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Relatos Ardientes

El cliente extranjero me invitó a su fiesta de nochevieja

Algunas personas que me reconocen por lo que escribo me han pedido que cuente otras situaciones que vivo, más allá de prostituirme cada tanto. Porque sí: no solo me pagan por sexo, también me usan en otras circunstancias. Y de eso va esto.

Acabo de volver de un viaje de trabajo. Hoy es seis de enero y llegué a primera hora de la tarde desde Marsella, donde estuve unos días con dos clientes. De ese viaje y de cómo me usaron también habría que hablar, pero lo que hoy quiero contar es la fiesta de fin de año a la que me invitó uno de ellos.

Es un cliente que conocí a través de unos contactos de Tarragona. Es alemán, aunque hace más de diez años que vive en la Costa Blanca y tiene varios negocios para los que necesitaba mi colaboración. No voy a concretar ni una cosa ni la otra. Últimamente teníamos bastante relación, buen rollo, ya me había follado en su casa varias veces, sola y con otros, y hace unos días me dijo que cada año montaba una fiesta con amigos y colaboradores, y que le gustaría que yo fuera. No tenía otro plan, así que acepté.

La casa es un chalet en una urbanización cerca de Calpe, una preciosidad en la que yo ya había estado. Calculé unas treinta personas, más hombres que mujeres, de casi todas las edades, aunque la mayoría más cerca de los cincuenta que de los míos: tengo veintinueve. De gente joven éramos un par de chicas y un par de tíos; el resto, mayores, hasta algún hombre de más de sesenta. Y eso sin contar a los chóferes, que comían aparte, en una carpa del jardín.

Yo había pensado en ponerme un vestido largo de espalda abierta, negro, pero al verme me pareció que me envejecía y era incómodo. Al final me compré uno corto: falda de piel con cremallera por detrás y el cuerpo completamente transparente, de rejilla, con las tetas a la vista sin la menor duda. Se sujetaba en la nuca con un broche que parecía una joya. Muy, muy sexy. Medias —pantis nunca, los odio— y unos tacones negros nuevos. Cuando llegué y me quité el abrigo, os juro que todos los tíos se giraron a mirarme. Había mujeres espectaculares, más altas que yo, con escotazos y vestidos de lujo, pero ninguna enseñaba las tetas como yo.

Llegué un poco antes de las diez. Dejabas el coche y dos chicos lo subían a un aparcamiento más arriba. El primero que me vio las tetas fue el aparcacoches. Luego me eché el abrigo por encima y entré. Pasé antes por la carpa a saludar a los chóferes y a desearles feliz año; a uno lo reconocí porque en verano ya me había follado, en otra ocasión en la que «me regalaron» a esos tíos. Se levantaron muy educados, sorprendidos de que una invitada los saludara. Más tarde me dijeron que casi nadie lo hacía, y eso me encantó.

El alemán vino a recibirme, me dio un beso en la boca, me dijo que estaba espectacular y me enseñó la casa. La habían transformado para la fiesta: muebles fuera para ganar espacio, las habitaciones convertidas en salones, los baños como los de un hotel, con toallas blancas. La zona de la piscina, habilitada para fumar, con sofás, almohadones gigantes y estufas de gas por todo el jardín. La suya, cerrada con llave.

—Para que nadie la use para follarse a alguien —me dijo riendo—. En estas fiestas puede pasar de todo.

Entonces me llevó a lo que antes era su gimnasio, donde ya me habían follado dos veces. Había terminado las obras y ahora era un espacio enorme, parte ganada al garaje. Una especie de zona de aguas, todo embaldosado en gris, suelo de cemento pulido con desagües, un banco corrido alrededor con cojines impermeables y, en la pared, unas anillas. Yo sabía para qué servían esas anillas: la segunda vez me ataron a ellas. Ahora había además duchas abiertas y unas mamparas de cristal para cerrar el espacio. Hacía un calor húmedo y aromático ahí abajo.

Me lo enseñó y os juro que me excité, porque tenía clarísimo por qué me lo enseñaba. Él fue amable todo el rato, como mucho me cogió de la cintura y elogió el vestido mil veces, nada más. Ni un beso más después del de la entrada.

***

Subimos y se disculpó: tenía que atender a los que llegaban. La planta principal se llenó enseguida. Los del catering sacaron comida durante horas, todo riquísimo, champán y barra libre. Me presentó a un montón de gente como su asesora, di mi contacto a casi todos —mis tetas y un buen prescriptor son una tarjeta de presentación inmejorable— y me sentí supercómoda. Se hablaba en alemán, en inglés, en catalán y en castellano, y la música sonaba en toda la casa menos en su habitación.

A las doce conectaron las teles repartidas por la planta, pusieron las campanadas y las seguimos todos con las doce uvas, que hubo que explicar a algunos. Al entrar el año, besos y abrazos con todo el mundo, alguna morreada con los que ya conocía. Muy elegante, nada hortera.

De las doce a la una, fiesta a tope, baile en plan disco, videoclips en las pantallas. Sobre la una el DJ dejó programada una lista y se marchó con el catering. Algunos invitados también se fueron, pero la mayoría se quedó. Y ahí empezó otra cosa.

***

El alemán sacó una bandeja. Al principio pensé que eran caramelos en sobres; eran condones, una bandeja enorme. Anunció que, por si alguien quería aprovechar la noche, abajo había una zona preparada. Me llamó a su lado, sobre los tres escalones desde los que hablaba, y subió también a una chica, Nadia, con la que yo había estado charlando. Me había contado que fue secretaria suya y que él le consiguió un puesto de subdirectora en un hotel de lujo; imaginé que también se la había follado un montón de veces, y supongo que ella pensó lo mismo de mí. Veintiséis años, guapísima, pelo corto, más alta que yo, delgada, con poco pecho y un vestido largo azul abierto por los laterales por el que se le veía todo al moverse.

Nos cogió a las dos de la cintura.

—Ya no queda nadie del servicio. Arriba sigue la fiesta toda la noche; abajo hay otra clase de diversión —dijo—. Han venido mujeres muy hermosas, amigas mías, con muchas ganas de pasarlo bien. ¿Verdad, chicas?

Las dos dijimos que sí casi sin darnos cuenta.

—Y vosotros sabéis cuánto me gusta apostar.

Toda la gente gritó que sí; yo no tenía ni idea, pero hasta Nadia asintió convencida.

—Primera apuesta de la noche —nos hizo dar una vuelta cogidas de su mano, enseñándonos—. ¿Cuál de las dos lleva algo debajo del vestido y cuál no? Y no me refiero al sujetador, evidentemente.

La gente se rió, porque a las dos nos habían visto las tetas toda la noche, y empezaron a apostar dinero de verdad, dejando billetes en cuatro bandejas distintas según el resultado. A él no le dejaron jugar, decían que tenía ventaja, pero nos susurró al oído lo que apostaba en secreto. Entonces le levantó el vestido a Nadia muy despacio, de espaldas al público, hasta la cintura: no llevaba nada. Y a mí me bajó la cremallera de la falda hasta el final y enseñó mi culo, sin rastro de tanga. Un grupo de cinco saltaba como si su equipo hubiera ganado la Champions. Contaron la pasta y se la repartieron.

Nos preguntó si queríamos bajar o quedarnos. Yo no sabía qué decir, y Nadia tampoco. Él se sirvió una copa y se puso a charlar como si nada. Le dije a Nadia que no tenía ni idea de lo de las apuestas; me explicó que él apostaba por todo, que le fascinaba, sobre todo con cosas raras como esa. Yo alucinaba.

***

Se nos acercaron los cinco que habían ganado, tíos de unos cuarenta, contentísimos. Ya nos pusieron la mano encima, la cintura, el culo, algún beso. Nadia me preguntó si quería bajar. Le dije que sí.

En la puerta del sótano, un cartel en tres idiomas prohibía los móviles. Los dejaron en unas cajas y, nada más entrar, ya tenía a dos encima sobándome. Cuando me quise dar cuenta estaba sin vestido, sin medias y sin zapatos, uno comiéndome el coño y otro desnudándose. Nadia, de rodillas, mamaba las pollas de los otros tres. A las anillas del banco les habían puesto abrazaderas de velcro, todas listas, para que nadie tuviera que buscar nada.

Me follaron por la boca y por el coño, turnándose, mientras notaba que bajaba más gente y nos miraban desde el cristal del garaje, incluso parejas. Me corrí varias veces. Cuando se cansaron, alguien propuso más apuestas, y la gente que había abajo, unas diez personas, aceptó. Nos sentaron a Nadia y a mí en el banco y apostaban a cuál de las dos le acertaban con un salivazo en la boca. Quedamos llenas.

—Qué cerdos son, joder —repetía Nadia.

—Ya lo sabía —le contesté.

Siguieron: quién aguantaba más una polla entera en la garganta, quién tragaba más. Se iban sumando tíos en pelotas. Cuando me quise dar cuenta estaba atada por las muñecas y por los tobillos a las anillas, despatarrada, y empezaron a metérmela todos, primero por el coño. Uno de los amigos del dueño, que ya me había follado otra vez y la tiene enorme, les dijo que se estaban perdiendo lo mejor, y ahí empezaron a darme por el culo, abierta y atada. Estrujones de tetas, azotes en los muslos y en el coño, agarradas del pelo, dedos en la boca después de metérmelos por detrás. Algunos con condón, otros no. Me corrí un montón de veces. A Nadia la tenían en una mesa central, también con anillas, follándosela boca abajo. Acabé llena de leche, casi todos corriéndose fuera, en las tetas o en la cara.

***

Sobre las cuatro y media, Nadia dijo que se iba. Me desató, se duchó allí mismo —las duchas son abiertas— y se despidió. Yo me di otra ducha para quitarme el semen y la saliva, y me quedé sola con los que quedaban.

Uno de los amigos del dueño se me acercó con un zumo, me quitó la toalla y me sentó desnuda en la mesa del centro.

—Mejor así, ¿verdad? —dijo, y todos asintieron.

Estaba seguro de que yo no me iba, de que quería más. Me agarró del pelo mojado, me dio una bofetada —a este le encanta pegarme— y me puso a comerle la polla, enorme y caliente de tanto bailar. Otro mamaba a su lado las que me metían en la boca. Fueron mucho más a saco, la bofetada los puso a mil. Me despatarraron en la mesa y me la metieron por el culo a base de bien, agarrándome de los pezones, soltándolos solo para pegarme. Me follaron por el coño y por el culo a la vez: uno tumbado debajo me sujetaba las piernas abiertas mientras el otro entraba a saco, y cuando salía me restregaba la polla por la cara o me escupía en la boca. Me corrí varias veces.

Una pareja miraba abrazada en un rincón. La mujer, altísima, rubia, operada, se acercó cuando me habían llenado la boca, me lamió la cara, me metió la lengua y me agarró de la garganta para que tragara. Después me escupió y me dio un par de hostias «por puta», dijo. Su marido, un tío de unos cuarenta y cinco con un cuerpo de gimnasio impresionante, se corrió en mi boca, desapareció, y volvió con dos copas de champán; acabó follándome por el culo hasta correrse dentro, y luego se la puso a su mujer en la boca para que se la dejara dura otra vez.

***

Bajó el alemán a preguntarme si lo estaba pasando bien, que era la sensación de la fiesta. Le pregunté la hora.

—Da igual, todavía no te vas.

Me dijo que había impresionado hasta a los chóferes cuando los fui a saludar. Yo pensé que íbamos a follar ahí mismo, pero tenía que atender a los invitados que quedaban arriba. Le pedí algo de comer y beber, me moría de hambre y de sed.

—Ahora te lo bajan. No subas.

A los cinco minutos aparecieron dos chóferes, vestidos, con una bandeja de vasos, zumos y agua, mientras yo estaba en pelotas. El que ya me había follado en verano me dijo que el jefe les había mandado traerme «víveres para sobrevivir en el sótano», y nos echamos a reír. Les habían dado permiso para bajar a disfrutar un rato.

—¿Te han usado mucho hoy? —me preguntó.

Abrí los brazos y las piernas.

—Ya ves.

—Qué buena estás.

Me levantó del suelo, me puso de rodillas y me hizo mamársela mientras el otro se desnudaba. Volvía a estar con dos tíos que me dieron como a una cerda: azotes en las tetas y en el culo, escupitajos en la cara, por el culo a lo bestia y por el coño aún más. Llegaron a meterme dos a la vez por detrás. La pareja, que seguía mirando, se volvió a poner a follar al lado. Acabé destrozada después de casi una hora.

Entró otra vez el amigo del dueño, vestido, con la lengua trabada por la cantidad de alcohol.

—Esta zorra hace muchas cosas muy bien, y hay dos que todavía no le he visto hacer hoy.

Me agarró del pelo, me tumbó boca arriba en el banco y se puso a mearme la cara, acercándola y metiéndola en mi boca hasta terminar. Luego los chóferes. Cuando pensé que se acababa, la mujer de la pareja se abrió de piernas sobre mi cara y me meó también, mientras su novio le meaba encima de la barriga y las tetas. Quedé empapada. Después el ruso —perdón, el amigo del dueño— me hizo comerle el culo para que lo vieran los demás, restregándomelo por la cara hasta que se dio la vuelta y se corrió encima de mí.

***

Al final nos quedamos la pareja y yo. Nos duchamos otra vez. Busqué mi vestido y no aparecía por ningún lado; les pedí que subieran a buscarlo. Volvieron con la ropa, menos las medias, y me dijeron que arriba ya casi no quedaba nadie. Me vestí y subí.

Desayunamos algo los que quedábamos. Yo estaba absolutamente reventada, me dolía todo, sobre todo el coño, el culo y los pezones, pero entera. Me habían tratado como a una puta un montón de gente, y ahí estaba, mirando el amanecer en una casa de lujo frente al mar.

El alemán me ofreció una habitación de invitados para dormir. Caí frita en un segundo y me desperté a las tres de la tarde. Me invitaron a comer y luego cogí el coche y me volví a casa. Lo único que me extrañó fue que él no me usara. Se lo dije al irme.

—Ya hablaremos en el viaje a Marsella —me contestó—. Cuando monto algo así tengo que ocuparme de todos. Lo nuestro lo dejamos para una buena sesión con calma.

A ver si cuento lo del viaje en la próxima. Gracias a todos los que me leéis.

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Comentarios (5)

Valentina_91

Madre mia que historia!! me engancho desde la primera linea, no pude parar de leer

DiegoCba_lec

Muy bien narrado, se siente completamente real. Espero que haya continuacion porque me quede con ganas de saber como siguio todo despues

Lucila_Baires

Me recordo a una situacion parecida en un evento corporativo hace unos años, esa sensacion de que todo se sale de control sin darte cuenta... lo describiste perfecto. Muy autentico el relato.

GeminiLector

buenisimo!! de las mejores confesiones que lei aca en mucho tiempo, sin dudas

oscar_baires

ese momento en el estrado jaja, tremendo. muy buen relato che

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