Di clases particulares y mi alumna tenía otro plan
Estaba con Tomás, mi amigo de toda la vida, tomando una cerveza en la terraza cuando soltó la pregunta como quien no quiere la cosa.
—Oye, Andrés, tú siempre fuiste un crack con los números. ¿No le darías una mano a mi hermana? Está por entrar al último año y las matemáticas la tienen contra las cuerdas.
Lo pensé un segundo y froté el pulgar contra los dedos, el gesto universal del dinero.
—Podría —dije—, pero no gratis.
—¿Cuánto cobras la hora?
—Doce. Y solo porque es tu hermana.
—Hablo con mis viejos y te aviso.
Dos días después volvimos a coincidir. Tomás me confirmó que sus padres estaban de acuerdo: doce la hora, tres meses, tres veces por semana. Le propuse martes y jueves a partir de las seis, sábados desde las dos de la tarde. Asintió, pero levantó el dedo índice con una sonrisa torcida.
—Y las manos quietas con mi hermanita, ¿estamos?
—Tranquilo, hombre —le contesté riendo—. Por supuesto.
***
El martes, recién salido del trabajo, toqué el timbre de la casa de sus padres. Me abrió Carolina, la hermana de Tomás.
—Hola, Andrés, pasá —dijo, sosteniendo la puerta.
—Hola, Carolina —respondí mientras la seguía.
Tenía dieciocho años recién cumplidos, era rubia de pelo largo y ondulado, y la verdad es que no tenía nada de explosivo. Delgada, un poco angulosa, y con un aire de familia tan marcado que cada vez que giraba la cabeza me parecía estar mirando a Tomás con peluca. Su cuarto era un desorden controlado, pero los apuntes ya estaban sobre el escritorio. Trabajamos la hora completa, me pagó sus doce y me fui.
El jueves llegué puntual. Apenas habíamos abierto el cuaderno cuando sonó el timbre. Carolina se disculpó.
—Casi me olvido. Lucía, una amiga, también quiere que la ayudes. ¿Te molesta?
—No, está bien —dije.
Fue a abrir y volvió acompañada. Lucía se acercó, me tendió la mano y, en cuanto la miré, tuve que recomponerme para no quedarme con la boca abierta como un idiota. Era casi tan alta como yo, de ojos castaños enormes, el pelo corto y oscuro, y un cuerpo que parecía dibujado para incomodar a cualquier profesor particular. Llevaba unos vaqueros, una blusa entallada y un chaleco abierto encima.
—Hola, soy Lucía. Gracias por dejarme sumar —dijo.
—Andrés —balbuceé, y mentalmente le repetí a Tomás que su hermana no era el problema.
Repasamos un tema nuevo y les dejé ejercicios para verificar si lo habían entendido. Al terminar, Lucía me agradeció otra vez.
—¿Sabés? Ya repetí una vez por culpa de esta maldita materia. Si no apruebo el examen, estoy frita. Cuento con vos.
—Tranquila —le dije—. Lo vamos a sacar adelante. El sábado seguimos.
***
El sábado las dos ya estaban sentadas cuando llegué, comparando resultados.
—Mirá, Lucía resolvió esto de una manera completamente distinta a la mía —dijo Carolina.
Revisé los dos cuadernos. Carolina lo había hecho bien; Lucía, no. Era un caso más difícil, sí, pero también estaba muchísimo más buena que Carolina y, sobre todo, no era la hermana de nadie a quien le hubiera prometido nada.
Cuando terminamos, me preguntó si podía acercarla a su casa, que los sábados los colectivos pasaban cada nunca. Acepté. Durante el trayecto me pidió que le explicara de nuevo el tema, en su casa, que ella me pagaba aparte.
—Está bien, pero a las siete me tengo que ir. Quedé con los muchachos.
Lucía asintió. Al entrar, gritó hacia el fondo:
—¡Mamá, traje al profe! Me va a explicar lo nuevo.
Salió su madre de la cocina, me sonrió y se presentó como Marta. Nos ofreció algo de tomar, declinamos, y nos metimos en su cuarto. Repasamos el material desde cero y, de golpe, Lucía pareció entenderlo. Se levantó de un salto, me dio un beso en la mejilla de pura euforia y me hizo reír.
—Bueno, son las siete, me tengo que ir —dije.
—¿Dónde se juntan?
—En el Lúpulo, un bar de estudiantes.
Asintió y me despedí.
***
En el bar, Tomás me palmeó la espalda.
—Gracias, eh. Mi hermana está fascinada, dice que sos un genio. Pero acordate: nada de tocar a la nena.
—Que sí, pesado. Traeme una sin alcohol, anda.
Charlamos, escuchamos música y mirábamos a la gente bailar. Pasadas las nueve, apareció Lucía. Se acercó riendo.
—Qué casualidad encontrarnos acá.
—¿Casualidad? —dije con una sonrisa de costado—. Te dije en tu casa que los sábados venimos al Lúpulo.
—¿Ah, sí? No me acordaba —mintió con un descaro que me encantó.
Le pregunté si quería tomar algo. Se acercó a mi oído, porque la música estaba altísima.
—Lo que pidas vos —respondió, y rozó con los labios el lóbulo de mi oreja.
Un escalofrío me bajó por la espalda. Fui a la barra y volví con dos botellines. Mis amigos andaban dispersos, bailando o de levante, así que nos quedamos solos. Como no se podía hablar adentro, salimos a la vereda con las cervezas. Ahí afuera la observé bien: las pocas pecas en la nariz, los labios apenas pintados, los ojos más oscuros que a la tarde, como si la noche se los hubiera cambiado. Hablamos durante horas, nos reímos, y a esa altura yo ya estaba completamente perdido.
Cerca de las once y media me dijo que tenía que irse.
—¿Te llevo? —solté, sin pensarlo.
Bajó la vista, casi tímida.
—Si no te molesta, con gusto.
Al llegar a su casa, hizo algo que me desarmó. Se inclinó hacia mí.
—Gracias por la noche. La pasé muy bien con vos.
Y me besó, suave, apenas un roce en los labios. Le respondí con cuidado y el beso se volvió largo, hondo, con las manos buscándose. Quise avanzar, pero ella me frenó con una mano en el pecho.
—No tan rápido. Y me tengo que ir. Nos vemos el martes.
***
Me costó horrores esperar. El martes a las seis me recibió Carolina, sola.
—¿Hoy no viene Lucía? —pregunté con toda la indiferencia que pude fingir.
—No. Dijo que tenía dolores. Cosas de mujeres.
—Bueno, seguimos nosotros y vos después le pasás el tema —dije, tragándome la decepción.
El jueves Lucía sí estaba. Me esforcé por concentrarme en los ejercicios y no en ella, que me miraba como si los números fueran lo último que le importaba. Al terminar le ofrecí llevarla.
—Hoy no puedo. Quedé con mi mamá, cantamos juntas en el coro de la parroquia y me viene a buscar.
—Entiendo. Entonces, hasta el sábado.
Me tiró un beso con la mano. Esa sonrisa me dejaba sin defensas: me bastaba mirarla para sentirme un adolescente otra vez.
El sábado, después de la clase, la acerqué a su casa y me pidió que pasara. En cuanto la puerta se cerró, me rodeó con los brazos y me besó hasta dejarme sin aire.
—Tenía tantas ganas de esto —murmuró, y volvió a besarme.
Nos sentamos en su cama. Le acaricié la espalda y bajé las manos despacio mientras una de ellas subía hacia sus pechos. Lucía gimió bajito y noté sus pezones duros a través de la remera. Fui levantando la tela hasta que la tuve frente a mí, los pechos tibios, la respiración cada vez más corta. Me sonreía y me besaba entre suspiro y suspiro. Su mano bajó hasta mi entrepierna y acarició el bulto sobre el pantalón. Estaba por terminar de desnudarla cuando escuchamos la llave en la puerta de calle.
—¡Mis viejos! —Lucía se incorporó de un salto y se acomodó la ropa.
—¡Ya volvimos! —cantó su madre desde el pasillo—. Lucía, ¿de quién es el auto negro de la puerta?
—Es de Andrés, me está ayudando otra vez con matemáticas.
Marta asomó la cabeza.
—Hola, Andrés —saludó.
Yo estaba prudentemente detrás de Lucía, a una distancia decente, señalando un gráfico en el libro como el tutor más aplicado del mundo. Detrás de Marta apareció su marido.
—Hola, soy Ricardo, el padre.
—Mucho gusto, señor —respondí tranquilo.
—¿Les falta mucho?
—Estamos con una ecuación nueva. Todavía un rato más.
Ricardo me guiñó un ojo y señaló a su hija con la cabeza.
—Caso difícil, ¿eh?
***
Cuando por fin nos dejaron solos y terminamos, Lucía me preguntó si esa noche también me juntaba con mis amigos.
—No. Hoy quiero dar una vuelta con vos.
—Eso suena lindísimo —dijo, y me besó—. Bajá con mis viejos mientras me cambio.
Fuimos a un autoservicio, pedimos algo y estacionamos en un descampado apartado. Después de comer empezamos a besarnos con ganas. Lucía llevaba una remera fina y se notaba que no tenía nada debajo. Se la subí despacio, se la saqué con cuidado y le acaricié los pechos hasta sentir cómo se le endurecían los pezones. Su respiración era un jadeo continuo. Eché los asientos hacia atrás, le desabroché los vaqueros y, sin dejar de besarla, deslicé la mano entre sus piernas. Eran casi las diez y afuera ya estaba oscuro.
La sentí cálida y húmeda. Recorrí su clítoris con un dedo, en círculos lentos, y bajé hacia la entrada. Lucía respiraba a ráfagas. Cuando la penetré con el dedo, despacio, como en cámara lenta, jadeó y se aferró a mi brazo mientras yo le besaba el cuello y los pechos.
—Creo que me vengo —gimió contra mi oído.
Tembló, se estremeció y se le escapó un gemido largo que tuvo que tragarse contra mi hombro. Miró por la ventanilla, temerosa de que alguien nos viera. No había nadie. Nos reímos los dos, esa risa nerviosa de después.
—Ahora te toca a vos —me dijo.
Puso el respaldo derecho y yo me recosté. Me bajó la cremallera, me liberó y empezó a moverme la mano de arriba abajo, sin apuro. Al rato le murmuré que, si quería, podía usar la boca. No dudó. Se inclinó y me la metió entera, y enseguida supe que le gustaba: estaba tan excitada como yo. La imagen me superaba, su boca trabajándome, los pechos balanceándose, una mano acariciándome con un cuidado increíble.
—Lucía, me voy a venir —le avisé.
Me miró, me sacó de la boca pero siguió con la mano, más rápido, hasta que terminé. Después no paraba, y tuve que frenarla riéndome.
—Pará, ¿me vas a dejar seco?
—Perdón, me entusiasmé —dijo, y me dio un beso suave antes de que nos limpiáramos y nos vistiéramos.
Se acercó a mi oído.
—Es la primera vez que hago esto. Y me encantó. Sos muy tierno.
La llevé a su casa feliz como un chico. Al despedirse me dijo que el sábado siguiente tenía una sorpresa para mí.
***
Esa semana se hizo eterna. El martes no pudo quedarse y el jueves se iba directo al coro. Pero el sábado, apenas terminamos la clase con Carolina, fuimos derecho a su casa. La puerta no se había cerrado del todo cuando ya me estaba abrazando.
—Estoy loca por vos. Te extrañé toda la semana —me dijo.
Le confesé que a mí me pasaba lo mismo y la besé. Entonces me susurró algo que me dejó helado:
—¿Sabés qué? Mis viejos se van todo el fin de semana.
—¿Qué?
—Lo que oíste. Podemos hacer lo que queramos.
Me llevó de la mano a su habitación. Antes de nada, se puso seria un segundo.
—Te tengo que contar algo. Hablé con mi mamá, le conté de vos y de mí. Me dijo que era lo más normal del mundo, pero que fuera al ginecólogo. Empecé con la pastilla.
Me dio un poco de pudor que hablara de nosotros tan abiertamente con su madre, pero no alcancé a decir nada: Lucía ya se estaba desnudando y empezaba a desnudarme a mí. Cuando los dos quedamos sin ropa, nos echamos en la cama. Yo ya estaba duro. Se acomodó encima, apretó mi miembro entre sus muslos y la sentí caliente y mojada.
—Mi mamá dijo que la primera vez es mejor que yo controle cómo entrás —me dijo.
—¿Cómo? —reaccioné—. ¿Eso también lo hablaste con tu vieja?
—Obvio. ¿Pensás que no sabía que iba a pasar en algún momento? —dijo, divertida.
No insistí; estaba demasiado encendido para razonar. Ella se levantó un poco, me tomó con la mano, me guió entre sus labios y, muy de a poco, se dejó caer. La sentí ofrecer resistencia. Hizo una mueca, respiró hondo, presionó un poco más y, despacio, me fui adentrando hasta desaparecer del todo dentro de ella.
Se inclinó sobre mí sin moverse.
—Esta era la sorpresa —me susurró, y me besó con la lengua, hondo, casi con desesperación.
La miré sin aliento. Le tomé los pechos y le acaricié los pezones, que se irguieron al instante. Cuando ella se levantó apenas, vi una mancha de sangre.
—Era mi virginidad —murmuró—. Un regalo, solo para vos.
Me incorporé un poco y la besé.
—Gracias. Sos increíble.
Empezó a moverse arriba y abajo, lento al principio. Sentía cómo se le tensaban los músculos a mi alrededor. Cada vez iba más rápido, gimiendo, hasta que un temblor le recorrió todo el cuerpo y se vino apretándome con fuerza. Eso fue demasiado y terminé dentro de ella. Nos quedamos quietos, besándonos, mientras yo seguía sintiendo cómo se contraía. Para mi sorpresa, con sus movimientos volví a endurecerme.
—Ay, se está poniendo dura otra vez —dijo, y volvió a montarme, esta vez sin freno.
No sé cuánto rato estuvo cabalgándome, cada vez más salvaje. De repente volvió a temblar, más fuerte que antes, y gritó mi nombre contra la almohada. Se desplomó a mi lado, agitada.
—Gracias. Fuiste maravilloso. Te quiero.
Apoyó la cabeza en mi pecho y, al notar que yo todavía no había terminado, bajó la mano y me acarició hasta que me vine otra vez, agotado por completo.
—No para más —dijo, asombrada.
—Es tu culpa, me ponés así.
***
Nos quedamos dormidos abrazados, porque hacía falta descansar. El domingo lo pasamos entero entre las sábanas, en la cocina, bajo la ducha, en cada rincón que se nos cruzó. Lucía era insaciable; apenas me daba un respiro volvía a buscarme. A media tarde le dije, riéndome, que sus padres estaban por llegar y que, además, no me quedaba nada de cuerpo.
Se rio y nos despedimos. Justo cuando abría la puerta del auto, los vi doblar la esquina. Los saludé con la mano y manejé hasta casa con esa sonrisa estúpida que no se me iba.
Lo que pasó después, lo cuento en otra ocasión.