El jardinero de la quinta y mi verano prohibido
La quinta de mis abuelos en las afueras siempre había sido mi refugio. Cada vez que la ciudad me apretaba demasiado, agarraba el coche y me escapaba un par de semanas a ese silencio que olía a tierra mojada y a jazmín. Allí no había horarios, ni teléfono que sonara, ni nadie que me preguntara cómo estaba. Solo el viento cálido moviendo las cortinas y el sol cayendo despacio sobre los árboles.
Ese verano, sin embargo, había algo distinto en el aire. O mejor dicho, alguien distinto.
Se llamaba Tomás y trabajaba la huerta y el jardín desde hacía un mes, cuando el encargado de siempre se jubiló. Era alto, de espaldas anchas y brazos marcados por años de trabajo bajo el sol. Hablaba poco, lo justo, pero cuando lo hacía su voz grave me dejaba un escalofrío en la nuca que tardaba en irse.
Lo observaba desde la terraza sin que lo notara. O eso creía yo. Lo veía arrodillarse junto a los rosales, cortar tallos con una precisión paciente, secarse la frente con el dorso del brazo. La camiseta se le pegaba a la espalda por el sudor, y yo me quedaba mirando más tiempo del que debería, con la taza de café enfriándose entre las manos. El bulto marcado bajo el pantalón de trabajo cada vez que se agachaba tampoco pasaba desapercibido, y yo apretaba los muslos en la silla, sintiendo cómo se me humedecía la bombacha de solo imaginar lo que había ahí dentro.
Esto no está bien, pensaba. Y seguía mirando.
Llevaba tres días así, fingiendo que leía, fingiendo que regaba mis propias plantas en macetas que no necesitaban agua, fingiendo que su presencia no me alteraba el pulso. Tres noches también, metiéndome los dedos en la cama con las piernas abiertas, mordiendo la almohada mientras me imaginaba su lengua entre mis muslos, su verga entrándome hasta el fondo. Hasta que el calor de la tarde del jueves me hizo perder la paciencia con mi propia cobardía.
Bajé a la cocina, llené un vaso largo con limonada y hielo, y salí al jardín con una excusa que ni yo me creía.
—¿Tenés sed, Tomás? —pregunté, y mi voz salió más firme de lo que esperaba.
Él levantó la vista. La sombra de la gorra le tapaba media cara, pero noté que se tomaba un segundo de más antes de responder. Dejó la tijera de podar sobre la tierra y se incorporó despacio.
—Se agradece —dijo, y estiró la mano para tomar el vaso.
Nuestros dedos se rozaron. Fue un instante, nada más, pero los dos lo sentimos. Bebió de un trago largo, sin apartar los ojos de mí, y cuando bajó el vaso le quedó una gota brillándole en la comisura del labio. Yo tenía los pezones duros bajo el vestido, marcándose en la tela liviana, y él bajó la mirada un segundo hacia mi pecho antes de volver a subirla.
—Hace calor para estar todo el día acá afuera —comenté, buscando algo que decir—. Si querés, podés entrar un rato a la sombra.
—No quiero molestar.
—No molestás. La casa está vacía. Mis abuelos no vienen hasta el mes que viene.
Lo dije sin pensar, y en cuanto las palabras salieron de mi boca entendí lo que acababa de admitir. Que estábamos solos. Que nadie iba a aparecer. Tomás también lo entendió. Lo vi en cómo se le tensó la mandíbula, en cómo dejó pasar un silencio largo antes de asentir apenas con la cabeza.
—Solo un minuto, entonces —dijo.
Lo guié hacia adentro. Sentía su presencia detrás de mí como una corriente de calor, y tuve que esforzarme para que no me temblaran las piernas mientras caminaba. Sabía que me estaba mirando el culo, y contoneé las caderas un poco más de la cuenta.
***
La cocina estaba en penumbra, fresca, con las persianas a medio bajar para cortar el sol del mediodía. El único sonido era el zumbido bajo de la heladera. Dejé el vaso vacío sobre la mesada y me giré hacia él.
Tomás estaba parado en el umbral, quieto, con las manos todavía sucias de tierra colgando a los costados. Me miraba de un modo que no dejaba lugar a dudas, un modo que yo había estado provocando durante tres días sin atreverme a sostener.
—¿Qué estás buscando? —preguntó en voz baja.
La pregunta quedó suspendida entre los dos. Yo podía haber dicho cualquier cosa. Podía haber inventado una tarea, haberle ofrecido más limonada, haber roto el momento con una risa nerviosa. En lugar de eso, di un paso hacia él.
—Creo que ya lo sabés —respondí—. Que me cojas.
No hizo falta nada más. Cerró la distancia entre nosotros en dos pasos y me besó. No fue un beso tímido. Fue un beso de quien lleva días conteniéndose, hambriento y firme, con la lengua metiéndose entera en mi boca, una mano subiéndome por la cintura y la otra enredándose en mi pelo y tirándome la cabeza hacia atrás. Yo me aferré a su camiseta, sintiendo bajo la tela el calor de su cuerpo, el corazón golpeándole tan fuerte como el mío, y la verga ya dura marcándose contra mi vientre.
—Esperá —murmuré contra su boca, y por un segundo creyó que me arrepentía.
Caminé hasta la puerta y giré la llave. El clic del cerrojo sonó más fuerte de lo que debería en aquel silencio.
Cuando me di vuelta, él seguía donde lo había dejado, observándome con una intensidad que me erizó la piel. Volví hacia él más despacio esta vez, disfrutando del recorrido, y le apoyé las palmas sobre el pecho.
—Estás transpirado —dije.
—Vengo de trabajar bajo el sol —respondió, con media sonrisa.
—No me molesta. Me gusta que huelas a hombre.
Lo besé yo esta vez, marcando el ritmo. Sus manos grandes me rodearon la cintura y me levantaron sin esfuerzo, sentándome sobre la mesada fría. Solté un suspiro cuando me abrió las piernas con suavidad para acomodarse entre ellas, y la tela liviana de mi vestido de verano fue de pronto una barrera molesta. Le bajé la mano hasta la entrepierna sin pudor y le apreté por encima del pantalón. La tenía dura como una piedra, y gruñó bajito contra mi cuello cuando le agarré la forma entera con la mano.
—La puta madre —murmuró—. Hace días que la tengo así.
—Se te nota —dije, y le apreté más fuerte—. La tenés enorme.
Me besó el cuello, despacio, y yo eché la cabeza hacia atrás. Cada roce de su barba contra mi piel me arrancaba un temblor. Sentí sus dedos recorrer la curva de mi muslo, subiendo apenas el dobladillo del vestido, deteniéndose justo donde la espera se volvía insoportable. Cuando por fin me tocó por encima de la bombacha, se rió bajito contra mi oreja.
—Estás empapada.
—Hace tres días que estoy así por vos.
—Decime que pare si querés —susurró.
—Ni se te ocurra parar.
***
Me bajó los tirantes del vestido uno por uno, con una paciencia que me estaba volviendo loca, y me lo dejó caer hasta la cintura. Se quedó un segundo mirándome las tetas, con los pezones parados y duros, antes de agachar la cabeza y chuparme uno con hambre. Le clavé las uñas en la nuca y arqueé la espalda contra su boca. Me lo lamía, me lo mordía apenas, me lo dejaba entre los dientes mientras la mano libre me pellizcaba el otro. Yo le tironeé la camiseta hacia arriba y él se la sacó de un movimiento, dejándola caer al suelo de baldosas. Su torso era exactamente como lo había imaginado durante esas tres tardes de espionaje desde la terraza: firme, trabajado, con la piel todavía caliente del sol.
Le pasé las uñas por la espalda y lo sentí estremecerse. Me gustó tener ese poder, saber que yo también lo descomponía a él. Le desabroché el cinturón con dedos torpes y le bajé el cierre, y cuando le metí la mano dentro del calzoncillo y le agarré la verga desnuda me quedé sin aire. La tenía gruesa, caliente, palpitándome en la palma, con la punta ya mojada de líquido. Se la agarré entera y empecé a masturbarlo despacio, disfrutando del peso y del grosor.
—Uf, qué rica la tenés —dije contra su boca—. Quiero probarla.
Me bajé de la mesada y me arrodillé en las baldosas frescas frente a él. Le terminé de bajar el pantalón y el calzoncillo hasta las rodillas, y la verga le saltó afuera, dura, gorda, señalándome la cara. Se la agarré por la base y me la pasé por los labios, mojándomelos con la punta antes de meterme la cabeza en la boca. La chupé despacio al principio, saboreándola, dejando que la lengua le recorriera cada vena. Después me la fui metiendo más adentro, hasta que sentí que me tocaba la garganta y tuve que retroceder para respirar, con un hilo de saliva colgándome del mentón.
—Así, así —jadeó él, con una mano en mi nuca—. Chupámela toda.
Se la mamé con ganas, agarrándole las pelotas con una mano y masturbándole la base con la otra mientras subía y bajaba la cabeza. Cada vez que le llegaba hasta el fondo, él soltaba un gruñido ronco que me hacía apretar las piernas. Le pasé la lengua por debajo, desde las pelotas hasta la punta, y volví a metérmela entera. Tenía toda la boca inundada de su gusto salado, la mandíbula abierta al máximo por lo gruesa que era, y me encantaba.
—Vení, parate —dijo él, tirándome del pelo para levantarme—. No quiero acabar en tu boca todavía.
Me subió otra vez a la mesada, me arrancó la bombacha de un tirón y me abrió las piernas de par en par. Sin previo aviso hundió la cara entre mis muslos, y cuando la lengua le tocó el coño solté un gemido que me sorprendió a mí misma. Me lamía de abajo hacia arriba, largo y despacio, deteniéndose en el clítoris para chupármelo con los labios. Me metió dos dedos gruesos mientras seguía trabajándome con la lengua, curvándolos justo donde tenía que ser, y yo me agarré del borde de la mesada con las dos manos porque las piernas me temblaban.
—No pares, no pares —le pedía—. Ay, Tomás, así, ahí.
Me hizo acabar en la boca, con la lengua clavada en el clítoris y los dedos entrándome hasta el fondo. Le apreté la cabeza entre los muslos y me sacudí entera, ahogando un grito contra el dorso de mi mano. Todavía estaba temblando cuando se enderezó, con la boca brillante de mí, y se limpió con el reverso del brazo antes de agarrarse la verga y frotármela contra el coño empapado.
—Hace días que te miro —confesé en su oído, jadeando—. Desde que llegaste.
—Lo sé —dijo—. Yo también te miraba. Cada vez que subías esas escaleras me quería subirte el vestido y cogerte contra la baranda.
—¿Y por qué no hiciste nada?
—Por respeto. Esta es tu casa. —Hizo una pausa, la punta de la verga entrando y saliendo apenas de mí, volviéndome loca—. Pero te juro que cada noche me iba a mi pieza a hacerme la paja pensando en esto.
Esa confesión me encendió más que cualquier caricia. Le clavé los talones en el culo y lo empujé hacia mí.
—Metémela ya, no aguanto más.
Me la metió de una sola estocada, hasta el fondo, y los dos gemimos a la vez. La sentí abrirme entera, tan gruesa que me quedé sin aliento por un segundo. Se quedó quieto un momento, dejándome acostumbrarme, con la frente contra la mía y la respiración entrecortada.
—Qué apretada estás —murmuró—. Puta madre.
Empezó a moverse despacio, entrando y saliendo con embestidas largas y profundas, agarrándome de las caderas para tirarme contra él en cada envión. Yo me sostenía con las manos hacia atrás sobre la mesada, con las tetas rebotándome al ritmo, mirándole cómo la verga entraba y salía brillante de mí. El ruido húmedo llenaba la cocina, mezclado con los golpes secos de la mesada contra la pared cada vez que me embestía fuerte.
—Más fuerte —le pedí—. Cogeme más fuerte.
Me agarró de un tobillo, me puso las dos piernas sobre uno de sus hombros y me empezó a coger en serio, clavándomela hasta la base con embestidas que me hacían ver blanco. Yo me apretaba las tetas, me pellizcaba los pezones, gemía con la boca abierta sin importarme nada.
—Date vuelta —jadeó él después de un rato, sacándomela de golpe.
Me bajó de la mesada, me giró y me dobló contra el mármol, con el culo levantado y la cara apoyada en el frío. Se la volvió a meter de atrás, agarrándome del pelo con una mano y de la cintura con la otra. En esta posición me llegaba más adentro, más profundo, y yo empujaba las nalgas contra él en cada embestida, pidiendo más.
—Así, sí —le decía—. Cogeme como una puta, Tomás.
—Eso sos ahora —gruñó él, dándome un cachetazo en el culo que resonó en la cocina—. Mi puta. Decilo.
—Soy tu puta, soy tu puta.
Me hizo acabar de nuevo así, de perro sobre la mesada, con los dedos frotándome el clítoris al mismo tiempo que me la clavaba. Me desmoroné contra el mármol temblando entera, apretándolo por dentro con espasmos que él sintió también, porque soltó un rugido y me la sacó de golpe.
—Date vuelta, arrodillate —me ordenó, agitado, masturbándose furioso frente a mí.
Me arrodillé otra vez y abrí la boca, y a los pocos segundos me llenó la cara y la lengua de corrida caliente, chorro tras chorro. Le sostuve la mirada mientras acababa, con la boca abierta y los ojos llenos de él, tragándome todo lo que caía dentro. Cuando terminó, tenía la cara y las tetas cubiertas, y él se quedó ahí parado, jadeando, sin poder creer lo que acababa de hacer.
Quedamos así un largo rato, abrazados en el piso después, recuperando el aliento como si acabáramos de cruzar un desierto. Yo le acariciaba la nuca despacio y él me dibujaba círculos en la espalda con el pulgar, con la corrida secándoseme sobre la piel.
***
Después nos reímos, los dos, de la situación. De lo absurdo y lo perfecto que había sido. Le serví otro vaso de limonada y nos lo tomamos sentados en el piso de la cocina, apoyados contra la alacena, hablando en voz baja como dos cómplices, yo con su camiseta puesta y él en calzoncillos.
Tomás resultó ser mucho más conversador de lo que aparentaba bajo la gorra. Me contó que estudiaba botánica de noche, que el trabajo en las quintas le pagaba la carrera, que soñaba con tener su propio vivero algún día. Yo le conté cosas que no le había contado a nadie en mucho tiempo, cosas que ni sabía que necesitaba decir en voz alta.
El sol empezó a bajar y las sombras se alargaron por las baldosas. En algún momento tuvo que volver al jardín, dejar los rosales como correspondía antes de que terminara el día. Se vistió despacio, sin prisa, robándome un beso más entre cada prenda y una teta apretada por debajo de la camiseta.
—¿Mañana seguís con el jardín? —pregunté desde la mesada, donde había vuelto a sentarme.
Él se acomodó la gorra y me dedicó esa media sonrisa que ya me estaba volviendo adicta.
—Si me lo pedís así —dijo—, te dejo la quinta más linda del barrio. Y a vos también.
Se quedó tres semanas más, hasta que mis abuelos volvieron y yo tuve que regresar a la ciudad. Tres semanas de tardes robadas, de excusas con limonada, de mesadas y sillones y camas y hasta del pasto entre los rosales una noche sin luna. Tres semanas de coger sin límite, de descubrir todo lo que dos cuerpos pueden hacerse cuando ya no queda pudor. Nunca le conté a nadie hasta hoy. No fue amor, no nos engañemos, pero fue algo honesto a su manera: dos personas solas en una casa de campo, dejando de fingir.
A veces, cuando paso por un vivero y huelo la tierra mojada, todavía se me humedece la bombacha pensando en él. En cómo bastó un vaso de limonada y el coraje de admitir lo que quería para que aquel verano se volviera el más memorable de mi vida.
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