Lo que grabamos en aquella habitación de hotel
El viaje hasta el hotel había sido una tortura deliciosa. Cuarenta minutos de autopista con ellos dos en el asiento de atrás, obedeciendo cada cosa que se me ocurría decir por el retrovisor. Para cuando enfilé la rampa del garaje, los tres íbamos ya con la ropa medio descolocada y la respiración acelerada.
La puerta del garaje se cerró a nuestra espalda con un golpe seco y los tres salimos del coche al mismo tiempo. El aire del sótano olía a cemento húmedo y a gasolina, pero a mí solo me llegaba el calor que traíamos pegado a la piel desde el viaje.
El cuadro era de los que se te quedan grabados. Noa y Diego vestidos con la misma lencería negra, comprada a juego como un capricho mío. Ella con el tanga apartado a un lado, todavía corrido de cuando se lo había estado comiendo en el asiento trasero. Él con la verga apuntando hacia arriba y restos de mi semen secándose sobre el ombligo y el encaje.
Les pedí el teléfono y empecé a grabar. Quería que recordaran aquella noche cada vez que mirasen la pantalla.
—Daos la mano —les dije—. Como la parejita enamorada que sois.
Se la dieron. Noa contuvo una sonrisa nerviosa y Diego bajó la vista. Esa obediencia callada me ponía más que cualquier cosa.
Llamé al ascensor privado que subía directo a la habitación. Entré yo primero, de espaldas, y me apoyé contra la pared del fondo. Me desabroché el pantalón sin prisa y dejé que saliera la polla, ya medio dura solo de anticipación.
—Venid —dije—. Tú andando, Noa. Tú no.
Diego entendió. Se dejó caer de rodillas sobre el suelo del garaje y entró así, arrastrándose, mientras yo lo grababa todo desde arriba. En cuanto las puertas se cerraron lo tenía a la altura justa.
—Sabes lo que tienes que hacer, ¿no?
No lo dudó ni un segundo. Levantó la cabeza, empezó olisqueando y enseguida se la metió entera en la boca, las manos todavía apoyadas en el suelo, en posición de perro. Sin tocarse, solo con la lengua y la garganta.
***
A Noa le hice un gesto para que se pusiera a mi lado. Acerqué el zoom de la cámara para que viera en primer plano cómo su marido me comía la verga con una maestría que no había aprendido en una sola noche.
—Cómeme la oreja —le susurré sin dejar de grabar.
Ella alternaba el lóbulo de mi oreja con besos largos y húmedos en el cuello. Así estuvimos un buen rato, mientras Diego se afanaba abajo. El muy cabrón me la había puesto tan dura que ahora le costaba engullirla: la polla apuntaba al techo y él tenía que estirar el cuello desde su posición para llegar.
El ascensor se detuvo en la primera planta. Entramos a la habitación, amplia, con una cristalera enorme que daba a la autopista.
—No cerréis las cortinas —dije.
Me gustaba la idea. Que algún conductor distraído, al pasar a toda velocidad, levantara la vista y nos pillara durante un segundo en plena faena. La probabilidad era mínima, pero esa posibilidad lo multiplicaba todo. Noa miró hacia el cristal y se mordió el labio; sabía perfectamente lo que significaba que yo encendiera esa pequeña chispa de exhibición.
Diego, en cambio, ni rechistó. Hacía rato que había dejado de tener opinión sobre nada. Esa era exactamente la dinámica que los tres habíamos pactado semanas atrás, y la que él me había suplicado por mensaje que llevara hasta el final.
Ya no quería esperar más. Me la había besado, me la había chupado él, yo me había comido el coño de ella en el coche. Era el momento. Tenía la polla a reventar por culpa de la mamada del marido y solo pensaba en una cosa.
—A cuatro patas —le dije a Noa.
Se colocó sobre la cama y yo, sin soltar el teléfono, le tomé una panorámica lenta del culo y del coño en pompa. Después me subí detrás, separé bien las piernas y llamé a Diego con un chasquido.
—Tú aquí abajo. Comiéndome el culo y las bolas mientras me la follo.
Se la metí a ella sin más preámbulos. Estaba tan mojada que entró de golpe, hasta el fondo. Empecé despacio, marcando el ritmo, mientras debajo de mí notaba la lengua de Diego recorriéndome las bolas y subiendo hasta hundirse entre las nalgas. Con la mano libre seguía grabando todo lo que podía, y en un momento pasé el teléfono por debajo del vientre de Noa para capturar la imagen exacta: el marido lamiéndome mientras yo le reventaba el coño a su mujer.
***
Noa empezó a retorcerse y a apretar. La conocía lo suficiente para saber que iba a correrse. Yo tampoco aguantaba mucho más; su coño me ordeñaba y la lengua de Diego metida justo donde más me gustaba me llevaba al borde.
Hice un último esfuerzo. Veinte segundos de embestidas seguidas, la respiración cortada, y me vacié dentro de ella a pelo justo cuando ella se corría debajo de mí con un gemido largo. Qué gusto, joder. Diego seguía lamiéndome como un poseído, ajeno a todo.
—Para —le ordené.
Saqué la polla goteando, manchada de semen y de los flujos de ella. Tumbé a Noa boca arriba.
—Límpiamela primero —le dije a él, acercándole el rabo a la cara.
La rebañó con devoción, sin que se le escapara una gota. Todo en primer plano. Aquello sí que lo iban a ver el resto de sus días, y no el vídeo de la boda.
—Ahora cómele el coño a tu mujer.
Diego se colocó entre las piernas de Noa y empezó a chupar. La leche se la había metido bien adentro y no salía; el muy desesperado buscaba el rastro con la lengua, hambriento, persiguiendo lo que se le resistía.
Me acerqué de rodillas a la cabeza de Noa, le puse la polla a pocos centímetros de la boca y volví a grabar.
—Dime lo enganchada que estás a mí.
Mientras ella lo decía, yo le daba suaves golpes con la polla en los mofletes. Entonces Noa apretó el coño, y de pronto brotaron varios borbotones espesos que Diego atrapó fuera de sí, como si fuera el manjar que llevaba media hora esperando.
La escena me puso otra vez a tono. Le metí la polla en la boca a ella, una rodilla a cada lado de sus hombros, y empecé a follarle la boca despacio. La quería bien dura otra vez, porque todavía me faltaba lo mejor.
***
Cuando saqué la polla, empapada de su saliva, supe que ya tenía lubricación de sobra. Rodeé la cama hasta la otra punta.
—Culo en pompa —le dije a Diego.
Obedeció al instante. Le saqué el plug que llevaba dentro desde el principio de la noche —con todo lo que había pasado hasta me había olvidado de que seguía ahí—, le di tres o cuatro azotes que dejaron las nalgas rojas, y se la metí de golpe, a pelo.
Era la primera vez que una polla entraba en su culo. No iba a tener contemplaciones. Enseguida cogí un ritmo de crucero, golpeándole las nalgas con las caderas, subiendo la frecuencia poco a poco.
—Toma, grábalo tú —le dije a Noa, pasándole el teléfono.
Me recosté sobre su espalda y metí la mano derecha por debajo hasta agarrarle la polla. Había sido un buen sumiso toda la noche, así que iba a premiarlo con una paja mientras se lo follaba. Aceleré las embestidas, alternando el masaje de los huevos con el de la verga. Los tres sudábamos como animales. El aire de la habitación era puro sexo.
En la última arremetida me pegué a él y me vacié dentro, justo cuando él se corría en mi mano. Puse la palma sobre su capullo para recoger toda la corrida y se la restregué por la cara. Noa, que lo grababa todo, se corrió otra vez al ver la escena, con la boca pegada al coño que el marido le había dejado a medio limpiar.
***
Me retiré despacio. Lo tenía dilatado, abierto.
—Pásame el teléfono —le dije a Noa—. Y túmbate boca arriba, debajo de él.
Hice que Diego se pusiera a horcajadas sobre la cara de su mujer. En cuanto se colocó así, la corrida cayó sobre la boca de ella, que la recogió toda sin tragar.
—No te la tragues —le advertí—. Ahora túmbate tú, Diego. Boca arriba.
Le pedí a Noa que se inclinara sobre él y le pasara toda la corrida de su boca a la de él. Todo capturado con su propio teléfono, para que pudieran recrearse en casa cuantas veces quisieran. Ella se la soltó entera y él, sumiso hasta el final, la recogió y se la bebió de un trago.
Era momento de hacer una pausa. Aún teníamos varias horas de habitación reservadas, pero había que reponer fuerzas. Noa y yo nos tumbamos en la cama, y al marido lo dejamos a nuestros pies, en la parte baja del colchón, callado.
Encendí la televisión, conecté el teléfono y puse a reproducir lo que llevábamos grabado. Las imágenes empezaron a pasar en la pantalla grande, una detrás de otra, con el sonido de nuestras propias voces llenando la habitación.
Noa apoyó la cabeza en mi pecho y deslizó una mano hacia abajo casi sin darse cuenta. Diego, a nuestros pies, miraba la televisión con los ojos vidriosos y la respiración cada vez más corta. Por la forma en que los tres mirábamos esas imágenes, supe que aquella supuesta pausa para reponer fuerzas iba a durar bastante poco.