Bajó una mano por mi vientre y encontró el clítoris. Empezó a frotármelo mientras seguía embistiendo por atrás. La combinación era demasiado. Sentí el tercer orgasmo formándose muy hondo, distinto, más largo, más intenso.

—Me voy a correr —le avisé—. Me voy... ay dios...

Me dejé ir contra su mano y contra su polla al mismo tiempo. El cuerpo entero se me convulsionó y colapsé contra las sábanas. Él aguantó unos segundos más, todavía dentro de mí, todavía moviéndose despacio, hasta que su respiración empezó a acelerarse.

—Voy a correrme —dijo entre dientes.

—Adentro no —murmuré, medio ida.

Salió. Me giró otra vez de espaldas. Se puso a horcajadas sobre mi pecho y se agarró la verga con la mano. Bombeó rápido, apretado, mirándome desde detrás de la máscara negra. Yo saqué la lengua sin pensarlo.

Bastaron unos segundos. Con un gruñido ronco se corrió sobre mis tetas y mi cuello, chorros de semen calientes que me salpicaron la piel. Uno me llegó hasta los labios y lo lamí sin apartar los ojos de él.

—Joder —murmuró, mirándome como si no pudiera creerlo—. Joder.

Se dejó caer a mi lado sobre las sábanas. El cuarto olía a sexo, a sudor, a colonia mezclada con algo más íntimo. Podía sentir la corrida resbalándome despacio por el cuello hacia la clavícula, y no me importaba en absoluto.

***

Cuando todo se calmó, nos quedamos allí, respirando despacio. Las máscaras seguían puestas.

Eso me hizo reír en voz baja.

—Creo que los diez minutos ya pasaron.

Él también rió. Nos quedamos un momento más, sin preguntar nombres, sin romper el misterio. Los dos sabíamos que parte de la magia de aquella noche estaba justo en eso: en no saber, en no necesitar saberlo. Solo en recordarlo.

Salimos de la habitación con el silencio todavía pegado a la piel.

Durante unos segundos ninguno habló. La música de la fiesta llegaba amortiguada desde el salón, como un rumor lejano, mientras el pasillo seguía en penumbra. El aire ahí era más fresco y parecía despejar de a poco el vértigo de lo que acabábamos de compartir.

Me quedé apoyada contra la puerta cerrada, la misma que minutos antes había contenido nuestras respiraciones agitadas. Aún tenía el pulso acelerado y la piel demasiado despierta. Bajo el vestido notaba todavía los muslos húmedos, un rastro tibio de él escurriéndose despacio.

Él dio un par de pasos por el pasillo, como si fuera a volver directo a la fiesta. Pero antes de que se alejara del todo, levanté la voz, suave.

—Espera.

Se giró. La luz tenue dibujaba sombras sobre su máscara negra. Por un instante volvió a parecer el desconocido de la pista, y a la vez alguien con quien acababa de compartir algo demasiado íntimo para seguir siendo del todo un extraño.

Le hice un gesto con la mano.

—Ven un momento.

Sonreí. No una sonrisa abierta, sino esa curva lenta y cómplice que aparece cuando sabes perfectamente el efecto que puedes provocar.

Se acercó. Un paso. Luego otro.

Cuando estuvo frente a mí, me incliné apenas hacia él. Mi mano rozó su pecho mientras acercaba los labios a su mandíbula y, de ahí, a su oído. Pude sentir el calor de su piel.

—Quiero darte algo para que recuerdes esta noche —susurré.

Noté cómo su respiración cambiaba un poco.

Entonces me aparté. Mis manos bajaron despacio por el vestido, en un gesto natural pero deliberadamente lento. En el silencio del pasillo, cada movimiento parecía amplificarse.

Bajé la mirada un segundo mientras mis dedos se deshacían de la pequeña braga que llevaba bajo el vestido, empapada todavía de lo que acabábamos de hacer. El gesto tuvo algo provocador y también juguetón.

Cuando volví a incorporarme, la sostuve entre los dedos un instante. La tela estaba pesada, húmeda, y él lo notó de inmediato cuando se la ofrecí.

Él la tomó. Durante un momento la observó en su mano, sorprendido, divertido, y llegó a acercársela un segundo a la nariz sin poder evitarlo. Sonrió al hacerlo, como si aquel pequeño objeto acabara de transformar la noche en algo todavía más personal.

—Joder —murmuró—. Vas a matarme.

Mientras su atención seguía fija en la prenda, yo di un paso atrás. Luego otro. El pasillo seguía oscuro y en silencio.

Antes de que levantara la mirada, ya me estaba alejando por la esquina que conducía de nuevo al salón. Mis pasos fueron rápidos y ligeros, acompañados por una sensación nueva en el cuerpo.

Porque ahora, bajo el vestido negro, mi piel estaba desnuda.

La ausencia de aquella pequeña prenda hacía que cada movimiento se sintiera distinto. La tela me rozaba los muslos de una forma más directa, más consciente, resbalando contra la humedad que todavía me quedaba entre las piernas. Era una sensación sutil pero constante, un recordatorio con cada paso.

Y, sobre todo, era un secreto. Un secreto que solo una persona en toda la casa conocía.

Él.

***

Cuando regresé al salón, la fiesta seguía viva: música grave, luces cálidas, copas levantándose entre máscaras venecianas y conversaciones animadas.

Me reuní con Marina y Claudia cerca de la barra como si nada hubiera pasado. Pero mientras hablábamos y reíamos, mi cuerpo seguía recordando. Cada paso. Cada giro. Cada leve roce de la tela contra la piel sensible del coño todavía inflamado.

La sensación era extrañamente excitante. Porque entre todas aquellas personas, solo él sabía. Solo él conocía ese detalle escondido bajo mi vestido, y solo él conocía el sabor exacto que tenía la tela que ahora llevaba en el bolsillo.

Mis ojos empezaron a buscarlo casi sin que lo decidiera. Lo encontré cerca de una de las columnas.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, su expresión cambió apenas. Durante un segundo, todo alrededor de él pareció detenerse.

Luego vi el gesto. Su mano se deslizó dentro de la chaqueta. No del todo. Solo lo suficiente para tocar algo en el bolsillo interior.

Yo sabía exactamente qué estaba tocando. La pequeña prenda que le había dado, aún tibia, aún mojada de mí.

La forma en que sus dedos parecían cerrarse alrededor de la tela revelaba algo más que curiosidad. Había en ese gesto una evocación silenciosa, como si aquel objeto guardara la memoria inmediata de lo que habíamos vivido en el cuarto: el calor, el sudor, la polla hundida hasta el fondo, la corrida caliente sobre la piel.

Sonreí desde la distancia. No una sonrisa abierta. Una lenta. Cargada de complicidad.

La noche siguió entre bailes y conversaciones, pero entre los dos había quedado tendido un hilo invisible que nos mantenía atentos el uno al otro.

Cada cierto tiempo nuestras miradas se encontraban. A veces desde extremos opuestos de la pista. A veces cuando alguno se acercaba a la barra. A veces sin más, entre la multitud.

Y casi siempre, después de ese cruce de miradas, él volvía a tocar el bolsillo de su chaqueta. Ese pequeño gesto tenía algo casi instintivo, como si necesitara comprobar que el recuerdo seguía ahí. Como si al rozarlo pudiera volver mentalmente a la habitación que acabábamos de dejar y ver otra vez mi coño abierto para él.

Mientras tanto yo bailaba. Me movía entre la gente. Pero la sensación bajo mi vestido no desaparecía. Al contrario: cada movimiento me recordaba el pequeño juego que habíamos inventado entre los dos, y cada roce de tela contra los labios hinchados me mantenía encendida por dentro.

***

Esa conciencia secreta hizo que, poco a poco, empezara a acercarme otra vez. Primero hacia la pista. Luego hacia la barra. Finalmente hacia la columna donde él estaba apoyado.

Cuando quedamos a pocos pasos, no dije nada al principio. La música nos envolvía con su ritmo profundo. Me acerqué lo suficiente para que solo él pudiera oírme.

—¿Todavía lo tienes? —murmuré.

Su sonrisa apareció al instante. Metió la mano en la chaqueta y lo sacó apenas un segundo, lo justo para que yo pudiera verlo antes de guardarlo de nuevo.

—Claro.

Me incliné un poco más hacia él. Mi hombro rozó su pecho.

—Cuídalo bien —susurré.

—Es difícil olvidarlo. Todavía huele a ti.

Sentí cómo la tensión entre nosotros volvía a despertar con la misma facilidad que antes, y también cómo el coño se me apretaba solo con oírlo. Su mano encontró mi cintura otra vez y bajó, disimulada por la multitud, hasta la curva del culo. Ahí se quedó, apretándome contra él, dejándome sentir que ya estaba duro otra vez bajo el pantalón. La cercanía reactivó de inmediato el recuerdo físico del encuentro anterior: el calor, el ritmo compartido, la piel todavía sensible.

Me acerqué a su oído.

—¿Sabes qué es lo más divertido?

—¿Qué?

—Que solo tú sabes.

Hubo un breve silencio. Luego su mano se cerró un poco más alrededor de mi cintura.

—Eso hace que quiera volver.

Le sostuve la mirada. La música seguía sonando. La fiesta continuaba alrededor de nosotros. Pero la tensión que nos unía volvía a crecer despacio, cargada de promesas.

Y los dos sabíamos exactamente hacia dónde nos llevaría cuando volvimos a desaparecer por ese mismo pasillo.

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Comentarios(10)

Gonzalo_87

tremendo relato, no pude parar de leer hasta el final!!

MarisolRosario

Por favor seguila, quede con ganas de saber si volvio a encontrarse con el. Muy buen trabajo!

nocturno_lector

Increible. Una de las mejores confesiones que lei aca en mucho tiempo.

SandraDelNorte

Me encanto la atmosfera que lograste crear. Eso de un pasillo a oscuras en una fiesta... tiene mucho de real ahi, casi lo senti.

fercho_noc

Esto es real o ficcion? Lo pregunto porque se siente demasiado vivido para ser inventado jaja. Si es real, chapeau.

LectorMDQ

Muy bien narrado, el ritmo es perfecto. Sigue asi!

Cami_Neu

El inicio me atrapo de una. Ese secreto bajo el vestido negro... demasiado intrigante, habia que seguir leyendo si o si.

Raul_lector

excelente, de estos relatos necesitamos mas en confesiones!

DiegoFC85

jaja me imagino la cara de los demas en la fiesta sin saber absolutamente nada... tremendo momento ese. Bien contado!

Florchi_BA

Me gusto mucho como manejaste el suspenso al principio, no te apuraste y eso se agradece. Muchas historias van directo al grano y pierden la magia. Esta tiene algo especial.

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