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Relatos Ardientes

El masaje en el spa que terminó en su casa de la playa

Me llamo Lorena y trabajo como masajista en el spa de un hotel de lujo en la costa de Alicante. No siempre fue así. Empecé de animadora y azafata en complejos turísticos, y como el ambiente me enganchó, me saqué el título de quiromasaje para colocarme fija en un buen sitio. Tengo veintiocho años, manos firmes y una idea muy clara de hasta dónde estoy dispuesta a llegar con un cliente. O eso creía hasta aquella tarde.

Era principio de julio y me tocaba el turno largo. La agenda estaba vacía, así que aproveché para bajar a refrescarme a la piscina del spa. Disfrutaba de la soledad y de los chorros de agua a presión golpeándome la espalda y los hombros, esa zona donde uno se deshace de todo. Tenía el cuerpo flojo y la cabeza en blanco cuando me sacó de allí la megafonía: un huésped acababa de pedir cita de masaje para la hora siguiente.

Me quedaban treinta minutos. Fui al vestuario de mujeres, me di una ducha rápida y me puse la crema corporal del hotel, esa que huele a frutos rojos y deja la piel suave durante horas. Los chorros me habían dejado el cuerpo encendido, y me unté con más ganas de la cuenta. Solo es crema, me dije, sin terminar de creérmelo.

Saqué el uniforme: la minifalda y el top que nos obligan a llevar, demasiado provocativos para mi gusto. El bajo de la falda queda justo a la altura del borde de la camilla, y hay clientes que dejan la mano ahí, como por descuido, para rozarme los muslos cuando paso. A veces piden finales felices, o me proponen subir a su habitación. No monto escándalos: si alguno se pasa, me retiro sin más. Un grito de más y estaría en la calle. Las cifras que me han llegado a ofrecer no son ninguna tontería, pero no me acuesto con cualquiera.

Aquella tarde me veía especialmente bien. Esperaba que el cliente mereciera la pena.

***

Subí a recepción. Patricia, mi compañera de turno, me caía fatal. Era una aprovechada: me quitaba clientes, alargaba las sesiones más de lo permitido y había tardes en que volvía oliendo a una cosa que ella juraba que era la crema. A mí no me engañaba. Sé perfectamente a qué huele eso. En cuanto vi su nombre junto a la cita, me planté delante de ella y le dije muy seria que ese era mío.

El cliente venía de una convención que arrancaba ese día en el hotel y duraba tres jornadas. No sería un turista de chanclas ni un palurdo de paso. Apareció por la puerta de las piscinas vestido de traje, y eso ya me llamó la atención. Se presentó como Marcos.

—¿No ha estado en el spa? —le pregunté.

—Sí, pero no sabía que podía dejar el traje en la taquilla y subir en bata —respondió, un poco apurado.

Le dije que me siguiera, que podía dejar la ropa en la sala de masaje. Por el pasillo me preguntó, casi sin atreverse, si yo siempre iba descalza y sin nada debajo. Me hizo gracia.

—Siempre llevo mi tanga —le contesté, y le guiñé un ojo.

Sonrió, pero la broma le cortó un poco. Me gustó ese gesto. Lo invité a pasar, le pedí que apretara el timbre cuando estuviera listo y le dije que podía quedarse desnudo del todo, que así estaría más cómodo. No estaba nada mal: rondaría los cuarenta y cinco, complexión atlética, calvo, y con una timidez que me desarmó desde el primer minuto.

***

Sonó el timbre. Entré y lo encontré boca abajo, con una toalla atada a la cintura. Empecé por los pies, subí por las pantorrillas y luego por los muslos. La toalla quedaba tan ceñida que, al empujarla para abrir paso a mis manos, fui a parar a un sitio blando que no eran precisamente sus piernas. Marcos se movió, sorprendido, pero la toalla quedó más suelta y pude seguir trabajando los muslos y, por debajo de la tela, las nalgas. Más de una vez mis dedos resbalaron sin querer hacia su entrepierna. Él no decía ni una palabra.

—Si aprieto demasiado, me avisas —le dije.

Solo asintió. Esa quietud suya, esa manera de dejarse llevar sin una queja, me estaba poniendo de una forma que no esperaba.

Le pedí que se diera la vuelta mientras sujetaba la toalla a modo de cortina. No sé si lo hizo a propósito, pero giró hacia mí en lugar de hacia la pared, y me mostró todo. No estaba mal dotado, ni mucho menos. Le tapé deprisa, y al recolocar la toalla mis dedos hicieron lo que querían: tiraron suavemente hacia arriba. Lo miré de reojo. Ni un parpadeo. Aquello me encendió aún más. Quería saber cuánto era capaz de aguantar antes de pedírmelo.

—¿Me puedes tratar el abdomen? —dijo de pronto—. La espalda baja la tengo bien, pero el abdomen me molesta desde una caída navegando.

Le hice caso, aunque me costó dejar esa espalda ancha que me encantaba recorrer. Llevé las manos al vientre. Él tenía la suya apoyada en el borde de la camilla, y al acercarme le rocé los nudillos con la cara interna del muslo, subiéndome un poco la falda para que notara la piel caliente. El abdomen es una zona difícil: un descuido y tocas donde no debes. Sin proponérmelo del todo, le apoyé el antebrazo sobre el bulto para dar los pases largos, y noté cómo latía bajo la tela.

Seguí así, sintiendo cómo crecía. Le miré la cara: tenía los ojos cerrados y respiraba más rápido. Su mano izquierda intentaba ceñir la toalla para contenerlo, pero los dedos buscaban, torpes, rozarme entre las piernas. Se estaba calentando, y yo también. Mis manos pasaban cada vez más cerca del borde de la toalla, empujándola hacia abajo, colándose. Poco a poco lo descubrí del todo, sin prepucio, ardiente y muy suave al tacto. Nunca había tenido uno así entre las manos, y reconozco que me excité más de la cuenta.

Y entonces, de puro nerviosismo, volqué el aceite sobre mí. Me quedé parada. Marcos lo notó. Así no podía seguir, y no me daba tiempo a buscar otro uniforme.

***

Por suerte llevaba la bolsa del gimnasio, porque ese día tenía entrenamiento. Le dije que me disculpara, que necesitaba una pausa para cambiarme y que le compensaría con diez minutos extra. Le pedí que mirara hacia la ventana mientras me cambiaba. Me quedé en ropa interior.

—Por mí, puedes seguir el masaje así —dijo él, mirándome sin disimulo.

Sonreí, me volví hacia él y le expliqué que, si entraba alguien y me veía de aquella manera, me echaban en el acto.

—Te daría una buena propina si te quedas —insistió.

Lo intenté. Me acerqué, y su mano entera se coló entre mis muslos. Sentí cómo me humedecía por dentro, pero tenía claro que debía ser él quien pidiera, no yo. Además, sabía que Patricia se había quedado mosqueada y era capaz de abrir la puerta en cualquier momento para pillarme. Muy despacio, casi a regañadientes, retrocedí y saqué su mano de entre mis piernas.

Me puse los leggins y el top de gimnasio. Los leggins eran tan ceñidos que me marcaban todo, y bajo el top se notaban los pezones duros. Lo tenía a punto: no se había tapado, el glande asomaba por fuera de la toalla y se movía solo. Que me despidieran por acostarme con él me importaría poco si era él quien lo proponía y soltaba una buena propina. Así que decidí jugármela.

Me subí a la camilla y le coloqué la cabeza entre mis piernas, reclinándome hacia atrás, rozándole la cara, esperando que reaccionara. Después me senté sobre él y seguí masajeándole el pecho mientras mi pelvis se deslizaba arriba y abajo. El aceite había vuelto casi transparente la tela en la entrepierna. Lo tenía completamente duro, y aun así no se corrió ni me pidió nada.

Sonó la melodía que anuncia el fin de la sesión. Me bajé, él se incorporó deprisa, intentando ocultar lo evidente, y se le escapó dos veces por fuera de la toalla. Casi me roza la cadera. Fue tan torpe que me dio ternura.

—Volveré, sin duda —dijo al despedirse.

Salí de la sala con las piernas temblando y un orgasmo pendiente. Noté sus ojos clavados en mí. Me giré, le sonreí y le guiñé un ojo, invitándolo a regresar otro día.

***

Como ya estaba vestida de calle y era mi hora, fiché y salí del hotel decidida a aliviar la calentura yo sola esa noche. En el aparcamiento había un jeep precioso con el motor en marcha, pero iba demasiado metida en mis cosas para fijarme. Oí mi nombre. Era él, con un ramo de flores en la mano. No sé cómo se las había apañado para tener ese detalle y salir antes que yo.

—Ha sido algo inesperado, inolvidable —me dijo—. Me gustas muchísimo. Estoy dispuesto a lo que quieras por pasar esta noche contigo.

No respondí. Le di un beso suave en los labios y me metí en su coche.

Marcos vivía en Jávea, en un dúplex de una urbanización con salida directa a la playa. El trayecto fue corto. Me contó que estaba divorciado, sin hijos, que no tenía mucha suerte con las mujeres y que yo le había vuelto loco. Yo apenas hablé de mí: sincerarme con un desconocido nunca me ha parecido buena idea. Al llegar, me ofreció un cajón lleno de ropa de mujer para que cogiera un biquini. Elegí uno, me cambié en el baño y bajamos a la arena a charlar y a contarnos anécdotas subidas de tono mientras caía la tarde.

Me picaba todo, no sé si por la calentura acumulada o por la tela. Le dije que necesitaba cambiarme el biquini, y me mandó al cajón de su cómoda. Encontré uno rojo, diminuto, que apenas me tapaba. Demasiado sexy. Me lo puse y volví a la playa.

Él estaba en una hamaca. Me di un baño rápido en el mar y, al salir, se ofreció a darme crema solar. A esas horas no hacía ninguna falta, pero le seguí el juego. Extendió una toalla, me tumbé boca abajo y empezó por las piernas. Fue subiendo por los muslos, montándose sobre mí, y con un descaro que no le había visto antes me los separó y me tocó sin disimulo. Dejó caer un chorro frío de crema por mi columna. Luego noté algo muy distinto: una vara caliente y resbaladiza colándose entre mis muslos, retirándose, volviendo a aparecer entre mis nalgas. Levantó el tanga, lo acomodó debajo del cordoncito y, mientras me masajeaba la espalda, su sexo subía y bajaba dándome un gusto que no esperaba.

Cuando creía que por fin iba a entrar, se acercó a mi oído.

—Ya tenemos la mesa lista para cenar —susurró.

Me levanté alterada y desconcertada. Este hombre me está torturando a propósito. Entramos, me vestí y nos sentamos a cenar. Fue una cena divertida: es ingenioso, encantador, de esos que te hacen reír sin esfuerzo. No pude evitar acariciarle las piernas con los pies por debajo de la mesa. Habrá hombres más guapos que él, pero ninguno me había mantenido al borde de aquella forma.

***

Volvimos dentro y me duché para quitarme la sal y la crema. Él se enjuagó en la piscina. Salí con el albornoz y nos encontramos en la terraza. Me tomó de la mano y fuimos al dormitorio.

Lo empujé sobre la cama, decidida a no aguantar más. Me coloqué encima, le aparté la ropa, moví el tanga a un lado y empecé a deslizarme sobre él, rozándolo despacio. En un descuido entró, y me quedé quieta un instante.

—Mejor con condón —le dije.

Asintió. Y entonces tomó él las riendas. Me pidió que me pusiera boca abajo, sacó un aceite espeso y me llevó del paraíso de los pies hasta los muslos. Me bajó el tanga, se quitó la ropa, se colocó sobre mis piernas y me dio un par de azotes con el sexo en la mano. Me encantó. Cuando estuvo a punto de reventar, se puso el condón y entró despacio, primero la punta y luego el resto, llenándome por completo. Me folló así un buen rato, con calma, hasta que me hizo girarme, me abrió de piernas y bajó a comerme con una paciencia que me arrancó el primer orgasmo.

Le pedí cambiar. Me puse encima para devolverle el favor con la boca. Justo cuando me recorría un latigazo de placer, abrí los labios para jadear y él aprovechó para hundirse hasta el fondo. Le di unas palmadas en el muslo y se apartó, aunque más tarde de lo que yo quería. Me dijo, riéndose, que la falta de aire multiplica el placer. Y maldita sea, en parte tenía razón: llegó un segundo orgasmo más intenso que el primero.

Acabé encima de él, marcando yo el ritmo, sintiendo cada vena y cada centímetro. Era duro de correrse, pero al final, agarrado a mis pechos, me dijo que se iba. Yo estaba al límite. Me sacudió un espasmo, las piernas me vibraron solas, y entonces él también terminó. Me giré de costado sin separarme, dejándolo dentro, y nos quedamos dormidos así.

***

Por la mañana no estaba. Me metí en la bañera y me quedé un buen rato en remojo, pensando que todo había sido un sueño demasiado real. Entonces oí ruido en la casa. Era él.

—No he podido concentrarme en el trabajo, así que me he vuelto —dijo, asomándose con una sonrisa—. Deberías haberte ido ya. Porque el resto del día lo vamos a pasar juntos, jugando a mi juego del calentón interminable.

Me hundí en el agua y sonreí. Sabía perfectamente que aquella noche en el spa no había sido más que el principio.

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Comentarios (4)

manu_bsas

que relato!! me quede pegado leyendo sin poder parar. muy bien contado todo

SolMar_09

Ufff la tension que se siente desde el principio... necesito una segunda parte ya!

Alberto_Cba

Me gusto mucho la forma en que lo narraste. Se nota que fue real, esas cosas no se inventan jaja

LucianaBA

excelente!!!

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