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Relatos Ardientes

Lo que pasó en su coche aquella tarde de lluvia

Mariana lo recordaba todo con una nitidez que la asustaba. Sentada frente a su computadora, con un informe a medio escribir parpadeando en la pantalla, su mente volvía una y otra vez a aquella tarde. A sus manos. A la manera en que esas manos habían subido por sus muslos, lentas, seguras, hasta detenerse en su cuello mientras la besaba como si llevara años practicando ese beso solo con ella.

No conseguía concentrarse. Cada vez que intentaba redactar una frase coherente, la memoria le devolvía el olor de su perfume, esa fragancia cara y exacta que él elegía con el mismo cuidado con que elegía las palabras. Lo había imaginado mil veces vistiéndose por la mañana, frente al espejo, abotonándose la camisa, ajustándose el reloj. Esteban era de los que cuidaban cada detalle, y ese detalle —su aroma— se le había quedado pegado a la piel durante días.

Siempre supo que él la deseaba. No hacían falta palabras. Lo notaba en la forma en que la miraba en las reuniones, en cómo se demoraba un segundo de más cuando le acercaba un papel, en el modo en que se quedaba callado cuando ella reía. Era un deseo que ninguno de los dos había nombrado nunca, una corriente subterránea que recorría cada uno de sus encuentros en los pasillos de la empresa.

El día que ocurrió empezó como cualquier otro. Una jornada gris, monótona, de correos sin responder y reuniones que se alargaban más de la cuenta. Mariana no esperaba nada de aquel martes. Cuando salió de la oficina, ya entrada la tarde, descubrió que estaba lloviendo con una fuerza que no había visto en meses.

—Te acompaño al estacionamiento —dijo Esteban, apareciendo a su lado con un paraguas negro—. Vas a empaparte si sales así.

Ella aceptó sin pensarlo demasiado. Caminaron pegados bajo el paraguas, hombro contra hombro, mientras el agua repiqueteaba sobre la tela y les salpicaba los zapatos. Había algo íntimo en ese trayecto, en la cercanía obligada, en el silencio cómplice que se instaló entre ellos.

Al llegar a su coche, él la ayudó a meter las cosas en el maletero. Para entonces la lluvia se había vuelto un muro de agua, y el paraguas servía de muy poco. Sin ponerse de acuerdo, los dos corrieron hacia las puertas y se metieron dentro. Solo cuando estuvieron sentados, jadeando y riéndose de lo empapados que estaban, Mariana se dio cuenta de que habían terminado los dos en el asiento trasero.

—Qué desastre —dijo ella, apartándose el pelo mojado de la cara.

—Va a parar pronto —respondió él, aunque no sonaba muy convencido.

El estacionamiento estaba casi vacío. El suyo era el último coche que quedaba, una isla de luz tenue rodeada de oscuridad y de agua. La camisa de Esteban estaba calada, y él se quitó el saco mojado con un movimiento brusco. Al hacerlo, su fragancia volvió a llenar el aire del habitáculo, y Mariana sintió que la cabeza le daba vueltas. Era exactamente el mismo olor que recordaba de cada vez que él se inclinaba sobre su escritorio.

Él la miró entonces de un modo distinto. La blusa empapada se le había pegado al cuerpo y dejaba poco a la imaginación. Mariana lo notó en sus ojos: esa contención de meses se estaba quebrando, y ninguno de los dos parecía dispuesto a sostenerla más.

Sin mediar una sola palabra, casi por instinto, se besaron.

Fue un beso intenso, profundo, hambriento, como si los dos hubieran esperado una vida entera por ese instante. Las manos de él le sujetaron la cara primero, después la nuca, después la cintura. Mariana le agarró la camisa mojada y tiró de ella, sintiendo bajo la tela el calor de su cuerpo. El sonido de la lluvia sobre el techo del coche se volvió un telón de fondo lejano, casi irreal.

—Llevo tanto tiempo pensando en esto —murmuró él contra su boca.

—Lo sé —respondió ella—. Yo también.

Esteban empezó a desabotonarle la blusa con dedos torpes por la urgencia. Cuando logró abrirla, se detuvo un segundo a mirarla, y esa pausa, esa mirada de deseo apenas contenido, le provocó a Mariana un escalofrío que le recorrió toda la espalda. Ella se recostó sobre el asiento y él se inclinó sobre sus pechos, recorriéndolos con la lengua, demorándose en cada centímetro, hasta arrancarle un gemido que ella no había planeado soltar.

Esto está mal, pensó. Y aun así no quiero que pare.

El espacio era reducido, incómodo, y eso lo hacía todo más real. No había la coreografía perfecta de las fantasías que ella había repetido en su cabeza durante meses. Había rodillas que chocaban, ropa que se atascaba, vidrios que se empañaban con el aliento de los dos. Y había deseo, una marea de deseo que barría con cualquier duda.

Se despojaron del resto de la ropa entre risas nerviosas y respiraciones entrecortadas. No había tiempo que perder ni espacio para arrepentimientos. Cuando por fin sus cuerpos desnudos se encontraron, lo hicieron con una familiaridad extraña, como si ya se conocieran de antes, como si llevaran años leyéndose los deseos sin necesidad de explicarlos.

Él la abrazó y la atrajo hacia sí. La penetró despacio, con un cuidado que la sorprendió, como quien teme romper algo frágil. Mariana cerró los ojos y se dejó llevar por el ritmo que él le marcaba, un vaivén lento que poco a poco se fue volviendo más hondo, más urgente. Cada movimiento confirmaba lo que ella había sospechado durante tanto tiempo: que detrás de aquella corrección impecable había un amante atento, capaz de leerla mejor que cualquier hombre con el que hubiera estado.

El vidrio empañado los aislaba del mundo. Afuera seguía lloviendo; adentro, el aire era cálido y espeso, cargado de su perfume y del calor de sus cuerpos. Ella enredó los dedos en su pelo y lo atrajo hacia su boca para besarlo de nuevo, ahogando en ese beso los sonidos que se le escapaban.

Cuando él terminó, con un estremecimiento que la sacudió a ella también, Mariana seguía jadeando, encendida, lejos todavía de sentirse satisfecha. Y él lo notó. La conocía sin conocerla. Bajó la mano por su vientre y empezó a acariciarla con los dedos, despacio al principio, atento a cada reacción, mientras volvía a inclinarse sobre sus pechos. La combinación de su boca y de sus dedos la llevó al borde con una rapidez que la avergonzó y la enloqueció a partes iguales.

—No pares —pidió ella, en un susurro—. Por favor.

Él no paró. Y cuando el placer la alcanzó por fin, Mariana tuvo que morderse el labio para no gritar dentro de aquel coche en mitad de un estacionamiento desierto. Se quedó temblando, con la respiración entrecortada, aferrada a su hombro.

Después vino el silencio. Esos minutos extraños y suaves en los que dos cuerpos que acaban de fundirse vuelven, poco a poco, a separarse. Se miraron y, casi a la vez, sonrieron. No hubo necesidad de decir nada. Los dos sabían que ese encuentro había estado madurando durante meses, en cada mirada robada, en cada roce accidental, en cada conversación que duraba más de lo necesario.

—¿Estás bien? —preguntó él, apartándole un mechón de la frente.

—Mejor que bien —respondió ella, y era verdad.

La lluvia, su cómplice silenciosa, empezó a amainar. Como si el cielo les diera permiso para volver a la realidad, las gotas se fueron espaciando hasta convertirse en una llovizna fina. Era hora de vestirse, de recomponer la ropa arrugada, de volver a ser las dos personas correctas que entraban cada mañana a la misma oficina.

Se vistieron sin prisa pero sin demorarse, lanzándose miradas cómplices, rozándose como si quisieran prolongar el momento un poco más. Esteban se puso el saco todavía húmedo y Mariana se abrochó la blusa, consciente de que cada botón la devolvía a una vida en la que aquello no podía repetirse.

Porque los dos lo tenían claro, aunque ninguno lo dijera en voz alta. Él volvería a su rutina familiar, a su casa, a su mundo ordenado del que ella no formaba parte. Ella regresaría a su departamento solitario, a sus noches tranquilas, a una independencia que no estaba dispuesta a cambiar por un hombre con compromisos. Mariana no quería enamorarse de alguien a quien no podía tener. Y Esteban no era de los que dejan una vida entera por un romance nacido en el asiento trasero de un coche.

—Mañana en la oficina… —empezó él.

—Mañana en la oficina no pasó nada —completó ella, con una media sonrisa—. Tranquilo.

Él asintió, aliviado y a la vez con un destello de pena en la mirada. Encendió el motor. Los limpiaparabrisas se pusieron en marcha, barriendo las últimas gotas del cristal.

Lo que ninguno de los dos podía negar, lo que Mariana repasaría meses después frente a la pantalla de su computadora con el informe a medio escribir y el cuerpo encendido por el recuerdo, era que aquella tarde no la olvidarían jamás. Había sido un instante robado a la lógica, a la prudencia, a todo lo que se suponía que debían ser. Un secreto que les pertenecía solo a ellos dos y a la lluvia que los había encerrado el tiempo justo para dejar de fingir.

Ahora, de vuelta en su escritorio, Mariana sonrió para sí misma. Guardó el documento sin terminar, apagó la pantalla y se quedó mirando por la ventana. El cielo volvía a cargarse de nubes grises. Y, aunque sabía que no debía, una parte de ella deseó en secreto que volviera a llover.

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Comentarios (5)

CaroMendez

Que relato!!! me sacudiste completamente con esto, muy bien escrito

MatiasBA

necesito la continuacion ya, no me puedo quedar con la duda jajaja

SusanaRP

Me recordo a algo parecido que me paso... esa tension de meses acumulada es una cosa especial. Excelente

Marcelo_lector

muy bien escrito, se siente autentico sin exagerar nada

Nati_Mdp

¿y como siguio despues? necesito saber jeje

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