La masajista cumplió su promesa en la camilla
La primera vez con Lorena había sido algo que ninguno de los dos olvidaría. Aquel día descubrimos un squirt como nunca habíamos visto, y eso despertó un morbo nuevo, tanto en mi mujer como en mí. A Sofía le habíamos ido contando poco a poco toda nuestra intimidad, y fue ella quien eligió mi regalo de Reyes. Yo siempre había fantaseado con un masaje de final feliz, y ese deseo terminó decidiéndolo todo.
De cara a los demás, nuestra relación con Lorena seguía como si nada hubiera pasado. La veíamos casi a diario en el gimnasio: Sofía por las tardes y yo alguna mañana suelta, según me lo permitiera el trabajo. Pero por dentro algo había cambiado. Sofía cargaba con esa inquietud típica de cuando haces algo y una parte de ti insiste en que no debería. Lo que más le pesaba era el roce que había tenido con Lorena, mujer con mujer. Lo había disfrutado, pero su cabeza se negaba a admitirlo.
Sofía le recomendó tomárselo como una curiosidad y darse tiempo antes de decidir si quería repetir. Conmigo era distinto: ella se sentía profundamente heterosexual y todo había sido muy natural. Lo único que de verdad la asustaba era su familia y lo que podría pasar si alguien llegaba a enterarse.
Pero su deseo la traicionaba. Sus juguetes fríos ya no le sabían igual después de lo que había sentido sobre aquella camilla. Mi mujer lo intuía, y tenía claro que tarde o temprano Lorena daría el paso. No se equivocó. Una mañana le llegó un mensaje: «Me ha quedado la última hora del mediodía libre. Si quieres, dile a Diego que se pase y le miro ese tirón que arrastra en la espalda». Sofía quiso devolverle el gusto y, sin pensarlo, me llamó.
Llegué puntual. Lorena me recibió con una sonrisa, los ojos brillantes y un beso suave en los labios. Me hizo pasar a la sala y, sin perder un segundo, ella misma empezó a desnudarme.
—No hay tiempo que perder —me dijo.
Acto seguido se quitó la ropa, se arrodilló frente a mí y empezó a recorrerme con la boca despacio. Me dijo que le encantaba que me cuidara, que la piel suave le resultaba mucho más agradable. Le pregunté si había pensado en algo concreto.
—Primero me corro en tu boca —respondió sin dudar—. Después me lo haces de verdad.
Cuando ya me tenía completamente firme, la guie hasta la camilla. Le pregunté qué aceite prefería y me lo señaló con la barbilla. Vertí una cantidad generosa sobre su cuerpo y empecé a amasarle el pecho. Eran enormes; ni con las dos manos lograba abarcar uno entero. Jugué con sus pezones, que estaban erizados, pasando de uno al otro mientras ella, con una mano, me acariciaba el sexo a un ritmo lento y constante. Sus gemidos entrecortados decían más que cualquier palabra.
Bajé la boca a sus pezones, pequeños y duros, y los mordisqueé con cuidado mientras con la otra mano buscaba el centro de su placer. Se humedecía de una manera asombrosa. Deslicé los dedos en su interior; lo encontré caliente y resbaladizo. Alterné con su clítoris, hinchado y reclamando atención. Sus gemidos subían de tono, así que frené un poco: estaba a punto de estallar.
—Cómo me pones, Diego. Estoy en otro mundo —murmuró.
La hice girarse. Le coloqué una toalla enrollada bajo el vientre, le aceité la espalda y las nalgas y empecé a acariciarla con las dos manos a la vez: una recorría su columna, la otra dibujaba círculos más abajo. Mis dedos, bien lubricados, encontraron su entrada y fueron entrando sin resistencia. Primero uno, después dos, hasta llegar a tres. Su cuerpo se abría con una facilidad que daba gusto. Gemía sin descanso, pidiéndome más.
—Quiero que me la comas —dijo, anticipándose a mi pregunta.
La volví a girar, le acomodé la toalla bajo las caderas, le abrí las piernas todo lo que la camilla permitía y hundí la cara entre ellas. Besé primero los alrededores y después me concentré en el centro. Lamí, sorbí, dibujé con la lengua su contorno y me detuve en el clítoris mientras dos dedos trabajaban dentro de ella en el punto exacto que la enloquecía. Alcé la vista un instante y la imagen me dejó sin aire: los brazos abiertos en cruz, el pecho subiendo y bajando, la respiración rota.
Entonces empezó a temblar. Con un grito sostenido se vino sobre mi cara en un chorro potente que me empapó por completo. El orgasmo fue brutal; me llenó la boca y casi me ahogo. Tardó varios minutos en relajarse, y cuando lo hizo quedó como desmayada: los ojos cerrados, los brazos colgando, la respiración pausada y una cara de felicidad absoluta.
Mientras yo me limpiaba, ella se incorporó. Se puso de rodillas, atrapó mi sexo entre sus pechos y empezó a frotarlo con ellos para terminar de devolverme la firmeza. Cuando lo consiguió, se levantó, apoyó las manos en la camilla, dejó descansar el pecho contra la superficie, levantó las caderas y, girando la cabeza, me lanzó una mirada que no admitía dudas.
—Dame fuerte, cariño. No te contengas.
Me deslicé dentro de ella de una sola embestida, hasta el fondo. Un grito ronco salió de su garganta. La agarré de las caderas y empecé a moverme sin tregua.
—Así, así —repetía—. No pares.
La sentía húmeda y apretada, y con cada empujón notaba que llegaba al límite. No bajé el ritmo. Sus gemidos crecían, su cuerpo se sacudía contra la camilla. Tenía el reloj de la sala justo enfrente y calculo que estuve casi media hora a ese ritmo, con pequeñas pausas solo para recuperar el aire. Lorena no paraba de hablar.
—Sigue así, no pares… me vas a matar… —decía entre jadeos.
Y volvió a correrse. Aferrada a la camilla, el cuerpo en tensión, gritando de gusto, su placer estalló otra vez en un chorro que salpicó todo a su paso, resbalando por sus piernas hasta el suelo y mojándome los pies. Las contracciones, el calor, el vaivén de sus caderas, todo se confabuló para arrastrarme con ella. Me corrí con una fuerza que no recordaba, notando la presión de su interior cerrándose en torno a mí. La sala quedó en silencio, inundada de un olor espeso a sexo.
Me retiré despacio. Estaba agotado, me temblaban las piernas y tuve que sentarme un momento en un pequeño taburete. Lorena vino hacia mí, se agachó y me besó con una ternura que parecía un gesto de agradecimiento, limpiándome con la lengua las últimas gotas. La sala era un desastre: toallas por el suelo, la ropa tirada, ese aroma que lo impregnaba todo. Mientras recogíamos en silencio, cada vez que nuestros cuerpos se rozaban ella me besaba y me acariciaba. Estaba feliz, y yo tenía la certeza de que los dos habíamos quedado más que satisfechos.
Nos despedimos con pocas palabras, un abrazo y un beso. Pero su mirada cargada de deseo me dejó claro que algo nuevo acababa de empezar.
***
Toda acción tiene su reacción. Mi mujer le había prestado a Lorena cierta herramienta de placer, pero con una condición: tenía que volver a quedar con ella. Lorena era mujer de palabra, así que al día siguiente concertó la cita. «Mi marido te da placer, pero tú me lo tienes que dar a mí», ese había sido el trato.
Sofía llegó puntual. Se notaba a Lorena con ganas de devolverle el favor a su amiga, pese a lo mucho que ella misma insistía en sentirse heterosexual. La hizo pasar, le pidió que se desnudara y la acomodó sobre la camilla, a su altura, todo en silencio y con una amabilidad enorme.
—Pídeme lo que quieras y yo te lo hago —le dijo Lorena.
—Quiero que te desnudes tú también —respondió mi mujer—. Me excita verte sin ropa.
Lorena se desvistió mientras Sofía la observaba con deseo.
—Quiero sentir tus manos por todo el cuerpo, pero sin ningún aceite —pidió Sofía.
Lorena la hizo girarse y empezó a acariciarle la espalda con una suavidad casi exasperante. Fue bajando poco a poco por las caderas, por los muslos, hasta llegar a los pies, y después remontó por la cara interna de las piernas hasta su zona más íntima. Le rozó el sexo, el perineo, la entrada trasera.
—¿Quieres que juegue un poco aquí atrás? —preguntó.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Sofía.
—Sí, me encantaría.
Lorena abrió un cajón y sacó una bolsa con lubricante y varios juguetes. Se los mostró para que escogiera, y Sofía eligió el más pequeño, que ya tenía un grosor en el límite de lo que se atrevía a probar. Lorena lo cubrió con un preservativo, lo llenó de lubricante, le alzó las caderas con una toalla enrollada y empezó a tantear la punta en su entrada. Notó enseguida que no era tan elástica como la suya, así que se lubricó un dedo y lo introdujo con delicadeza, trazando círculos para que fuera cediendo poco a poco. Después llegó el juguete, abriéndose paso con paciencia hasta quedar dentro por completo. Lo encendió a una velocidad media. Sofía dejó escapar los primeros gemidos y Lorena empezó a moverlo despacio, esperando a que se acostumbrara.
Con la otra mano comenzó a atender su sexo. Estaba tan empapado que no hizo falta nada más. Le hundía los dedos y los sacaba relucientes para jugar después con su clítoris. Sofía se deshacía bajo sus manos, con los pezones clavándose en la camilla. Le pidió que fuera más lenta; lo sentía venir y quería estirar el placer. Lorena bajó la vibración al mínimo, volvió a la bolsa y le mostró su favorito: un monstruo oscuro, descomunal, de aspecto realista, con venas marcadas y una punta intimidante.
—Ponte a cuatro patas, con las piernas bien abiertas —le pidió.
Con semejante artefacto, Sofía casi se echa atrás, pero asintió.
—Despacito, por favor.
Lorena lo lubricó en exceso, le separó los labios con una mano y con la otra empezó a empujar. Su cuerpo lo fue admitiendo poco a poco, con la sensación de partirse en dos. Lo metía y lo sacaba, insistiendo hasta llegar al fondo. Cuando lo tuvo acomodado, lo encendió. La vibración era demoledora. Puso también el de atrás a tope y, sujetando uno con cada mano, empezó a moverlos a la vez, simulando una doble penetración.
El malestar inicial se convirtió en puro placer. Sofía gemía, la respiración entrecortada. Lorena la trabajaba sin piedad, volviéndola loca. Mi mujer ya había probado a Adrián, que no era precisamente discreto, pero aquello era otra cosa. Sentía cómo los dos juguetes parecían fundirse en uno, los pezones tan duros que le dolían, el pecho balanceándose sin control.
Y explotó. Un orgasmo tremendo la sacudió por completo; perdió la noción del tiempo, sin saber siquiera de dónde le venía el placer. Intentó contener los gritos sin demasiado éxito.
—Me deshago, Lorena, no pares, no pares —suplicaba.
Cuando todo pasó, se quedó inmóvil, con los dos juguetes aún vibrando dentro. Le pidió a Lorena que se los retirara, y esta tiró de ellos con cuidado hasta liberarla. Su cuerpo soltó entonces todo lo que había acumulado dentro, derramándose sobre la camilla.
Lorena le dio una palmada cariñosa.
—¿Te has quedado a gusto?
—Si quieres follarte a mi marido, hazlo cuando te apetezca —respondió Sofía, todavía sin aliento—. Pero ya sabes que después me tendrás que hacer gozar a mí.
Llegó a casa dolorida. Me ocupé de cuidarla, de comprobar que todo estuviera en su sitio. La encontré aún enrojecida, con cierta sensibilidad que tardaría en irse. Le pregunté si lo había disfrutado.
—Esa loca me ha hecho correr como nunca —me dijo, medio riéndose—. Pero casi me deja sin piernas.