El camarero que subió a mi marido a la suite nupcial
Hola otra vez. Después del relato anterior, el de la playa desierta, me animé a contar este otro que muchas me pedisteis. Ocurrió el día de mi boda, hace ya un par de años, y es de esas cosas que una guarda para sí misma y solo se atreve a confesar en el anonimato.
Con treinta y un años conocí a un hombre que me cautivó como no me había pasado antes. Me lleva once años y, tras poco más de un año de noviazgo, me pidió matrimonio. Le dije que sí. Durante el tiempo que fuimos novios le fui fiel, porque me importaba de verdad, aunque conociéndome nunca estuve del todo segura de lo que podría llegar a hacer. Los días pasaron rápido y al final llegó la boda.
Nos casamos en un pueblo de montaña, con su iglesia preciosa y toda la familia alrededor. La celebración fue en un antiguo monasterio reconvertido en hotel de cinco estrellas, con spa y unos jardines que parecían de cuento. El convite, el baile, los brindis... y poco a poco la gente fue subiendo a sus habitaciones. Desde ahí empieza lo que importa.
A pesar de lo larguísimo del día, allí estaba yo a las seis de la mañana, con mi vestido blanco palabra de honor luciendo escote, las medias con liguero y unos tacones imposibles, buscando a mi marido para subir a la suite nupcial. Era una habitación de dos pisos, con jacuzzi y un balcón con sauna, una auténtica barbaridad. Al día siguiente salíamos en avión hacia las Seychelles, así que mi único plan era dormir un poco.
Lo encontré tirado en un sofá del salón, medio inconsciente, completamente borracho. No abría los ojos ni articulaba palabra. Al principio me asusté, hasta que soltó un ronquido que me hizo pasar del susto al enfado en un segundo. No tenía fuerza para moverlo y tampoco podía dejarlo allí tirado el día de mi boda.
Estaba valorando subir a por el móvil y llamar a mi cuñado cuando apareció uno de los camareros que nos había atendido toda la noche.
—¿Necesita ayuda con algo? —preguntó.
Le expliqué la situación entre avergonzada y agradecida. Era alto, de complexión fuerte, de unos veinticuatro años, y me dijo que no me preocupara, que él lo subía sin problema. Le di las gracias mil veces mientras lo cargaba sobre el hombro y yo lo guiaba hacia el ascensor. A cada paso, mi enfado y mi vergüenza iban en aumento.
La suite estaba dividida en dos plantas. Abajo había un recibidor, un baño enorme, un salón y hasta una pequeña barra con toda clase de bebidas. Por unas escaleras se subía al dormitorio. El camarero dejó a mi marido arriba, en la cama, y bajó de nuevo.
—¿Algo más? —preguntó al llegar al salón.
Le dije que no, pero antes de que se diera la vuelta, no sé de dónde saqué el atrevimiento, le ofrecí una copa para agradecerle el favor. Dudó un instante y aceptó. Pasamos al salón y le pregunté qué quería tomar.
—Un ron con cola, si tiene.
Se lo preparé mientras él se acomodaba en uno de los sofás. Yo abrí una botella de champán, que me pierde, y me serví una copa para acompañarlo. Nos quedamos uno frente al otro, yo con mi vestido de novia y él todavía con el uniforme, el chaleco, la pajarita y los pantalones negros.
Empezamos a charlar de cosas sin importancia. Me contó que se llamaba Adam, que era de Senegal, que llevaba tres años en España y que quería traerse a su familia. Que aquí lo habían tratado bien y que le gustaba el país. Tocamos temas insulsos, alguno gracioso. Cuando vi que terminaba la copa, me fijé en que eran más de las seis y media y le ofrecí otra. Se le veía a gusto y aceptó.
Yo ya llevaba un par de copas, más lo de la celebración. No sé cómo acabamos hablando de mi despedida de soltera y me preguntó qué tal había sido.
—Tranquila —le dije—. Viñedos, masajes, cosas así.
—¿Sin estríper? —preguntó con una sonrisa.
Le dije que no y se rió. Llamó sosas a mis amigas y estuvimos un buen rato bromeando con que en una despedida había que darse algún gusto. Le seguí la conversación. Sin darme cuenta, se me había pasado el enfado y había olvidado por completo a mi marido roncando en el piso de arriba.
Y entonces, no sé por qué, le miré el paquete. Estaba sentado con las piernas separadas y se le marcaba un bulto que no era normal. Aparté la vista enseguida, pero ya era tarde. Algo dentro de mí había empezado a cambiar. La conversación seguía subiendo de tono y mis ojos volvían una y otra vez al mismo sitio. Por otro lado, notaba que él me recorría el escote cada vez que me levantaba a rellenar la copa.
Cuanto más miraba, más grande me parecía aquel bulto. Empecé a notar la ropa interior humedecida y un calor que no tenía nada que ver con el champán. Me mordí el labio sin darme cuenta, y él me pilló.
—¿Has encontrado algo que te guste? —dijo con una calma que me desarmó.
No supe qué responder. Tartamudeé mirando al suelo, y cuando levanté la vista lo tenía de pie frente a mí, desabrochándose el pantalón.
—Si quieres verlo mejor, te lo enseño.
Me quedé sin palabras. Se bajó el pantalón a toda prisa y descubrí que no llevaba nada debajo. Madre mía, en qué me estoy metiendo. Era mucho más de lo que yo había tenido nunca. Si ya estaba húmeda, en ese momento sentí que me derretía entera. Mi marido era lo normal, y aquello, en comparación, era otro mundo.
Se acercó y se quedó a la altura de mi cara. Lo miré a los ojos, lo sujeté con la mano y empecé a comérsela despacio, disfrutando de cada centímetro. Se sorprendió cuando lo hice desaparecer del todo, porque la garganta profunda es una de mis especialidades. Me costaba respirar, pero la sensación era brutal. Notaba cómo el placer lo recorría a él y cómo a mí me empapaba la ropa interior.
Tras un buen rato, me la saqué de la boca. Me cogió de la cara, me levantó y me llevó a la barra del bar. Me dio la vuelta y me apoyó contra ella.
—Quítame el vestido —le pedí.
—El primero te lo echo así, vestida —respondió.
Aquello me volvió loca. Sentí cómo me levantaba la tela por detrás, me apartaba la ropa interior y se colocaba contra mí.
—Estás empapada —me susurró al oído.
Creí que me derretía del todo. Entonces me penetró de una sola vez, hasta el fondo, y empezó a moverse con una fuerza que no había sentido nunca. Me embestía sin tregua. A los pocos minutos me llegó un orgasmo que me dobló las piernas, pero él no paró. Notaba aquello entrando y saliendo, volviéndome loca. Un segundo orgasmo me dejó casi sin fuerzas, agarrada al borde de la barra.
Cuando llevaba un buen rato, lo noté acelerarse. Se clavó a fondo y se vació dentro de mí mientras yo alcanzaba un tercer orgasmo que me dejó temblando. Cuando salió, necesité sujetarme al sofá para no caerme. Hacía mucho que mi marido no me hacía sentir nada parecido.
—Ahora sí —dijo, y me bajó el vestido despacio—. Déjame mirarte bien.
Se apartó un poco y me pidió que me diera la vuelta. Y allí estaba yo, en tacones, con las medias blancas y el liguero, dejándome mirar por un desconocido que acababa de darme el mejor polvo en años. Cuando terminé de girar, lo vi sentado en el sofá, otra vez listo.
—No te muevas —le dije.
Caminé hacia él lo más despacio que pude y me senté a horcajadas. Volví a apartarme la ropa interior y me dejé caer poco a poco, llenándome centímetro a centímetro. Empecé a moverme, primero lento y luego cada vez más rápido. Quería demostrarle que yo también sabía llevar el ritmo, y él se dejó hacer. Gemía como una loca y, cuando llegué al límite, me quedé clavada en él mientras seguía moviéndose, alargándome el orgasmo hasta lo imposible.
***
Cuando acabé, me apartó y me puso a cuatro patas sobre el sofá. Volvió a entrar de golpe. Las embestidas eran duras, profundas, una detrás de otra. Yo notaba pequeños orgasmos que se encadenaban hasta que llegó uno enorme que me dejó temblando boca abajo, mientras él se vaciaba sobre mi espalda. Llevábamos casi una hora.
Me quedé varios minutos tumbada, recuperando el aliento. Cuando conseguí incorporarme, me costaba caminar. Eran ya casi las nueve y media y me di cuenta de que a esa hora cualquiera podía empezar a moverse por los pasillos.
—Voy a darme una ducha —le dije—. Si quieres descansar antes de irte, quédate, pero ojo con la habitación, que mi marido está ahí arriba.
Bajé al baño enorme de la planta de abajo, me quité los tacones, las medias y todo lo demás, y entré en la ducha, que era casi una habitación. Abrí el agua caliente y empecé a relajarme. Entonces escuché la mampara abrirse. Era Adam, otra vez listo, con una sonrisa que lo decía todo. Lo miré con cara de sorpresa, benditos veinticuatro años, y me cogió en brazos.
Empezó a rozarme despacio, dejando que el agua y el calor hicieran su parte, hasta que volvió a entrar en mí. Sus manos me sujetaban, mis piernas le rodeaban la espalda. El ritmo subió poco a poco.
—Así, fuerte, como tú sabes —le pedí entre jadeos.
No se lo pensó. Entre el vapor, el cansancio acumulado y la falta de costumbre, llegué a marearme un poco, pero el placer era indescriptible. Cuando lo noté cerca del final, le pedí que me bajara justo después de mi último orgasmo. Lo entendió enseguida. Me dejó de rodillas en el suelo y terminé de la única forma que sabía que lo remataría. Después me senté en el suelo, agotada, mientras él se enjuagaba.
Salió del baño y se vistió. Yo me duché con calma y, al salir envuelta en una toalla, lo encontré en el sofá, de nuevo impecable con su uniforme.
—Gracias por la noche —me dijo.
Comprobó que no había nadie en el pasillo y se marchó. Eran casi las doce. No me podía creer cómo se me había ido el tiempo.
Subí a la habitación sin saber qué iba a encontrar. Mi marido seguía exactamente igual, roncando, ajeno a todo. Yo estaba exhausta, pero sin sueño, con molestias por todas partes y la certeza de que al día siguiente tendría agujetas. Deshice un poco la cama, me vestí y le dejé una nota diciéndole que estaba desayunando en la cafetería del hotel.
Al llegar, vi a mis amigas de siempre, que me llamaron entre risitas. Me senté con ellas y enseguida me puse nerviosa.
—Madre mía, qué calladito te lo tenías —soltó una—. Menudo semental, vaya nochecita te ha dado tu marido.
Resulta que sus habitaciones estaban en el mismo pasillo que la suite, y habían oído todo. Yo me hice la sorprendida, la recién casada feliz, y dejé que pensaran lo que quisieran. Desde entonces están convencidas de que mi marido es un prodigio.
Él se despertó unas horas más tarde, hecho un cuadro, y se pasó días buscando la manera de disculparse. Yo le quité importancia. De mis agujetas le dije que eran del baile y del trote de la celebración. Y se lo creyó.
Si os ha gustado tanto como el anterior, seguiré contando mis experiencias. Muchos besitos.
Marina.





