El masaje que terminó en su cabaña
La cosa empezó a calentarse cuando me pidió que le pusiera crema solar en la espalda. O al menos empezó a calentarse para mí. Nos habíamos conocido esa misma mañana, en una de esas charlas de toalla a toalla que arrancan por una tontería y terminan durando horas. Se llamaba Lorena, o eso me dijo, y tenía esa forma de reírse que hace que uno quiera seguir hablando solo para escucharla otra vez.
Le destapé el bote, me eché crema en las manos y empecé por los hombros. Mientras le untaba la espalda, pasé los dedos por debajo del nudo del bikini, notando la piel desnuda al completo. Fui bajando despacio, asegurándome de que cada centímetro quedara cubierto y masajeado. Llegando al final de la espalda, sacó un poco el culo, como un acto reflejo, y eso bastó para que se me pusiera dura. Por suerte conseguí disimular el bulto del bañador antes de que se diera la vuelta.
—Haces buenos masajes. ¿Por qué no te dedicas a eso? —dijo, con un punto de sarcasmo.
—Justo estaba pensándolo. Aquí, en la playa, para ganarme la vida.
El resto de la mañana siguió tan normal como puede seguir un día entre dos amigos, aunque nos acabábamos de conocer. Me olvidé de la crema y de cómo había arqueado ese culazo, pero no dejé de fijarme furtivamente en su cuerpo mientras nos bañábamos. El agua estaba fría y ella se reía cada vez que una ola la empujaba contra mí. Yo me dejaba empujar.
Me contó que conocía un restaurante cerca de su casa. Comimos allí, conociéndonos un poco mejor entre platos y un par de cervezas. Hablamos de viajes, de trabajos que odiábamos, de las parejas que habíamos dejado atrás. Cada tema servía de excusa para mirarnos un segundo de más. Después del café, me invitó a la piscina de su urbanización.
Por el camino seguimos hablando de cualquier cosa, pero había algo distinto en el aire. Ella caminaba muy pegada a mí, rozándome el brazo de vez en cuando, y yo respondía a cada roce sin apartarme. Era una de esas conversaciones en las que las palabras importan poco y lo que de verdad se dice va por debajo. Cada silencio pesaba más que la frase anterior.
—¿Siempre invitas a desconocidos a tu casa el mismo día que los conoces? —le pregunté, medio en broma.
—Solo a los que hacen buenos masajes —contestó sin mirarme, y siguió andando.
Era una pequeña urbanización de cabañas que rodeaban una piscina y una cocina común. Todo muy alternativo, muy tranquilo, con plantas trepando por las paredes de madera y casi nadie a la vista. Me gustó el sitio en cuanto lo vi, aunque para entonces ya me habría gustado cualquier lugar al que ella quisiera llevarme.
Nos tumbamos en el césped, a la sombra de un árbol. Lorena se quitó el vestido y se quedó otra vez en bikini, con la piel todavía marcada por la sal del mar. Cerró los ojos un momento y luego giró la cabeza hacia mí.
—¿Y cuándo tienes pensado empezar con eso de ganarte la vida dando masajes? —preguntó.
—Me hace falta practicar un poco más —respondí.
Así arrancó el juego. Ese juego de seducción en el que los dos sabemos que queremos acostarnos, pero seguimos dando vueltas, paso a paso, dejando que la tensión nos lleve sola hasta la cama. Ninguno quería ser el primero en decirlo en voz alta. Era mucho mejor así.
—Tengo aceite de masaje en mi cabaña —dijo, mirándome de reojo.
—Sácalo. Así tus vecinos pueden acercarse a ver cómo se hace un buen masaje.
Me lanzó una mirada socarrona, se levantó y soltó una sola palabra:
—Ven.
La seguí hacia su cabaña mirando cómo movía el culo de lado a lado, sabiendo perfectamente que yo iba detrás. Su cabaña era una sola habitación, medio en penumbra, con una cama grande, varias maletas a medio deshacer y un baño pequeño al fondo. Olía a madera y a protector solar. Corrió un poco la cortina para que entrara apenas un hilo de luz.
***
Le pedí que se tumbara boca abajo. Me senté con cuidado sobre sus muslos y empecé a masajearle la espalda con el aceite. Tenía la piel caliente del sol y resbaladiza bajo mis manos, y cada vez que apretaba con los pulgares a los lados de la columna, soltaba un suspiro bajo que me ponía más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Me tomé mi tiempo. Trabajé los hombros, la nuca, la curva donde la espalda se junta con el cuello, y noté cómo poco a poco se iba soltando, como si cada músculo se rindiera bajo mis dedos. Ella tenía los ojos cerrados y la respiración cada vez más lenta, pero no engañaba a nadie: aquello no era relajación, era otra cosa. Yo lo notaba en cómo movía las caderas, en cómo apretaba los labios cada vez que mis manos bajaban un poco más de la cuenta.
Cuando le solté el nudo del bikini, ya no pude disimular más la erección. Parecía que iba a romper el bañador. Ella lo notaba, estoy seguro, porque sentía mi peso justo encima, pero ninguno dijo nada. Al fin y al cabo, no era más que un masaje de espalda. Eso nos repetíamos en silencio.
Bajé hasta la zona lumbar, dibujando círculos lentos, y luego pasé directamente a las piernas, saltándome el culo a propósito. Quería seguir tensando la cuerda, quería que fuera ella la que no aguantara. Le amasé los gemelos, los muslos, subí casi hasta donde empezaba la tela del bikini y volví a bajar. La oí morderse un sonido contra la almohada.
—Fin —dije al cabo de un rato, dándole una palmada suave—. Tu turno.
—Dale. Túmbate boca arriba.
Cambiamos de posición y me dejé caer en su cama, boca arriba, con las manos todavía aceitosas. El bulto del bañador se veía ahora más que nunca, imposible de ocultar. Ella se rió, una risa baja y traviesa, y se sentó a horcajadas sobre mí para echarme aceite en el pecho y empezar a masajear.
Lorena no tuvo el autocontrol que yo había fingido tener, y era justo lo que quería. Recorría mis pectorales, el abdomen, los brazos, apretando aquí y allá, pero a mí lo que más me ponía eran sus gestos, esas caras de calentura que parecía poner sin darse cuenta. Cada vez que se inclinaba, sus tetas casi rozaban mi pecho y el roce del bikini contra mi piel aceitosa me volvía loco.
—¿Te gusta así o quieres algo más? —preguntó, con una sonrisa que ya no tenía nada de inocente.
—Así me parece perfecto —contesté, solo por seguir calentando la situación.
No estaba para nada perfecto. Estaba a punto de reventar.
Ella tampoco pudo más. Deslizó las manos hasta la cintura de mi bañador y me lo bajó de un tirón. La polla saltó como un resorte, dura y reluciente de aceite. Ella seguía en bikini, con el vientre brillante de tanto restregarse contra mi abdomen. Se acercó como una gata, despacio, mirándome a los ojos, y se la metió en la boca como si le fuera la vida en ello.
***
La chupaba con ganas, la escupía, se la metía hasta el fondo y volvía a sacarla para darle lametazos por toda la base. Yo apretaba las sábanas y pensaba en cualquier cosa con tal de no correrme demasiado pronto en su boca. Le aparté el pelo de la cara para verla mejor y ella levantó la vista sin dejar de chupar, disfrutando de lo que me estaba haciendo.
Se incorporó un poco, se terminó de desatar el nudo del cuello y dejó caer la parte de arriba del bikini. Tenía las tetas perfectas, ni grandes ni pequeñas, del tamaño justo para meter la polla entre ellas. Eso fue exactamente lo que hizo, juntándolas con las manos y subiendo y bajando despacio, sin dejar de mirarme. Pensé que no iba a aguantar mucho más a ese ritmo.
Al poco se giró sobre mí, conmigo todavía tumbado, y apoyó el culo contra mi polla, moviéndolo como si me estuviera follando, aunque seguía con la parte de abajo del bikini puesta. La tela apenas separaba su sexo de mi erección y notaba su calor a través de ella. Tiró del lazo de una cadera y la prenda cayó a un lado, dejándola completamente desnuda encima de mí.
Ahí llegó mi turno. Me abalancé sobre ella, que se puso a cuatro patas en la cama, y empecé a comérselo todo desde atrás. La oí gemir contra la almohada y empujar las caderas hacia mi boca, pidiendo más sin necesidad de palabras. La agarré de las caderas para que no se escapara y seguí, hasta que tenía los muslos temblando.
Después de un buen rato me incorporé y le pasé la polla por todo el sexo y por la raja del culo, rozando sin meterla, una y otra vez. Quería que me lo pidiera ella, que lo dijera en voz alta de una vez. Lorena empujaba hacia atrás, buscándome, soltando palabrotas entre dientes.
—Métemela ya —jadeó por fin, apretando la cara contra la cama.
Pero no le hice caso de inmediato. Seguí rozándola, disfrutando de tenerla así, hasta que una de sus sacudidas hizo que entrara sola. Los dos soltamos un gemido a la vez. La agarré fuerte y empecé a moverme dentro de ella, sintiendo cómo me apretaba con cada embestida.
Así seguimos un buen rato, cambiando de postura, riéndonos a veces, callándonos otras. La tarde se nos fue entera en esa cabaña en penumbra, con el aceite y el sudor y el ruido de la piscina entrando por la rendija de la cortina. Cuando por fin paramos, los dos estábamos hechos polvo y sonriendo como idiotas.
Lorena se dejó caer a mi lado, recuperando el aliento, y me miró con una ceja levantada.
—Vas a tener clientela en la playa —dijo.
—Solo si tú me sigues dejando practicar —respondí.
Y por cómo se rió, supe que aquella no iba a ser la última vez.