Mi vecina me confesó lo que siempre quiso probar
Esto pasó cuando cursaba mi segundo año en la universidad y todavía vivía con mis padres. Tenía veintitrés años por entonces, y la chica que vivía en el piso de enfrente, en el mismo rellano, rondaría los veintidós. Una tarde de octubre, con el edificio en silencio, llamó a mi puerta sin avisar.
—Hola, vecino. ¿Tienes impresora? Necesito sacar unos apuntes para un examen y la mía se quedó sin tinta.
—Claro, pasa —le dije, apartándome para dejarla entrar.
La llamaré Noa. No era muy alta, llevaba el pelo castaño recogido en una coleta hecha con prisa, tenía pecas repartidas por los pómulos y casi siempre vestía de negro. Esa tarde no era la excepción: una sudadera oscura, unos vaqueros gastados y unas deportivas que arrastraba al caminar.
Cruzamos el pasillo hasta mi habitación, donde tenía el ordenador.
—¿No están tus padres? —preguntó mirando alrededor.
—No, se fueron unos días al pueblo. Mi padre tenía vacaciones y aprovecharon para escaparse.
—Qué suerte —suspiró—. Tienes el piso entero para ti solo. Yo nunca he estado sola en casa. O están mis padres, porque mi madre no trabaja, o si hay viaje me arrastran con ellos. No me dejan quedarme.
—Estar solo está bien —comenté mientras encendía la pantalla—. No hay horarios, comes lo que quieres, haces lo que te da la gana.
—No sabes cuánto te envidio.
Nos sentamos frente al monitor, ella en la cama y yo en la silla, y conecté su pendrive para mandar los apuntes a la impresora. Mientras las hojas salían una a una, seguimos hablando. Y de pronto, sin venir demasiado a cuento, ella bajó la voz.
—Si yo estuviera sola en casa varios días, creo que haría locuras. Pasearía desnuda por todo el piso, solo por el morbo de no haberlo hecho nunca. O me pondría a ver vídeos en internet, de esos. En casa el ordenador está en el comedor y, con mis padres delante, ni en sueños.
—Yo lo tengo aquí, en mi cuarto —dije sin pensar—. Cuando ellos se acuestan, si me apetece, pues lo veo tranquilo.
—¿Me pondrías un poco? —preguntó, y noté que se le encendían las orejas—. Es que apenas lo he visto un par de veces en mi vida. Mientras se terminan de imprimir los apuntes, digo.
Me quedé descolocado un segundo. Pero lo dijo de una forma tan natural, casi suplicante, que sin darme cuenta ya estaba abriendo el navegador. Entré en una página donde los vídeos venían ordenados por temas y le pregunté qué le apetecía.
—Hay de todo. Parejas, grupos, lo que quieras.
—Pon de tríos, a ver cómo es —respondió enseguida.
Elegí uno cualquiera, donde una chica rubia compartía la cama con dos tipos. Noa se inclinó hacia la pantalla con los codos sobre las rodillas.
—Madre mía, qué fuerte debe ser estar con dos a la vez —murmuró—. ¿Tú lo has hecho alguna vez?
—Qué va. Ojalá. ¿Y tú?
—Yo no tengo casi experiencia en nada —admitió encogiéndose de hombros—. Soy virgen, para que veas.
Seguimos mirando. Las escenas cambiaban, las posturas también, hasta que el vídeo terminó como suelen terminar. Noa soltó un pequeño gemido de sorpresa, fascinada.
—Me pone muchísimo eso —confesó sin apartar los ojos—. Verlo me da un morbo que no te imaginas.
—Hay una sección entera de eso, si quieres echar un vistazo —ofrecí, ya con la boca seca.
—Sí, sí, ponla.
***
Estuvimos un buen rato pasando vídeos que ella iba señalando con el dedo en las miniaturas. El ambiente de la habitación había cambiado por completo. Yo notaba el calor subiéndome por el cuello, y ella respiraba distinto, más corto.
—Me estoy poniendo nerviosa —dijo de repente—. ¿Y tú?
—Yo también, un poco. Es lo normal viendo esto —respondí, restándole importancia.
—¿No te entran ganas de tocarte?
La pregunta me pilló a contrapié. Tardé en contestar.
—Pues… algo.
—Hazlo si quieres. A mí no me molesta —dijo, y luego añadió bajito—: nunca he visto a un chico hacerlo en persona. Me daría curiosidad.
Dudé. Tenía media erección desde hacía rato y la idea de que ella mirara me ponía más de lo que quería reconocer. Pero también pensaba en el lío en el que me podía meter. Tras unos segundos eternos, me solté el botón del pantalón.
—Está bien. Lo voy a hacer.
Ella se quedó mirando mientras me acomodaba en la silla. No me lo puedo creer, pensé, esto no me pasa a mí.
—Vaya, la tienes muy bien —dijo con una media sonrisa—. Me gusta la forma.
—Gracias —contesté, y puse otro vídeo para tener dónde fijar la vista.
Empecé a moverme despacio. Pero ella ya no miraba la pantalla: tenía los ojos clavados en mi mano, en cómo subía y bajaba, con una curiosidad casi infantil que contrastaba con lo que estaba pasando. Cambiamos un par de vídeos más. En un momento dado se dio cuenta de que la punta brillaba.
—¿Te vas a correr? —preguntó, expectante.
—No creo que tarde mucho.
—Tengo muchas ganas de verlo.
Aquella frase fue lo que me terminó de empujar. Intenté contenerlo para no manchar todo, así que la mayoría quedó sobre mi propia mano. La miré de reojo y ella sonreía, satisfecha, como quien acaba de presenciar algo largamente esperado.
—Qué pasada —susurró—. ¿Puedo probarlo?
—¿Cómo dices? —no estaba seguro de haber oído bien.
—Que si puedo probarlo.
—Como quieras —acerté a decir, alucinando.
Acercó los dedos, recogió un poco y se los llevó a la boca despacio, con los ojos cerrados, chupando uno a uno como si quisiera grabarse la sensación. Cuando terminó, abrió los ojos.
—Es pegajoso —dijo pensativa—. Raro, pero no sabe mal. Curioso. —Se levantó de golpe, recobrando la compostura—. Bueno, me tengo que ir, que llevo aquí un rato y mis padres se preocupan. Gracias por los apuntes. Y por el rato.
Y se fue casi corriendo. Yo me quedé con el corazón a mil, dándole vueltas a lo que acababa de ocurrir.
***
Al día siguiente, a la misma hora, volvieron a llamar. Pegué un brinco. Abrí y entró como una exhalación, sin apenas mirarme a la cara, directa a mi habitación.
—Traigo más apuntes —dijo, nerviosa.
Los miré. Eran exactamente los mismos del día anterior.
—Oye, estos ya los imprimimos ayer.
—Ya. Es la excusa que les he dado a mis padres para venir —confesó, mordiéndose el labio.
—Ah —sonreí, halagado de que quisiera repetir.
—Lo que quería preguntarte… —empezó, y se detuvo, como sin atreverse— es si tú… bueno, si podrías…
—Dime, tranquila.
—Si podrías correrte en mi boca. —Lo soltó de carrerilla y se puso roja—. Ayer probé y me gustó, y me gustaría sentirlo entero, notar cómo va saliendo y todo eso.
Se me debió quedar una cara de poema. Estaba convencido de que iba a pedirme salir o algo así, y de pronto me dijo aquello. El corazón se me disparó.
—¿De verdad quieres eso? —pregunté, para asegurarme.
—Sí. Si tú quieres, claro.
—¿Y cómo lo hacemos? ¿Me toco y cuando vaya a…?
—No, no. Si quieres te la chupo hasta que te corras, así no hay peligro de que se escape nada —me interrumpió, resolviendo mis dudas con una calma que no esperaba.
—Vale —dije, y me senté.
Se colocó entre mis piernas, me miró un instante, sonrió y cerró los ojos. Un cosquilleo me recorrió entero al sentir su boca. Se notaba que no tenía experiencia, pero lo compensaba con ganas: probaba, jugaba con la lengua, succionaba de distintas maneras, atenta a cada reacción mía.
—¿Lo hago bien? —preguntó, levantando la vista.
—Muy bien —contesté, y no mentía.
Como sabía lo que ella quería, y eso me ponía aún más, no aguanté demasiado. Cuando sentí que llegaba, la avisé con la voz entrecortada.
—Me corro…
Ella pareció concentrarse, soltó un sonido afirmativo sin separarse, y yo cerré los ojos y me dejé ir. La sentí apretar la mano y seguir moviéndose hasta el final. Cuando abrí los ojos, todavía estaba ahí, disfrutando del momento.
Por un segundo me asaltaron mil dudas. ¿Le habrá dado asco? ¿Lo escupirá? Pero ella se apartó, saboreó un poco y empezó a hablar con normalidad, señal de que ya se lo había tragado todo.
—Uf, qué fuerte. Te ha salido bastante —dijo, sorprendida.
—¿Te ha gustado?
—Más que el sabor, me pone el morbo de tragarlo entero. Tenía muchísimas ganas. No sabe mal, ¿eh? Es raro, no sé compararlo con nada. —Se levantó y se estiró la sudadera—. Me voy, que no quiero que sospechen.
***
Al día siguiente no apareció, y me comí la cabeza pensando que se había arrepentido. Pero a la tarde siguiente volvió a sonar el timbre y corrí a abrir.
—¿Qué tal? —dijo con una sonrisa—. Ayer fuimos a ver a unos familiares, pero hoy tengo un buen rato. Mi padre está en el trabajo y mi madre salió con sus amigas.
—Pasa, pasa.
Nos sentamos como siempre frente al ordenador. Esta vez ni siquiera esperó demasiado: me pidió que pusiera algo y enseguida sus manos buscaron lo que querían. Mientras los vídeos corrían en la pantalla, ella se inclinó entre mis piernas con mucha más confianza que el primer día. Lo disfrutábamos los dos.
—Me corro —avisé de nuevo, y esta vez controló la situación sin sobresaltarse. Cuando terminé, siguió un rato más, hasta dejarme exprimido del todo.
—Me encanta esto —dijo después, relamiéndose—. Es de lo más morboso que he hecho nunca.
—Y a mí me encanta cómo lo haces.
—¿Tienes algo de beber? Se me queda la garganta pegajosa —rió.
Fui a la cocina y volví con un par de refrescos y unos snacks. Nos quedamos merendando, charlando relajados. Me preguntaba qué sentía yo, qué me gustaba más, intentando aprender. En un momento le ofrecí devolverle el favor, hacerle yo a ella, o incluso ir más allá, pero negó con la cabeza.
—No estoy preparada para eso. De momento solo me apetece esto, así, sin más.
Lo respeté. Y aun así, mientras seguíamos picando, su mano volvió a juguetear conmigo, despacio, hasta que noté que crecía otra vez.
—Mira, te está volviendo —dijo divertida—. ¿Crees que podrías repetir?
—No sé, no suelo hacerlo dos veces seguidas.
—Probemos. Quiero comprobar si es verdad eso de que la segunda vez sale menos.
Y volvió a bajar. Apretaba más la mano, los labios más firmes, y entre sus succiones y los ruiditos que hacía me excitó tanto que, contra todo pronóstico, terminé corriéndome de nuevo en su boca. Otra vez se lo tragó todo, con una sonrisa de triunfo.
Así repetimos los días siguientes. Llegaba, íbamos a mi cuarto, siempre buscaba una segunda vez después de merendar, y a veces, antes de tragar, abría la boca para enseñarme lo que había recogido, solo por el morbo de hacerlo, porque lo había visto en algún vídeo. Una tarde incluso trajo un vaso de cristal de su casa y me pidió que lo llenara. Lo miró, lo olió y se lo bebió de un trago. Me contó más tarde que esa noche usó el mismo vaso en la cena, sin lavarlo, y que cada sorbo de agua le recordaba a mí.
Pero la semana terminó y mis padres volvieron al piso. Con ellos en casa ya no podía cerrar la puerta de mi cuarto sin levantar sospechas, así que aquellos encuentros se acabaron tan de repente como habían empezado. Nunca volvimos a quedarnos a solas. Sin embargo, cada vez que nos cruzábamos en la escalera, nos sonreíamos como dos cómplices, y ella me guiñaba un ojo antes de seguir su camino.





