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Relatos Ardientes

La confesión de mi esposa sobre su ex insistente

La primera vez que entendí que mi matrimonio ya no me pertenecía fue una tarde cualquiera, cuando sonó el timbre y al abrir encontré a Darío apoyado en el marco de la puerta, mascando chicle y oliendo a tabaco frío como si hubiera dormido dentro de un cenicero.

—Vengo a ver a tu mujer —dijo, sin saludar—. Y no precisamente para tomar café.

Ya ni siquiera se molestaba en disimular. Antes inventaba alguna excusa, una visita rápida, una cerveza, cualquier mierda. Con el tiempo dejó de fingir, y lo peor es que yo también dejé de fingir sorpresa.

—Llegas temprano —le contesté—. Nora salió a comprar.

Darío sonrió con esa seguridad de hombre acostumbrado a entrar donde no lo invitan. Había sido el guapo del barrio años atrás, y todavía vestía como si el tiempo no hubiera pasado: cazadora vieja, botas gastadas, una gorra ridícula que no ocultaba del todo la calva que le empezaba a comer la cabeza. Aun así, seguía teniendo algo bruto y animal que arrastraba a mi esposa como un anzuelo clavado demasiado hondo.

—La espero —dijo—. Total, sabes que no me voy a ir sin corrérmele dentro.

Yo apreté la mandíbula. Podría decir que aquello me revolvía el estómago y que por eso reaccioné con rabia, pero la verdad era más sucia. Me humillaba. Me enfermaba. Y aun así una parte de mí se quedaba quieta, mirando, como si ya me hubiera convertido en un testigo profesional de mi propia desgracia.

El coche de Nora apareció justo entonces en la entrada. Se bajó con su vestido corto color mostaza pegado a las caderas por el calor, el pelo recogido de cualquier forma y dos bolsas en cada mano. Vi a Darío mirarla como un dueño que ve volver a su perra adiestrada.

Mi esposa nos vio juntos y cerró los ojos un segundo. Ese gesto lo decía todo. No era sorpresa. Era resignación.

Había salido de casa como él le exigía: sin bragas y sin sostén. Yo lo sabía porque ya ni siquiera lo escondía de mí; a veces la veía prepararse en el cuarto, alisándose el vestido sobre el culo desnudo y murmurando que así, por lo menos, se lo quitaba de encima más rápido. Nunca funcionaba.

Ella rodeó el coche y se inclinó para sacar la última bolsa del asiento trasero. Darío bajó los escalones antes de que yo pudiera moverme, se le pegó por detrás y le subió la falda con las dos manos. Le dejó el culo al aire en plena entrada de la casa, redondo, firme, marcado por la tela fina del vestido arrugado en la cintura.

—Darío, déjame meter primero las cosas —dijo Nora, tensa, sin volverse.

Él le apretó una nalga con fuerza y después hundió la mano entre sus muslos. La vi abrir un poco más las piernas por reflejo cuando los dedos le tocaron el coño depilado.

—Me prometiste cuando eras mía que sería cuando yo quisiera —le susurró junto al oído—. No recuerdo que esa promesa caducara.

Nora soltó aire por la nariz. Lo había dicho muchas veces: aquel juramento idiota de juventud era una broma que Darío convirtió en condena. Nunca le perdonó que se casara conmigo. Nunca renunció a tratarla como si aún fuera suya.

—Hoy no me jodas con el culo —murmuró ella—. Me duele desde la mañana.

Lo dijo con un cansancio tan íntimo que me atravesó. Darío se rió. Le metió dos dedos entre las nalgas y se los pasó por la entrada del culo, lento, como comprobando si seguía abierta para él.

—Ya veremos —respondió—. Métete a la cocina. Quiero verla bien.

Ella echó a andar con las bolsas pegadas al pecho, y él la siguió con una mano en el culo, levantándole el vestido mientras yo cerraba la puerta detrás de los tres. Todo ocurrió delante de mí con la naturalidad indecente de una rutina doméstica.

En la cocina, Nora dejó las bolsas sobre la mesa. Darío se colocó detrás de ella, se bajó la bragueta y se sacó la polla. Era gruesa, larga, obscena. La había visto demasiadas veces para fingir que no entendía por qué mi esposa salía de cada encuentro caminando despacio.

Le escupió en la mano, se la pasó por la verga y la acomodó entre las nalgas de Nora. Ella se apoyó en la encimera sin mirar a nadie. Yo me quedé junto a la nevera con la sensación de estar sobrando en mi propia casa.

—No hagas ruido, que me cortas el ritmo —me advirtió Darío.

Le separó el culo con una mano y empezó a empujar. Nora cerró los ojos al sentir la punta abriéndola. Su espalda se arqueó. Una de las bolsas cayó al suelo y rodaron unos limones.

—Despacio —dijo entre dientes—. Joder, despacio.

Darío no le hizo caso. Siguió metiéndosela centímetro a centímetro, forzando el aro apretado hasta hundir media polla. Nora soltó un gemido ronco, más de dolor que de placer, y clavó los dedos en el mármol de la encimera.

—Así me gusta —gruñó él—. Aguántamela.

La embistió otra vez y esta vez entró más. La carne de las nalgas le golpeó la pelvis con un sonido húmedo. Yo veía cómo la verga desaparecía en ese culo que ya conocía demasiado bien su empuje. Nora tenía la cara ladeada, la boca entreabierta y el cuello tenso.

—Hay congelados en la bolsa térmica —dijo de pronto, mirándome de reojo—. Mételos en el congelador, por favor.

Su frase quedó cortada por otra embestida. Darío ya la estaba follando con ritmo, sujetándola de la cintura, sacándola casi por completo y volviendo a clavársela de golpe. Cada vez que entraba hasta el fondo, Nora dejaba escapar un sonido breve y rabioso.

Yo recogí la bolsa como un idiota obediente mientras escuchaba el choque de su piel, los gemidos, las obscenidades que él le decía al oído. Abrí el congelador y guardé la comida mientras mi esposa era penetrada por detrás a menos de dos metros de mí.

—Mírame —ordenó Darío.

Nora volvió la cabeza hacia mí. Tenía las mejillas encendidas y el pelo pegado a la sien. Vi vergüenza, cansancio y algo peor: la costumbre.

—¿Crees que me gusta? —me dijo con la voz entrecortada por las embestidas—. ¿Crees que estoy disfrutando esto?

No supe qué responder. Darío la agarró de un pecho por encima del vestido y tiró hacia atrás hasta dejarle el torso más arqueado.

—No me jodan con su dramita ahora —escupió—. Quiero correrme tranquilo.

Le metió la mano por delante, entre las piernas, y empezó a frotarle el coño mientras seguía follándola por el culo. Los dedos sonaban mojados. Nora tenía las piernas temblando. Cada roce en el clítoris le arrancaba un gemido que ella intentaba tragarse sin conseguirlo.

—Estás empapada —se burló él—. Siempre igual. Te abro el culo y se te moja el coño como a una puta.

—Cállate —susurró ella.

—Dilo bien.

—Cállate, cabrón.

La nalgueó tan fuerte que el golpe retumbó en la cocina. Después le apartó el vestido del pecho y le sacó las tetas al aire. Las atrapó con ambas manos, las apretó, les retorció los pezones mientras seguía entrando y saliendo de su culo. Nora se mordió el labio. Sus pechos se agitaban con cada sacudida.

Yo debería haberme ido. En vez de eso, me quedé mirando cómo ella perdía fuerza en los brazos, cómo la mandíbula se le aflojaba, cómo el cuerpo empezaba a responder aunque su orgullo siguiera resistiéndose.

Darío le lamió la nuca.

—Dime dónde me quieres correr.

—Donde te dé la gana y te largues —contestó Nora.

Él se rió y aceleró. El ruido de su pelvis golpeando sus nalgas se volvió más rápido, más duro. La mesa crujía. Una botella cayó de lado y rodó hasta el fregadero.

—Te voy a llenar el culo otra vez —gruñó.

Nora negó con la cabeza, pero ya no había fuerza en ese gesto. Solo resignación caliente. Darío la sacó de la encimera, la dobló más hacia delante y le abrió las nalgas con las manos para mirarse entrar. Yo también lo vi: el anillo del culo cediendo alrededor de su polla gruesa, brillante, empujando sin misericordia.

—Joder —dijo ella, muy bajo—. Joder...

Entonces se corrió. Se le notó en cómo las piernas cedieron, en cómo apretó los muslos y dejó caer la frente sobre el brazo. Darío seguía masturbándole el clítoris con dos dedos brutales mientras la follaba por el culo, y ese orgasmo le atravesó el cuerpo entero. Gemía sin querer, con rabia, como si odiara darle esa victoria.

—Ahí está —dijo él, satisfecho—. Sabía que te lo ibas a correr así.

Dos embestidas más, tres, y se tensó detrás de ella. Le clavó los dedos en las caderas y la llenó dentro. Yo vi el espasmo en su vientre, en la forma en que cerró los ojos y dejó la boca abierta mientras se corría profundo en el culo de mi mujer.

Se quedó unos segundos enterrado, respirando fuerte. Luego salió despacio. Un hilo espeso de semen empezó a resbalar entre las piernas de Nora.

Ella se incorporó con la cara ardiendo. Se bajó el vestido como pudo y agarró el borde de la mesa para no tambalearse.

—Ya está —dije yo, sin mucha convicción—. Ya terminaste.

Darío me miró como si le hubiera hecho gracia.

—Eso fue apenas llegar. Ahora quiero la cama.

***

Nora subió primero las escaleras. La seguí con la vista. Caminaba despacio, con semen escurriéndole por la cara interna de los muslos, dejando un rastro obsceno de brillo. Darío fue detrás de ella sin pedir permiso, subiendo a nuestra habitación como quien entra en una habitación alquilada.

Yo tardé unos minutos en animarme a subir. Cuando abrí la puerta, ya estaban sobre la cama. Ella a horcajadas sobre él, desnuda de cintura para abajo y con el vestido abierto, las tetas rebotando mientras intentaba cabalgar aquella polla enorme con una mezcla de prisa y agotamiento.

—Quiero saber cuánto te vas a quedar —dije desde la puerta.

Darío tenía las manos en las caderas de Nora, obligándola a bajar más, guiándola sobre su verga.

—No lo sé —contestó sin mirarme—. Si tu mujer coopera, quizá me dé por dormir aquí.

Nora bajó hasta tragársela entera y soltó un gemido ahogado. Su coño estaba hinchado y brillante. Cada vez que subía, la polla de Darío salía cubierta con una mezcla espesa de flujo y semen que había escurrido antes desde su culo.

—No empieces ahora, Tomás —dijo ella, usando esa voz cansada que solo me dedicaba a mí—. Quiero acabar con esto.

Acabar con esto. Siempre decía eso. Pero el «esto» podía durar horas.

Darío le dio una palmada en el culo.

—Muévete mejor. Así no me corro ni en un siglo.

Ella obedeció. Empezó a rebotar más fuerte. La cama golpeaba la pared con un ritmo constante. Sus tetas se agitaban libres, y él se las agarró para amasarlas mientras ella se ensartaba una y otra vez. La imagen me humillaba tanto que me costaba apartar los ojos.

—Mírala —dijo Darío—. Casada, seria, tan correcta... y luego cómo se abre encima de mí.

Nora se inclinó hacia delante y le apoyó las manos en el pecho para ganar impulso. La polla le entraba hasta el fondo y ella ya no podía disimular el placer que le arrancaba. Los gemidos salían más limpios, más húmedos. Su coño chupaba esa verga con un sonido viscoso que llenó la habitación.

—Tócate —le ordenó él.

Ella llevó dos dedos al clítoris y empezó a frotarse mientras seguía montándolo. La vi morderse el labio, cerrar los ojos, acelerar. Darío levantó las caderas para clavársela más hondo desde abajo. Cada choque le hacía vibrar las tetas.

—Así, zorra —gruñó—. Córrete en mi polla.

—No me llames así.

—Pero te comportas como una.

Le dio otra nalgada y después le agarró el cuello sin apretar del todo, solo lo suficiente para marcar dominio. Nora gimió y se corrió casi de inmediato, sacudiéndose sobre él, frotándose con furia mientras su coño lo ordeñaba. El orgasmo la dejó sin aire. Se desplomó un segundo sobre su pecho.

Yo seguía en la puerta, inútil, mirando.

Darío me sonrió por encima del hombro de ella.

—Cierra al salir si no quieres escucharla gritar.

No me fui. Tampoco hablé. Me senté en la silla del rincón como un condenado y observé cómo la daba vuelta. La puso a cuatro patas en nuestra cama, le separó las piernas y se inclinó para lamerle el coño. Nora soltó un jadeo largo. Él hundió la lengua entre sus labios, chupándole el clítoris con avidez, mientras una mano le apretaba el culo todavía abierto y pegajoso.

Después escupió en la raja, le metió un dedo en el culo y otro en el coño al mismo tiempo. Nora arqueó la espalda.

—Estás hecha un desastre —le dijo—. Te escurres por todos lados.

Volvió a penetrarla por el coño de una embestida brutal. Ella gritó, sin pudor ya. El colchón se hundía con cada golpe. Darío le sujetó el pelo, tirando apenas, y empezó a follarla duro, sin pausa, hasta hacerle temblar los muslos.

—Más —dijo Nora de pronto, ronca, rendida—. Si vas a hacerlo, hazlo de verdad.

Él obedeció encantado. Le golpeaba el culo con la pelvis, le apretaba una teta con una mano, el clítoris con la otra, y la enterraba entera una y otra vez. Yo veía cómo ella se aferraba a las sábanas, cómo se abría más, cómo el placer y la humillación se mezclaban hasta volverla irreconocible.

Se corrió otra vez empujando hacia atrás, buscando más profundidad, y eso fue lo que lo hizo perder el control. Darío salió en el último segundo y le vació una corrida caliente sobre la espalda y las nalgas. El semen le bajó por la curva de la columna hasta la raja del culo.

—Límpiate —dijo, tirándole la almohada a un lado—. En diez minutos te quiero otra vez lista.

Nora giró la cara hacia mí. Tenía los ojos brillantes, no sabía si de rabia o de puro agotamiento.

—¿Ya viste suficiente? —me preguntó.

No contesté. La verdad era que nunca era suficiente para el asco que sentía por mí mismo.

***

Esa noche intenté dormir en el sofá. No pude. Cada crujido del piso de arriba, cada gemido ahogado, cada golpe de cama me llegaba con una claridad enfermiza. Cerca de la medianoche subí a por agua y los encontré de nuevo, esta vez en el borde de la cama.

Nora llevaba una falda corta y una camisa anudada por debajo de las tetas, una combinación absurda que Darío había escogido de su armario solo porque le gustaba verla vestida a medias mientras la usaba. Estaba sentada sobre él, de espaldas, moviendo el culo despacio mientras se frotaba el clítoris.

Darío tenía una mano metida entre sus piernas y la otra en su garganta, sujetándola con firmeza. Le estaba diciendo obscenidades al oído con la voz espesa del hombre que piensa correrse otra vez y otra más después.

—Vamos, dáselo —decía—. Muéstrale a tu marido cómo te gusta mi polla.

Nora me vio en la puerta y bajó la mirada, avergonzada. Pero no se detuvo. Al contrario: empezó a moverse con más decisión, más rápido, como si quisiera acabar cuanto antes. El sonido de su coño tragándose la verga llenaba la habitación.

—No me mires así —me dijo—. Si entro en esto, salgo antes.

Darío se rió y la levantó de golpe. La acostó boca arriba, le abrió las piernas y se arrodilló entre ellas. Empezó a chupársela con hambre, metiendo la lengua de abajo arriba, deteniéndose a succionar el clítoris hasta hacerla retorcerse. Nora tenía las manos en su cabeza, tirándole del pelo sin cuidado.

—Joder... joder, así... —gemía.

Yo nunca la había oído hablarme así a mí.

Él siguió lamiéndola hasta dejarla temblando, y entonces se incorporó, le escupió en el coño y se la volvió a meter de una sola vez. Nora gritó y se agarró a mis sábanas. Darío empezó a follarla con una violencia medida, de esas que conocen el cuerpo ajeno de memoria.

—Abre más —ordenó.

Ella obedeció. Le puso los tobillos sobre los hombros y la penetró todavía más hondo. El ángulo la hacía gemir cada vez que la punta golpeaba adentro. Yo veía su vientre temblar, sus tetas sacudirse, la expresión de abandono puro en su cara.

—Te vas a correr otra vez —dijo él.

—Sí.

—Pídemelo.

—Hazme correr.

Él le pellizcó un pezón y metió la mano entre los dos para presionarle el clítoris mientras seguía embistiéndola. Nora se vino con un gemido largo y roto, cerrando las piernas a medias alrededor de su cintura. Darío no frenó. Siguió follándola a través del orgasmo, aprovechando cada espasmo de su coño, hasta que acabó también, esta vez dentro.

Cuando salió, la mezcla de semen y flujo le resbaló por los muslos.

—Ahora de lado —ordenó él aún jadeando—. Quiero volver a tu culo antes de dormir.

Nora ni siquiera discutió. Se dio la vuelta, dobló una pierna y se abrió para él con la docilidad de quien sabe que resistirse solo alarga la noche. Darío usó su propia corrida como lubricante, se la restregó por la raja y volvió a meter la punta en el ano sensible.

Ella siseó entre dientes.

—Te dije que ahí me duele.

—Y aun así me lo das.

Se la fue clavando despacio, disfrutando cada gesto de incomodidad. Cuando ya estaba dentro del todo, la agarró de la cadera y comenzó a empujar con un ritmo profundo y pesado. Nora enterró la cara en la almohada para apagar los sonidos. No lo logró. Cada embestida le arrancaba un gemido más oscuro.

Yo me marché antes de verlo correrse otra vez. Oí el gruñido desde el pasillo y supe exactamente dónde le había dejado otra carga.

***

A la mañana siguiente entré en la cocina y Darío ya estaba sentado a la mesa, fresco como si hubiera dormido diez horas. Nora estaba debajo, desnuda, chupándosela.

Lo primero que vi fue su cabeza moviéndose entre las piernas de él. Lo segundo, el hilo de saliva que unía sus labios a la punta cuando sacaba la boca para respirar. Darío tenía una mano en su pelo y la guiaba con calma obscena, como si aquello fuera tan normal como leer el periódico.

—Buen día —me dijo.

No respondí. Miré a Nora. Su coño estaba hinchado y brillante, todavía marcado por la noche. Tenía semen seco en un muslo. Sus tetas se balanceaban con cada vaivén de la mamada.

Darío levantó un poco la cadera.

—Mírala cómo trabaja. Si te digo la verdad, por esto sí vale la pena madrugar.

Nora me miró desde abajo de la mesa un segundo. No había lágrimas ni súplica. Solo una especie de cansancio resignado, mezclado con esa concentración húmeda de quien está intentando que el otro se corra rápido para acabar cuanto antes.

Le tomó la polla con una mano y se la tragó más hondo. Darío soltó un resoplido satisfecho. Ella apretó los labios al retirarse, usó la lengua en la punta, volvió a engullirla. El ruido mojado llenó la cocina.

—No sé cómo haces para seguir —murmuré.

Darío sonrió.

—Tu esposa aprende rápido. Y aguanta mejor que tú.

Le empujó la cabeza un poco más. Nora tragó saliva, relajó la garganta y dejó que media verga más desapareciera en su boca. Sus ojos se humedecieron. Aun así siguió succionando con ganas, como si la prisa por terminar la volviera eficiente.

Él empezó a tensarse. Le acarició el pelo con una ternura insultante.

—No la saques —le advirtió—. Trágatelo.

Nora mantuvo la boca alrededor de la polla cuando Darío se corrió. El espasmo le sacudió el muslo. Ella tragó todo lo que pudo, apartó la boca al final para tomar aire y se limpió con el dorso de la mano una hebra de semen que le quedó en el labio inferior.

Entonces salió de debajo de la mesa y se incorporó sin cubrirse. Tenía la boca enrojecida y el pelo revuelto. Darío la agarró de la muñeca y la sentó sobre sus piernas, frente a mí.

—He estado pensando —dijo él, acariciándole el muslo—. Paso tanto tiempo aquí que quizá debería instalarme una temporada.

Sentí que algo se me iba a romper dentro. Nora cerró los ojos un instante, como si ya supiera que aquello acabaría pasando.

Darío le abrió las piernas sobre su regazo y empezó a jugar con los dedos entre sus labios hinchados. Ella soltó un jadeo involuntario.

—No empieces otra vez —susurró.

—Claro que voy a empezar otra vez.

Le metió dos dedos en el coño, despacio al principio, y luego los curvó adentro buscando ese punto que la hacía retorcerse. Nora se agarró a sus hombros. Vi cómo el cuerpo se le aflojaba pese al cansancio.

—Dile a tu marido dónde me quieres ahora —le exigió.

Ella me sostuvo la mirada unos segundos, humillada y excitada al mismo tiempo.

—En la cocina no —dijo—. Llévame al sofá.

Darío sonrió como si hubiera ganado otra vez. La levantó en brazos, desnuda, abierta, goteando, y la llevó al salón. Yo fui detrás porque ya ni siquiera sabía hacer otra cosa.

La dejó sobre el sofá y la puso boca abajo con las rodillas separadas. Le abrió el culo con los pulgares y escupió entre las nalgas. Nora enterró la cara en el respaldo, esperando. Él se colocó detrás y volvió a metérsela en el ano, todavía sensible, todavía usado. Ella gimió alto al sentir la invasión.

Darío empezó a follarla despacio, saboreando cada entrada, cada contracción. Después aceleró. El sofá chirriaba. Nora se sujetó del respaldo con las dos manos, meciéndose con cada embestida, el culo recibiendo golpe tras golpe mientras su coño goteaba sobre la tela.

—Así vas a pasar la mañana —le dijo él—. Con mi polla en el culo y tu marido mirando.

Nora no contestó. Solo echó la cadera atrás para recibirlo mejor.

Yo me quedé de pie frente a ellos y entendí por fin por qué llamo confesión a todo esto. Porque nadie me obligó a seguir allí. Nadie me ató a esa casa ni a esa escena repetida. Lo vi entrar, la vi abrirse, los vi coger en mi cocina, en mi cama, en mi sofá, y seguí quedándome.

Darío la llenó otra vez con un gruñido satisfecho. El semen volvió a escurrir entre sus piernas. Nora ni se movió; se quedó quieta, respirando hondo, vacía y usada.

Y yo, como tantas otras veces, seguí mirando hasta que no quedó nada de mí que salvar.

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Comentarios(7)

MarianoCba

Excelente relato, de los mejores que leí ultimamente. Seguí así!

FedericoM

Por favor que haya una segunda parte, quede re intrigado con el final

Cristobal_R

Me recordo a algo que viví hace años, esas situaciones con el ex siempre generan tension. Muy bien narrado.

PabloRío

Muy bueno! Es una confesion real? A veces eso hace que enganchen mas todavia

CarlaM77

Me encanto que este narrado desde esa perspectiva, le da una vuelta interesante al relato. Genial.

DiegoSF_ok

increible!!! me quede con ganas de mas

Marcos_lector82

La tension que se va generando a lo largo del relato esta muy bien lograda. Se siente real.

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