Lo que grabé en Madrid no puedo confesárselo a mi hija
Nunca pensé que terminaría escribiendo esto, pero hay cosas que pesan tanto por dentro que una necesita soltarlas en algún lado, aunque sea ante desconocidos que jamás sabrán mi verdadero nombre.
Crecí en un pueblo cerca de Trujillo, en el norte del Perú, donde la vida siempre fue dura pero estaba llena de familia y de sueños sencillos. Hace seis años decidí dejarlo todo y cruzar el océano buscando un futuro mejor para mi hija. Ella se quedó allá, estudiando para maestra con mucho esfuerzo, y yo le enviaba hasta el último céntimo que lograba juntar.
Llegué a Madrid con lo puesto, sin papeles, así que me tocó trabajar de manera irregular. Empecé cuidando ancianos en sus casas, fregando suelos hasta que me ardían las rodillas, cocinando para familias que no me daban ni un domingo libre. Ganaba lo justo para comer y pagar un cuartucho húmedo en un barrio obrero, y aun así el dinero nunca alcanzaba.
Las deudas se amontonaban. Pensaba en mi hija, en sus libros, en sus apuntes, en ese título que iba a sacarla de la pobreza, y sentía que se me cerraba el pecho. Una noche, hojeando anuncios en mi celular viejo, encontré uno que buscaba mujeres maduras para grabar videos para adultos. Pagaban en una tarde lo que yo ganaba en un mes.
Al principio me dio vergüenza solo imaginarlo. Pero leí testimonios de mujeres como yo, inmigrantes que habían sacado buen dinero en unas horas. Eran casi mil euros por escena, suficiente para respirar durante semanas. Nadie tiene que enterarse, me repetí. Mi hija jamás vería esas páginas. Escribí al número antes de arrepentirme, con el corazón latiéndome como si fuera una adolescente.
Me citaron en un piso reconvertido en estudio, en las afueras, con focos por todas partes y un olor raro a ambientador barato. Una chica con tablet me hizo firmar unos papeles que apenas leí y me preguntó la edad, si tenía alguna restricción, si me importaba que se publicara fuera de España. Dije que no a todo sin pensarlo demasiado. Solo quería cobrar y volver a casa. Me cambié detrás de una cortina, me retoqué el pintalabios con la mano temblando, y respiré hondo antes de salir. Ya no había marcha atrás.
***
La primera grabación fue mi debut y, sinceramente, un desastre. Pero me pagaron igual.
El chico tendría poco más de veinte años, flaco como un junco, con el pelo revuelto y una sonrisa nerviosa que hasta me dio ternura. Yo llevaba un vestido sencillo, de vecina cualquiera, y él entró en el set fingiendo ser un repartidor que se había equivocado de puerta.
—Pasa, no te quedes ahí —improvisé, y le pasé las manos por el pecho delgado.
Sus labios estaban secos y yo intentaba parecer natural, aunque por dentro temblaba. Le desabroché el pantalón y su miembro salió a medias, ni muy grande ni del todo despierto. Me arrodillé y me lo metí en la boca, chupando despacio, lamiendo la punta mientras él soltaba unos quejidos finos.
El problema vino enseguida: por más que lo intentaba, no terminaba de endurecerse. El director gritó algo, pero las cámaras siguieron grabando porque, según él, eso le daba «realismo».
Lo intentamos otra vez. Me quité el vestido y me quedé en ropa interior; mis pechos, grandes y ya un poco vencidos por la edad, todavía firmes, quedaron al aire. Me tumbé en el sofá, abrí las piernas y él se subió encima. Yo fingía jadear, movía las caderas para ayudarlo, y otra vez se le ablandó.
Pasamos casi dos horas en ese juego absurdo. Chupadas a ratos, le lamía los testículos, le apretaba la verga entre los pechos, hasta le di un masaje con ellos mientras él resoplaba mirando al techo. Al final, en la última toma, soltó un chorrito tibio en mi boca que me tragué solo para acabar de una vez.
Ahora, cuando lo veo subido a la web, parece una escena eterna y apasionada. Editaron cada fallo para que pareciera auténtico. Mentira pura.
***
La segunda fue distinta, más preparada, pero mucho peor para mí.
Montaron una supuesta «cámara oculta» en un gimnasio falso, en un local alquilado con espejos y un par de máquinas. El actor rondaba los treinta, enorme, con músculos trabajados y la piel oscura brillándole de sudor. Me intimidó nada más verlo.
Empezamos con estiramientos. Él me tocaba las piernas, subía las manos por mis muslos, y yo sentía su erección apretándose contra mí cuando me ayudaba a agacharme. La cámara «escondida» capturó el momento en que me quitó la camiseta de deporte y dejó mis pezones al descubierto, oscuros y duros por el frío del local.
Me besó el cuello, mordisqueándome, mientras sus manos amasaban mis pechos y pellizcaban hasta hacerme daño. Cuando se bajó el pantalón corto, se me cortó la respiración. La tenía descomunal, gruesa como mi muñeca, marcada de venas, apuntando hacia arriba.
Me arrodillé y traté de chuparla, pero apenas me cabía. Lamí el tronco, succioné la cabeza, sentí el sabor salado de su piel. Él gruñó, me agarró del pelo y me empujó despacio dentro de la boca, entrando y saliendo mientras la baba me caía por la barbilla.
Luego me levantó como si yo no pesara nada y me puso contra la pared de espejos. Me quitó las mallas y empujó contra mí. Era demasiado grande; sentí que me partía en dos, que mis adentros se estiraban hasta el límite. Grité, pero el guion pedía placer, así que convertí el grito en un gemido largo.
Empezó a embestir fuerte, las caderas chocando contra las mías, llegando al fondo, golpeándome por dentro con cada movimiento. Yo me aferraba a sus hombros, le clavaba las uñas, mientras él me levantaba una pierna para entrar más hondo. Después me tumbó sobre una colchoneta y siguió encima, sus testículos golpeándome con cada empujón.
—¡Más fuerte! —fingí pedir, aunque por dentro solo rogaba que terminara.
Me volteó a cuatro patas, me sujetó de las caderas y me embistió desde atrás como un animal, su vientre pegado a mi espalda. Al final se vació dentro, un chorro caliente y abundante que me resbaló por los muslos cuando salió. Me dolió dos días enteros; caminaba con las piernas separadas. No me gustó, la verdad: era demasiado, y él, aunque profesional, fue frío de principio a fin.
***
La tercera, en cambio, casi me hizo olvidar que estaba trabajando.
El actor era guapo como un modelo, con el pelo oscuro, los ojos verdes y un cuerpo atlético sin exagerar. Se llamaba Dani, o eso dijo, y desde el primer minuto me trató con una calidez que no esperaba en ese ambiente.
Empezamos en la ducha, con el agua caliente cayéndonos encima. Me enjabonó los pechos, me frotó los pezones con las palmas, y yo le lavé el miembro, que se endureció rápido en mi mano: mediano, perfecto, curvado apenas. Se lo chupé bajo el chorro, el agua mezclándose con mi saliva, lamiendo desde la base hasta la punta y metiéndomelo hasta la garganta mientras él me acariciaba el pelo mojado.
—Eres una diosa —dijo, y nos reímos cuando se le resbaló de la boca por el jabón.
Esa risa lo cambió todo. Por primera vez no fingía. Nos secamos a medias y me llevó a la cama. Me abrió las piernas y bajó con la boca; esta vez gemí de verdad, arqueé la espalda, sentí su lengua trabajando sin prisa hasta dejarme temblando.
Me penetró de frente, deslizándose fácil, despacio al principio, marcando un ritmo que me rozaba justo donde tenía que rozar. Le envolví la cintura con las piernas y le clavé las uñas en la espalda. Luego me subí encima y lo cabalgué, los pechos botando mientras subía y bajaba, y él me sujetaba el trasero para guiarme. Cuando perdí el equilibrio nos reímos otra vez.
—Dale, Marisol —bromeó usando el nombre falso del guion, y aceleré sintiendo que el orgasmo me subía de golpe, las paredes contrayéndose alrededor de él.
Terminamos con él encima de nuevo, acelerando hasta vaciarse sobre mi vientre, unos chorros tibios salpicándome la piel. En la web es mi escena favorita; la titularon en inglés, algo como «latina ardiente con jovencito». Cada vez que la pienso, me sonrojo, y no del todo por vergüenza.
***
Con esos últimos euros pagué las deudas y mandé un buen giro a mi hija. En total, tres tardes me dieron el respiro que no había tenido en años. A veces me miro en el espejo y me siento casi una actriz, una estrella secreta con tres escenas a sus espaldas.
Pero después llega la noche y me asalta el miedo. Mi hija es lista, vive pegada al internet. ¿Y si algún día ve a su madre gimiendo en uno de esos videos? No sabría cómo mirarla a la cara. Cada vez que me llama orgullosa, contándome de sus exámenes, se me hace un nudo en la garganta.
No sé si valió la pena el riesgo, en esta época en la que todo se sabe con un clic. Tal vez algún día se lo cuente yo misma, con mis propias palabras, antes de que lo descubra sola. O tal vez me lleve este secreto a la tumba, como un sueño loco y sucio que me sacó del pozo cuando nadie más me tendió la mano.
Por ahora solo me queda rezar para que nunca teclee mi nombre, y seguir adelante, como hago desde que pisé esta ciudad.