La graduación de mi sobrino terminó conmigo de rodillas
La ceremonia se hizo en el auditorio de la universidad, un salón austero con sillas plegables y un escenario armado a las apuradas. No había nada solemne en aquel lugar, pero para mí significaba mucho: era la graduación de Bruno, el hijo de mi hermana, que por fin terminaba su carrera después de varios años de tropiezos y materias arrastradas.
Mi hermana no pudo venir. Andaba por el extranjero, viviendo su vida sin demasiadas culpas, así que asistí yo en su lugar, acompañada por los abuelos paternos que lo habían criado casi como a un hijo. Bruno tenía veinticuatro años y una sonrisa de alivio que le iluminaba toda la cara cuando cruzó el escenario.
Al terminar, se abrió paso entre la gente para abrazarme. Me apretó fuerte y me habló al oído con la voz entrecortada.
—Lo logré, tía —me dijo.
Entendí lo que pesaba esa frase, pero preferí no detenerme ahí. Seguí la charla con los abuelos, con los profesores, con quien se cruzara, manteniendo la compostura de la tía orgullosa que todos esperaban ver.
En la puerta del auditorio me alcanzó otra vez, ahora rodeado de sus amigos. Se frotaba las manos, nervioso y exaltado, y reclamó en voz alta delante de todos.
—¿Y mi regalo? Yo quiero mi regalo —insistió, con una risa que no era del todo inocente.
Le hice una seña para que me llamara más tarde y me fui sin decir nada más. Sabía perfectamente de qué regalo hablaba.
***
Toda la tarde el teléfono no dejó de vibrar. Bruno me mandaba fotos: él frente al espejo del baño, los amigos bajándose los pantalones entre risas, cuerpos jóvenes ofreciéndose a la cámara como un desafío. Cada imagen iba subiendo la temperatura, llevándome a imaginarme en medio de ellos, rodeada, disponible.
Me tendí en la cama con el teléfono apoyado en el pecho. Dejé que la mano bajara sola, despacio, hasta encontrar mi clítoris, y me acaricié sin prisa mientras repasaba cada foto. El orgasmo llegó suave, casi tímido, y me obligó a apretar los muslos con fuerza. Cuando la respiración volvió a su sitio, agarré el teléfono y escribí una sola línea: «¿Dónde te veo?».
La respuesta tardaba, pero yo estaba tranquila. Lo conocía. Me había deseado demasiado tiempo como para dejarme esperando.
Abrí el placard y me debatí frente a la ropa. Podía ir vestida como la tía discreta de siempre, o podía ir como lo que de verdad quería ser esa noche. Elegí lo segundo. Quería encarnar las fotos que él guardaba, las mismas que sus amigos seguro ya habían mirado mil veces.
Me trabajé el pelo con efecto húmedo, como recién salida de la ducha. Me delineé los ojos con sombra azul y rímel oscuro, y me pinté los labios de un rojo que no admitía dudas. Me puse una blusa negra transparente, sin corpiño debajo, que dejaba adivinar mis pechos entre la tela. Abajo, mi pantalón de cuero favorito, ese que se ajusta como una segunda piel y que deja la espalda baja al descubierto. Giré frente al espejo y me gustó lo que vi. Esa noche no iba a ser la tía de nadie.
***
Manejé rápido. Cuando llegué a la casa, el aire ya estaba cargado de humo y alcohol. Bruno salió a recibirme apenas bajé del auto y me apoyó la mano en la cintura con una confianza nueva.
—Que me vean —le dije al oído, y avancé colgada de su brazo.
—¡Llegó mi tía! —gritó él hacia el grupo, y me hizo dar una vuelta para que todos me miraran de arriba abajo.
Eran cinco o seis, todos de la edad de Bruno, veintipocos, con esa mezcla de timidez y bravuconada que dan la juventud y el alcohol. Le saqué el vaso de la mano a uno y lo vacié de un trago. Me gusta que el alcohol entre primero, que sea el preludio de todo lo demás.
—Quiero bailar —anuncié.
La música subió y me perdí entre ellos. Dejé que sus manos me recorrieran la espalda, las caderas, que se animaran de a poco. Cada vez que alguno intentaba pasarse, yo ponía la regla con una sonrisa.
—Primero Bruno —les advertía—. Después vemos.
Me saqué los zapatos. Les di la espalda y, mirándolos por encima del hombro, me bajé el pantalón de cuero con una lentitud calculada, hasta quedarme apenas en una tanga mínima y los tacos que me había vuelto a calzar. Seguí bailando así, sintiendo cómo el círculo se cerraba alrededor de mí.
Uno de los chicos me desabrochó la blusa por detrás y me tomó los pechos con una urgencia desesperada, como si tuviera miedo de que aquello terminara antes de empezar. Tomé otro trago largo y, uno por uno, los hice sentarse en ronda para que miraran. Lancé la blusa lejos. Ya no me quedaba más que la piel, los tacos y esa tira de tela.
***
Tomé a Bruno de la mano y lo arrastré al centro del círculo. Me dejé caer de espaldas sobre la alfombra, abrí las piernas y empecé a tocarme, gimiendo, invitándolo a tomar lo que ya era suyo. Él se liberó el pantalón con torpeza y se acomodó entre mis muslos.
—Hace mucho que te quería, tía —jadeó contra mi cuello.
Le subí las piernas a los hombros y lo recibí entero. Empujó hondo, con una fuerza que me sacó el aire, y empezó a moverse rápido, sin contemplaciones. Mis gemidos se mezclaban con los suyos y con los murmullos de los otros, que se habían acercado para no perderse nada.
—Más fuerte —le pedí—. Desquitate por hacerte esperar tanto.
Sus embestidas se volvieron más bruscas. Me apretaba los pezones, me daba vuelta la cara con la palma abierta, y yo me arqueaba pidiendo más. El grupo lo alentaba a centímetros de nosotros, y escucharlos me prendía todavía más. Lo abracé con las piernas, lo atraje hacia mí, busqué su peso encima de mi cuerpo hasta que él se hundió una última vez con un gruñido y se derrumbó a mi lado, empapado en sudor.
—Esto recién empieza —me dijo con una sonrisa torcida.
Me puse de pie, desnuda entre todos, sintiendo cómo me temblaban las piernas todavía.
***
Caminé entre ellos sin ninguna vergüenza, levantada por los tacos que marcaban cada paso. Busqué en mi cartera un cigarrillo, le di una pitada larga del que me ofrecía uno de los chicos y me apoyé en el borde de la mesada de la cocina. Sentía el corazón galopando y el sexo empapado, latiendo solo.
Me senté en el filo, abrí las piernas y empecé a jugar conmigo otra vez, ofreciéndoles la vista mientras la respiración se me iba descontrolando. Verlos masturbarse alrededor, con esa ansiedad de animales jóvenes, me llevó al borde enseguida. Mojé los dedos y me froté con furia hasta que el aire se llenó de mis gemidos y de sus jadeos, en un coro desordenado.
—Usenme —les pedí entre dientes—. Para eso vine.
Llegué a un orgasmo que me dobló sobre la mesada y me dejó ofreciéndoles la espalda. Las manos se me disputaron la piel, peleándose por mis caderas, por mis pechos. En el reflejo del ventanal vi cómo se les ponía dura de nuevo, listos para seguir.
El más callado del grupo me miraba desde un sillón, con los ojos encendidos. Me acerqué, me senté a horcajadas sobre él y le aplasté los pechos contra la cara. Le abrí el pantalón y me lo clavé de un solo movimiento, empezando a cabalgarlo con una urgencia eléctrica.
—Dale —le susurré—. No te quedes atrás.
***
Un empujón me sacó de encima y me mandó al piso.
—Al suelo —ordenó Bruno, levantándome del pelo.
Me llevó hasta la mesada y me aplastó la mejilla contra la superficie fría. El chico del sillón se acomodó detrás y empujó despacio, abriéndose paso, mientras Bruno me sostenía de los hombros desde el otro lado, mirándome a los ojos.
—Pedilo —me dijo.
—Más —contesté, y eso fue todo lo que necesitó.
Entonces un tercero se subió a la mesada frente a mí y me ofreció su miembro. Lo recibí en la boca, recorriéndolo con la lengua, sintiendo cómo el de atrás marcaba un ritmo cada vez más rápido. Se vació primero el de atrás, después el de adelante, y yo seguía pidiendo, reteniéndolos, sin querer que aquello parara.
—Pasámela —reclamó otro, duro otra vez.
Bruno me arrastró hasta el sillón. Me tiraba del pelo y me daba palmadas en las nalgas, riéndose, repartiéndome entre sus amigos como si fuera el regalo que había reclamado en la puerta del auditorio. Y yo, lejos de resistirme, empujaba mi cuerpo contra el de ellos, buscando cada golpe, cada mano, cada centímetro de aquella locura que yo misma había ido a buscar.
***
Me usaron largo rato, turnándose entre risas, insultos cariñosos y jadeos. Yo marcaba el ritmo aunque pareciera lo contrario: era yo la que se empujaba contra ellos, la que pedía más, la que los guiaba con la voz. Cuando por fin se terminaron, uno tras otro, quedé tendida en el sillón con la piel marcada y la respiración rota, vacía y completa al mismo tiempo.
Después nos tiramos a la pileta. Flotábamos en el agua fría pasándonos una botella de ron de mano en mano, y yo me acercaba al borde solo para darle una pitada al porro que fumaban los que se quedaron afuera. Cada vez que me arrimaba, alguna mano volvía a recorrerme, sin urgencia ya, casi con cariño.
Entre el humo y las risas, querían entender. No les entraba en la cabeza cómo una mujer como yo —una señora educada, profesional, con su vida ordenada— podía ser también la que tenían enfrente. Se los confesé sin vueltas: que adoro exhibirme, que esa otra mujer también soy yo, y que de noche, lejos de los que me conocen, me permito ser exactamente lo que quiero ser. Bruno les contaba mis historias como si fueran trofeos.
Fue recién entonces, riéndome, cuando me enteré de cómo se llamaban. Damián, Tomás, Iván, Lautaro. De no ser por ese descuido, se habrían ido sin que yo supiera jamás quiénes habían sido.
***
Al día siguiente, ya entrada la tarde, la casa volvió a la vida de a poco. Me vestí con un jean y una blusa de cuello alto, una armadura de tela que tapaba las marcas de la noche. Estábamos comiendo cuando llegó don Aníbal, el abuelo de Bruno, a buscarlos.
Noté enseguida que me miraba distinto. Había algo nuevo en sus ojos, una evaluación silenciosa que me recorrió de arriba abajo.
Todos se despidieron y subieron a la camioneta, menos Tomás, el más joven, que prefirió quedarse un rato más conmigo. Antes de arrancar, don Aníbal se acercó a darme un beso en la mejilla. Se demoró un segundo de más, sosteniendo el momento.
—Bruno me mandó unas fotos —me susurró al oído—. Te llamo.
Subió a la camioneta y se fue, dejándome con el corazón otra vez acelerado y la certeza de que aquella noche había sido apenas el comienzo de algo que yo no pensaba detener.