Acabé de rodillas en una pool party con un desconocido
Su polla me llenaba la boca entera y su mano apretaba mi nuca para marcarme el ritmo. Lo escuchaba respirar rápido, agitado, y entre dientes me susurraba un «sigue, sigue» que sonaba más a ruego que a orden. Yo seguía. No sé muy bien por qué, pero seguía.
Estaba de rodillas sobre el cemento templado del patio de una finca en la que nos habíamos colado un rubio que acababa de conocer y yo. Una finca ajena, con la piscina tapada por una lona y las tumbonas amontonadas en un rincón, como si los dueños llevaran meses sin pisarla. A nosotros nos daba igual. Solo buscábamos un sitio lejos del ruido.
Voy a contarlo como pasó, sin adornarlo, porque todavía me cuesta creer que fuera yo la de aquella tarde.
***
Habíamos ido a una pool party en una urbanización a las afueras. Una de esas fiestas de verano donde nadie sabe muy bien de quién es la casa, suena música a todo volumen y la piscina termina siendo más una excusa que un plan. Yo fui con dos amigas, con la idea de tomar algo, bailar un rato y volver pronto. Las intenciones, ya se sabe, duran lo que dura la primera copa.
Entre el sol que aún apretaba a media tarde, el alcohol y la música, acabamos pegándonos a un grupo de chicos italianos que habían venido de vacaciones. Hablaban un español enredado, con la erre arrastrada y las manos siempre por delante de las palabras, y se reían de todo. Uno de ellos me miró desde el otro lado de la piscina y no apartó la vista. Yo tampoco.
Se llamaba Matteo. O al menos eso me dijo, y a esas alturas yo no estaba para verificar nada. Tenía el pelo oscuro mojado pegado a la frente y una sonrisa de las que parecen saber algo que tú todavía no. Se acercó con dos copas y me dio una sin preguntar, como si ya estuviera decidido que iba a quedarse a mi lado.
—¿Tú no te metes? —me preguntó señalando el agua con la barbilla.
—Depende de quién me acompañe —contesté, y me sorprendió mi propio descaro.
Se rió, dejó las copas en el borde y se tiró de cabeza. Salió a flote sacudiéndose el agua de la cara y me tendió la mano. No sé si fue el calor, las dos copas que ya llevaba encima o esa manera suya de mirarme, pero le di la mano y me dejé caer.
***
El agua estaba fresca y la gente se movía alrededor sin prestarnos atención. Empezamos a hablar de tonterías, de dónde era él, de cuántos días le quedaban de viaje, de lo distinta que era la noche aquí y en su ciudad. Pero las palabras eran lo de menos. Lo que de verdad estaba pasando ocurría debajo de la superficie, donde su mano encontró mi cintura y la mía no hizo nada por apartarla.
Nos fuimos acercando sin darnos cuenta, o fingiendo que no nos dábamos cuenta. En mitad de la piscina, rodeados de gente que reía y bebía, me besó. Fue un beso lento al principio, de tanteo, y enseguida dejó de serlo. Sentí su cuerpo contra el mío, la presión de sus manos en mi espalda, y noté perfectamente lo excitado que estaba.
Esto se me está yendo de las manos, pensé. Y la idea, en lugar de frenarme, me gustó.
—Salgamos de aquí —me dijo al oído, con esa erre arrastrada que ya empezaba a parecerme adictiva.
No recuerdo bien cómo llegamos hasta la finca de al lado. Recuerdo al rubio que me había estado rondando antes saltando la verja primero y ofreciéndome la mano, recuerdo reírme mientras pasaba una pierna por encima del muro, recuerdo el silencio de golpe cuando dejamos atrás la música. A partir de ahí todo fluyó, como si alguien hubiera apretado un botón y mi cabeza se hubiera apagado.
***
El patio estaba a oscuras, iluminado solo por el resplandor anaranjado de una farola que llegaba desde la calle por encima de los setos. Olía a tierra mojada y a cloro, y el cemento todavía guardaba el calor del día. Matteo me apoyó contra la pared y volvió a besarme, esta vez con más urgencia, las manos buscando por debajo del pareo que me había puesto sobre el bikini.
Llevaba un bikini naranja, un color que me había parecido demasiado atrevido al comprarlo y que ahora, en aquel patio prestado, me parecía perfecto. Mientras me besaba el cuello, bajé la mano por su pecho mojado, por su vientre, hasta encontrar el bulto que tensaba el bañador. Lo apreté por encima de la tela y lo escuché soltar el aire de golpe.
No hubo más preámbulos. Tiré del cordón de su bañador y me arrodillé, sin pensarlo demasiado, dejándome llevar por ese impulso que no me dejaba calcular las consecuencias. El suelo estaba duro bajo mis rodillas, pero apenas lo noté.
La tenía delante, dura, más grande de lo que había imaginado. La sostuve con una mano por la base y empecé despacio, lamiéndola desde abajo hasta la punta, alargando el momento. Quería oírlo perder el control, y no tardé en conseguirlo.
—Madonna —murmuró, y enredó los dedos en mi pelo.
Me la metí en la boca y empecé a moverme, cerrando los labios con fuerza para apretarla, jugando con la lengua en cada subida. Él respondía con la respiración cada vez más rápida, con pequeños empujones de cadera que delataban lo cerca que estaba ya de perder la cabeza. Su mano en mi nuca no presionaba, solo acompañaba, marcando un ritmo que poco a poco fui haciendo mío.
***
En algún momento decidí quitarme la parte de arriba del bikini. Tiré del nudo que tenía entre los pechos y la tela cayó al suelo, dejándome los pechos al aire en mitad de aquel patio ajeno. Esperaba que se distrajera, que bajara la mano para tocarme, pero él estaba en otra cosa, completamente entregado a lo que mi boca le hacía. Y eso, no sé por qué, me puso todavía más.
Me gusta esto. Me gusta más de lo que reconozco en voz alta. Hay algo en arrodillarse, en tener a alguien así, pendiente de cada movimiento mío, que me da un poder que no encuentro en ningún otro sitio. No es sumisión, aunque lo parezca. Es justo lo contrario: en ese instante, el que estaba a mi merced era él.
Empecé a notar el sabor de su excitación mezclándose con mi saliva, esa señal inconfundible de que no le quedaba mucho. La punta estaba húmeda y yo la repartía con la lengua, alternando el ritmo, frenando cuando lo sentía demasiado cerca para luego volver a acelerar. Quería estirarlo. Quería que durase.
***
Y mientras tanto, mi cabeza se fue. Me pasa siempre cuando hago esto: el cuerpo sigue, automático, y la mente se escapa a otro lado. Quizá sea lo que más me gusta de mamar, esa manera de estar y no estar a la vez, de perderme dentro de mí mientras por fuera lo hago todo.
A veces fantaseo. Me imagino cómo me follarían, quién me lo haría, en qué postura. Otras veces recuerdo a otros hombres, otras noches, manos que ya no están pero que mi cuerpo guarda en alguna parte. Aquella tarde, al principio, pensé en cómo colocarme para que me la metiera, en buscar una tumbona, en darle la vuelta a la situación.
Pero no lo hice. Me ensimismé. Me quedé atrapada en el vaivén de mi boca subiendo y bajando por él, sin imaginar nada más, sin querer nada más que ese movimiento repetido y la respuesta de su respiración. Me perdí ahí dentro hasta que un pensamiento muy claro me devolvió al patio: si sigo así, va a acabar en mi boca.
***
Y como si lo hubiera invocado, como una premonición o un presentimiento, lo sentí. Su polla dio un pequeño espasmo contra mi lengua, su mano se cerró un poco más sobre mi nuca, y la boca se me llenó entera. Caliente, espeso, de golpe. Su cuerpo se tensó por completo y soltó un gemido ronco que se quedó flotando en el silencio de aquel patio prestado.
No me aparté. Me quedé quieta unos segundos, sintiéndolo temblar, antes de levantar la vista hacia él. Tenía la cabeza echada hacia atrás y el pecho subiendo y bajando como si acabara de correr una maratón. Cuando por fin me miró, lo hizo con una mezcla de incredulidad y agradecimiento que me hizo sentir, de nuevo, ese poder.
—No me esperaba esto —dijo entre jadeos, ayudándome a ponerme de pie.
—Ni yo —admití, y era verdad.
Recogí la parte de arriba del bikini del suelo y me la até como pude, todavía con las piernas un poco flojas. Desde el otro lado del muro seguía llegando la música, la gente, la fiesta que continuaba sin nosotros, ajena a lo que acababa de pasar a unos metros de allí.
***
Volvimos a saltar la verja en silencio. Él me ayudó a bajar y, ya en la calle, me dio un beso en la sien, casi tierno, tan distinto de todo lo anterior que me descolocó. Nos despedimos sin números de teléfono, sin promesas, sin la torpe coreografía de quien finge que volverá a verse. Los dos sabíamos lo que había sido aquello, y estaba bien así.
Mis amigas ni se habían enterado de mi ausencia. Me preguntaron si había conocido a alguien interesante y yo me encogí de hombros, sonriendo para mis adentros, guardándome la respuesta. Algunas cosas saben mejor calladas.
De aquel verano no me queda el nombre de la urbanización, ni el de Matteo, del que ni siquiera estoy segura. Me queda el calor del cemento en las rodillas, el sabor inesperado de un desconocido y la certeza, todavía hoy, de que aquella fue una de esas tardes en las que dejé de calcular y simplemente me dejé llevar. Y volvería a hacerlo sin pensarlo dos veces.





