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Relatos Ardientes

El día que mi vecino desayunó desnudo en el porche

Ramón se despertó a las nueve y cuarto y supo, antes incluso de abrir los ojos del todo, que algo no encajaba. Durante unos segundos su cerebro fue incapaz de ubicarlo en el mapa: dónde estaba, qué día era, por qué reinaba aquel silencio imposible.

Se quedó boca arriba, mirando el techo, atento. Nada. Silencio absoluto, bendito, milagroso. Algo que sencillamente no ocurría en esa casa. Nunca. Y que, sin embargo, esa mañana estaba ocurriendo.

La luz se colaba por la persiana mal bajada con la insistencia de un comercial que sabe que estás dentro. Era la luz de junio en Almería, dorada, prometiendo calor ahora y amenazando con convertir la tarde en una sartén. Escuchó una vez más y entonces lo entendió de golpe: estaba solo. Cinco días enteros solo en casa.

Cinco días sin dar explicaciones a nadie. A sus sesenta y un años, aquello se sentía como unas vacaciones de verdad, no como esas otras de «vámonos todos a un apartamento en Benidorm a matarnos por el mando de la tele antes del tercer día».

Su mujer, Encarna, y sus dos hijos ya adultos, Sergio y Noelia, estaban en Albacete. Boda de una prima segunda el sábado, pero con despedidas, comidas y reuniones repartidas toda la semana con la familia política que Ramón detestaba con toda su alma. Así que había inventado un transporte urgente a Róterdam, había puesto cara de «qué le voy a hacer, el trabajo es el trabajo» y se había quedado en casa. Mentira podrida, claro. Estaba de vacaciones declaradas, con los papeles en regla.

Pero la idea de pasar cinco días aguantando a los cuatro hermanos de Encarna, todos con esa superioridad de gente de capital que mira por encima del hombro al del barrio, le parecía un destino peor que la muerte. Y ahora, en cambio, tenía la casa entera para él. Si eso no era libertad, que bajara Dios a verlo.

Se levantó con el optimismo peligroso del hombre que sabe que puede hacer exactamente lo que le dé la gana. Y entonces pensó: «Joder, podría bajar a desayunar en pelotas si quisiera». Tres segundos después bajaba las escaleras completamente desnudo, porque a los sesenta y uno ya había aprendido algo: si tienes la ocasión de hacer una tontería que te hace feliz y nadie te mira, la haces. La vida es demasiado corta para llevar calzoncillos en tu propia casa cuando no hay testigos.

Se preparó café en la cafetera italiana —Encarna se había llevado la de cápsulas, la muy lista— y, mientras borboteaba y silbaba como una olla enfadada, tostó dos rebanadas de pan de hogaza y las untó con aceite y tomate rallado. Desayuno de campeón. Desayuno de hombre libre. Cogió la bandeja y salió al porche trasero sin una sola prenda encima.

El porche era su reino. Un cañizo de bambú daba sombra, una mesa de plástico aguantaba la bandeja y una vieja silla plegable de aluminio lo recibió con un chirrido familiar. Se sentó. Abrió las piernas porque podía. Suspiró como solo suspira un hombre que acaba de quitarse el disfraz de persona civilizada.

«Si la felicidad existe», pensó mientras le daba el primer sorbo al café amargo, «se parece bastante a esto».

El jardín se extendía ante él como una promesa verde y azul. La piscina, ocho metros por cuatro de gresite claro, estaba tan quieta que parecía un espejo. El aire olía a cloro, al romero de las macetas y a ese aroma indefinible del verano del sur: sal de mar mezclada con tierra caliente. Abrió el periódico que había sacado del buzón sin la menor intención de leerlo. Pasó dos páginas de fichajes que le importaban un rábano y lo dejó caer.

Lo que de verdad quería hacer —lo que llevaba queriendo hacer desde el jueves— era subir al despacho, abrir la carpeta que tenía escondida dentro de otra subcarpeta llamada «Facturas 2022» y leer relatos hasta que se le pusiera dura. Porque sí. Porque tenía sesenta y un años y, ocho meses atrás, gracias a un compañero camionero que se lo había soltado en un área de servicio cerca de Burgos, había descubierto que existía un rincón de internet lleno de historias guarras infinitamente mejores que cualquier vídeo. Historias con argumento. Con personajes. Con descripciones que te metían dentro de la escena.

Lo que Ramón no le había contado a nadie, ni siquiera a aquel compañero, era qué clase de historias le encendían: las de hombres maduros con otros hombres maduros. Osos, los llamaban. Tipos grandes, velludos, con barriga y con ese aire de haber vivido mucho y follado poco. Tipos como él.

Se miró el cuerpo. Pecho cubierto de vello con canas plateadas. Barriga prominente pero firme. Brazos tatuados con calaveras que se había hecho en los noventa, cuando todavía creía que eso le daba aire de tipo duro. Piernas como troncos. A los sesenta y uno todo seguía funcionando, más o menos, con la ayuda de una pastilla azul cuando hacía falta.

Y lo que funcionaba especialmente bien —algo que había descubierto cinco años atrás, en un encuentro que duró siete minutos en un área de servicio de Francia y que le cambió la vida entera— era que le gustaba que se la metieran. Que un hombre lo follara despacio primero y más fuerte después, hasta correrse sin ni siquiera tocarse. «Joder», pensó, y notó que la idea empezaba a despertarle el cuerpo allí mismo, al sol.

Decidió el plan perfecto para aquel lunes de libertad: un baño en la piscina, un rato tumbado al sol y luego, solo luego, esos relatos guardados en marcadores. Se levantó, caminó descalzo sobre las baldosas que ya quemaban y, justo cuando iba a meter el pie en el agua, levantó la vista. Y la vio.

A Charo. La vecina. De pie en el balcón de su dormitorio. Mirándolo. Directamente a él. Desnudo. Con la polla a medio despertar.

«Me cago en todo», fue lo único que su cerebro fue capaz de articular.

Y entonces Charo, increíblemente, le sonrió.

***

Charo se había despertado a las siete, como llevaba haciendo cuarenta y tantos años, porque el cuerpo humano es un traidor que no entiende de jubilaciones ni de lunes sin obligaciones. A los sesenta y tres, su reloj interno seguía más afinado que el de una catedral, y no había forma de apagarlo.

Se había quedado en la cama hasta las ocho y media, pequeña rebeldía inútil, leyendo tonterías en el móvil. Mensajes del grupo de las amigas del gimnasio que tampoco le importaban demasiado: Marisa preguntando por las máquinas nuevas, Pilar mandando una receta de bizcocho sin azúcar que sabría a serrín con buenas intenciones, y Begoña reenviando por cuarta vez el mismo chiste sobre la menopausia.

Y un mensaje de su marido desde Barcelona: «Buenos días, cari. Reunión a las nueve. Besos».

«¿Besos?», pensó Charo. Como si los besos fueran algo que todavía se dieran. Como si su matrimonio fuera ya algo más que un contrato de convivencia con cláusulas redactadas en silencio a lo largo de cuatro décadas: él en Barcelona entre semana, haciendo lo que le diera la gana; ella en casa, haciendo exactamente lo mismo; y los viernes los dos interpretando el papel de pareja feliz delante de los hijos y los nietos. Funcionaba. No era romántico, pero funcionaba, como un electrodoméstico viejo que hace ruido y sigue lavando.

Había hecho las paces con todo aquello el mismo día en que encontró en el ordenador de Gonzalo una carpeta titulada «Proyectos» que no contenía ningún proyecto y sí cincuenta vídeos de hombres maduros haciendo cosas que jamás aparecerían en una presentación del banco. Esa mañana comprendió tres cosas: que su matrimonio era una mentira, que lo era desde hacía al menos diez años, y que no le importaba lo más mínimo. La revelación fue, extrañamente, liberadora.

Bajó a prepararse un café solo, bien cargado, sin azúcar, el mismo que tomaba desde los veinte, cuando aún creía que la vida iba a ser una aventura y no una sucesión de lunes idénticos. Volvió a subir con la taza en la mano. El dormitorio era grande y luminoso, con ese gusto que ella, antigua bibliotecaria durante veinticinco años, conservaba como una segunda piel. «Es que algunas tenemos clase de nacimiento», pensó sin la menor modestia, «y otras tienen dinero y compran cojines con lentejuelas».

Abrió la ventana del balcón y salió descalza. El golpe de calor fue como una bofetada de verano. «Virgen santa, veintiséis grados a las nueve», pensó. Pero la brisa traía el jazmín de la trepadora y el romero de las jardineras, y ese aroma le recordó por qué había elegido vivir allí. Se apoyó en la barandilla, le dio un sorbo al café y, porque el destino tiene un sentido del humor muy bestia, levantó la vista hacia el jardín de al lado.

Y vio a Ramón. Su vecino, el camionero, el marido de Encarna, el padre de Sergio y Noelia. Completamente desnudo. Sentado en una silla del porche. Leyendo el periódico. Con las piernas abiertas. Con todo a la vista.

La taza se le quedó parada en el aire, a medio camino entre la barandilla y los labios. Parpadeó. Una vez, dos, tres, por si fuera un espejismo del calor. No lo era. Ramón seguía ahí, desnudo como Adán antes de morder la manzana.

Debería haberse dado la vuelta. Debería haber entrado en casa y fingir que no había visto nada. Pero Charo tenía tres hijos criados, un matrimonio muerto desde hacía una década y un lío con un entrenador personal de cuarenta años que se la follaba los jueves con la eficiencia de un electrodoméstico alemán: funcional, pero sin alma. A su edad había superado hacía mucho la fase de escandalizarse por tonterías. Así que miró. Miró sin disimulo, con la curiosidad de quien observa un fenómeno natural inesperado.

Y lo que vio fue, exactamente, el tipo de hombre que protagonizaba los relatos que la ponían a mil. Porque Charo, desde hacía dos años —en concreto desde el día en que buscó «pollo al ajillo» en Google y acabó en una historia titulada de forma muy parecida pero infinitamente más guarra—, era lectora voraz de esas mismas webs. Y en esas webs había una categoría muy clara: los osos. Hombres velludos, con barriga, con manos grandes y una actitud de «me da igual lo que pienses de mi cuerpo».

Ramón encajaba en la descripción como un guante. Constitución robusta, barriga sólida de esas que hablan de cervezas con los amigos y barbacoas de domingo. Brazos gruesos bajo la capa de grasa, manchados de tatuajes que a esa distancia no distinguía. Y vello. «Dios santo, el vello». Una mata oscura con canas que le cubría el pecho entero y bajaba en una línea densa hasta el ombligo. Un hombre velludo de los que ya no se ven, porque ahora todos los jóvenes se depilan para parecer modelos de anuncio.

Y allí, entre las piernas abiertas, sin el menor pudor, como si estuviera viendo el fútbol en su salón, descansaba su sexo, grueso y pesado al sol de la mañana. Charo se quedó mirando. No pudo evitarlo. Era justo el cuerpo de los relatos que la encendían: cuerpo vivido, cuerpo de verdad, no de los que pasan cuatro horas al día delante del espejo del gimnasio.

«Bruno», pensó de pronto, acordándose de su amante, «tiene el cuerpo perfecto. Abdominales, pecho depilado, sonrisa de anuncio. Y le falta esto. Le falta exactamente esto». ¿Qué era «esto»? Autenticidad. Ese aire de un hombre que ha descargado camiones, conducido doce horas seguidas y sigue funcionando, joder. Bruno era un maniquí de piscina. Ramón era un hombre. Y Charo, increíble e inapropiadamente, se estaba mojando solo de mirarlo.

Notó los pezones duros bajo la bata fina. Notó el calor entre las piernas, ese que no tenía nada que ver con los grados de la mañana. Notó que respiraba más rápido y que el café se le había enfriado en la mano sin darse cuenta.

«No deberías estar mirando», le dijo la voz de la razón.

«Pero qué hombre más interesante», le respondió la voz de la lujuria.

«Es tu vecino. Está casado», insistió la razón.

«Y tú también. Siguiente argumento», replicó la lujuria sin inmutarse.

«Tiene sesenta y tantos años», probó la razón, ya sin convicción.

«Perfecto. Los de veintitantos no saben follar, solo saben hacer posturitas para Instagram», zanjó la lujuria.

La voz de la razón se calló, derrotada. Charo siguió mirando. Ramón continuaba con el periódico, completamente ajeno a que lo observaban con la intensidad de quien vigila un ave en peligro de extinción. El sol le daba de lleno en la piel bronceada de años al aire libre. Los músculos de los brazos se movían al pasar la página. La barriga subía y bajaba con la respiración. «Si esto lo estuviera leyendo en una pantalla», pensó, «ya tendría la mano dentro de las bragas». Pero no era una pantalla. Era la vida real. Su vida. Su vecino. Su excitación.

«¿Y ahora qué hago?», se preguntó. «¿Me doy la vuelta y finjo demencia? ¿Me quedo aquí como una acosadora? ¿Bajo y le digo: oye, Ramón, perdona, pero estabas en pelotas y me has puesto cachonda, ¿te apetece un café?».

Antes de que pudiera decidir nada, Ramón levantó la vista. Sus miradas se encontraron. Tres segundos de silencio absoluto. Tres segundos en los que Charo vio pasar por la cara del vecino una sucesión entera de emociones dignas de un actor de teatro: sorpresa, horror, vergüenza, pánico —las manos amagando con taparse— y, por fin, increíblemente, una decisión.

La decisión de no salir corriendo. La de no esconderse tras el periódico como un crío pillado en el baño. La de, simplemente, sonreír. Sonreír y levantar la mano. Y saludar. Como si estuviera vestido. Como si fuera lo más normal del mundo, como dos adultos que acaban de cruzarse en la frutería del barrio.

Y esa sonrisa torcida, medio avergonzada, medio divertida, completamente auténtica, le llegó a Charo directa al centro del pecho como el disparo de un Cupido que, por una vez, hubiera tenido la decencia de ser un camionero de verdad y no un bebé con alas.

«Madre mía», pensó ella, devolviéndole la sonrisa sin pensarlo. «Este hombre me gusta. Me pone cachonda de verdad».

Y, al otro lado de la valla, descalzo sobre las baldosas ardientes, Ramón pensó algo muy parecido mientras decidía que aquellos cinco días de libertad acababan de ponerse mucho, mucho más interesantes.

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Comentarios (5)

Rulo_Cordoba

jajaja me mori!!! que arranque de semana el de ese lunes

LunaNocturna_99

Me encanto el ritmo con que lo fuiste contando. Se siente muy real, como si uno estuviera ahi mirando por la misma ventana

DespertoSolo

Y despues que paso?? nos dejaste con la intriga jaja. Por favor una continuacion

PatoNightOwl

increible, me gusto muchisimo. Sigue subiendo relatos

CarmenMdz

Me hiciste acordar a una mañana que yo tambien viví algo parecido, de esas que uno no olvida aunque quiera jaja. Muy bien narrado

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