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Relatos Ardientes

Lo que pasó la segunda noche en casa del patrón

Bajé del micro en Retiro con una valija atada con piolín y los ojos demasiado abiertos para semejante ciudad. Venía de Villa Dolores, allá en Córdoba, donde todo el mundo se conoce y el río es la única diversión. Tenía veintidós años, plata para tres días de pensión y una sola certeza: no me volvía al pueblo con las manos vacías. Quería juntar unos pesos, mandarles a mis viejos, demostrar que podía sola.

Lo de Buenos Aires me lo habían advertido. «Cuidate, que allá la gente es otra cosa», me había dicho mi madre en el andén. Yo asentí sin entender del todo. Una sabe que el peligro existe, pero a esa edad todavía cree que es algo que le pasa a las demás.

Al tercer día conseguí trabajo cama adentro en una casa de Núñez, de esas con jardín, pileta y un silencio caro que yo no había escuchado nunca. Me abrió la puerta el dueño en persona.

—Así que vos sos la chica nueva —dijo, midiéndome de arriba abajo sin disimular—. Pasá, pasá.

Don Ricardo rondaba los cincuenta y ocho. Calvo, ancho de espaldas, con una panza tranquila de hombre que comió bien toda su vida y una voz grave que parecía llenar las habitaciones antes de que él entrara. No era guapo. Era algo peor: era seguro. De los que te miran y vos sentís que ya saben algo de vos que ni vos sabés.

—Tenés cara de buena —me dijo esa primera tarde, mientras me mostraba la pieza del fondo—. Acá vas a estar bien.

Yo bajé la vista y dije que muchas gracias. Cama adentro, un hombre solo, una piba del interior. No seas mal pensada, me reté a mí misma. Pero algo en cómo se quedaba un segundo de más mirándome ya me había puesto el cuerpo en alerta.

***

El primer día fue de prueba y lo pasé bien. Limpié la casa entera, dejé los pisos brillando, y a la noche le cociné un asado con un chimichurri que era de mi abuela. Lo vi comer en silencio, asintiendo despacio, hasta que dejó los cubiertos cruzados en el plato.

—Hace años que no como algo así —dijo, y me clavó esos ojos grises—. Tenés manos, vos.

Fue una pavada. Una frase de nada. Pero me subió un calor a la cara que no supe explicar, y me fui a lavar los platos para que no me lo notara. Esa noche dormí sola, soñé con el río de mi pueblo, y me desperté sin acordarme de por qué tenía el corazón apurado y la bombacha húmeda pegada al coño.

El segundo día todo se corrió de lugar.

Estaba arrodillada fregando el piso de la cocina, con un short viejo que se me trepaba cada vez que me estiraba, dejándome medio culo al aire. No lo escuché entrar. Lo primero que sentí fue su mano apoyándose en mi espalda, ancha y tibia, como al descuido.

—Dejame que te ayudo —murmuró.

Pero no se agachó a ayudarme. La mano bajó despacio, recorriendo la curva de mi espalda hasta el borde del short, y de ahí siguió, sin pedir permiso, hasta apretarme una nalga entera en la palma. Me quedé inmóvil, el trapo chorreando entre los dedos, el corazón golpeándome en los oídos. Tenía que decir algo. Tenía que pararme, decirle que no, irme. Lo pensé. Y no hice nada.

—Qué linda que sos —dijo en voz baja, el aliento caliente contra mi nuca—. Desde que entraste que no pienso en otra cosa. En cogerte, peti. Con el perdón de la palabra.

Sentí sus dedos colarse bajo la tela, apartar la bombacha y meterse entre mis labios, que ya estaban mojados sin que yo me hubiera dado cuenta. Se me escapó un suspiro que me delató más que cualquier palabra cuando el dedo grueso, callosito, me recorrió la raja de abajo hacia arriba y se detuvo en el clítoris a hacer círculos lentos.

—Uy, mirá cómo estás —murmuró contra mi oreja—. Toda chorreada. Y decís que no pensás en nada.

No era miedo lo que tenía. Era otra cosa, algo que nunca me había animado a nombrar, y que él reconoció enseguida, como si supiera leerme mejor que yo misma. El dedo me entró despacio, hasta el fondo, y yo apreté los dientes para no gemir. Salió mojado, brillante, y él se lo llevó a la boca sin dejar de mirarme.

—Rica sos —dijo, chupándose el dedo entero—. Ya me lo imaginaba.

Me ayudó a incorporarme con una suavidad que no le pegaba a esas manos grandes. Me dio vuelta despacio y me miró a los ojos antes de besarme. No fue un beso apurado. Fue lento, demandante, de hombre que sabe lo que quiere y tiene toda la paciencia del mundo para conseguirlo. La lengua me abrió la boca sin pedir permiso, me buscó la mía y me la chupó como si me estuviera avisando lo que iba a hacerme abajo. Me apoyé contra la mesada porque las piernas no me respondían, y él aprovechó para meterme la rodilla entre los muslos y hacerme montar sobre el bulto duro que le empujaba el pantalón.

—¿Sentís? —me dijo, mordiéndome el labio—. Eso me hacés vos, peti. Desde ayer con la pija dura por vos.

—¿Querés que pare? —me preguntó después, separándose apenas.

Era mi salida. La puerta abierta. Y lo escuché salir de mi propia boca, en un hilo de voz:

—No.

***

Me levantó la remera con una calma que me desarmó, mirándome todo el tiempo a la cara, no al cuerpo. Como si lo importante fuera lo que me pasaba a mí. El corpiño barato voló al piso y él se quedó un segundo mirándome las tetas antes de agacharse. Me besó el cuello, la clavícula, bajó hasta los pechos y se los llevó a la boca de a uno, chupándome los pezones despacio, tirándolos con los labios, mordiéndolos apenas hasta que se me pusieron duros como piedritas. La lengua me daba vueltas alrededor de la areola y después me tragaba entero el pezón, y yo era la que empujaba contra su boca pidiendo más, agarrándole la cabeza calva para que no se separara.

—Tranquila, peti —me dijo con la boca llena de teta—. Tenemos toda la noche. Te voy a comer entera.

Me bajó el short y la bombacha juntos, arrodillándose delante de mí, y yo quedé con el culo apoyado en la mesada fría de la cocina, en pelotas, con las piernas abiertas para él. Me besó el ombligo, el hueso de la cadera, el pliegue del muslo, evitando adrede el lugar donde yo lo necesitaba. Yo le agarré la cabeza calva sin saber qué hacer con las manos, temblando de una manera que no tenía nada que ver con el frío.

—Pedime —murmuró contra la ingle—. Decime qué querés.

—Ahí —le pedí, roja de vergüenza—. Ahí, don Ricardo, por favor.

—¿Ahí dónde, peti? Decilo.

—En el coño —susurré, casi sin voz—. Chupámelo. Chupámelo, por favor.

Se rió bajito y me obedeció. Me abrió los labios con dos dedos y me clavó la lengua entera, de abajo hacia arriba, lamiendo lento como si fuera un helado. Se me escapó un grito que reboté contra la mano. Me chupó el clítoris tirándolo con los labios, me metió la lengua adentro, me mordió los labios menores. Sabía. Sabía exactamente dónde poner la boca y cuánto tiempo dejarla ahí. En el pueblo, los pibes manoteaban torpes en la oscuridad de un auto prestado y se me venían encima con la lengua dura. Esto era otra cosa. Esto era un hombre que me estaba comiendo la concha como si fuera lo único que le importaba en el mundo, con los dos dedos gruesos entrándome y saliendo, mojándose enteros, mientras la lengua me trabajaba el clítoris sin descanso.

—Me voy a… —alcancé a decir, agarrándole la cabeza—. Don Ricardo, me voy a…

—Acabame en la boca, peti —gruñó él, sin dejar de chuparme—. Dale.

Y me acabé. Me acabé en su boca, temblando entera, sacudiéndome contra la mesada, con la mano tapándome la propia boca para no despertar a nadie que no había en toda la manzana. Él siguió chupando despacio hasta el último espasmo, tragándose todo, limpiándome con la lengua hasta que yo ya no aguanté más y le tuve que apartar la cabeza porque me daba corriente.

Cuando ya no podía más, cuando me temblaban las rodillas y me había mordido el labio hasta hacerme doler, me llevó de la mano a su habitación. Una cama enorme, sábanas frescas, una lámpara baja que dejaba la mitad de todo en sombra. Se sacó la camisa, después el pantalón, y cuando se bajó el calzoncillo se me cortó la respiración. La pija le saltó afuera, dura, gorda, roja en la punta, con una vena gruesa que la recorría entera. Nunca en la vida había visto una así. En el pueblo lo que había visto en la oscuridad de los autos no se parecía en nada.

—Vení —dijo, sentado en el borde, con esa seguridad de siempre—. Despacio. Chupámela un poco primero.

Me arrodillé entre sus piernas abiertas, temblando. Le agarré la pija con las dos manos —no me entraba en una sola— y la sentí latir, caliente. Saqué la lengua, tímida, y le lamí la punta con miedo. Él suspiró hondo, me agarró el pelo con una mano y me guió.

—Así, peti. Abrí grande. Metétela toda la que puedas.

Abrí la boca y me metí la cabeza gorda entre los labios. Me estiraba entera la mandíbula. Bajé despacio, empujando hasta que el glande me tocó el fondo de la garganta y me hizo llorar los ojos. La saqué, tomé aire, volví a bajar. La saliva me chorreaba por el mentón. Él me marcaba el ritmo con la mano en el pelo, sin lastimarme, enseñándome.

—Con la lengua —me susurraba—. Movela abajo, peti. Así. Uh, qué bien lo hacés. Cualquiera diría que no es la primera vez.

La chupé hasta que la sentí hincharse todavía más entre mis labios, hasta que él me tiró del pelo para atrás y me sacó la pija de la boca con un ruido húmedo.

—Pará, pará, que me venís y todavía no. Vení para acá.

Me tiró de espaldas en la cama y me abrió las piernas con las rodillas. Fue mi primera vez de verdad. Se escupió en la mano, se pasó la saliva por la pija y me la apoyó en la entrada del coño, todavía mojado de él. Empujó despacio. La cabeza me abrió los labios y hubo un momento de tensión, de dolor que me hizo apretar los dientes y clavarle las uñas en los hombros. Él se quedó quieto, esperándome, acariciándome el pelo hasta que el cuerpo se me soltó solo y lo dejé entrar. La sentí abrirme por dentro, milímetro a milímetro, hasta que sus huevos me tocaron el culo y entendí que ya la tenía toda adentro.

—Toda adentro tuyo, peti —jadeó contra mi oreja—. Mirame. Mirame cómo te la meto.

Después fue todo movimiento lento, profundo, su frente apoyada en la mía, la pija saliendo casi entera y volviendo a hundirse hasta el fondo, mi respiración entrecortada llenando el cuarto. El dolor se me fue transformando en otra cosa, en un ardor que pedía más, en un vacío que se llenaba y se vaciaba al ritmo de sus caderas.

—Mirame —me pedía—. Quiero verte la cara mientras te cojo.

Y yo lo miraba, y me dejaba mirar, y por primera vez en la vida entendí lo que la gente quería decir cuando hablaba de perder la cabeza. Me agarró una pierna y me la subió al hombro, y desde ese ángulo la pija me llegaba a un lugar adentro que yo no sabía que tenía. Me empezó a coger más fuerte, la cama crujiendo, los huevos golpeándome contra el culo con un ruido húmedo que me daba más vergüenza que el gemido que se me escapaba en cada embestida.

—Decilo —jadeó—. Decime cómo la tenés.

—Adentro —gemí—. La tengo toda adentro, don Ricardo. Toda tuya.

—Puta madre, peti. Sos un coño divino. Apretado, chiquito, caliente. Hecho para mi pija.

Me dio vuelta boca abajo, me levantó el culo tirándome de la cadera y me la volvió a meter de atrás, y ahí ya no fue lento. Ahí fue una cogida en serio, de las que hacen crujir la cama y que a mí me sacaron un grito contra la almohada. Me agarró un mechón de pelo, me arqueó, y me la clavó hasta el fondo con un ritmo que me subía cada golpe hasta el estómago. La otra mano me buscó el clítoris por debajo y me lo empezó a apretar con dos dedos, en círculos, sin dejar de garcharme.

—Acabate otra vez, dale. Acabate con la pija adentro. Quiero sentírtelo.

Le clavé las uñas en las sábanas y me acabé por segunda vez, apretándole la verga adentro, mordiendo la almohada para no gritarle a los vecinos. El coño se me contraía en oleadas alrededor de él, chupándolo, y él aguantó unos segundos más hasta que lo escuché gruñir y sentí cómo se le hinchaba entera adentro mío.

—Adentro, peti, ¿te acabo adentro?

—Sí —le dije, sin pensarlo, mordida por algo más viejo que yo—. Adentro. Acabame adentro.

Me clavó los dedos en la cadera y se hundió hasta el fondo. Lo sentí latirle la pija adentro y después el chorro caliente, largo, llenándome, y otro, y otro. Se quedó ahí, apretado contra mi culo, jadeando contra mi espalda, hasta que la última gota se me quedó adentro. Me siguió poco después, abrazándome fuerte, diciendo mi nombre contra mi oreja mientras me caía encima de a poco.

Nos quedamos así, pegados, sudados, respirando agitado en esa cama que olía a él. Cuando por fin sacó la pija, sentí un hilo tibio bajarme por el muslo y no me molesté en limpiarlo. No dije nada. No hacía falta. Ya sabía que esa pieza del fondo iba a quedar para guardar la valija.

***

Desde esa noche, mi vida tuvo dos turnos. De día era la empleada: barría, cocinaba, colgaba la ropa al sol del jardín. De noche, él aparecía en la puerta de la cocina con una media sonrisa.

—Vení, peti —decía—. Que te extrañé todo el día.

Y yo iba. Ansiosa, sin que me lo tuviera que pedir dos veces. Me enseñó cosas que en el pueblo ni se nombraban. Me enseñó a mamársela mirándolo a los ojos, a montarlo despacio y a dejar que me diera vuelta y me cogiera de atrás contra la mesada mientras yo cocinaba. Me enseñó a que me lamiera el culo sin tener vergüenza, a acabar con dos dedos suyos adentro y el pulgar en el clítoris, a pedirle la corrida en la cara cuando se le antojaba. La casa entera se volvió nuestra: la ducha al amanecer, con él detrás mío y la pija resbalando contra mi culo enjabonado; el sillón del living con la tele encendida y nadie mirándola, yo boca abajo con la falda subida y él arriba mío; una tarde de calor en la pileta, con el agua hasta el cuello y la luna entera para nosotros, mis piernas trepadas a su cintura y su verga entrando y saliendo bajo el agua.

—Abrí los ojos —me decía en esos momentos—. No te pierdas nada. Mirame cómo te la meto.

Yo, que había llegado decidida a juntar unos pesos y volverme, ya no pensaba en volver. Me había convertido en otra. Una que esperaba la noche con el coño mojado desde la siesta, que se sabía deseada, que había descubierto que el placer también era una forma de mandar. Le aprendí a jugar con la pija en la mano hasta ponérsela dura donde yo quería, a hacerlo esperar, a sentarme arriba y moverme lento hasta que me pedía por favor que lo dejara acabar. Cuando él me susurraba «sos mía», con la verga hasta el fondo, yo le contestaba «y vos sos mío», y ninguno de los dos mentía.

***

Pasaron unas semanas y lo empecé a sentir en el cuerpo. Los pechos hinchados, sensibles al roce de la remera. Un cansancio que me tumbaba después del mediodía. Y, sobre todo, la falta. La regla que nunca se atrasaba, atrasada.

Compré un test en la farmacia de la esquina con el corazón en la garganta y me encerré en el baño del fondo a esperar. Dos rayas. Clarísimas. Embarazada. Del patrón. Del hombre que me había sacado de la inocencia y me había vuelto su costumbre de cada noche, el que me llenaba el coño de leche sin cuidarse porque los dos preferíamos así.

Me agarró un miedo que no había sentido nunca. Me imaginé en la calle, con la panza y la valija, escuchándolo decir «andate a tu pueblo, peti, yo no me hago cargo de nada». Me imaginé a mis viejos preguntando qué había pasado. Lloré toda la tarde tirada en la cama del fondo, hasta que no aguanté más y decidí decírselo esa misma noche.

Lo encontré en el living, en short y remera, con una cerveza en la mano. Me paré delante de él, las manos sudadas, la voz hecha un hilo.

—Don Ricardo… le tengo que contar algo. Estoy… estoy embarazada.

Se me quebró la voz en la última palabra. Bajé la vista al piso. Esperé el grito, el insulto, la sentencia.

Él se quedó callado un segundo largo. Y de golpe se rió. Una carcajada de pecho, ancha, que retumbó en toda la casa. Se levantó, dejó la cerveza en la mesa y me agarró la cara con las dos manos.

—Pero mirá vos —dijo, con los ojos brillándole—. Mirá lo que hicimos.

—¿No está… no está enojado? —pregunté, sin entender.

—¿Enojado? —Me besó la frente, las dos mejillas, la boca—. Hace años que esta casa estaba muerta, peti. Hace años. Y venís vos y la prendés fuego entera. —Me apoyó la mano en la panza todavía plana, con un cuidado que no le había visto nunca—. Acá adentro hay algo mío. Algo nuestro. ¿Cómo me voy a enojar?

Lo miré atónita, sin saber si llorar de alivio o de vergüenza. Él me secó una lágrima con el pulgar.

—De empleada no sé cuánto vas a durar —dijo, medio en serio, medio en broma—. Te voy a tener que conseguir una que cocine, porque vos vas a estar ocupada siendo otra cosa en esta casa. La madre de mi hijo, para empezar. Eso sí que es para siempre.

Me abrazó fuerte, y yo me dejé abrazar, escondida en ese pecho ancho que ya se me había hecho costumbre. Afuera arrancaba a llover sobre el jardín, y por la ventana se veía la pileta quieta, el agua donde tantas noches habíamos sido los únicos despiertos del barrio.

—Me cambiaste la vida, ¿sabés? —le dije bajito, con la voz todavía rota—. Vine a juntar unos pesos y mirá.

—Mirá —repitió él, y me besó el pelo—. La que cambió todo acá fuiste vos.

Esa noche no hubo apuro. Hubo manos lentas, palabras al oído, una ternura nueva que el miedo de la tarde había dejado al descubierto. Me desnudó despacio, me tendió boca arriba, me abrió las piernas y me la metió mirándome a los ojos, sin dejar de acariciarme la panza plana donde ya crecía lo suyo. Se movió hondo, lento, largo, sin apuro por acabar, susurrándome «madre mía, sos la madre de mi hijo» contra la boca hasta que los dos nos vinimos abrazados, él adentro mío por última vez esa noche, yo acabándome despacio, sin gritos, temblando por debajo. Y mientras me quedaba dormida contra su hombro, con el semen todavía tibio saliéndoseme entre las piernas y la lluvia golpeando los vidrios, entendí que aquella piba asustada que había bajado del micro en Retiro ya no existía. En su lugar había otra: una mujer que había venido a servir y se había quedado a quedarse. Para siempre.

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Comentarios(8)

DiegoBsAs

que bueno!!! necesito la continuacion ya

Valentina_Kre

Me encanto como lo contas, se siente autentico. Hay algo en los relatos de confesiones reales que les da otra dimension. Sigue compartiendo!

SusyBA_21

Me recordo a cuando yo trabajaba cuidando una casa en Palermo, hay cosas que pasan puertas adentro que uno nunca imagina jajaja

FernandoRd

Por favor escribi mas de esto, me quede con la historia cortada. Espero la segunda parte con ansias!

Roxii22

tremendo relato, de los mejores que lei aca en mucho tiempo

Cuentero88

Bien narrado y con detalles justos, sin exagerar. Se agradece cuando alguien sabe contar una experiencia sin hacerla burda. Mis felicitaciones, 5 estrellas merecidas.

NocturnoCba

Y como termino todo despues de esa noche? el patron sabia que eras nueva en la ciudad desde antes? me quede con preguntas jeje

PalomaRdz

el titulo engancha demasiado, lei de un tiron. Muy bueno!!!

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