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Relatos Ardientes

El paquete que me trajo el vecino esa mañana de agosto

Por fin habíamos llegado a agosto. Como cada verano, fui con mi familia a la casa que mis padres tienen en la costa de Asturias, lejos del calor sofocante de Sevilla. La noche anterior había salido con unas amigas del pueblo, así que cuando me desperté era casi mediodía. Por suerte había dormido tanto que no me quedaba ni rastro de resaca.

Salí de la habitación y no me crucé con nadie. Me extrañó, hasta que vi un mensaje de mi hermana Bea en el móvil: se habían ido todos a la ciudad de compras porque la mañana había amanecido con niebla y no apetecía bajar a la arena. Es lo que tiene el norte, pensé. Pero al menos una no se derretía como en mi tierra.

Me asomé al balcón de la cocina. El cielo seguía gris, aunque el sol empezaba a abrirse paso entre las nubes y la temperatura era agradable. Volví al cuarto, me puse un bikini azul con rayas blancas y, aprovechando que tenía la casa para mí sola, me serví un vermú rojo con hielo.

Con la copa en la mano salí al jardín a tumbarme. Para no enfriarme me eché por encima una rebeca de punto escotada que mi hermana se había dejado en una silla. Así, medio vestida y medio no, me acomodé en la hamaca junto a la piscina. Me gusta sentirme guapa siempre, incluso cuando no hay nadie mirando.

Sobre la mesita seguía el libro que estaba leyendo esos días, una novela romántica con bastante más fuego del que prometía la portada. Eché un trago, abrí por la página doblada, puse música tranquila en el teléfono y me desconecté del mundo.

En eso estaba —leyendo, achispándome y poniéndome un poco a tono, porque la escena del libro no dejaba nada a la imaginación— cuando el vecino del chalé de al lado apareció delante de mí. Compartíamos verano con su familia desde hacía años: una pareja de Madrid con dos críos. Había confianza, pero la justa; mis padres son poco sociables y el trato nunca pasaba de un saludo cordial.

Él se llamaba Marcos y rondaría los cuarenta y cinco. Era un hombre alto, de hombros anchos y espalda fuerte, con el pelo muy negro empezando a encanecer en las sienes y una cara recia que no era exactamente guapa pero sí magnética. En los últimos veranos me había ido pareciendo cada vez más apetecible, y ese año en particular descubrí que su sola presencia me despertaba pensamientos que no debía tener.

Estaba convencida de que la atracción era mutua. Con los años mi cuerpo se había desarrollado por el buen camino: pechos firmes, cintura estrecha, piernas de tanto jugar al voleibol. Y me había dado cuenta de que a Marcos esa evolución no le pasaba desapercibida. Más de una tarde lo había sorprendido echándome miradas furtivas al escote o al trasero cuando creía que yo no me enteraba. Confieso que descubrirlo me provocaba un cosquilleo entre las piernas que no sabría cómo describir.

Por todo eso, ver aparecer al vecino en mi jardín aquella mañana fue una sorpresa de lo más agradable.

—¡Hola! ¿Qué tal? —saludó—. Perdona que te moleste. Estuvo un repartidor llamando a vuestra puerta un buen rato y, como no salía nadie, fui yo a recibirlo.

Llevaba una caja de cartón en las manos, de esas típicas de las compras por internet.

—¡Ah, hola! —respondí, un poco colorada.

Paré la música y, al hacerlo, se me cayó el libro al suelo. Al agacharme a recogerlo se me marcaron los pechos bajo el bikini y noté su mirada clavada justo ahí. A ese tipo de detalles me refería.

Le expliqué que entre la música y lo flojito que se oía el timbre desde el jardín no me había enterado de nada.

—¿No están tus padres ni tu hermana? —preguntó.

—No, estoy sola —contesté, y sin querer se me escapó una sonrisa traviesa.

Me estiré de nuevo en la hamaca y dejé el libro sobre la mesita. Marcos paseó los ojos por mi cuerpo expuesto al sol tímido, y su forma de mirarme pasó de disimulada a descarada en un parpadeo.

—El paquete creo que es para ti —dijo, levantando un poco la caja—. Te llamas Nora, ¿verdad?

—A ver, deja que mire… —cogí la caja de sus manos. En efecto, venía a mi nombre—. Sí, esa soy yo. ¡Muchas gracias!

—De nada.

—Qué bien, justo lo que estaba esperando —dije, refiriéndome tanto al paquete como, con segundas, a la visita—. Ni siquiera me avisaron de que estaba en reparto. De saberlo habría estado atenta al timbre.

—No te preocupes, pasa mucho últimamente. Los repartidores van hasta arriba de trabajo.

Al incorporarme noté que el vermú se me había subido más de la cuenta; siempre me pega fuerte en ayunas. No sé si fue el alcohol, la lectura o tener delante la figura del vecino, pero el caso es que me puse cachonda de golpe. Y entonces, como si me cayera un rayo de inspiración, se me ocurrió una idea estupenda.

***

Tenía delante la ocasión perfecta para conseguir lo que llevaba días imaginando. No solo porque no hubiera nadie en casa, sino porque —vaya coincidencia— el paquete recién llegado contenía justo la excusa que necesitaba para tirarle los tejos sin disimulo.

—Ya que estás aquí, ¿te enseño lo que hay dentro? —le propuse—. Me gustaría saber qué te parece, así decido si me lo quedo o lo devuelvo. Creo que te va a gustar.

—¿Ah, sí?

—Sí. Pero me tienes que prometer que no le dices nada a mis padres.

Marcos se quedó desconcertado un segundo. Luego se encogió de hombros con toda la picardía del mundo.

—Por supuesto. Mi boca será una tumba.

Apoyé la caja sobre las piernas, la abrí y le mostré el contenido. Era un bañador de muy poca tela, de color rosa fucsia, con un par de sandalias de tacón a juego y unas gafas de sol del mismo tono.

—Encantador… —dijo él—. Seguro que te queda divino. Aunque no sé… ¿estás segura de que es de tu talla? Se ve muy poca tela.

—Esa es la idea —repliqué.

Le guiñé un ojo mientras calculaba mi próximo paso. No soy tímida, pero lo que iba a hacer era subido de tono, y quería ejecutarlo bien.

—Solo de imaginarte con eso puesto me vuela la cabeza —añadió él—. Aunque no parece muy cómodo para la playa. ¿Es para otra cosa? ¿Una sesión de fotos, una fiesta?

—Has dado en el clavo —le dije—. Es para una fiesta esta noche en el barco de unos amigos. ¿Quieres ver cómo me queda?

—¿Que si quiero…? —tartamudeó, tragando saliva—. Me encantaría.

—Pues ponte cómodo. Lo vas a descubrir ahora mismo.

***

Me levanté de la hamaca y, en lugar de irme a cambiar, cogí el móvil y volví a poner música. Empecé a contonearme delante de él. Marcos lo entendió enseguida; se acomodó en la tumbona que yo había dejado libre y se dispuso a mirar con una sonrisa que ya no tenía nada de inocente. Estaba claro que había decidido dejar de hacerse el despistado.

Me marqué un baile en condiciones. Empecé por desabrocharme, botón a botón, la rebeca de punto, meneando las caderas al ritmo lento de la música y mirándolo fijo. Lo tengo comiendo de mi mano, pensé. Me humedecí los labios con la lengua y noté que a él se le secaba la boca.

Me arrodillé sobre la tumbona, con sus piernas entre las mías, y terminé de quitarme la rebeca; primero un brazo, luego el otro, y la lancé al aire.

—Madre mía —soltó él, llevándose una mano a la cara. Pero la apartó enseguida para no perderse nada. Solo miraba, sin atreverse a tocar.

Me incliné hacia delante y empecé a acariciarle el pecho por encima de la camiseta. Con la otra mano me tapé un momento sus ojos y, mientras tanto, me bajé la parte de arriba del bikini hasta dejar los pechos al aire. Tenía los pezones duros como piedras; siempre me pasa cuando me sube el calentón.

—Me gusta mucho lo que veo —murmuró cuando le destapé los ojos.

—Pues seguro que te gusta todavía más el resto.

Me solté la melena, la moví de un lado a otro y me quité del todo la pieza de arriba. Después tiré de la braguita del bikini de un lado a otro, dejando entrever que estaba depilada. Por último me di la vuelta, desaté los lazos y le presenté el trasero bien de cerca, para que no se perdiera un solo detalle.

—Precioso —farfulló—. Maravilloso.

Cogí el bañador rosa recién entregado y empecé a ponérmelo muy despacio. Era una sola pieza, de esas que se estrechan tanto en las ingles que apenas tapan nada. La tela quedó pegada a mi sexo, que ya estaba húmedo, y las tiras de arriba cubrían lo justo de mis pechos. Me senté junto a él en la tumbona, pegando bien la cadera a su pierna, y seguí tocándome mientras lo miraba.

Me faltaban las sandalias. Me las calcé sin levantarme y Marcos se agachó frente a mí para ayudarme a cerrar la hebilla alrededor del tobillo. Me gustó verlo así, arrodillado a mis pies. Es fácil tener a un hombre a tus pies cuando sabes lo que haces.

Eché la espalda hacia atrás, apoyé las manos en la hamaca y alcé las piernas en el aire, primero juntas y luego abriéndolas despacio. La humedad traspasaba la fina tela y dejaba adivinar todo lo que había debajo. Él no era capaz de apartar la vista.

—¿Te importaría sacarme unas fotos? —le pedí, ofreciéndole el móvil—. Para verlas luego.

—Claro, encantado.

Cogió el teléfono, se levantó y empezó a enfocarme desde distintos ángulos. Yo me estiré en la hamaca, luego me puse a cuatro patas con el trasero en pompa, mirando a cámara, y me coloqué las gafas de sol rosas para completar el conjunto.

—¿Por qué no grabas también un vídeo? —propuse—. Queda más real.

—Buena idea.

Junté las tiras del bañador en el centro del pecho y dejé los senos al descubierto. Después aparté la tela de abajo y él se acercó a grabar en primer plano. Me llevé dos dedos a la boca, los chupé y empecé a acariciarme con ellos mientras Marcos no perdía detalle.

—Eres impresionante —dijo con la voz ronca—. Me estás poniendo a cien.

Me fijé en el bulto que se le marcaba bajo los vaqueros.

—Ya lo veo… —dije—. Parece que hoy la mañana va de paquetes. Y que el que trajo el repartidor no va a ser el único que reciba. ¿Verdad?

—Es todo tuyo si lo quieres.

—Oh, sí que lo quiero —contesté, devorándolo con la mirada—. ¿Me das permiso para abrirlo?

***

—Antes déjame hacer una cosa —pidió—. Date la vuelta, mirando a la piscina.

Le obedecí y le di la espalda. Dejó el móvil sobre la mesita, se pegó a mi trasero, me separó las piernas y empezó a lamerme por detrás, de arriba abajo y de abajo arriba. Sentir su lengua me encendió todavía más, algo que un minuto antes habría jurado imposible. De vez en cuando me daba un cachete en las nalgas y yo me prendía más y más, hasta que un primer orgasmo me sacudió por completo.

Después se quitó la camiseta y me giró. Me tomó la cara entre las manos, me besó y, con suavidad, me empujó hacia abajo por los hombros. Le recorrí el pecho y el vientre con la lengua hasta quedar arrodillada frente a su entrepierna. Le desabroché los vaqueros y liberé su miembro, grueso y curvado hacia arriba. Lo agarré con una mano y empecé a lamer la punta despacio, dando vueltas, mientras con la otra le acariciaba el resto.

Empecé a chupársela con ganas y él me sujetó la nuca, tomando el control de mi cabeza con firmeza pero sin pasarse. Me gusta que me lo hagan así, como variante de una buena mamada. Cuando se emocionaba de más y empujaba demasiado hondo, se detenía para dejarme respirar, y luego volvía despacio. Llegué incluso a sacar la lengua y lamerle los testículos sin soltar la polla.

—Ahora quiero que me folles —le supliqué cuando se me cansó la mandíbula—. Hazme temblar.

Me quité el bañador y me puse a cuatro patas delante de él. Sentí cómo me penetraba, suave y lento al principio, rápido y fuerte después. Me agarró de los brazos para empujar con más fuerza y luego se montó sobre mis caderas, perforándome sin tregua. Me cogió del pelo, tiró hacia atrás y siguió clavándomela un buen rato.

Marcos era un amante silencioso, pero yo gemía sin ningún disimulo, cada vez más fuera de mí. La piel me ardía y los pezones se me salían de su sitio. Al poco me dio la vuelta, me tumbó de espaldas sobre la hamaca y lo recibí con las piernas abiertas de par en par. Me metió los dedos en la boca, los sacó y me apretó el cuello con una mano, sin llegar a asfixiarme, pero lo justo para que un segundo orgasmo me dejara al borde del desmayo.

Para que descansara, le pedí que se tumbara él y me puse encima. Lo cabalgué como una loca, con los pechos balanceándose delante de su cara mientras él los mordía y los apretaba. En el tramo final apreté las piernas, tensé el vientre y dejé que una nueva oleada me recorriera entera, vibrando alrededor de él hasta quedarme aturdida.

—Me… voy… a… correr… —me avisó.

Como no llevaba protección, me bajé deprisa y me incliné sobre su vientre con la boca abierta. Seguí con la mano y la lengua hasta que, de pronto, soltó un gruñido y terminó. Me lo recibí casi todo, aunque, inclinada como estaba, parte se me escurrió por la barbilla.

—Gracias por subirme el paquete —le dije, mirándolo fijamente, sin limpiarme la cara—. Y, sobre todo, gracias por este otro.

—Encantado —murmuró él, todavía sin aliento.

***

Marcos abrió la boca como para decir algo, pero se quedó callado, mirándome. Noté que dudaba.

—No te cortes —le animé—. Di lo que estés pensando, no me voy a escandalizar.

Se decidió por fin.

—¿No te gusta tragar?

Lo dijo casi como una regañina. Así que era eso.

—Claro que me gusta —protesté.

Y para demostrárselo me pasé el dedo por la cara, recogí lo que se me había escurrido y me lo llevé a la boca, asegurándome de que me oyera tragar.

—Eso está mejor —sentenció él, sonriendo.

—Un placer hacerte feliz —respondí, toda coqueta.

Me dejé caer en la hamaca, llena de una calma rara y agradable, y lo vi vestirse para volver a su casa. Antes de marcharse, el muy fresco se giró y me soltó:

—La próxima vez que compres algo por internet, puedes enviarlo a mi dirección si quieres. Me paso el día solo en casa, teletrabajando, mientras los míos se van a la playa.

—Es bueno saberlo —contesté.

En cuanto se fue me llegó un mensaje de Bea avisándome de que no tardaban en llegar. Estaba sudada y tenía la cara pegajosa, así que me lancé de cabeza a la piscina para borrar cualquier rastro de lo que acababa de pasar. Mientras flotaba boca arriba, mirando cómo el sol se abría paso entre las últimas nubes, pensé que aquel iba a ser, de lejos, el mejor agosto que recordaba. Y que esta sí que no se la iba a contar a nadie.

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Comentarios (5)

LauraLectora

Dios mío que relato!! me quede pegada a la pantalla leyendo. Se siente tan real que no podia parar.

Romina_pba

jajaja la excusa del paquete es un clasico pero aca lo contaste de una forma totalmente distinta. Muy bueno!

Caro_noc

Espero que haya continuacion!! quede con muchas ganas de saber como siguio la cosa con el vecino 😅

TorresBA

Corto pero intenso. Sigue escribiendo por favor, tenes mucho talento para esto.

MirandaP_lec

Me recordo a algo parecido que me paso hace unos años con un vecino. Estas cosas pasan mas de lo que uno cree jaja

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