El barítono del coro me invitó a su casa
Esta es una de esas historias que guardo con cariño, de hace unos años. Yo tenía veintidós y todo ocurrió durante un asado en la casa del director del coro al que iba los sábados. Éramos como veinte personas. La casa era enorme: pileta, una cancha de tierra, terrazas anchas y un montón de habitaciones. El ambiente era relajado, familiar, lleno de risas, chicos corriendo y música flotando en el aire.
Siempre me llevé bien con todos, pero había alguien con quien la cosa era distinta. Tomás tenía veintiocho, era barítono, de piel clara, un poco más alto que yo, con barba corta y el pelo despeinado pero curiosamente prolijo. No hablábamos demasiado, pero cruzábamos miradas todo el tiempo.
Al llegar, casi todos nos quedamos en la terraza del costado de la pileta charlando. Yo les contaba a unas compañeras que al año siguiente arrancaba a estudiar, y ahí me enteré de que Tomás era licenciado en música. Algo tienen los músicos, de verdad. Hablamos apenas unos minutos, lo justo, pero desde ese momento empecé a sentir su mirada clavada en mí. Se la devolví y le sonreí. Eran cerca de las tres de la tarde y el calor era insoportable, de ese que se te queda pegado en la piel.
No me daba vergüenza meterme a la pileta; además había varios chicos, hijos de las compañeras, así que fui al baño a cambiarme. Mi traje de baño era de dos piezas, azul con verde, hacía juego con las mechas que en esa época me había hecho en el pelo. Al salir, me topé de frente con Tomás. Él también estaba en short de baño. Era atractivo sin exageraciones, ni musculoso ni flaco, una complexión media muy agradable.
—Romi, te estaba buscando —dijo.
Me sorprendió. —¿A mí? ¿Para qué?
—Me dijeron que vos siempre traés protector solar.
—Sí, tengo acá. ¿Querés que te dé?
—Sí, por favor, linda.
Dios, cómo me gustan los hombres que no son tímidos. Cada segundo que pasaba, su soltura me desarmaba un poco más.
Busqué en mi bolso y le pasé el bloqueador. Pensé que se iba a ir, pero empezó a aplicárselo ahí mismo: piernas, brazos, pecho, cuello, con una calma casi provocadora.
—¿Me ayudás? ¿O tu novio se enoja? —dijo con una sonrisa traviesa.
Me reí. —¿Qué novio? Date vuelta, chistoso.
Él se rió también y se dio vuelta. Le empecé a masajear la espalda mientras le pasaba la crema, y sentí el calor de su piel bajo mis manos.
—Qué suaves tus manos —dijo en voz baja.
—Capaz que lo suave es tu espalda —contesté riendo.
Me agradeció y, para mi sorpresa, me dio un abrazo rápido, sincero. Fue un gesto chiquito, pero se me quedó grabado. Tan tierno, tan dulce.
***
La tarde fue exquisita. Nos bañamos todos, cantamos, hubo guitarras, fotos improvisadas. Cuando el sol empezó a bajar, sentí frío y decidí ir a cambiarme para abrigarme. El director me ofreció usar una de las habitaciones porque el baño principal estaba ocupado. Entré al cuarto matrimonial y me cambié la parte de abajo por unos jeans finitos.
Cuando me estaba desabrochando la parte de arriba del bikini, se abrió una puerta dentro de la habitación que yo había dado por sentado que era un placard. Era un baño. Y el que salió fue Tomás.
Nos quedamos congelados.
—¿Me estabas esperando? —dijo riéndose mientras se daba vuelta enseguida.
—No sabía que estabas ahí, perdón —dije, apurada, terminando de vestirme.
—Ya está, podés darte vuelta.
Se disculpó y se sentó en la cama con una naturalidad que me descolocó.
—Sos tan hermosa… me intimidás un poco, la verdad.
Sentí cómo se me calentaban las mejillas. —No digas eso —respondí—. Vos también sos lindo… tierno.
Se hizo un silencio cómodo, cargado de algo que ya no se podía ignorar. Hablamos un rato más, de música, de la vida, de pavadas. Antes de salir, me rozó la mano apenas, como sin querer, pero no la soltó de inmediato.
***
Más tarde, cuando el asado ya se iba terminando y la gente empezaba a despedirse, Tomás se me acercó otra vez.
—Che, Romi… ¿te gustaría venir un rato a mi casa? Queda cerca. Seguimos charlando, escuchamos música.
Lo pensé un segundo. —Sí, me gustaría.
El viaje fue tranquilo, íntimo. Tardamos como media hora en su auto. En su casa había luz cálida, olor a incienso y a tierra mojada, un montón de plantas y partituras desparramadas por todos lados. La casa era de sus padres, pero ellos estaban de viaje. Puso música suave. Nos sentamos en el sillón, me ofreció un té que acepté y conversamos un rato. Cada vez más cerca, hasta que su rodilla rozó la mía. Me miró como pidiendo permiso.
—Tengo unas ganas locas de besarte —dijo.
No respondí con palabras.
Se acercó despacio, como si quisiera memorizar mi cara antes de tocarme. Cuando nuestros labios se encontraron, el beso fue profundo, lento, cargado de algo que no sé nombrar. Sus manos fueron firmes pero cuidadosas; me tomó de la cintura y me acercó más a él. No fue brusco. Era tan tierno.
Me frené y respiré agitada.
—¿Estás bien? —preguntó en un susurro.
—Es que siento el cuerpo con olor a cloro todavía, y mis viejos deben estar esperándome. Los llamo, esperame un segundo.
Tomás asintió y se puso de pie. Llamé a mi papá para avisarle que iba a llegar un poco tarde, pero que estaba todo bien. Confían en mí; en unos meses me iba a otra ciudad a estudiar y con eso ya estaba todo hablado.
Cuando corté, sentí un olor dulce y fresco. Tomás me llamó y me metí más adentro de la casa. Él estaba en el baño. Me acerqué.
—Te preparé la ducha. Después, si querés, te llevo. No tenemos que seguir… con los besos… si no estás cómoda, lo entiendo perfecto.
Le sonreí y lo abracé despacito.
¿Estaría muy mal que siguiéramos y termináramos acostándonos esta noche? Me gustaba, había tensión, era dulce, y sería solo eso. Lo decidí ahí: si yo quería y él también quería, no había ningún problema.
***
El baño era bastante amplio. Toqué el agua de la ducha y estaba tibia, rica. Me desabotoné el pantalón y me lo saqué. Tomás se puso colorado y se dio vuelta hacia la puerta.
—Te… te dejo la toalla colgada acá… —escuché que se le caía algo mientras yo me sacaba la ropa interior y me metía en la bañera—. Me voy… o sea, voy a estar afuera, en la cocina… no afuera, digo acá… si necesitás algo me gritás o me hablás.
Me reí un poco.
—Mirá, qué es esto… —le dije para que se acercara.
Él se dio vuelta mirando el piso.
—¿Qué es qué…?
Lo interrumpí agarrándolo de la remera y acercándolo a mis labios. Lo besé despacio. Él se arrodilló al lado de la bañera y empezó a acariciarme suavemente la espalda.
—¿Querés venir conmigo? —Tomás me miró con esos ojos oscuros llenos de sorpresa y deseo contenido, la respiración acelerada mientras procesaba mis palabras. Asintió despacio, una sonrisa tímida curvándole los labios.
—Solo si vos lo querés de verdad —murmuró, la voz suave como una caricia.
Me incliné un poco más, el agua tibia lamiéndome la piel desnuda, y lo besé de nuevo, esta vez con más intensidad, mi lengua rozando la suya en un baile lento y profundo. Él respondió con ternura, las manos subiéndome por los brazos hasta enredarse en mi pelo mojado. Se puso de pie con cuidado, sacándose la remera con movimientos calmos, dejando a la vista un torso firme. Después siguieron los pantalones, y vi cómo se le endurecía el bulto, listo. Pero no se apuró. Todo en él era pausado.
Entró a la bañera conmigo, el agua salpicando un poco al acomodarse detrás de mí. Me rodeó con los brazos, el pecho contra mi espalda, y me besó el hombro con labios suaves. El vapor del baño nos envolvía, armando una especie de capullo íntimo donde el mundo de afuera se desvanecía.
—Sos preciosa —susurró en mi oído, los dedos trazando dibujos por mis costados, bajando hasta mis caderas sumergidas.
Giré la cara para besarlo, mis manos explorándole el pecho, sintiendo el latido rápido de su corazón. El beso se profundizó, las lenguas entrelazándose con pasión creciente, pero siempre dulce, como si cada roce fuera una promesa. Sus manos subieron a mis pechos, amasándolos con suavidad, los pulgares rozándome los pezones hasta que se endurecieron y me recorrió un escalofrío.
Solté un gemido bajito contra su boca, y él me succionó el labio de abajo, después bajó con besos por mi cuello mientras una de sus manos descendía entre mis piernas. Sus dedos encontraron mi entrada, húmeda y no solo por el agua, y me acarició con toques lentos, separándome para rozarme el clítoris en círculos suaves. Me arqueé contra él, el agua moviéndose con nosotros.
—Tomás… —jadeé, mi mano bajando para envolver su miembro duro, moviéndola con ritmo firme pero tierno, sintiendo cómo palpitaba en mi palma.
Él gruñó por lo bajo, el aliento caliente en mi piel, y me penetró con un dedo, después con dos, moviéndolos despacio dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me hacía temblar. Nos besamos de nuevo, el ritmo de nuestras caricias sincronizándose, el placer creciendo como una marea lenta pero imparable.
No aguanté más. Me di vuelta en la bañera, el agua chapoteando, y me senté a horcajadas sobre él, las rodillas apoyadas en los bordes. Lo miré a los ojos, vi el deseo ahí, y bajé despacio sobre él, sintiendo cómo me llenaba de a poco. Los dos gemimos al mismo tiempo.
Empecé a moverme, subiendo y bajando con un ritmo pausado, las manos en sus hombros para sostenerme. Él me agarró de las caderas, guiándome con cuidado, sus embestidas subiendo a buscar las mías. Cada penetración era profunda, apasionada, pero envuelta en ternura. Me besaba los pechos mientras lo hacíamos, lamiéndome un pezón y después chupándolo con una succión suave que me hacía jadear.
—Se siente tan bien… —murmuró, acelerando un poco, las caderas chocando contra las mías bajo el agua.
Le abracé el cuello, besándolo con urgencia, nuestras lenguas bailando mientras el placer se intensificaba. Sus manos bajaron a mi cola, apretándola para profundizar cada embestida, y sentí el orgasmo acercándose, un calor dulce que se me esparcía por el vientre.
Me corrí primero, contrayéndome alrededor de él en espasmos, un gemido ahogado escapándoseme de los labios mientras lo abrazaba fuerte. Él me siguió unos momentos después, terminando dentro de mí con un gruñido bajo, el cuerpo temblándole bajo el mío.
Nos quedamos así, unidos en la bañera, el agua enfriándose despacio alrededor de nosotros. Tomás me besó la frente, después los labios, con una dulzura que hacía que todo valiera la pena.
—¿Tenés sed? ¿Hambre? —Asentí.
—Aunque estoy muy cómoda, el agua ya está fría.
—Esperame un toque. —Tomás salió rápido, se puso una toalla y volvió con dos vasos de jugo. Se metió de nuevo a la bañera y yo me recosté otra vez sobre su pecho.
***
La luz del baño era suave, empañada. Apoyé la cabeza en el borde de la bañera mientras él jugaba distraído con mis dedos, dibujando círculos lentos, casi infantiles.
—Fue una tarde muy linda —dije al fin, rompiendo el silencio—. De verdad… no me lo esperaba.
Él sonrió, de esa forma medio torcida que tenía. —¿Lo decís como algo bueno o como «esto fue demasiado intenso para un asado de coro»?
Me reí. —Como algo bueno. Muy bueno. Desde la pileta, el bloqueador, la música… todo fue dulce. Vos sos dulce.
—Eso no me lo dicen mucho —respondió, fingiendo orgullo, que le salía pésimo porque naturalmente era tierno—. Por lo general me dicen «ordenado», «responsable» o «che, cantá más fuerte».
—Bueno, hoy fuiste oficialmente dulce —le dije—. Y divertido. Gracias por eso.
Se quedó callado un segundo más de lo normal. Lo miré y noté que estaba pensativo, pero tranquilo, sin dramatismo.
—Romi… hay algo que te quiero decir —empezó—. No para arruinar nada. Al contrario.
Levanté una ceja. —Eso sonó peligrosamente serio para alguien que hace diez minutos se reía lindo porque yo me estaba viniendo.
Se rió. —Ya, visto así… —respiró hondo—. En cuatro días me voy del país. Me gané un intercambio. Un año afuera.
Parpadeé, sorprendida, pero no triste. Solo honesta. —Mirá vos… el barítono internacional.
—Exacto —dijo—. Muy glamoroso, pero no me puedo poner el protector solar solo.
Nos miramos y los dos sonreímos. No hubo incomodidad, ni esa sensación amarga de «qué habría pasado si…».
—Me alegra que me lo digas —respondí—. Y me alegra que haya sido hoy, no mañana ni después.
—Yo también —dijo—. Creo que si esto iba a ser algo, tenía que ser así. Sin promesas raras. Sin finales trágicos.
—Un encuentro lindo —dije—. De esos que se recuerdan sin culpa.
—Exactamente —asintió—. Como una canción corta, pero bien escrita.
Me acerqué un poco más y apoyé la frente en su hombro. —Entonces brindemos por eso —dije—. Por las tardes inesperadas y los besos bien dados.
—Y por los intercambios —agregó—. Y las Romi que aparecen cuando uno menos lo espera.
Nos quedamos así un rato más, hablando de pavadas, riéndonos bajito, sin apuro. Cuando por fin me vestí para irme, me asomé al espejo y me sonreí sola.
—Estoy lista —le dije riendo—. ¿Me llevás?
Asintió y salimos. Fuimos al auto, puse la música y nos fuimos charlando sobre qué iba a hacer en su intercambio, sobre mis estudios futuros. Llegamos bastante rápido. Los dos nos bajamos.
—Gracias por hoy —me dijo—. De verdad.
—Gracias a vos —respondí—. Que te vaya hermoso.
Nos dimos un último abrazo, largo, sincero. Y cuando entré al edificio supe que no todo lo intenso tiene que durar para ser perfecto.