Confesión: me masturbaba con sus juguetes
Voy a contarlo como pasó, porque durante meses fingí que era una mujer correcta, tranquila, útil, casi invisible, y la verdad es que por dentro estaba ardiendo. Trabajaba en la casa de una pareja acomodada, hacía la limpieza, ordenaba los cuartos y me gané tan bien su confianza que me dejaban sola buena parte de la tarde. Yo sonreía, bajaba la mirada y decía que sí a todo. Nadie sospechaba lo que se me metía en la cabeza cada vez que subía a tender la cama principal.
Siempre me había gustado provocar en silencio. Debajo de la ropa sencilla me ponía encaje, ligueros, tangas diminutas que me rozaban el coño y me mantenían húmeda casi todo el día. No lo hacía por nadie en concreto al principio; era por mí, por esa sensación de ir disfrazada de muchacha seria mientras me sentía una perra caliente bajo la tela. Me excitaba pensar que nadie lo sabía. Me excitaba todavía más pensar que algún día alguien lo descubriría.
La pareja me trataba bien. Ella era elegante, reservada, de esas mujeres que hablan bajo y parecen tener todo bajo control. Él era más callado aún, pero tenía una presencia que se imponía sin esfuerzo. Varias veces lo vi cruzar el pasillo recién duchado, con una toalla floja en la cintura, el pecho mojado y el olor limpio del jabón llenándolo todo. Una tarde levantó el brazo para secarse el pelo y la toalla bajó un segundo de más. No fue más que un vistazo, pero me bastó.
Desde entonces empecé a tocarme por las noches pensando en él. No en besos torpes ni en caricias suaves, sino en su cuerpo encima del mío, en su mano agarrándome fuerte, en esa verga morena y pesada entrando donde nadie había entrado todavía. Yo ya era adulta, sabía muy bien lo que quería y lo que me gustaba imaginar, pero seguía siendo inexperta en ciertas cosas. Esa mezcla de ganas y falta de práctica me tenía loca.
Todo cambió el día que abrí un cajón que no me tocaba.
Había terminado de quitar el polvo y estaba guardando ropa doblada en el vestidor cuando una prenda se resbaló de mis manos. Al agacharme, golpeé sin querer una gaveta baja y quedó entreabierta. Iba a cerrarla de inmediato, pero vi un borde de encaje negro y me detuve. Miré hacia la puerta, escuché el silencio de la casa y tiré un poco más.
Ahí estaba su secreto.
Había conjuntos de lencería perfectamente acomodados, pero no era la ropa de diario. Eran piezas hechas para excitar: bodies transparentes, ligueros, tangas abiertas, medias finas, sostenes que apenas cubrían nada. Mezclados entre todo eso había varios juguetes, algunos pequeños y otros tan grandes que me hicieron apretar los muslos al instante. Uno tenía base ancha y una cabeza redondeada, con venas marcadas y un color oscuro que me hizo pensar en él de inmediato. Otro vibrador era alargado y elegante, casi demasiado bonito para lo obsceno que resultaba imaginarlo dentro de mí.
Sentí un golpe de calor entre las piernas. Se me mojó la tanga de golpe, como si mi cuerpo hubiera tomado la decisión antes que mi cabeza. Cerré la puerta del cuarto, no con llave por miedo a delatarme, pero sí hasta dejar apenas una rendija. Después volví al cajón y toqué una de las tangas. Estaba suave, tibia por el encierro, y aun así mi imaginación juró que guardaba el olor de su dueña.
Yo sabía que estaba cruzando una línea. Precisamente por eso no pude detenerme.
Me quité la ropa deprisa, quedándome solo con el sostén y la tanga mojada que llevaba puesta. Luego agarré una prenda de encaje negro y me la subí despacio por las piernas. Me apretó la cintura, me enmarcó el culo, me dejó el coño casi al descubierto. Después me puse el liguero y unas medias. Cuando me vi en el espejo del armario, con la cara colorada y el pecho subiendo y bajando, me mordí el labio. Parecía la clase de mujer que yo misma me imaginaba por las noches cuando quería correrme fuerte: una puta fina, escondida detrás de una apariencia decente.
Me senté en la orilla de la cama principal y pasé una mano por la colcha. Todo olía a ellos: perfume, jabón, piel, intimidad ajena. Ese olor me terminó de empujar. Abrí otra vez el cajón, saqué el dildo grande y lo sostuve con ambas manos. Pesaba más de lo que esperaba. Lo acerqué a mi cara y lo besé en la punta, apenas un roce, como si estuviera probando una idea que llevaba demasiado tiempo creciendo dentro de mí.
Luego abrí la boca y empecé a chuparlo.
Al principio fue torpe. La cabeza me golpeó la lengua y gemí solo de sentir el tamaño. Lo lubriqué con saliva, subiendo y bajando despacio, sacándolo para lamer el costado, metiéndomelo de nuevo hasta donde pude. Me imaginaba que era él el que me lo estaba dando, que me sujetaba el pelo desde atrás y me obligaba a abrir bien la garganta. Esa imagen me hizo temblar. Escupí sobre el dildo, lo agarré mejor y me lo hundí más, sintiendo arcadas leves y un placer sucio que me encendió entero el cuerpo.
—Así… métemela así —susurré, y oír mi propia voz diciendo aquello me puso peor.
Seguí mamándolo con ansiedad, ya sin elegancia, con saliva cayéndome por la barbilla y los pezones duros marcándose bajo el sostén. Movía la mano acompasando el recorrido, como si le estuviera haciendo una mamada de verdad a un hombre al que llevaba semanas deseando. Me saqué el juguete de la boca para frotarlo entre mis tetas y volví a meterlo. Cerré los ojos. Imaginé respiración masculina sobre mi cabeza, una orden seca, una palmada en la mejilla. Mi coño latió con tanta fuerza que tuve que meter la mano dentro de la tanga y tocarme el clítoris para no perder el equilibrio.
No sé cuánto tiempo pasé así, jadeando y chupando un juguete ajeno en una cama que no era mía. Solo sé que terminé arrodillada en el colchón, con la espalda arqueada y las piernas abiertas. Saqué el dildo de mi boca, lo miré cubierto de saliva y me dio un morbo brutal pensar que dentro de un rato estaría enterrado en mi coño. Me quité la tanga prestada, la doblé mal, sin cuidado, y la dejé a un lado para no romperla. Después pasé dos dedos por mi raja y comprobé lo mojada que estaba.
Estaba empapada.
Me puse en cuatro, apoyada sobre los codos. Con una mano me abrí los labios y con la otra acerqué la punta del dildo a la entrada. El primer empuje me hizo resoplar. No me entró completo ni mucho menos; tuve que quedarme quieta un momento, respirando, dejando que mi cuerpo cediera. Luego empujé otra vez. Sentí cómo me abría, cómo me llenaba poco a poco, y un gemido grave se me escapó directo contra la colcha.
—Joder… sí… así…
Seguí metiéndomelo despacio hasta que me sentí verdaderamente ocupada. Dolía un poco, pero me gustaba ese tirón, esa mezcla de ardor y gusto bruto. Me eché más hacia delante y empecé a mover las caderas. Cada vaivén hacía que el juguete me rozara por dentro de una forma distinta. Lo saqué casi entero y me lo volví a clavar. Esta vez más firme. Mis nalgas chocaron contra la base y yo tuve que morder una almohada para no gritar.
No tardé en coger ritmo. Entraba y salía de mí con un sonido húmedo que me avergonzaría repetir en voz alta, pero ahí me volvía loca. Lo cabalgaba hacia atrás, hundiéndolo con fuerza, luego giraba un poco la cadera y apretaba alrededor de él para sentirlo mejor. Tenía una mano ocupada con el juguete y la otra entre las piernas, frotándome el clítoris en círculos cada vez más rápidos. Sudaba. El liguero me marcaba los muslos. El espejo me devolvía una imagen obscena: una mujer adulta, temblorosa, vestida con lencería ajena y follándose sola como si no hubiera mañana.
Empecé a hablarme sucio porque lo necesitaba. Porque me excitaba oírme convertida en lo que solo me atrevía a ser allí, encerrada.
—Eso querías, ¿no? —me dije en un murmullo entrecortado—. Venir aquí a abrirte de piernas… tragarte sus cosas… correrte en su cama como una puta.
Mis caderas aceleraron. Saqué el dildo y me lo volví a meter de un golpe más brusco. Sentí un calambre rico subir desde el coño hasta la barriga. El placer ya no era delicado; era una urgencia sucia, casi rabiosa. Me llevé dos dedos a la boca, los chupé y los bajé a mi clítoris, frotando con más presión. Con la otra mano mantuve el vaivén. Me oía jadear, oía la cama golpear apenas contra la pared, y esa posibilidad de que alguien me descubriera solo lo empeoraba todo.
Entonces empecé a imaginarlo entrando.
Lo vi en mi cabeza con una claridad brutal: abriendo la puerta del cuarto, deteniéndose al verme en cuatro, con el culo en alto y el juguete hundido entre mis piernas. Imaginé su cara de sorpresa pasando a otra cosa más oscura. Supe exactamente qué quería que ocurriera después. Quería que me viera así de indecente. Quería que supiera que usaba las cosas de su mujer pensando en él. Quería que me humillara por eso y, aun así, me follara.
La fantasía me disparó el orgasmo. Me corrí con todo el cuerpo duro, sacudiéndome alrededor del dildo, gimiendo contra la sábana, apretando tanto las piernas que casi lo expulsé. Sentí la humedad extenderse, mis músculos contrayéndose una y otra vez, y tardé varios segundos en poder respirar con normalidad. Cuando por fin me dejé caer de lado, seguía teniendo el juguete dentro y el pulso desbocado.
Debería haber sido suficiente para asustarme y no volver a hacerlo. Fue exactamente al revés.
***
Regresé al cajón una semana después con menos culpa y más hambre.
Ya conocía los tiempos de la casa, las horas muertas, el ruido del portón, la distancia exacta entre el pasillo y el dormitorio principal. Ese día no me limité a mirar. Fui preparada. Debajo del uniforme sencillo llevaba unas medias y una tanga mínima que me había puesto solo para quitármela allí. Cerré las cortinas a medias, dejé la puerta entornada para escuchar cualquier movimiento y abrí el cajón con manos que ya no temblaban tanto.
Elegí un body transparente y me lo puse despacio, disfrutando la sensación de estar vistiéndome para nadie y para una fantasía muy concreta. Luego saqué un vibrador delgado, un plug pequeño y el mismo dildo oscuro de la primera vez. Los acomodé sobre la cama como si fueran herramientas de un rito privado. Solo verlos alineados me hizo soltar aire entre los dientes.
Empecé por mis pezones. Los pellizqué por encima de la tela, luego por debajo, hasta sentirlos duros de verdad. Metí la mano entre las piernas y acaricié mi coño a través del body, presionando donde más me latía. El vibrador fue primero al clítoris. Lo apoyé apenas y di un respingo. Era una vibración intensa, precisa, de esas que no te dejan pensar en nada más. Abrí las piernas, me recliné sobre la cama y lo fui moviendo alrededor de la zona más sensible mientras con la otra mano me separaba los labios para sentir mejor todo.
Mi humedad no tardó en manchar la tela. El body me estorbaba y me excitaba al mismo tiempo, así que me lo bajé hasta la cintura, dejando el pecho cubierto y el coño al aire. Metí un dedo, luego dos, solo para preparar el terreno. Entraban y salían resbalosos, y yo me mordía el antebrazo para ahogar los sonidos. Cuando me sentí lista, tomé el plug, lo cubrí de lubricante del cajón y lo pasé primero por mi entrada trasera. El contacto me hizo cerrarme por puro reflejo.
Respiré hondo y volví a intentarlo.
Lo fui empujando muy despacio, relajándome a cada milímetro, hasta que entró entero y me dejó una presión nueva, extraña, deliciosa. Gemí bajito. Tenerlo ahí me hacía sentir más abierta, más usada, más obscena. Me puse a cuatro otra vez, arqueando la espalda, y entonces sí agarré el dildo grande. Esta vez no fui tan tímida. Lo guié a mi coño mojado y me lo clavé con un movimiento firme, decidido, casi desafiante.
—Mírame —susurré hacia el espejo, como si él de verdad estuviera detrás.
Empecé a follarme con ganas. El plug apretaba por detrás y el dildo llenaba por delante; cada embestida mezclaba ambas sensaciones hasta volverlas una sola corriente de placer bruto. Me agarré del cabecero con una mano y con la otra mantuve el juguete entrando y saliendo. Mis nalgas temblaban. El sonido húmedo se volvió más fuerte. Podía sentir mis propios gemidos subiendo por la garganta sin que ya me importara demasiado contenerlos.
Volví a llevármelo a la boca un momento, solo para empaparlo más. Lo lamí, lo escupí, me lo pasé por los labios hinchados del coño y lo hundí otra vez. Cada vez que me abría y cerraba sobre él, pensaba en una polla real haciéndome exactamente eso, sin cuidado, obligándome a recibirla entera. La idea de seguir siendo inexperta y, a la vez, estar convertida en una mujer tan caliente me hizo sentir vulnerable y poderosa al mismo tiempo.
Me corrí una segunda vez más rápido de lo que esperaba, con el vibrador apretado contra el clítoris y el dildo dentro hasta el fondo. Fue un orgasmo más corto pero más violento, de esos que te dejan las piernas flojas y el coño palpitando. Me tumbé boca arriba, jadeando, con el plug todavía metido, y levanté una pierna para abrirme más. Me veía en el espejo y no me reconocía del todo. Eso me encantaba.
Había empezado a sacar el plug cuando oí un ruido abajo.
Me quedé congelada.
Primero pensé que era la casa crujiendo, algún vecino, cualquier cosa. Luego escuché una puerta cerrarse y pasos claros en la planta baja. El corazón me dio un salto tan fuerte que casi dolió. Me incorporé de golpe, me quité el plug, saqué el dildo de mi coño todavía apretado y me bajé el body como pude. Mis manos iban demasiado deprisa. Quería guardar todo, borrar mi rastro, volver a ser la mujer eficiente de siempre.
Pero los pasos subieron la escalera.
No tuve tiempo de vestirme del todo. Apenas alcancé a dejar el vibrador en la cama y ponerme de pie cuando la puerta se abrió por completo. Él apareció en el marco, con el ceño fruncido por la sorpresa. Yo me quedé helada. Tenía el body arrugado a la cintura, las medias puestas, el pelo revuelto y las piernas todavía abiertas de más. Sobre la colcha, a plena vista, estaban sus juguetes cubiertos de mi saliva y de mi flujo.
Ninguno dijo nada durante dos segundos que se me hicieron eternos.
—Así que eras tú —dijo al fin, cerrando la puerta detrás de sí.
Su voz no sonó indignada. Sonó baja. Pesada. Eso me desconcertó más que un grito.
—Yo… —intenté hablar, pero tenía la garganta seca.
—Te he visto rara varias veces cuando hacías el dormitorio —continuó, acercándose un paso—. Nunca pensé encontrar esto.
Bajé la mirada de puro reflejo, aunque una parte de mí quería sostenerle los ojos. Tenía miedo, sí, pero debajo del miedo había una excitación tan salvaje que casi me mareó. Sentía el coño todavía sensible, latiendo, y el cuerpo entero me pedía una sola cosa: que no se fuera.
—Lo siento —murmuré—. Yo no debía…
—No debías —repitió—. Y aun así lo hiciste.
Asentí. No tenía sentido mentir rodeada de pruebas.
Él avanzó hasta quedar muy cerca. Su mirada bajó a mi pecho, al body mal puesto, a mis muslos húmedos. Después recogió de la cama el dildo grande y lo sostuvo frente a mí. Estaba brillante. Yo tragué saliva.
—¿También te lo chupas? —preguntó.
Sentí un latigazo directo entre las piernas. La vergüenza me encendió más que cualquier caricia.
—Sí —contesté en un hilo de voz.
—Mírame cuando hablas.
Le obedecí. Sus ojos estaban clavados en los míos, duros, atentos, calientes.
—Sí —repetí, esta vez más claro.
Él levantó apenas la barbilla, indicando el juguete.
—Entonces hazlo otra vez.
Me arrodillé sin pensarlo. No sé si fue sumisión, deseo o simple inercia de fantasía cumplida, pero acabé en el suelo mirándolo desde abajo, exactamente como me había imaginado tantas noches. Abrí la boca y pasé la lengua por la cabeza del dildo. Él no me tocó al principio. Solo me observó. Esa mirada me desnudó más que cualquier mano.
Lo tomé entre los labios y empecé a mamarlo despacio, sin apartar del todo los ojos de él. Me acaricié una teta por encima de la tela y gemí alrededor del juguete. Entonces sentí su mano en mi pelo. No tiró fuerte, pero sí lo suficiente para marcar que estaba mandando. Me empujó apenas hacia delante. Entendí la orden y me lo metí más hondo.
—Eso —dijo—. Si te gusta jugar con cosas ajenas, al menos hazlo bien.
La crudeza de la frase me hizo gemir otra vez. Seguí chupando, usando más saliva, dejando que me guiara con la mano en la nuca. Él me soltó un momento para subirme el body hasta el pecho y dejarme el torso más libre. Luego me pellizcó un pezón y yo solté un jadeo ahogado alrededor del dildo. El dolor breve y el placer se mezclaron de una forma que me hizo apretar los muslos.
Cuando me lo sacó de la boca, un hilo de saliva quedó colgando. Me miró unos segundos y dijo:
—Date la vuelta. Apóyate en la cama.
Lo hice de inmediato. Quedé inclinada sobre el colchón, con el culo hacia él y el corazón desbocado. Escuché el ruido de su cinturón, luego el de la cremallera. No necesitaba verlo para saber lo que estaba pasando. Aun así giré la cabeza lo justo y lo alcancé a mirar de reojo. Tenía la polla fuera, gruesa, semidura todavía, y solo verla me dejó sin aire. No era fantasía. La tenía ahí.
—¿Esto era lo que querías? —preguntó, acercándomela a la cara.
Asentí, incapaz de hablar.
—Contesta.
—Sí —jadeé—. Sí, quería verla. Quería chuparla. Quería que me cogieras.
Él se rió por lo bajo, no burlón, sino oscuro.
—Al menos eres sincera cuando te descubren.
Me la puso en los labios. La abrí y esta vez no era silicona, era calor, peso, piel viva. La punta me rozó la lengua y gemí de pura impresión. Empecé a chupársela con hambre, acariciando la base con una mano mientras la otra se perdía entre mis piernas. Él creció rápido en mi boca. Cada vez que bajaba un poco más, notaba cómo se tensaba su muslo junto a mi hombro. Me sujetó el pelo con firmeza y me marcó el ritmo, no brutal, pero sí dueño. Yo obedecí encantada, ahogando pequeñas arcadas y dejando que me usara la boca hasta ponerme hecha un desastre otra vez.
—Joder —murmuró—. Llevabas tiempo pensando en esto.
Saqué la polla solo para contestar:
—Todos los días.
Esa confesión pareció rematar cualquier resistencia que pudiera quedarle. Me apartó con suavidad, me abrió más las piernas y pasó la cabeza de su polla por mi coño mojado, frotando de arriba abajo. Yo me estremecí entera. Quise echarme hacia atrás para buscar la entrada, pero me detuvo con una mano en la cadera.
—Quieta. Quiero sentir lo mojada que estás.
Volvió a pasarla por mis labios, lento, embarrándome más, rozándome el clítoris apenas. Era una tortura deliciosa. Cuando por fin se colocó en la entrada, se detuvo un segundo.
—Si te digo que pare, paras. ¿Entendido?
—Sí.
Entonces empujó.
La primera penetración me arrancó un gemido alto, involuntario. Era mucho más caliente, más duro y más vivo que cualquier juguete. Me abrió despacio al principio, dejándome adaptarme, pero cuando notó que lo estaba recibiendo bien, avanzó más. Yo me agarré a la colcha con fuerza. Sentía ardor, presión, una plenitud brutal que me hizo lagrimear un poco. Quería más y al mismo tiempo no sabía si mi cuerpo podía con tanto. Él lo notó porque se inclinó sobre mí y me dijo al oído:
—Respira. Entra toda si de verdad la estabas pidiendo.
Lo hice. Relajé las piernas, bajé el vientre y dejé que terminara de hundirse. Cuando estuvo completamente dentro, me quedé temblando. Él soltó aire contra mi cuello y se quedó quieto unos segundos, como disfrutando también de la sensación. Yo tenía el coño apretadísimo alrededor de su polla y cada pequeño movimiento me hacía ver chispas.
Luego empezó a embestir.
Primero lento, midiendo, sacando casi todo y volviendo a meterlo. Después más firme. Cada golpe me movía hacia delante sobre la cama. El sonido húmedo regresó, ahora mezclado con el choque de su pelvis contra mis nalgas. Yo no podía hacer otra cosa que abrirme más, echar el culo atrás y recibirlo. Me metió una mano bajo el vientre para encontrarme el clítoris y empezó a frotarlo al mismo ritmo que me follaba. Se me aflojaron las piernas.
—Así que te gustaba jugar a ser una perra escondida —dijo, jadeando cerca de mi oído.
—Sí…
—Pues mírate.
Me levantó un poco del torso para que viera el espejo. Ahí estábamos: él detrás, vestido a medias, empujando con la mandíbula tensa; yo inclinada sobre la cama, con el body subido, las medias puestas y la boca abierta. Ver la escena reflejada me terminó de desarmar. Parecía exactamente la fantasía que me había corrido tantas veces en la cabeza, solo que ahora me estaba pasando de verdad y se sentía mejor, más sucio, más intenso.
Él aumentó el ritmo. Ya no me estaba probando; me estaba cogiendo de verdad. Sus embestidas se volvieron más cortas y duras, golpeando un punto interno que me hacía gritarle el nombre una y otra vez. Yo metí la mano entre mis piernas porque necesitaba más, y él no me lo impidió. Me froté el clítoris con rabia mientras él seguía entrando hasta el fondo. El colchón crujía. Mis medias resbalaban. Mis gemidos dejaron de ser discretos.
—No pares —le pedí—. Por favor, no pares. Más fuerte.
—Ahora sí sabes pedir —respondió, y me dio exactamente eso.
Me agarró de la cintura con ambas manos y empezó a clavármela con una fuerza que me hizo soltar un grito ronco. Cada embestida me sacudía los pechos, me movía el cuerpo entero, me dejaba el coño latiendo alrededor de él. Yo apenas podía coordinar mis dedos sobre el clítoris, pero seguí tocándome porque estaba al borde. Él también respiraba más pesado; se notaba en la tensión de sus brazos y en cómo se le escapaban pequeños gruñidos.
El orgasmo me alcanzó de golpe. Me corrí apretándome con violencia alrededor de su polla, temblando contra la cama, con las piernas incapaces de sostenerme bien. Él no salió. Siguió embistiendo durante mi sacudida, aprovechando mis contracciones, y eso alargó el placer hasta volverlo casi insoportable. Yo gemía sin palabras, completamente rendida a lo que estaba pasando.
Poco después sentí cómo se tensaba detrás de mí. Me agarró más fuerte, me dio tres embestidas secas y se quedó enterrado hasta el fondo mientras se corría con un jadeo bajo, caliente, muy cerca de mi nuca. Lo sentí palpitar dentro de mí y me estremecí otra vez. Tardó unos segundos en retirarse. Cuando lo hizo, una mezcla espesa se deslizó por mis muslos y tuve que cerrar las piernas por puro reflejo.
Ninguno habló enseguida.
Yo seguía inclinada sobre la cama, respirando como si hubiera corrido kilómetros. Él se apartó, se acomodó la ropa a medias y luego tomó una toalla pequeña del baño para limpiarme con una calma extraña, casi cuidadosa, que contrastaba con la forma en que me había follado. Ese gesto me sacó un temblor distinto del cuerpo. No era ternura exactamente. Era otra cosa. Una intimidad rara, peligrosa.
—Esto no puede repetirse a la ligera —dijo al fin.
Me incorporé despacio, todavía con las piernas flojas. Lo miré. Tenía el pelo algo revuelto y la expresión mucho menos fría que al principio.
—Lo sé —contesté.
Era verdad y no lo era. Sabía que era un riesgo, una locura, una traición. Pero también sabía que en cuanto me quedara sola volvería a recordar cada segundo, cada palabra, cada empujón, y me correría otra vez solo con pensarlo. Mi confesión no termina con arrepentimiento limpio ni con moraleja. Termina con algo mucho más sucio y más honesto.
Termina con la certeza de que durante semanas chupé sus juguetes pensando en su verga, y que el día que por fin la tuve en la boca y dentro de mí, la realidad superó todo lo que había imaginado.
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