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Relatos Ardientes

El regalo que mi marido escuchó detrás de la puerta

Voy a contarte algo que durante mucho tiempo no me atreví a decir en voz alta, ni siquiera a mí misma. Mi marido tardó más de un año en convencerme de compartir la cama con otros hombres. Yo me negaba, me daba vergüenza, me parecía una locura. Y sin embargo, una noche cedí. Y después de aquella primera vez, algo cambió en mí para siempre.

No fue de golpe. Fue de a poco, como quien se mete al mar centímetro a centímetro hasta que el agua le llega al cuello y descubre que ya no hace pie. Aprendí a disfrutar cosas que antes me habrían escandalizado. Aprendí, sobre todo, que el deseo de mi marido crecía cada vez que me veía deseada por otro.

Con el tiempo me volví bastante atrevida. Tanto, que empecé a acostarme con amigos y conocidos suyos, siempre con su permiso, siempre con esa mirada suya de fondo que yo ya sabía leer. Era un juego morboso: invitaba a alguien a casa, lo recibía vestida de una forma que no dejaba lugar a dudas y me ponía a tomar algo con él como si nada. La mayoría de las veces no pasaba más allá de unas copas y unas miradas. Pero a veces las cosas se calentaban.

Así fue como ocurrió con Diego.

Diego era amigo de mi marido desde la universidad. Un hombre de manos grandes, voz tranquila y una sonrisa que tardaba en aparecer pero que valía la pena esperar. Para entonces ya habíamos estado juntos un par de veces, siempre con la bendición de mi esposo. No era un desconocido. Era algo mejor: era un secreto compartido.

Ese día se cumplían años de Diego. Mi marido lo llamó por la tarde y le dijo, con una naturalidad que me hizo sonreír, que pasara por casa, que tenía un regalo para él. Diego no preguntó qué era. Creo que lo intuía.

***

Llegaron juntos, cerca de las nueve. Yo los esperaba con un vestido negro, corto y entallado, de esos que parecen una segunda piel. Debajo llevaba un body rojo que se transparentaba apenas cuando me daba la luz. Abrí la puerta y vi cómo Diego se quedaba un instante sin saber dónde poner los ojos. Mi marido, detrás de él, sonreía.

—Feliz cumpleaños —le dije, y le di un beso largo en la mejilla, lo bastante cerca de la comisura como para dejar la promesa flotando.

Nos sentamos a tomar unas cervezas en el living. Hablamos de cualquier cosa, de trabajo, de viejos amigos, mientras yo cruzaba y descruzaba las piernas y sentía las dos miradas siguiendo cada movimiento. Cuando noté que el ambiente ya estaba tibio, me levanté y puse música.

—Tu regalo todavía no te lo di —le dije a Diego.

Y ahí empezó todo de verdad.

Le pedí que se sentara en una silla, en el centro de la habitación. Mi marido se quedó en el sillón, copa en mano, en el lugar del espectador que tanto le gustaba ocupar. Empecé a moverme con la música, despacio, dejando que el ritmo me guiara las caderas. Diego me miraba como se mira algo que uno no termina de creer que es para él.

Para la segunda canción, me quité el vestido.

Lo dejé caer al suelo y quedé solo con el body y la tanga. Me acerqué a Diego, me arrimé a él, dejé que sus manos subieran por mis muslos. Mi marido nos observaba con esa expresión que conozco de memoria: una mezcla de excitación y de algo parecido al orgullo. Yo me movía cada vez con menos pudor, disfrutando de ser mirada, de ser deseada por los dos al mismo tiempo.

Me bajé los tirantes del body con una lentitud calculada. Lo fui descubriendo hasta que quedé con el pecho desnudo, en tanga y tacones. Las manos de Diego ya no se quedaban quietas: me recorrían los pechos, la cintura, la espalda. Me senté sobre sus piernas, de espaldas a él, y sentí su respiración en mi nuca mientras me apretaba contra su cuerpo.

—¿Te gusta tu regalo? —le pregunté girando apenas la cabeza.

—Más de lo que puedo decir —murmuró.

Le tomé la mano y lo levanté de la silla. Antes de salir del living, miré a mi marido y le hice un gesto pequeño, casi tierno, como un adiós. Quiero que imagines lo que sentía él en ese momento: ver a su esposa llevarse de la mano a su mejor amigo hacia el dormitorio, para entregarse a él.

***

Ya en el cuarto, terminé de desnudarme. Me quité la tanga y, con un descaro que me sorprendió a mí misma, abrí la puerta apenas un instante para arrojársela a mi marido, que se había quedado del otro lado. Después volví a cerrar.

Sabía que estaba ahí. Pegado a la madera, escuchando. Y esa certeza me encendía más que cualquier caricia.

Diego se desnudó. Yo me senté en el borde de la cama, lo atraje hacia mí y lo tomé con la boca. Lo hacía despacio, mirándolo de reojo, hablando más fuerte de lo necesario para que del otro lado de la puerta no se perdieran ni un detalle.

—¿Te gusta cómo te chupo? —pregunté en voz alta.

—Me vuelve loco —respondió él, con la voz quebrada.

Lo solté, me acosté en la cama y abrí las piernas para él. Diego entendió la invitación. Se metió entre mis muslos y bajó la cabeza. Sentí su lengua recorrerme entera, lenta, insistente, buscando exactamente el punto donde yo me deshacía. Cerré los ojos y me dejé llevar por esa corriente caliente que me subía desde el vientre.

—Así, justo así —le dije, enredando los dedos en su pelo—. No pares.

No paró. Me lamió y me acarició con la lengua mientras un dedo encontraba el camino hacia adentro. La combinación me llevó al borde en cuestión de minutos. Me arqueé, apreté los muslos contra su cara y me vine con un temblor que me recorrió de la nuca a los talones.

—¿Estás escuchando, amor? —grité hacia la puerta, sin aliento—. ¿Estás oyendo lo que me hace tu amigo?

—Estoy acá —respondió mi marido desde el otro lado, con la voz ronca—. Estoy oyendo todo.

Diego subió por mi cuerpo y nos besamos hondo, con la lengua, todavía con el sabor de mí en su boca. Me besó el cuello, bajó a los pechos, los apretó y se prendió de mis pezones con una avidez que me hizo gemir de nuevo.

—¿Crees que sigue ahí afuera? —me preguntó al oído.

—Seguro que sí —contesté, sonriendo—. Y seguro que no se está perdiendo nada.

***

Me incorporé, me apoyé en el respaldo de la cama y le ofrecí la espalda, abriendo las piernas. Diego se acomodó detrás de mí, me acarició las caderas y me fue penetrando despacio, centímetro a centímetro. Sentí cómo me llenaba, cómo mi cuerpo se amoldaba al suyo, y un escalofrío de placer me recorrió entera.

—Así, papito, así —le pedí—. Despacio primero.

Empezó a moverse con un ritmo lento que fue ganando fuerza. Yo gemía sin contenerme, en parte por placer y en parte para que del otro lado de la puerta se escuchara cada sonido. Saber que mi marido estaba ahí, imaginándolo todo, era parte del placer. Quizás la mejor parte.

Cambiamos de posición. Me acosté boca arriba en el borde de la cama y Diego me levantó las piernas, tomándome de los tobillos. Desde ese ángulo entraba más profundo, y yo le clavaba los talones en los hombros cada vez que empujaba.

—Me encanta cómo me lo haces —le dije, pellizcándome los pezones—. No te detengas.

Después fui yo la que tomó el control. Lo empujé sobre la cama, me subí encima y me dejé caer despacio sobre él. Empecé a moverme, primero suave, después cada vez más rápido, apoyando las manos en su pecho. Lo miré a los ojos mientras lo cabalgaba, y en esa mirada había todo lo que no nos decíamos.

—Sos una locura —me dijo, agarrándome de la cintura.

—Por eso me querés así —le respondí, y me moví más fuerte.

El placer volvió a crecer, esta vez desde más adentro, hasta que se me escapó de las manos. Me vine sobre él, retorciéndome, con un gemido largo que no traté de disimular.

—¡Otra vez, amor! —grité hacia la puerta—. ¡Tu amigo me hizo venir otra vez!

—Te escucho —respondió mi marido, y noté en su voz que él también estaba al límite.

***

Me quedé un momento quieta, recuperando el aliento, y después me acosté de espaldas. Diego se acomodó sobre mí, volví a abrir las piernas y lo recibí una vez más. Esta vez se movía con urgencia, buscando el final.

—Dámelo todo —le dije al oído—. No te guardes nada.

—Ya casi, Renata, ya casi… —jadeó.

Lo apreté con las piernas, lo atraje hacia mí, y sentí cómo todo su cuerpo se tensaba antes de derrumbarse. Se vino con un último empujón, hondo, mientras yo lo abrazaba y le susurraba que sí, que así, que todo. Hay algo en ese instante que me hace sentir profundamente mujer, dueña del deseo de un hombre que se entrega entero.

Se quedó quieto un momento, respirando contra mi cuello. Después rodó a un lado, agotado, con una sonrisa boba en la cara. Yo me reí, todavía con el cuerpo zumbando.

—¡Ya podés entrar, amor! —dije en voz alta.

La puerta se abrió y entró mi marido. Yo seguía en la cama, desnuda, despeinada, con la respiración entrecortada. Me miró de una manera que solo él sabe mirarme, y supe que la noche, para él, había sido tan intensa como para nosotros.

—¿Qué tal el regalo? —le preguntó a Diego, con una sonrisa.

—El mejor cumpleaños de mi vida —contestó Diego, todavía sin aire—. No tengo con qué pagarte.

—No tenés que pagar nada —dijo mi marido—. Me conformo con haberlo escuchado.

Nos quedamos los tres conversando un rato, como si nada extraordinario hubiera pasado, aunque los tres sabíamos que sí. Después me metí a la ducha, me arreglé delante de ellos y salimos a cenar. Yo iba con falda corta y tacones, sintiendo las miradas de los demás en el restaurante, gente que jamás se habría imaginado lo que acababa de ocurrir.

Esa es la parte que más me gusta de todo esto: el secreto. Caminar por el mundo con una sonrisa tranquila, sabiendo lo que soy y lo que disfruto, y que nadie lo sospeche. Mi marido a un lado, su amigo al otro, y entre los tres una complicidad que ninguna palabra podría explicar.

Quizás te escandalice. Quizás te dé un poco de envidia. A mí, la verdad, ya hace tiempo que dejó de importarme lo uno o lo otro.

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