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Relatos Ardientes

Confesé lo que hago con la mujer de mi cuñado

Era una tarde de otoño y en la ciudad ya soplaba esa brisa fría que en los atardeceres a veces resulta agradable y otras te cala los huesos. Lloviznaba un poco ese día. Pasaban de las siete cuando dejé el libro sobre las rodillas y me quedé mirando por la ventana del estudio, esa habitación pequeña de un piso mediano que convertí en mi rincón para leer y para pensar. Desde ahí se veía la calle, y las gotas empezaban a humedecer el suelo y los árboles.

El móvil sonó una sola vez y se cortó de golpe, sin darme tiempo a contestar. Un toque, una señal. Se había vuelto el preludio de algo que disparaba en mí toda la artillería de hombre. En la pantalla quedó la llamada perdida con el nombre que le tenía guardado: «Gata». De inmediato me llegó una notificación de un chat secreto de Telegram.

—¿Vienes a por mí? —decía.

—Voy —respondí.

Y con esa palabra arrancaba todo. El corazón se me aceleró y sentí cómo, poco a poco, se me endurecía debajo de la ropa. Otra vez como un crío de quince años.

Mientras bajaba a buscar el coche, el recuerdo del primer encuentro volvió completo. Su look oscuro, el maquillaje gótico, ese aire taciturno con el que nadie adivinaría lo que escondía detrás. Una mujer hambrienta de placer. Mulata de curvas generosas, pechos grandes, caderas anchas, piernas largas y una piel suave que parecía hecha para que la mordieran. Los labios carnosos, esa boca que probé varias veces en los últimos meses. Selene, la mujer de mi cuñado, que desde una salida a la playa y un encuentro posterior en un hotel discreto se había convertido en una adicción. Un vicio. Una fuente inagotable de algo que me ayudaba a sobrellevar la monotonía.

Conduje hasta una plaza pequeña cerca de la calle donde ella trabajaba. Eran las ocho menos diez. Justo a las ocho vi cerrarse la puerta del local. Salieron sus compañeras y ella de última, echó la llave y empezó a caminar como si nada. Llevaba un vestido corto, negro, ajustado, tan ceñido que se le marcaba la línea del tanga entre las nalgas. Medias térmicas, también negras, porque siempre tuvo frío, y un abrigo más largo que el vestido que le daba un aire elegante. Dio un rodeo por la plaza, miró los escaparates de un par de tiendas y recién entonces se acercó al coche, aparcado bajo unos árboles, medio oculto. Abrió la puerta y subió.

—Hace frío —dijo, frotándose las manos.

Arranqué. Crucé la ciudad hasta meterme en una travesía, y el resplandor de las farolas fue quedando atrás mientras se abría la carretera oscura. A los lados, la vegetación y la silueta de la montaña. Ella guardó silencio todo el camino. Conduje unos minutos más hasta llegar a una casa pequeña, escondida en el campo, en mitad de la nada.

—Hoy va a ser distinto —le dije al apagar el motor.

No contestó. Solo me miró de reojo.

***

Entramos y cerré la puerta. Eché leña en la chimenea para quitarle el frío a la sala, y enseguida el calor empezó a llenar el ambiente. Ella se quitó el abrigo y se quedó de pie en medio del salón, mirándolo todo. Había dos sofás grandes y un sillón que parecía cómodo. Las paredes de piedra le daban un aire acogedor: era una vieja bodega rodeada de viñedos. Un pasillo estrecho llevaba a una cocina amplia; al lado opuesto, otro daba a dos dormitorios, uno de ellos con una cama enorme, bien vestida y decorada.

Selene seguía recorriendo la sala con la vista, tocando los respaldos, curioseando. Me acerqué por detrás y la abracé, sintiendo sus nalgas redondas contra mis muslos y dejando reposar sobre ellas el bulto que tensaba mi vaquero.

—Ni me saludaste —le susurré al oído.

Giró apenas la cabeza y me ofreció los labios entreabiertos.

—Hola —soltó, entrecortado.

En ese momento sobraban las palabras. Mi boca fue directa a la suya, mi lengua hasta lo más hondo, la de ella respondiendo con la misma urgencia. Nos fundimos en un beso húmedo y caliente. A pesar del sujetador, los pezones se le marcaron sobre el vestido: ya estaba encendida, ardiendo con más fuerza que la chimenea. Una mano subió a sus pechos, la otra bajó a las caderas. La derecha se abrió paso entre sus piernas mientras la izquierda le amasaba un seno. Soltó un gemido cuando le alcancé el sexo, ese sexo lleno que el tanga apenas alcanzaba a cubrir. Bajo los dedos sentí el encaje empapado.

—Desnúdame —pidió, con un hilo de voz.

Le levanté el vestido hasta la cintura y vi de nuevo ese culo enorme, el tanga perdido entre las nalgas. Se lo saqué por la cabeza y quedó en medias y sujetador. Dio un paso, se quitó los tacones, se bajó las medias y se quedó solo con el conjunto de encaje negro, que sobre su piel morena se veía precioso. Una mujer de curvas en su plenitud, que ya había vencido sus inseguridades y, sin embargo, temblaba. No de frío. De deseo. Volví a besarla y noté su piel erizada. Llevé los dedos a su entrepierna, los deslicé bajo la tela mínima y la encontré completamente mojada, tanto que la humedad calaba el encaje.

—Eres un caballero, me tratas como a una princesa —dijo, separándose un poco—. Una princesa oscura, que no vive en un castillo sino en un templo de sombras. Pero hoy no quiero ser princesa. Hoy quiero ser una cualquiera. La infiel en la que me convertiste.

Sus palabras me prendieron de golpe. Empecé a bajarme la cremallera y ella se acercó rápido.

—Déjame a mí.

Me bajó el pantalón y la ropa interior, y mi erección quedó frente a su cara, dura por completo. Puso esa expresión de asombro de siempre, como si fuera la primera vez. Me tomó con la mano y empezó a acariciarme despacio mientras yo le soltaba el sujetador. Sus pechos quedaron libres, pesados, balanceándose con cada movimiento de su muñeca. Terminé de desvestirme y me senté en el sofá. Ella se arrodilló entre mis piernas y apoyó los pechos sobre mis muslos.

—Me encanta esto —murmuró—. No tienes idea de cuánto.

Me envolvió con sus tetas y me mantuvo así, atrapado entre ellas, viendo asomar la punta una y otra vez. Sus venas marcadas me tenían los ojos clavados. Después me llevó a la boca y empezó algo que no se parecía a nada anterior: profunda, vulgar, sin pudor, como si quisiera demostrarme hasta dónde podía llegar. Recorría con la lengua de la base a la punta, bajaba, volvía a tragar y succionaba fuerte. Con la otra mano se tocaba entre las piernas, masturbándose mientras me devoraba.

***

La levanté tomándola de la cintura y la hice sentarse en el borde del sofá, con las piernas abiertas.

—Ahora me toca a mí —le dije, arrodillándome.

Empecé a lamerla. Su sabor era una delicia. El sexo llenito, depilado, liso, los labios gruesos. Le cubrí el clítoris con la boca y subí la intensidad de a poco, una succión que iba creciendo. Echó la cabeza hacia atrás, los ojos en blanco, entregada por completo. No se dio cuenta de lo que venía. La tomé por los muslos, la levanté un poco, le abrí las piernas al máximo y la dejé totalmente expuesta ante mí, bañada en su propia humedad. Hundí la lengua donde pude, le metí dos dedos, después tres, sin dejar de lamerle el clítoris, hasta que se corrió con un grito largo y un temblor que le sacudió todo el cuerpo.

—Métemela —suplicó—. Por favor.

Lo hice sin contemplaciones, de una sola embestida y hasta el fondo. Por la postura, la golpeé tan hondo que le arranqué un grito a medio camino entre el dolor y el placer. Seguí empujando y ella gritaba, perdida. Vi una mueca y bajé la intensidad, pero enseguida me reclamó lo contrario.

—Más fuerte —jadeó—. Hoy quiero que me rompas. Que me hagas sentir todo.

Le di con ganas. En el punto más alto del éxtasis perdí el control y arremetí con una fuerza que no me conocía. Sonaban las caderas, chasqueaba la humedad, y en su cara veía un placer distinto, casi enfermizo. Cada tanto la recorría un temblor que la dejaba casi inconsciente, y yo no paraba. Estaba en otra dimensión. Tenía la mente dividida entre dejarme ir y resistir, porque quería seguir, quería contemplar lo que estaba provocando en ella. Era mía. Estaba entregada.

—Dámela —susurró—. Lléname.

Sentí una corriente recorrerme entero y concentrarse en un solo punto. La embestí más rápido, más hondo, y sus gritos rompieron el silencio de la casa, entrecortados, casi desgarrados. Entonces llegó el final, una descarga abundante e incontenible. En sus mejillas vi correr las lágrimas, el maquillaje deshaciéndose por toda la cara, una mezcla de muñeca rota y figura gótica que se me quedó grabada.

***

Salí despacio cuando ya estaba flácido. Ella seguía con las piernas abiertas, temblando, y se acurrucó de costado sobre el sofá, en posición fetal, sollozando.

Me tumbé a su lado y la abracé en silencio. Seguía llorando.

—¿Qué te pasa? —le pregunté.

Tardó en contestar. Cuando lo hizo, fue como abrir una puerta a una parte de ella que ni yo conocía. Se giró hacia mí, con los ojos muy abiertos, más oscuros que la noche, y la cara todavía mojada.

—Hoy me quitaste la virginidad —dijo—. No la del cuerpo. La de la cabeza. La del alma. Me mostraste mi propia oscuridad, me arrancaste algo que creía intocable. Y resulta que dentro de mí hay un lugar enorme y a oscuras al que nunca me había animado a entrar. Quiero que me lleves a recorrerlo.

Se quedó en silencio un momento y después, casi para sí misma, añadió:

—A veces hace falta un poco más de fuerza para llegar más allá. Yo necesitaba esa fuerza para descubrir lo que vive en mí. Me liberaste.

No supe qué responder. La abracé más fuerte mientras afuera seguía lloviznando, y entendí que esa noche, sin saberlo, los dos habíamos cruzado un límite del que ya no había vuelta. Y lo peor era que no quería volver.

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Comentarios (4)

LectorDeNoche

De los mejores que lei en mucho tiempo. Se siente real y eso es lo que lo hace diferente.

Fernando_BsAs

Que morbazo... eso de la llamada perdida como detonante esta muy bien pensado. Me enganchó desde el principio y no pude parar.

Romi_Cba22

Me quede sin palabras al final. Quiero saber si hubo consecuencias despues de esa noche, por favor seguí la historia!

Marcos_Cba

Llevo leyendo en este sitio hace bastante tiempo y este relato me parece de los mejores. La tensión que se arma antes de que pase algo... eso no es facil de lograr. Muy bien escrito.

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