Di clases particulares y mi alumna tenía otro plan
Estaba con Tomás, mi amigo de toda la vida, tomando una cerveza en la terraza cuando soltó la pregunta como quien no quiere la cosa.
—Oye, Andrés, tú siempre fuiste un crack con los números. ¿No le darías una mano a mi hermana? Está por entrar al último año y las matemáticas la tienen contra las cuerdas.
Lo pensé un segundo y froté el pulgar contra los dedos, el gesto universal del dinero.
—Podría —dije—, pero no gratis.
—¿Cuánto cobras la hora?
—Doce. Y solo porque es tu hermana.
—Hablo con mis viejos y te aviso.
Dos días después volvimos a coincidir. Tomás me confirmó que sus padres estaban de acuerdo: doce la hora, tres meses, tres veces por semana. Le propuse martes y jueves a partir de las seis, sábados desde las dos de la tarde. Asintió, pero levantó el dedo índice con una sonrisa torcida.
—Y las manos quietas con mi hermanita, ¿estamos?
—Tranquilo, hombre —le contesté riendo—. Por supuesto.
***
El martes, recién salido del trabajo, toqué el timbre de la casa de sus padres. Me abrió Carolina, la hermana de Tomás.
—Hola, Andrés, pasá —dijo, sosteniendo la puerta.
—Hola, Carolina —respondí mientras la seguía.
Tenía dieciocho años recién cumplidos, era rubia de pelo largo y ondulado, y la verdad es que no tenía nada de explosivo. Delgada, un poco angulosa, y con un aire de familia tan marcado que cada vez que giraba la cabeza me parecía estar mirando a Tomás con peluca. Su cuarto era un desorden controlado, pero los apuntes ya estaban sobre el escritorio. Trabajamos la hora completa, me pagó sus doce y me fui.
El jueves llegué puntual. Apenas habíamos abierto el cuaderno cuando sonó el timbre. Carolina se disculpó.
—Casi me olvido. Lucía, una amiga, también quiere que la ayudes. ¿Te molesta?
—No, está bien —dije.
Fue a abrir y volvió acompañada. Lucía se acercó, me tendió la mano y, en cuanto la miré, tuve que recomponerme para no quedarme con la boca abierta como un idiota. Era casi tan alta como yo, de ojos castaños enormes, el pelo corto y oscuro, y un cuerpo que parecía dibujado para incomodar a cualquier profesor particular. Llevaba unos vaqueros ajustados que le marcaban el culo respingón, una blusa entallada que le apretaba las tetas y un chaleco abierto encima.
—Hola, soy Lucía. Gracias por dejarme sumar —dijo.
—Andrés —balbuceé, y mentalmente le repetí a Tomás que su hermana no era el problema.
Repasamos un tema nuevo y les dejé ejercicios para verificar si lo habían entendido. Al terminar, Lucía me agradeció otra vez.
—¿Sabés? Ya repetí una vez por culpa de esta maldita materia. Si no apruebo el examen, estoy frita. Cuento con vos.
—Tranquila —le dije—. Lo vamos a sacar adelante. El sábado seguimos.
***
El sábado las dos ya estaban sentadas cuando llegué, comparando resultados.
—Mirá, Lucía resolvió esto de una manera completamente distinta a la mía —dijo Carolina.
Revisé los dos cuadernos. Carolina lo había hecho bien; Lucía, no. Era un caso más difícil, sí, pero también estaba muchísimo más buena que Carolina y, sobre todo, no era la hermana de nadie a quien le hubiera prometido nada.
Cuando terminamos, me preguntó si podía acercarla a su casa, que los sábados los colectivos pasaban cada nunca. Acepté. Durante el trayecto me pidió que le explicara de nuevo el tema, en su casa, que ella me pagaba aparte.
—Está bien, pero a las siete me tengo que ir. Quedé con los muchachos.
Lucía asintió. Al entrar, gritó hacia el fondo:
—¡Mamá, traje al profe! Me va a explicar lo nuevo.
Salió su madre de la cocina, me sonrió y se presentó como Marta. Nos ofreció algo de tomar, declinamos, y nos metimos en su cuarto. Repasamos el material desde cero y, de golpe, Lucía pareció entenderlo. Se levantó de un salto, me dio un beso en la mejilla de pura euforia y me hizo reír.
—Bueno, son las siete, me tengo que ir —dije.
—¿Dónde se juntan?
—En el Lúpulo, un bar de estudiantes.
Asintió y me despedí.
***
En el bar, Tomás me palmeó la espalda.
—Gracias, eh. Mi hermana está fascinada, dice que sos un genio. Pero acordate: nada de tocar a la nena.
—Que sí, pesado. Traeme una sin alcohol, anda.
Charlamos, escuchamos música y mirábamos a la gente bailar. Pasadas las nueve, apareció Lucía. Se acercó riendo.
—Qué casualidad encontrarnos acá.
—¿Casualidad? —dije con una sonrisa de costado—. Te dije en tu casa que los sábados venimos al Lúpulo.
—¿Ah, sí? No me acordaba —mintió con un descaro que me encantó.
Le pregunté si quería tomar algo. Se acercó a mi oído, porque la música estaba altísima.
—Lo que pidas vos —respondió, y rozó con los labios el lóbulo de mi oreja, sacando apenas la punta de la lengua para chuparlo.
Un escalofrío me bajó por la espalda y la polla se me movió sola dentro del pantalón. Fui a la barra y volví con dos botellines. Mis amigos andaban dispersos, bailando o de levante, así que nos quedamos solos. Como no se podía hablar adentro, salimos a la vereda con las cervezas. Ahí afuera la observé bien: las pocas pecas en la nariz, los labios apenas pintados, los ojos más oscuros que a la tarde, como si la noche se los hubiera cambiado. Hablamos durante horas, nos reímos, y a esa altura yo ya estaba completamente perdido.
Cerca de las once y media me dijo que tenía que irse.
—¿Te llevo? —solté, sin pensarlo.
Bajó la vista, casi tímida.
—Si no te molesta, con gusto.
Al llegar a su casa, hizo algo que me desarmó. Se inclinó hacia mí.
—Gracias por la noche. La pasé muy bien con vos.
Y me besó, suave, apenas un roce en los labios. Le respondí con cuidado y el beso se volvió largo, hondo, con las lenguas enredándose y las manos buscándose. Le agarré la nuca, la atraje contra mí y sentí sus tetas apretándose contra mi pecho. Bajé una mano y le apreté un muslo por encima del vaquero, subiendo despacio hacia la entrepierna. Ella gimió contra mi boca, pero cuando quise avanzar me frenó con una mano en el pecho.
—No tan rápido. Y me tengo que ir. Nos vemos el martes.
***
Me costó horrores esperar. El martes a las seis me recibió Carolina, sola.
—¿Hoy no viene Lucía? —pregunté con toda la indiferencia que pude fingir.
—No. Dijo que tenía dolores. Cosas de mujeres.
—Bueno, seguimos nosotros y vos después le pasás el tema —dije, tragándome la decepción.
El jueves Lucía sí estaba. Me esforcé por concentrarme en los ejercicios y no en ella, que me miraba como si los números fueran lo último que le importaba. Cada vez que se agachaba sobre el cuaderno, la blusa se le abría un poco y me daba vista libre al canalón entre las tetas. Estaba con la polla dura debajo de la mesa y rezando para que no se me notara al pararme. Al terminar le ofrecí llevarla.
—Hoy no puedo. Quedé con mi mamá, cantamos juntas en el coro de la parroquia y me viene a buscar.
—Entiendo. Entonces, hasta el sábado.
Me tiró un beso con la mano. Esa sonrisa me dejaba sin defensas: me bastaba mirarla para sentirme un adolescente otra vez.
El sábado, después de la clase, la acerqué a su casa y me pidió que pasara. En cuanto la puerta se cerró, me rodeó con los brazos y me besó hasta dejarme sin aire. Me metió la lengua hasta el fondo y me chupó la mía como si estuviera hambrienta.
—Tenía tantas ganas de esto —murmuró, y volvió a besarme mordiéndome el labio.
Nos sentamos en su cama. Le acaricié la espalda y bajé las manos despacio hasta agarrarle el culo por encima del jean, apretándoselo con las dos manos, mientras una subía hacia sus tetas. Lucía gimió bajito y noté sus pezones duros como piedras a través de la remera. Le pellizqué uno por encima de la tela y ella soltó un jadeo que me hizo ir directo al hueso. Fui levantando la remera hasta que la tuve frente a mí, en corpiño de encaje blanco, los pechos tibios saltando cuando la desabroché y le liberé las tetas. Eran redondas, firmes, con los pezones rosados y erectos como puntitas. Me tiré encima y me metí uno en la boca, chupándolo fuerte mientras con la otra mano le apretaba el otro y le pellizcaba el pezón entre el pulgar y el índice. Lucía arqueó la espalda y gimió más fuerte, agarrándome la cabeza contra sus tetas.
—Ay, Andrés, así, chupámelas...
Pasé de una teta a la otra, mordiendo suave los pezones, mientras ella se retorcía debajo mío. Su mano bajó hasta mi entrepierna y me buscó la polla por encima del pantalón. Me la apretó fuerte, me midió el bulto, y empezó a masajearme mientras yo le seguía chupando las tetas. Le desabroché el jean, le metí la mano por debajo de la bombacha y sentí que estaba empapada. Le corrí un dedo por los labios del coño y ella pegó un respingo.
—Estás mojadísima —le susurré al oído.
—Por vos, boludo, ¿por quién va a ser?
Estaba por terminar de desnudarla, con dos dedos jugándole en la entrada del coño, cuando escuchamos la llave en la puerta de calle.
—¡Mis viejos! —Lucía se incorporó de un salto, se acomodó el corpiño a los tirones y se bajó la remera mientras yo me subía el cierre del pantalón como podía, con la polla todavía dura queriendo salirse.
—¡Ya volvimos! —cantó su madre desde el pasillo—. Lucía, ¿de quién es el auto negro de la puerta?
—Es de Andrés, me está ayudando otra vez con matemáticas.
Marta asomó la cabeza.
—Hola, Andrés —saludó.
Yo estaba prudentemente detrás de Lucía, a una distancia decente, señalando un gráfico en el libro como el tutor más aplicado del mundo, con el cuaderno estratégicamente sobre la falda para tapar el bulto. Detrás de Marta apareció su marido.
—Hola, soy Ricardo, el padre.
—Mucho gusto, señor —respondí tranquilo.
—¿Les falta mucho?
—Estamos con una ecuación nueva. Todavía un rato más.
Ricardo me guiñó un ojo y señaló a su hija con la cabeza.
—Caso difícil, ¿eh?
***
Cuando por fin nos dejaron solos y terminamos, Lucía me preguntó si esa noche también me juntaba con mis amigos.
—No. Hoy quiero dar una vuelta con vos.
—Eso suena lindísimo —dijo, y me besó—. Bajá con mis viejos mientras me cambio.
Fuimos a un autoservicio, pedimos algo y estacionamos en un descampado apartado. Después de comer empezamos a besarnos con ganas, esta vez sin freno ni horarios. Lucía llevaba una remera fina y se notaba a la legua que no tenía nada debajo: los pezones se le marcaban contra la tela como dos botones. Se la subí despacio, se la saqué por la cabeza y le acaricié las tetas con las dos manos, agarrándoselas enteras, apretándoselas hasta que se le endurecieron los pezones del todo. Me agaché en el asiento y me puse a chupárselas, uno y otro, tirando de los pezones con los dientes suave, mientras ella me hundía los dedos en el pelo y jadeaba.
—Ay, sí, sí, chupámelas fuerte...
Su respiración era un jadeo continuo. Eché los asientos hacia atrás, le desabroché los vaqueros y se los bajé hasta las rodillas junto con la bombacha. Sin dejar de besarla, deslicé la mano entre sus piernas y le abrí los muslos. Eran casi las diez y afuera ya estaba oscuro, con el vaho de nuestras respiraciones empañando los vidrios.
La sentí cálida y empapada, el coño le chorreaba. Recorrí su clítoris con un dedo, en círculos lentos, sintiendo cómo se le hinchaba bajo la yema, y bajé hacia la entrada del coño. Lucía respiraba a ráfagas y separaba las piernas todo lo que el auto le permitía. Cuando la penetré con el dedo, despacio, como en cámara lenta, jadeó y se aferró a mi brazo mientras yo le besaba el cuello y le seguía chupando las tetas. Le metí un segundo dedo y empecé a bombeárselos adentro, curvándolos hacia arriba, mientras con el pulgar le seguía dando al clítoris.
—Más, Andrés, más rápido, por favor...
La cogí con los dedos cada vez más fuerte, sintiendo cómo las paredes del coño se le apretaban alrededor. Ella se retorcía en el asiento, con la boca abierta y los ojos cerrados, jadeando descontrolada.
—Creo que me vengo —gimió contra mi oído.
Tembló, se estremeció y se le escapó un gemido largo que tuvo que tragarse contra mi hombro para no gritar. Sentí cómo se le contraía el coño alrededor de mis dedos, en oleadas, y cómo se le escapaba más jugo. Le saqué los dedos empapados y se los mostré, brillantes, antes de metérmelos en la boca y chupármelos. Ella se puso colorada y se rio, medio avergonzada. Miró por la ventanilla, temerosa de que alguien nos viera. No había nadie. Nos reímos los dos, esa risa nerviosa de después.
—Ahora te toca a vos —me dijo, con los ojos vidriosos.
Puso el respaldo derecho y yo me recosté. Me bajó la cremallera, me sacó la polla y se quedó unos segundos mirándomela, como midiéndola, antes de agarrarla con la mano. Empezó a movérmela de arriba abajo, sin apuro, apretando bien el prepucio, mirándome a la cara todo el tiempo. Al rato le murmuré que, si quería, podía usar la boca. No dudó. Se inclinó, me lamió toda la extensión de la polla desde la base hasta la punta, dio un par de vueltas con la lengua alrededor del glande y después me la metió entera, hasta atragantarse un poco. Enseguida supe que le gustaba: estaba tan excitada como yo, gemía con la polla en la boca.
La imagen me superaba: su boca trabajándome, subiendo y bajando por la verga, las tetas balanceándose desnudas cada vez que aceleraba, una mano acariciándome los huevos con un cuidado increíble mientras la otra me la apretaba en la base. Escuchaba el ruido húmedo de su boca chupándome, los sorbetes, cómo se me hundía la polla en la garganta. Le agarré la nuca y le marqué un poco el ritmo, y ella me obedeció, dejándose guiar, con la saliva chorreándole por la barbilla y goteándome en los huevos.
—Lucía, así, mamámela así...
Ella subió el ritmo, chupando con más fuerza, ahuecando los cachetes y haciéndome vacío con la boca. Yo sentí el cosquilleo subir desde los huevos.
—Lucía, me voy a venir —le avisé.
Me miró desde abajo, con la polla todavía en la boca, y sacó apenas la punta. Después me la sacó del todo pero siguió con la mano, moviéndomela más rápido, apuntándose la polla directo a las tetas. Solté un gruñido y me vine a chorros, largos, calientes, salpicándole el pecho, el cuello, un poco la mejilla. Ella no cerró los ojos: miraba cómo la corrida le caía encima con una sonrisa embobada. Después no paraba de sacudírmela, exprimiéndome hasta la última gota, y tuve que frenarla riéndome.
—Pará, ¿me vas a dejar seco?
—Perdón, me entusiasmé —dijo, y se pasó un dedo por las tetas, recogió un poco de semen y se lo llevó a la boca, chupándoselo con toda naturalidad. Se me erizó la piel. Me dio un beso suave antes de que nos limpiáramos con un paquete de servilletas y nos vistiéramos.
Se acercó a mi oído.
—Es la primera vez que hago esto. La primera vez que le mamo la pija a alguien. Y me encantó, en serio. Sos muy tierno.
La llevé a su casa feliz como un chico. Al despedirse me dijo que el sábado siguiente tenía una sorpresa para mí.
***
Esa semana se hizo eterna. El martes no pudo quedarse y el jueves se iba directo al coro. Pero el sábado, apenas terminamos la clase con Carolina, fuimos derecho a su casa. La puerta no se había cerrado del todo cuando ya me estaba abrazando.
—Estoy loca por vos. Te extrañé toda la semana —me dijo.
Le confesé que a mí me pasaba lo mismo y la besé. Entonces me susurró algo que me dejó helado:
—¿Sabés qué? Mis viejos se van todo el fin de semana.
—¿Qué?
—Lo que oíste. Podemos hacer lo que queramos.
Me llevó de la mano a su habitación. Antes de nada, se puso seria un segundo.
—Te tengo que contar algo. Hablé con mi mamá, le conté de vos y de mí. Me dijo que era lo más normal del mundo, pero que fuera al ginecólogo. Empecé con la pastilla.
Me dio un poco de pudor que hablara de nosotros tan abiertamente con su madre, pero no alcancé a decir nada: Lucía ya se estaba desnudando y empezaba a desnudarme a mí, con manos ansiosas, tirándome de la remera, del cinturón, del pantalón. Cuando los dos quedamos en pelotas, me miró la polla parada apuntándole y se mordió el labio. Nos echamos en la cama. Yo ya estaba durísimo, con la verga latiendo. Se acomodó encima, apretó mi polla entre sus muslos y me la deslizó por los labios del coño de adelante hacia atrás, restregándose contra mí. La sentí caliente, mojada, empapada, la punta del glande resbalándose entre sus pliegues.
—Mi mamá dijo que la primera vez es mejor que yo controle cómo entrás —me dijo.
—¿Cómo? —reaccioné—. ¿Eso también lo hablaste con tu vieja?
—Obvio. ¿Pensás que no sabía que iba a pasar en algún momento? —dijo, divertida.
No insistí; estaba demasiado encendido para razonar. Ella se levantó un poco, me tomó la polla con la mano, me guió entre sus labios hasta apoyarme la punta en la entrada del coño y, muy de a poco, se dejó caer. La sentí ofrecer resistencia. Hizo una mueca, respiró hondo, presionó un poco más y, despacio, la verga se le fue metiendo adentro, milímetro a milímetro, hasta que sentí que algo cedía. Ella pegó un quejidito, se detuvo, y después siguió bajando hasta que se me sentó encima del todo. La polla me había desaparecido dentro de su coño virgen, y sentía cómo las paredes tibias me apretaban de una manera que casi me hace terminar de una.
Se inclinó sobre mí sin moverse, dándose tiempo para acostumbrarse.
—Esta era la sorpresa —me susurró, y me besó con la lengua, hondo, casi con desesperación.
La miré sin aliento. Le tomé los pechos y le acaricié los pezones, pellizcándoselos suave, que se irguieron al instante. Cuando ella se levantó apenas, vi mi polla saliendo manchada de rojo y una mancha de sangre en la sábana.
—Era mi virginidad —murmuró—. Un regalo, solo para vos.
Me incorporé un poco y la besé.
—Gracias. Sos increíble.
Empezó a moverse arriba y abajo, lento al principio, saliendo casi hasta la punta y volviendo a bajar entera. Sentía cómo se le tensaban los músculos del coño a mi alrededor, cómo me lo apretaba. Le agarré las caderas con las dos manos, ayudándola a marcar el ritmo, mientras miraba embobado cómo mi verga desaparecía dentro de ella y salía brillante de sus jugos. Cada vez iba más rápido, gimiendo, con las tetas saltándole delante de mi cara. Me incliné, atrapé un pezón con la boca y se lo chupé fuerte mientras ella cabalgaba.
—Ay, Andrés, qué bien la tenés adentro, no pares...
Le agarré el culo con las dos manos, se lo apreté fuerte, y le marqué el ritmo empujándola hacia arriba y hacia abajo. Ella respondía cabalgándome con más fuerza, apoyándose con las manos en mi pecho, con el pelo cayéndole sobre la cara. La sentía cada vez más apretada, cada vez más mojada, con el coño chorreándome jugos por los huevos. De pronto un temblor le recorrió todo el cuerpo, arqueó la espalda, tiró la cabeza para atrás y se vino apretándome con una fuerza brutal, gritando algo que no llegué a entender. Eso fue demasiado: la agarré fuerte de las caderas, la clavé abajo hasta el fondo y me vine dentro de ella, a chorros, sintiendo cómo cada latido de la polla le llenaba el coño. Nos quedamos quietos, besándonos, mientras yo seguía sintiendo cómo se contraía alrededor de mi verga, exprimiéndome. Para mi sorpresa, con sus pequeños movimientos y el calor del coño lleno de semen, volví a endurecerme adentro suyo.
—Ay, se está poniendo dura otra vez —dijo, sorprendida, moviendo las caderas para comprobarlo—, se me está creciendo adentro.
Y volvió a montarme, esta vez sin freno. Ahora cabalgaba salvaje, dando saltos, con el culo golpeándome los muslos, las tetas rebotando, gimiendo sin ningún pudor. Del coño le chorreaba mezclado nuestro jugo y mi semen anterior, resbalándose por mi polla y por mis huevos. La agarré del culo, se lo apreté, le separé los cachetes y le pasé un dedo por el ojete, apenas rozándolo. Ella dio un respingo y gimió más fuerte.
—Uy, no seas atrevido... —dijo, pero no me sacó la mano.
La di vuelta y la puse de espaldas, con las piernas bien abiertas. Me acomodé entre sus muslos y le clavé la polla de una sola estocada, hasta el fondo. Ella gritó, agarrándose de las sábanas. Empecé a cogérmela fuerte, con embestidas largas y profundas, viendo cómo mi verga entraba y salía de su coño rosado. Le agarré las piernas y se las levanté, apoyándoselas en mis hombros, doblándola en dos para entrar todavía más hondo. En esa posición sentía cómo la punta me llegaba al fondo del coño, hasta el cuello del útero, y ella gemía cada vez que le pegaba ahí.
—Sí, Andrés, así, cogéme fuerte, dámela toda...
Escuchar a esa nena que hasta hacía un rato había sido virgen hablando así me volvió loco. La cogí más fuerte, con la cama chirriando bajo nosotros, con el sonido húmedo de mi pelvis chocando contra el suyo. Le agarré una teta y se la apreté fuerte mientras la embestía. La cama se movía, la almohada se caía al piso, ella se aferraba a lo que podía. No sé cuánto rato estuve cogiéndomela en esa posición, cambiando el ritmo, saliendo del todo y volviendo a meterla entera para verla estremecerse, cada vez más salvaje. De repente volvió a temblar, más fuerte que antes, se le contrajo el coño entero, y gritó mi nombre contra la almohada, mordiéndola para amortiguar. Yo aguanté un poco más, dando estocadas cada vez más rápidas, y me vine por segunda vez, vaciándome adentro suyo, con la polla latiéndome dentro de ese coño apretado. Se desplomó a mi lado, agitada, con las piernas todavía temblándole.
—Gracias. Fuiste maravilloso. Te quiero.
Apoyó la cabeza en mi pecho y, al notar que yo seguía con la polla semidura, brillante de todos los jugos, bajó la mano y me acarició despacio. Después bajó la cara, me lamió la punta, saboreando la mezcla de los dos, y sin más se me metió la verga en la boca y me la mamó hasta que me puse duro otra vez. Me la chupó con calma, con los ojos cerrados, hasta que me hizo venir por tercera vez en la boca, y esta vez se tragó todo, agotado por completo.
—No para más —dijo, asombrada, relamiéndose.
—Es tu culpa, me ponés así.
***
Nos quedamos dormidos abrazados, porque hacía falta descansar. Pero a las pocas horas me despertó su boca otra vez chupándomela bajo las sábanas, y así arrancó el domingo. Lo pasamos entero entre las sábanas, en la cocina, bajo la ducha, en cada rincón que se nos cruzó. Se la comí a Lucía tirada en la mesa de la cocina, con los muslos abiertos sobre mis hombros, hasta hacerla venir apretándome la cara contra su coño con las dos manos. Ella me la chupó de rodillas contra el mueble del baño, mirándome desde abajo mientras el agua nos caía encima, y me tragó todo. La cogí contra la pared de la ducha, con una pierna en alto, y después en cuatro patas sobre la alfombra del living, viéndole el culo redondo mientras se lo daba de atrás con las manos agarradas de sus caderas, y ella gemía apoyada en los antebrazos, mirándome por sobre el hombro con los ojos entrecerrados.
Lucía era insaciable; apenas me daba un respiro volvía a buscarme, se me sentaba encima, me la agarraba con la mano, me la lamía, me la restregaba entre las tetas. Me hizo terminar tantas veces que perdí la cuenta. A media tarde le dije, riéndome con la polla enrojecida y sensible, que sus padres estaban por llegar y que, además, no me quedaba nada de cuerpo ni una gota más adentro.
Se rio, me dio un último beso hondo bajándome la mano al bulto del pantalón como si quisiera comprobar por última vez, y nos despedimos. Justo cuando abría la puerta del auto, los vi doblar la esquina. Los saludé con la mano y manejé hasta casa con esa sonrisa estúpida que no se me iba y las piernas todavía flojas.
Lo que pasó después, lo cuento en otra ocasión.





