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Relatos Ardientes

Enterré a mi marido y el jardinero seguía en la casa

Romina apretó el acelerador de su Ford EcoSport y dejó atrás la ciudad, esa que ahora le olía a velorio y a flores podridas. Dos días después de enterrar a su marido —se lo había llevado un ACV fulminante, sin aviso, sin despedida—, necesitaba aire, silencio y un poco de mar para lavarse el alma. O lo que le quedara de ella. A los treinta y nueve años, no era una flaca de revista ni una tetona de calendario, pero tenía un culo que hacía girar cabezas en cualquier vereda. Redondo, firme, de esos que se mueven solos al caminar. Un poco rellena, sí, pero repartida en los lugares justos: caderas anchas, muslos carnosos y una piel suave que pedía manos.

El viaje se le hizo eterno. Salió a las siete de la mañana un sábado y paró cada tanto para estirar las piernas, comer un sándwich tibio con gaseosa o simplemente mirar la nada como una idiota, pensando en el pelotudo que la había dejado viuda sin pedirle permiso. Llegó a la costa pasadas las cinco de la tarde, con el sol cayendo flojo sobre el horizonte. La casa del mar, esa que no pisaban hacía años, quedaba sobre la avenida costanera, cerca de Santa Teresita.

Era un chalet de tres ambientes con cocina grande, un living amplio con un sofá de cuero que crujía al sentarse, garaje y un parque delantero algo extenso, con un caminito de piedras que desembocaba directo en la arena. Perfecto para el duelo, pensó Romina mientras estacionaba. O para olvidarme de todo, si se diera.

Bajó con las valijas y el viento salado le revolvió el pelo castaño. Vestía simple: calzas ajustadas que marcaban ese culo legendario, una remera blanca pegada al cuerpo y zapatillas. Sin maquillaje, porque ¿para qué? Estaba de luto, carajo. Abrió la puerta con la llave oxidada, esperando el olor a humedad y abandono.

Pero no. La casa olía a café recién hecho y a hombre.

Ahí estaba él, en la cocina, de espaldas, sirviéndose una taza como si fuera el dueño del lugar. Alto, morocho, con la espalda ancha marcada bajo una camiseta sucia de tierra, pantalón corto y borceguíes de trabajo. Parecía un laburante, un jardinero o un albañil que se había equivocado de casa. Romina se quedó dura en el umbral, el corazón golpeándole el pecho como un tambor.

—¿Quién carajo sos vos? —gruñó, dejando caer la valija con un golpe sordo.

El tipo se dio vuelta despacio, con una sonrisa que le iluminó la cara barbuda. Ojos oscuros, penetrantes, como si ya la estuviera desnudando con la mirada.

—Soy Damián. Tu marido me contrató hace un mes para arreglar el parque y el garaje. Me dijo que la casa necesitaba mantenimiento antes de que vinieran.

—¿Y cómo sabés quién soy? —escupió ella, de mal humor.

—La foto. —Señaló el retrato de casamiento en el cristalero—. Y me enteré de lo de tu marido por los muchachos. Jugábamos al fútbol playa juntos. Lo siento de verdad.

Romina frunció el ceño. Su marido, ese boludo, nunca le había contado nada. Ni del mantenimiento, ni de los amigos del fútbol. Pero claro, entre el ACV y el cajón, ¿qué iba a contarle? Damián la recorrió de arriba abajo, deteniéndose en sus caderas que las calzas dibujaban sin pudor. Ella sintió un calor subiéndole desde el vientre, un cosquilleo entre las piernas que no sentía hacía meses.

¿Qué era todo esto? El duelo, la soledad, el mar… y ahora este desconocido inesperado en su cocina. ¿Qué herencia me dejaste, infeliz?

—Andate de acá, no te necesito —mintió, pero la voz le tembló. No quería que se fuera. Quería todo lo contrario, y le daba vergüenza admitirlo.

Damián se acercó, oliendo a sudor y a tierra húmeda.

—La casa está impecable gracias a mí. Y vos parecés necesitar compañía. Viuda reciente, ¿no? Puedo ayudarte a llevar el duelo.

Ella retrocedió un paso y la espalda chocó contra la puerta. El tipo era grande, imponente. Le apoyó una mano en la cadera, apretando suave pero firme.

—No… no me jodas —susurró, pero los pezones se le endurecieron bajo la remera y él lo notó.

—No jodo, Romina. Te vi bajar del auto y pensé que necesitabas que alguien te recordara que estás viva. Ese culo me volvió loco apenas pisaste el caminito.

Sin más vueltas, Damián la giró como a una muñeca y la pegó contra la pared fría de la cocina. Le bajó las calzas de un tirón y dejó a la vista las nalgas redondas, apenas cubiertas por una bombacha negra que se perdía entre ellas. Le dio una palmada que sonó como un latigazo.

—Mirá este orto, la puta madre —gruñó.

Romina jadeó, el ardor mezclándose con un placer que la confundió. Hacía años que nadie la tocaba así, crudo, sin protocolos ni romanticismos de mierda.

—Pará, animal… —protestó débil, pero ya estaba mojada y la bombacha la delataba.

Damián le corrió la tela hacia un costado y le metió dos dedos sin pedir permiso. Resbaló adentro sin esfuerzo.

—Estás empapada. El finado no te atendía bien, ¿eh? —dijo, moviendo los dedos adentro y afuera, despacio, buscándole el punto exacto. Ella arqueó la espalda y empujó el culo contra su mano—. Decímelo.

—Cogeme de una vez, hijo de puta —gimió, y le sorprendió su propia voz.

Él se bajó el pantalón. La frotó contra las nalgas un par de veces, prometiendo, y la penetró de una sola estocada hasta el fondo. Romina gritó, una mezcla de dolor y desahogo. Damián la agarró de las caderas, clavándole los dedos en la carne, y empezó a moverse con un ritmo parejo y profundo. Cada embestida le hacía rebotar las tetas bajo la remera, que él terminó de arrancarle de un tirón. Pezones rosados, duros como piedras, que pellizcó mientras la embestía contra los azulejos.

—Tomá, viuda. Esto era lo que te faltaba —gruñía, acelerando. El sonido de las pelvis chocando era obsceno, húmedo, y a ella le encendía aún más.

—Más fuerte… no pares —pidió, mordiéndose el labio.

***

Salieron de la cocina sin separarse. Damián la levantó en brazos y la llevó al living. La tiró sobre el sofá de cuero, boca arriba, y se hundió de nuevo en ella. Le mordió el cuello, le chupó las tetas, la hizo chillar. Romina le clavaba las uñas en la espalda, lo marcaba, lo arañaba como si quisiera dejarlo de recuerdo. El cuero crujía bajo los dos y olía a sal, a sudor y a sexo.

—Sos un hijo de puta —jadeó ella—. Pero hacía mucho que no me sentía así.

Después de un rato él la dio vuelta y la puso en cuatro patas sobre el sofá. Le miró el culo redondo, jugoso, temblando con cada palmada que le daba para verlo moverse. Le escupió y le pasó un dedo, preparándola.

—Ahora va el otro lado —avisó.

—No, ahí no… —protestó Romina, pero el cuerpo la traicionaba y empujaba sola hacia atrás.

Damián la encaró despacio al principio, dejándola acostumbrarse, y después la tomó con más fuerza, agarrándola del pelo como a una rienda. Ella enterró la cara en el cuero y gimió largo, rendida. Se corrió primero, un orgasmo que le sacudió el cuerpo entero y la dejó temblando. Él la siguió poco después, hundiéndose hasta el final con un gruñido ronco. Cayeron exhaustos, transpirados, enredados en el sofá.

***

Pero eso fue apenas el principio. Esa noche, en la habitación principal, volvieron a empezar. Damián la ató a la cama con dos corbatas viejas de su marido —un detalle que a Romina le pareció una venganza dulce contra el muerto— y la castigó con la mano hasta dejarle las nalgas tibias y rojas. Ella, liberada del duelo, se descubrió pidiendo cosas que jamás se había animado a decir en voz alta: que la usara, que le mordiera la nuca, que no la tratara con cuidado.

Al día siguiente, en la playa desierta del amanecer, se desnudaron sobre una manta. Damián la untó de protector solar, masajeándole las nalgas con calma hasta que ella se hartó de esperar, se trepó encima y lo cabalgó como una amazona, con el mar de fondo y el viento secándole el sudor de la espalda.

—Dame más —jadeaba, las manos apoyadas en el pecho de él—. No quiero pensar en nada.

Pasaron los días así. Cogían en la cocina mientras se enfriaba la comida, contra el auto en el garaje, en la ducha angosta del baño, en el sofá que ya tenía la forma de los dos. Romina se olvidó del cajón, del velorio, de las flores podridas. Solo pensaba en este desconocido que la había vuelto a poner en su propio cuerpo, como si lo hubiera recuperado de un destierro.

Una semana después decidió quedarse un tiempo más. La casa del mar ya no era el escenario de un duelo, sino de una atracción que no había buscado y que no pensaba devolver. Y ese culo legendario seguía llamando la atención de cualquiera que la viera caminar por la costanera, pero ahora tenía un único dueño que lo reclamaba cada noche con palabras sucias y manos firmes.

—Sos mi viuda favorita —le decía él al oído, en la oscuridad.

Y Romina, que dos semanas atrás se había imaginado encerrada en una casa vacía llorando hasta secarse, le clavaba las uñas en la espalda y pensaba que, al final, el muerto al pozo y la viuda al gozo no era solo un dicho cruel. Era, también, una manera de seguir viva.

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Comentarios (4)

LectorPasional

Dios mio, ese arranque te engancha desde la primera linea y no te suelta. Que relato!!!

Maru_BA

Por favor seguí escribiendo, me quedé con el corazon en la garganta. Necesito saber que pasa después

RobertoCba

El café recien hecho, sirviéndose como si fuera el dueño... tremenda imagen. Dice todo sin decir nada.

ValentinaR_Sur

Lo lei dos veces. La segunda todavía mas bueno. Sigue así!

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