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Relatos Ardientes

Fui la sugar baby de tres hombres y los engañé a todos

Nací en Las Palomas, un barrio donde la miseria se hereda igual que el apellido. Mi madre tuvo tres hijas de tres hombres distintos y ninguno se quedó el tiempo suficiente para aprenderse nuestros nombres. Crecí entendiendo una sola cosa con absoluta claridad: nadie te regala nada, y lo poco que tienes hay que saber cobrarlo.

A los dieciocho terminé la secundaria y mi madre empezó con la cantaleta de siempre, que estudiara, que sacara un título, que no terminara como ella fregando casas ajenas. Yo asentía con la cabeza mientras pensaba en otra cosa. Un título no me iba a sacar del barrio en menos de cinco años. Tenía algo que valía mucho más y que daba resultados inmediatos.

La única razón por la que una chica de mi edad se acuesta con un viejo es el dinero. Siempre es el dinero.

A esos hombres maduros y con cartera les encanta una piel joven, una voz que les susurra que son los mejores. Yo aprendí a darles exactamente eso. Y nunca, ni una sola vez en todos esos años, sentí algo parecido al deseo por ninguno de ellos.

***

El primero se llamaba Aníbal. Lo conocí en la cola del transporte que sube al pueblo, un cafetero entrado en los cuarenta, de manos anchas y reloj caro. Iba con un empleado en una camioneta de carga y, mientras los dos hombres hablaban de cosechas, yo calculaba cuál de ellos tenía con qué financiarme la vida. La respuesta era obvia.

No le entré directo. Me hice la tímida, le agradecí el aventón con esa sonrisa que llevaba años practicando frente al espejo, y al bajar le dejé mi número anotado en un papel.

—Por si alguna vez necesito que me lleven de nuevo —le dije.

Aníbal me llamó a los tres días. El primer encuentro fue casi inocente: un café en la plaza, la mano que se queda demasiado tiempo sobre la mía, un beso corto al despedirnos. Pero los dos sabíamos lo que era aquello desde el principio. Esa misma semana me matriculé en el instituto tecnológico con el dinero que me dejó sobre la mesa, doblado dentro de una servilleta. Mi cuerpo empezaba a producir, y eso me hacía feliz de una manera que el sexo nunca logró.

Quedábamos cerca de la plaza. Él aparecía con la camioneta, yo me subía sin que nadie me viera, y terminábamos en un hotel de las afueras llamado Santa Lucía, un sitio de mala muerte con sábanas ásperas y un ventilador que apenas giraba. Allí me follaba duro, siempre a pelo, siempre terminando dentro de mí porque le gustaba imaginarse que era el único. Yo gemía lo justo, le mordía el hombro en el momento exacto, le decía al oído que ningún chico de mi edad me hacía sentir lo que él.

Era mentira. Toda. Mientras él resoplaba encima de mí, yo miraba la mancha de humedad en el techo y hacía cuentas. Cuánto me faltaba para pagar el semestre. Cuánto para la salida del barrio. A veces le agarraba la cabeza y se la apretaba contra mi cuello para que no me viera la cara, porque por más que ensayara, el aburrimiento se me notaba en los ojos.

Aníbal tenía sus manías. Le gustaba que lo esperara en el cuarto con la falda puesta y nada debajo, sentada en el borde de la cama con las piernas apretadas. Llegaba, cerraba la puerta con llave, y se quedaba mirándome unos segundos antes de tocarme, como si quisiera asegurarse de que aquello era suyo. Yo le seguía el juego. Le abría las piernas despacio, le pedía que viniera, le susurraba que llevaba toda la semana esperándolo. Él se lo creía cada vez, y cada vez dejaba más billetes sobre la mesa de noche.

***

Durante casi tres años fui la niña de Aníbal. Mi error fue empezar a creerme mi propio teatro. Pensé que, con suficiente paciencia, lo convencería de dejar a su esposa por mí. Desplegué todo lo que tenía: conversaciones largas hasta la madrugada, ternura calculada, la promesa de un hijo que él tanto fantaseaba. Le dejaba terminar dentro precisamente por eso, porque un embarazo lo habría amarrado a mi vida para siempre.

Pero los hombres como Aníbal no son tontos. Olfateó a la buscona detrás de la sugar baby. Una tarde, en el mismo hotel de siempre, mientras se abrochaba el cinturón sin mirarme, me lo soltó sin anestesia.

—Hay demasiadas como tú en cada pueblo de este país —dijo—. No voy a botar todo lo que construí por una más.

Me dolió el orgullo, no el corazón. Sus visitas se fueron espaciando, y con ellas mis ingresos. Pronto las facturas volvieron a ahogarme y entendí que necesitaba una fuente nueva.

***

Conseguí trabajo de mesera en una pizzería del centro. Allí empezó la etapa más loca y arriesgada de mi vida. La pizzería estaba llena de hombres que pagarían lo que fuera por una chica de buen ver, y yo me dejaba follar por lo que cayera: tres dólares, cinco si el tipo andaba generoso. Lo hacía en el cuartito de atrás, contra las cajas de harina, rápido y sin sentimientos, y volvía a la barra a servir cervezas como si nada.

Lo único que me negaba a hacer era el sexo oral. Siempre me pareció algo demasiado íntimo, y una puta no reparte intimidad. Un médico una vez me advirtió que tampoco era saludable tragar de cualquiera, así que tenía mi excusa lista. Aun así, alguna vez lo hice, haciendo de tripas corazón por unos billetes más.

Aquella etapa barata duró tres años. La dejé cuando me enamoré de Darío.

***

Darío fue la única verdad de toda mi historia. Lo conocí en el último año del instituto y, por primera vez, no calculé nada. Era posesivo, celoso, y a mí esa intensidad me encantaba. Con él el sexo no era trabajo: era hambre. Me follaba cuatro o cinco veces al día cuando podíamos vernos, en mi cuarto, con mi madre durmiendo en la habitación de al lado y haciéndose la que no escuchaba.

Tengo una rareza que me sirvió siempre: no me corro casi nunca cuando me follan. Eso me permitía aguantar las sesiones más largas sin agotarme, recibirlo una y otra vez sin pedir tregua. Con Darío, por primera vez, deseaba de verdad llegar al final con él. Casi nunca lo conseguía, pero no me importaba. Me bastaba con sentirlo dentro y creer, por un rato, que aquello era amor y no negocio.

Para no perderlo conseguí un empleo más estable de contadora en una distribuidora de alimentos. Doce horas al día por una miseria, pero era un sueldo fijo. El problema fue que los fines de semana también empecé a trabajar en un restaurante, y esos eran justo los días que Darío venía al pueblo a buscarme. Se acabaron las tardes interminables en mi cama. Él se cansó de viajar para nada, y un día simplemente apareció con otra. Creo que ya la tenía antes de dejarme.

Corté con Darío en marzo, y lo lloré como no lloré a nadie. Pero el barrio no perdona el luto: hay que comer, hay que pagar, hay que seguir.

***

Justo entonces apareció él, mi presa perfecta. Un extranjero maduro que conocí por mensajes, uno de esos a los que les derrite la voz susurrada de una chica latina. Para él, mi acento era un canto de sirena.

Me lancé sin darle respiro. Durante nueve meses lo trabajé por teléfono, horas y horas cada día, construyendo el personaje de la mujer joven que solo sueña con un hombre con experiencia. Le juraba que los chicos de mi edad solo habían sido un experimento, que yo necesitaba un señor que me tratara como a una hembra de verdad. Me mostraba sumisa, complaciente, fiel. Le hacía creer que el dinero que me enviaba era lo de menos, que lo que yo quería era a él.

Mentira, otra vez. Yo solo quería los dólares suficientes para cruzar la frontera y empezar de nuevo, lejos de Las Palomas, sin él en mis planes. Mientras le escribía promesas eternas, Wilmer y Édgar, dos compañeros del trabajo, me llenaban el cuerpo cada semana en el almacén. A él le juraba que con los colegas ni agua.

Pero el viejo no era tonto. Algo en mis incoherencias no le cuadraba. Y un día, descuidada, subí a mis estados una foto en la que se me veía demasiado cerca de Wilmer. Me delaté yo sola.

A principios de septiembre me escribió un mensaje largo y frío. Decía que veía peligrar todo su mundo, que reconocía en mí a la buscona de tantas que advierten en estos países, que no iba a sacarme de la miseria solo porque yo se lo exigía cada vez con más descaro. La misma conclusión a la que había llegado Aníbal años atrás. El día exacto en que se cumplían nueve meses, me dejó.

***

No me derrumbé. Para entonces ya tenía veinticuatro años y una experiencia de seducción que pocas igualaban. Encontré rápido a mi siguiente víctima, esta vez un chico de mi edad, feo y torpe, de los que apenas han tocado a una mujer. Cayó en mis garras en cuestión de días.

Lo tengo atrapado entre mis piernas, manejándolo con susurros de nena consentida. Le hice creer que el hijo que llevo en el vientre es suyo, cuando en realidad es de Darío, el último regalo que me dejó antes de marcharse. Mi pobre chamo lo va a criar como propio, un cornudo feliz que ni siquiera sospecha.

Él sueña con ser piloto algún día. Yo seré la única que lo haga volar alto, entre mis muslos, mientras yo termino de juntar lo necesario para irme.

Esta es mi confesión, sin maquillaje. No busco que me entiendan ni que me perdonen. En Las Palomas no se nace para que te quieran: se nace para sobrevivir. Y yo, de eso, aprendí más que nadie.

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Comentarios (4)

SandraGba

Increible!!! me quede pegada leyendo hasta el final, no podia parar

Lola_Noche

Al final terminaste sintiendo algo por alguno de los tres? quede con la intriga jaja

NachodeCba

Tremendo. De los relatos que no se olvidan facil

MarianaCordoba

Me recordo mucho a una amiga que me conto algo muy parecido hace años. Impresionante cuanto se repiten estas historias

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