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Relatos Ardientes

Lo que callé de mi trabajo de verano en las cuadras

El verano en que terminé el instituto decidí que no iba a pasarme tres meses tirada en el sofá de casa. Quería entrar a la universidad con algo de dinero ahorrado, lo suficiente para pagar el primer mes de la residencia de estudiantes sin pedírselo a mis padres. Tenía dieciocho años recién cumplidos y una idea muy ingenua de lo que significaba trabajar.

Busqué durante un par de semanas y no encontré nada. Nadie quería contratar a una chica joven y sin experiencia. Lo único seguro que tenía era pasear a los perros del vecindario por las mañanas, pero con eso apenas me daba para el abono del autobús.

Una mañana, mientras corría por el parque, sonó el móvil. Era la empresa de trabajo temporal. Me dijeron que se había quedado libre un puesto de auxiliar en unas caballerizas a las afueras y que mi currículum les había encajado.

—Lo siento, pero no tengo ni idea de caballos —respondí, frenando en seco junto a un banco—. Yo solo paseo a los perros de mis vecinos.

—No te preocupes, eso ya lo sabemos —contestó la chica al otro lado—. Es para cubrir la baja de una empleada que se lesionó. Sería solo una semana. Tendrías que cepillar a los animales y dejar preparado el material para los jinetes. Nada más.

Estuve un rato intentando convencerla de que se equivocaban de candidata, hasta que me dijo cuánto cobraría por esos siete días. Entonces las tornas cambiaron de golpe y fui yo la que insistió para empezar cuanto antes.

—Mañana a las ocho en esta dirección —me escribió por mensaje minutos después—. Disfrútalo y haz caso de todo lo que te digan.

Haz caso de todo lo que te digan. No le di ninguna importancia a esa frase. Tendría que habérsela dado.

***

No tenía carnet de conducir, aunque en el currículum había puesto que sí. Como era sábado, le pedí a mi padre que me acercara. El recinto era enorme, mucho más de lo que imaginaba: tenía hasta un campo de prácticas y una hilera larguísima de cuadras blancas que brillaban bajo el sol.

Me recibió Daniel, un chico de mi edad que trabajaba allí desde hacía un año. Era amable, hablaba rápido y se reía de sus propias bromas. Me explicó cuáles serían mis tareas, me enseñó dónde guardaban los cepillos y las monturas, y me llevó a dar una vuelta por las instalaciones.

—Esperemos que no acabes como Núria —dijo, con una sonrisa que no terminé de entender.

—La de la empresa me contó que se lesionó la pierna —respondí—. ¿Cómo fue?

Daniel mantuvo la sonrisa, pero algo en su mirada se enfrió.

—Por no seguir las instrucciones. Aquí las cosas funcionan de una manera concreta. Si respetas las normas, no pasa nada. Si no las respetas, pueden pasar cosas. Y a ella le pasaron.

Su respuesta fue tan rara que no quise preguntar más. Pero me quedó grabado que, fuera lo que fuera ese sitio, lo mejor era hacer lo que me dijeran.

—Estos tres serán tus caballos esta semana —añadió, señalando los boxes del fondo—. Cepíllalos y deja las monturas listas. Esta tarde vienen sus dueños a montarlos.

Me enseñó cómo hacerlo con el primero, un animal castaño y enorme llamado Brío, y el resto me lo dejó a mí. Buena suerte, me deseó antes de marcharse. Reconozco que Daniel sabía un montón sobre caballos, mucho más de lo que aparentaba con sus bromas.

***

Las horas pasaron tranquilas. Aprendí a moverme entre la paja, a no asustar a los animales con movimientos bruscos, a apretar las cinchas hasta donde Daniel me había marcado. Cuando el sol empezó a bajar, los tres caballos estaban relucientes y las monturas colgaban perfectamente alineadas. Me sentí orgullosa, como si llevara haciéndolo toda la vida.

Estaba guardando los cepillos cuando alguien golpeó con los nudillos la madera del box.

—¿Se puede pasar?

—Buenas tardes —dije, girándome—. ¿Quién es usted?

—El dueño de Brío, el castaño. Vengo a por él.

El hombre entró y se acercó al caballo. Lo acarició en el cuello y el animal respondió con un resoplido tranquilo, como si lo conociera de toda la vida. Yo también resoplé por dentro, pero por otro motivo: estaba tremendo. Tendría unos treinta y tantos, el pelo oscuro recogido en una coleta corta y una ropa de monta tan ajustada que se le marcaba cada músculo. Y algo más: se le marcaba un bulto grueso y pesado descolgado sobre el muslo, imposible de disimular bajo aquella tela elástica.

—Así que tú eres la chica nueva de la que todos hablan —dijo, sin dejar de mirar al caballo.

—¿Perdone?

—No te lo tomes a mal. Hablan de ti por lo guapa que eres. —Por fin se volvió hacia mí—. Pero tranquila. Aquí, a ti, solo voy a tocarte yo. No quiero que se repita lo del otro día.

Sus palabras me dejaron clavada en el sitio. ¿Qué pasó aquí el otro día? ¿Cómo que solo me toca él? Tardé unos segundos en reaccionar, y cuando lo hice, quise salir de la cuadra. Pero él se interpuso, sin tocarme, solo con el cuerpo.

—¿Adónde vas? Todavía estamos hablando.

Lo tuve tan cerca que su olor me desarmó. No sé qué llevaba puesto, pero olía a cuero, a sudor limpio y a algo más que no supe nombrar. Cada rasgo de su cara se volvía más nítido cuanto más lo miraba.

—Perdona si he sonado brusco —dijo, bajando la voz—. Pero cuando vi tu foto en la ficha de la empresa, llamé a mi jefa de recursos humanos para que te contrataran ese mismo día.

No me lo puedo creer, pensé, sin atreverme a decirlo en voz alta.

—Anoche estuve mirando tus redes sociales. Tengo que reconocer que me dejaste sin dormir. Con la polla tiesa mirando tus fotos, para ser exactos. Me corrí dos veces pensando en esa boca que tienes.

Si cualquier otro tío me hubiera soltado todo eso, le habría dado una patada y estaría marcando el número de la policía. Pero, viniendo de él, solo lo sentí como un cumplido peligroso. Y lo peor fue darme cuenta de que mi cuerpo había decidido por su cuenta. Notaba el calor subiéndome por dentro, la ropa de repente demasiado estrecha, la respiración corta. El coño me palpitaba bajo los vaqueros, mojado sin haber hecho nada, y las bragas se me pegaban a la piel de un modo que no podía ignorar.

—Veo que no soy el único al que le cuesta concentrarse —dijo, mirándome de arriba abajo, deteniéndose sin disimulo en mis pezones marcados bajo la camiseta.

—Lo siento, pero no puedo. Tengo novio. —Era mentira. Estaba soltera. Pero ¿qué imagen iba a dar si el primer día de trabajo me acostaba con un cliente?

—De acuerdo. Lo respeto. —Se apartó un paso—. Pero antes quiero enseñarte una cosa.

***

Se llevó las manos al cinturón y se bajó los pantalones de monta de un tirón, sin ninguna ceremonia. La tenía dura, gruesa, recorrida por una vena que latía despacio contra la piel tensa. Era una polla enorme, mucho más grande que cualquiera que hubiera visto antes, con la punta hinchada y brillante de una gota de líquido preseminal que amenazaba con caer. Los huevos, pesados, colgaban debajo, rasurados y prietos. Me quedé mirándola más tiempo del que debería haber permitido, y él lo notó.

—Espero que la de tu novio sea como esta —dijo, casi divertido, agarrándose la base con la mano y meneándosela despacio para que la vena se le marcara todavía más.

No sé qué me pasó. Levanté la mano para apoyarla en su pecho y frenarlo, pero en lugar de empujar, me dejé caer de rodillas sobre la paja. Era como si una fuerza ajena a mí hubiera tomado el control, como si la chica sensata que había llegado esa mañana se hubiera quedado fuera, en el coche de mi padre.

Me la metí en la boca de una sola vez. Estaba tan dura que por momentos me costaba abarcarla, me ensanchaba la mandíbula y me robaba el aire. La punta me golpeó el paladar y bajó todavía más, hasta chocarme contra la garganta y hacerme lagrimear. Le clavé las manos en las caderas y tiré de él hacia mí, buscando que llegara hasta el fondo, sin pensar en nada más que en ese instante. Empecé a chuparle la polla con hambre, subiendo y bajando la cabeza, dejando que la saliva se me escapara por las comisuras y le resbalara por los huevos.

—Joder, qué bien la mamas —gruñó, sujetándome del pelo—. Toda entera, zorra, tráguela toda.

Obedecí sin pensar. Abrí la garganta, respiré por la nariz y me la tragué hasta la base, sintiendo los huevos golpearme la barbilla. Me quedé así unos segundos, con la nariz aplastada contra su vientre, atragantándome y sin querer soltarla. Cuando por fin la saqué, un hilo espeso de saliva me unió los labios a la punta. Volví a metérmela, esta vez más despacio, chupándole solo el glande y jugando con la lengua alrededor, sintiendo cómo se estremecía. Le lamí la vena entera de abajo arriba, le besé los huevos, me los metí en la boca uno por uno mientras le meneaba la polla con la mano, sin dejar de mirarlo a los ojos.

—Mírate, con las tetas fuera y mi polla en la boca. —Me había desabrochado la camiseta sin que yo me diera cuenta, y me pellizcaba un pezón con dos dedos—. Sabía que eras de las mías.

—¿Quieres que te folle? —preguntó después, con la voz ronca, una mano enredada en mi pelo, la otra tirándome del pezón hasta hacerme jadear.

—Sí, por favor —supliqué, apenas un hilo de voz, con los labios hinchados y la barbilla empapada—. Fóllame, por favor.

Estábamos los dos al límite, como si cualquier roce de más fuera a hacernos saltar por los aires. Con un movimiento que no me esperaba, me levantó del suelo casi sin esfuerzo y me apoyó contra la pared de madera de la cuadra. Me arrancó los vaqueros de un tirón, junto con las bragas empapadas, y las dejó tiradas sobre la paja. Me abrió las piernas de un manotazo y se agachó entre ellas sin darme tiempo a nada.

—Mira cómo estás —susurró, pasándome dos dedos por el coño y enseñándomelos brillantes—. Chorreando por mí.

Hundió la cara entre mis muslos y me clavó la lengua en el coño de golpe. La subió despacio hasta el clítoris y empezó a chupármelo con una fuerza que me hizo doblarme sobre él, agarrarme a su pelo, morderme el labio para no gritar. Me metió dos dedos a la vez, gruesos, entrando hasta el fondo, curvándolos dentro de mí mientras seguía comiéndome. Los sacaba y me los volvía a meter, embadurnados de mis flujos, mientras la lengua le bailaba sobre el clítoris. Me corrí en su boca en menos de un minuto, apretándole la cara contra el coño con las dos manos, temblando de la cabeza a los pies.

—Esa es la primera —dijo, levantándose y limpiándose la barbilla con el dorso de la mano—. Vamos a por más.

El olor a heno y a animal lo envolvía todo, mezclado ahora con el olor espeso del sexo. Me alzó de nuevo, me sujetó por las nalgas y me clavó contra la madera. Sentí la punta de su polla buscando la entrada, restregándose en mis labios empapados, jugando con ellos.

—Ahora escúchame bien —dijo, con la boca pegada a mi oído, sin dejar de frotarme el glande contra el coño—. Te voy a follar, nos vamos a correr y, cuando esto termine, vas a llamar a tu empresa para decirles que quieres trabajar aquí de forma fija. A cambio, tendrás todo el dinero que quieras. Con una condición: que cuides mis caballos y que seas mía cuando yo lo decida. Cuando quiera follarte, te follo. Cuando quiera correrme en tu boca, te tragas todo. ¿Entendido?

Sus palabras, en lugar de devolverme la cordura, me encendieron todavía más. Así que era esto. Quizá esa fuera la razón por la que el puesto se había quedado libre, quizá fuera lo que de verdad le había pasado a Núria. En ese momento me daba igual.

—Vale —dije, rendida—. Pero dime tu nombre, por favor. Es lo único que te pido.

—Puedes llamarme señor. Es lo que voy a ser para ti. Y tú vas a ser mi chica.

—Vale… señor.

***

Cumplió cada una de sus palabras. Me la metió de una embestida seca, hasta el fondo, sin pausa, y el grito que se me escapó lo ahogó él con la mano en la boca. La tenía tan grande que me sentí abierta en canal, con la polla martilleándome un punto que no sabía que existía. Empezó a follarme contra la pared, a golpes duros, con las piernas cruzadas a su espalda y mis uñas marcándole los hombros. Cada empujón me arrancaba un gemido que intentaba ahogar contra su cuello para que nadie fuera de la cuadra lo oyera. Se oía todo: el chasquido húmedo de su polla entrando y saliendo, el chapoteo de nuestros cuerpos, el crujido de la madera cada vez que me estampaba contra ella.

—Qué coño más apretado tienes —jadeó, sin dejar de embestir—. Está hecho para mi polla.

Me bajó al suelo, me dio la vuelta y me hizo apoyarme sobre un fardo de heno, con el culo levantado. Me abrió las nalgas con las manos, me escupió sobre el coño y volvió a metérmela desde atrás, esta vez todavía más adentro. Cada empellón me hacía arquear la espalda; me agarraba de las caderas con las dos manos y me embestía como si quisiera partirme por la mitad. Me dio una palmada en el culo que resonó en toda la cuadra, y luego otra, y otra, dejándome la piel roja y ardiendo.

—Dime que eres mía —me exigió, tirándome del pelo hacia atrás.

—Soy tuya, señor —gemí, con la mejilla pegada al heno—. Toda tuya.

Me cambió de postura otra vez. Se tumbó de espaldas sobre la paja y me pidió que me montara encima. Lo hice temblando, agarrándome la polla con la mano para clavármela yo misma, hundiéndome despacio hasta sentarme del todo. Le apoyé las manos en el pecho y empecé a moverme, arriba y abajo, sintiendo cómo me llenaba cada vez más. Él me agarraba las tetas, me pellizcaba los pezones, me miraba con esa media sonrisa que ya no supe si era de deseo o de propiedad. Yo cabalgaba su polla como los jinetes cabalgaban a sus caballos allí fuera, con los muslos ardiendo, la respiración rota, la vista nublada.

—Así, zorra, así. Móntamela. Enséñame lo que sabes hacer.

No me reconocía a mí misma. La chica que llegó esa mañana a pasear caballos había desaparecido, y en su lugar había alguien que solo quería obedecer, alguien que solo quería más polla, más embestidas, más de él dentro. Me incliné hacia delante, apoyé las manos en su pecho y dejé que él tomara el control desde abajo, embistiéndome a un ritmo brutal, salpicándome el culo de sus huevos, haciéndome saltar sobre él.

Nos corrimos casi a la vez. Él me apretó contra su cuerpo y se hundió hasta el fondo, y yo sentí los chorros calientes llenándome por dentro, uno detrás de otro, mientras un orgasmo me recorría de la nuca a los talones y me apretaba entera alrededor de su polla. Grité contra su hombro, mordiéndolo para no despertar a media caballeriza, temblando con espasmos que no lograba controlar. Cuando por fin se salió de mí, un reguero espeso de su corrida me bajó por el muslo interno, cayendo sobre la paja. Fue tan intenso que lo último que recuerdo de esa tarde es el techo de la cuadra girando sobre mí antes de que todo se volviera negro.

Desperté al día siguiente en una cama de hospital. A un lado estaban mis padres, pálidos, preguntándome cómo me encontraba. Al otro, sentado con una calma que nadie más entendía, estaba él. Me sostuvo la mirada un segundo y, sin que mis padres lo vieran, articuló sin voz una sola palabra: mañana.

Llamé a la empresa esa misma semana. Les dije que quería quedarme en las cuadras de forma fija. Mis padres pensaron que era por el dinero. Y, en parte, no les mentí.

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Comentarios(7)

vikingo88

increible relato!!! sigue escribiendo asi

FlorA_22

Que tension desde el primer parrafo, me atrape y no pude soltar. Esperando la continuacion!!

Laur_87

Me recordo a un verano que trabaje lejos de casa, esa sensacion de estar en un lugar desconocido donde todo puede pasar. Muy bien escrito, de verdad se siente real

ToniCba

¿y como termino la temporada completa? se nota que hay mas historia detras. me quedo con ganas de saber

Solana_LR

buenisimo!!

LucasBA_89

El tono confesional le da una autenticidad que pocos relatos tienen. Se agradece esa honestidad, hice bien en clickear este titulo

NocheConRelatos

Por favor segunda parte!! quede con demasiada intriga para quedarme solo con esto

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