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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el hotel durante nuestra escapada

Han pasado un par de meses desde aquella primera escapada en la que mi mujer y yo descubrimos un juego que despertó en nosotros unas ganas enormes de devorarnos. Desde entonces no he parado de darle vueltas, y aquí estoy otra vez, con el año casi terminado, poniendo por escrito lo que vivimos en nuestra última noche fuera de casa. No sé inventar historias; solo cuento lo que pasó, tal cual lo recuerdo.

Esta vez nos fuimos un fin de semana completo a un pueblo cercano, alojados en un hotel que pudimos pagar gracias a un regalo de unos amigos. Y no íbamos solos: nos acompañaba otra pareja, Diego y Carla, a los que conocemos desde la adolescencia. Con ellos siempre se ríe uno hasta que le duele la cara.

Salimos el viernes a media mañana. Entre charlas, bromas y alguna confidencia, el camino se nos hizo corto. Yo, como siempre, llevaba la cabeza llena de planes para sorprender a mi mujer. El principal era sencillo pero efectivo: tenía guardado en el móvil un relato que había escrito sobre nosotros y pensaba enviárselo en el momento justo.

Al llegar comimos, dimos un paseo corto y volvimos al hotel a descansar antes de la tarde. Cuando subimos a la habitación, le mostré los regalitos que había comprado. Uno para Diego y Carla, otro para ella, y un último juguete nuevo solo para nosotros.

Era un vibrador pequeño con un estimulador de clítoris incorporado, controlado por un mando a distancia que, por supuesto, manejaría yo. Lo había comprado pensando en una de las pruebas que nos quedaban pendientes del juego: usar algo así en un sitio público, con gente cerca. Pero en cuanto lo saqué de la caja supe que sería complicado.

Esto se va a oír desde la otra punta del restaurante, pensé.

El problema no era solo el tamaño, aunque la parte del clítoris abultaba más de lo que parecía en la foto. Era el ruido: el succionador hacía un sonido inconfundible, sobre todo si se despegaba de la piel. Con Diego y Carla a un metro, nos descubrirían en dos minutos. Ya buscaríamos otra ocasión, quizá un día que saliéramos los dos solos.

Además del juguete nuevo, en la mochila viajaba nuestro pequeño kit de supervivencia: estimuladores anales de varios tamaños, aceites, el tarro con las preguntas del juego y poco más. Lo justo para no aburrirnos.

Por la tarde volvimos a salir a cenar con la otra pareja. Llovía y hacía un frío que se metía en los huesos, así que, por mucho que disfrutáramos de su compañía, a las once y media ya estábamos de vuelta en la habitación.

—Me estoy congelando —dije, frotándome las manos—. Propongo bañera.

Mi mujer no se hizo de rogar. Nos desnudamos, llenamos la bañera y dejamos el tarro del juego al alcance de la mano. Las primeras preguntas eran suaves, casi un calentamiento. Recuerdo algunas.

—Masajea los pies de tu pareja —leyó ella.

—Qué suerte tengo —respondí—. Y aprovecho para que tú me lo hagas a mí también.

Estábamos uno frente al otro, así que nos dimos un masaje mutuo en esos pies cansados de toda la semana y del frío de esa noche. A mí me encanta tocarla, da igual si es con un masaje, una caricia o un beso. Disfrutar de amasarle una pierna y la otra mientras recibo lo mismo me relaja como pocas cosas. Con cualquier otra persona preferiría solo recibir; con ella no me importa dar.

—Qué te gustaría hacer que todavía no hayamos hecho —leí yo en el siguiente turno.

—Me encantaría que, sin que duela, me pusieras a cuatro patas y me dieras por detrás.

Ahí estaba mi mujer otra vez, soltando esas frases que luego no consigo quitarme de la cabeza durante días. Es algo que llevamos tiempo intentando con cuidado. Tenemos estimuladores de cuatro tamaños y no hemos logrado pasar del segundo; sospecho que hasta el tercero no se acercará de verdad a lo que necesitaríamos. Pero la idea está sembrada, y eso ya es media batalla.

—Si hiciéramos un trío —siguió ella—, ¿con quién preferirías, con un hombre o con una mujer?

—Tengo claro que lo haría con quien tú quisieras, o mejor dicho, con quien tú te sintieras más a gusto.

Me quedé con las ganas de oír su respuesta. Muchas preguntas las contestábamos los dos, pero esa se me pasó devolvérsela. O quizá no quise saberla, no fuera a ponerme los dientes largos pensando en ello el resto de la noche.

—Untaos en aceite y frotaos el uno contra el otro —dijo la siguiente.

Nos pusimos de pie, abrimos la ducha y me llené las manos de gel. Se lo repartí por todo el cuerpo, recreándome en cada centímetro, su espalda mojada y resbaladiza bajo mis manos. Volvía una y otra vez a su trasero, demorándome más de lo que la prueba pedía. La besaba mientras la recorría, y notaba cómo poco a poco se iba rindiendo, cómo su respiración cambiaba. Terminé deslizando los dedos entre sus piernas hasta sentir que se humedecía, y con la otra mano la acaricié por detrás.

Luego le tocó a ella. Se llenó las manos de gel y me lo extendió por el cuerpo, aunque no precisamente con la misma calma en todas las zonas. No dejaba de besarme, de acariciarme, hasta que se agachó y empezó a chupármela como solo ella sabe: despacio, con saliva de sobra, dibujando círculos con la lengua y apretando con la mano. Después comenzó a marcar el ritmo agarrándome de las caderas, mientras con la otra mano seguía jugando con mi piel mojada.

—Para —dije con la voz tomada—. No aguanto más. A la cama.

***

Al salir me sequé deprisa y fui a la habitación a preparar las cosas. Junto a la cama había un sillón pequeño que mi mujer había mirado con interés nada más llegar, así que coloqué una toalla sobre él mientras ella terminaba de secarse en el baño.

Mientras la esperaba, cogí el masajeador y me relajé un poco las piernas. En cuanto entró, le pasé el cabezal por los muslos un par de veces y pasé directamente a la acción. Saqué el móvil y le envié aquel relato que había escrito sobre nosotros.

—Ábrelo —le pedí—. Lee lo que te acabo de mandar.

En cuanto bajó la vista a la pantalla, me lancé sobre ella. Sabía que tenía unos diez minutos de lectura por delante y no quería ir con prisa. La besaba alrededor, le daba pasadas lentas, me demoraba en cada rincón hasta que la sentía moverse sin querer. Diez minutos enteros escuchando cómo cambiaba su respiración, notando cómo su cuerpo se relajaba y se encendía al mismo tiempo. Cuando terminó de leer, me cogió la cabeza, me llevó hasta su altura y me susurró: «Me sigues sorprendiendo». Y me besó como solo lo hace en los momentos de mayor complicidad.

Pero yo no estaba dispuesto a cederle el mando tan pronto. La conduje hasta el sillón, la senté, le separé bien las piernas y seguí saboreándola. Subía hasta sus pechos, los mordía y los lamía, y mientras tanto la acariciaba por dentro con dos dedos. Besarla para que no pudiera jadear tranquila me vuelve loco: siento la necesidad que tiene de soltar el aire y, al mismo tiempo, que no es capaz de apartar mi boca de la suya.

—Para y siéntate tú, que me toca —dijo entre jadeos.

Ahora era yo el que apretaba los dientes cada vez que su lengua subía desde abajo. Empezó despacio, pero la excitación venía de lejos y enseguida estaba al límite. Se levantó, se dio la vuelta y se sentó sobre mí por primera vez en toda la noche. Vaya imagen me regalaba esa postura: ella de espaldas, inclinada hacia delante, marcando un ritmo que amenazaba con acabar conmigo antes de tiempo.

—Espera —dije, frenándola—. Vamos a la cama, que quiero estrenar el juguete nuevo.

La levanté, la coloqué de rodillas sobre el colchón, me pegué a su espalda y la besé en el cuello mientras la acariciaba por delante y por detrás a la vez. En segundos los movimientos se volvieron urgentes, y noté cómo se entregaba del todo. Cogí el estimulador anal más pequeño de la gama y se lo coloqué con cuidado; esta vez entró sin ninguna dificultad, señal de que íbamos avanzando.

Después agarré el juguete nuevo y se lo puse por delante, ajustando el succionador justo sobre su clítoris. Cambié de posición para tenerla cerca, ella tumbada y yo a su alcance, y dejé que me devolviera todas las atenciones de la noche mientras yo controlaba el mando con la mano libre.

Entonces empezó la recta final. Aparté un poco el juguete sin sacarlo del todo, le di unos azotes suaves donde sabía que más le gustan —cuando está así de encendida los aguanta y hasta los pide— y noté que estaba a punto. Cogí el mando, lo puse en marcha y apreté el succionador contra ella. Vi con mis propios ojos cómo aquel aparato diminuto la absorbía por completo.

—Me voy a correr —gimió—. Me corro ya...

—Pues entonces yo contigo.

Lo que vino después fue puro descontrol. Yo sujetando el juguete contra su sexo, ella incapaz de quedarse quieta, sacudida por un orgasmo que parecía no acabar nunca. No hay sensación comparable a notar cómo se deshace entre tus manos y sentir que se lleva hasta la última gota de ti.

***

Sinceramente, creo que este será mi último relato en bastante tiempo. Contar lo que vivimos y ceñirme a la realidad me cuesta poco, pero inventar algo de cero, una historia ficticia, es otra cosa: me llevaría demasiadas horas que ahora no tengo. Es probable que vuelva a escribir después de alguna noche salvaje, aunque, de momento, no tenemos ninguna prevista en los próximos meses.

Así que ya veremos. Como siempre, todo dependerá de ella... y eso, créanme, es lo que más me gusta.

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Comentarios (5)

LucianaM

increible!!! me encanto cada parte, sigan subiendo relatos así

NikoCba

Por favor que haya segunda parte, me quedé con ganas de saber todos los detalles jaja

MarinaFer

Me recordó a una escapada que hice con mi pareja hace dos inviernos. Esas noches de lluvia y hotel tienen algo especial. Muy bien contado, se siente autentico.

Manuela_ok

Lo de la mochila desde el principio me mato jaja, que intriga!! buenísimo

ElPatan_Mdq

buenisimo!!

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