Mi confesión sobre la fantasía de infidelidad
Lo cuento porque me sigue dando vergüenza, pero también porque fue la primera vez que entendí que la cabeza puede calentarte más que cualquier cuerpo delante de ti. Aquella noche me dormí en videollamada con mi novia, algo que hacíamos seguido desde hacía años. Los dos éramos adultos, vivíamos cada uno por su cuenta desde que terminamos la etapa universitaria, y aun así conservábamos esa costumbre vieja de quedarnos hablando hasta caer rendidos.
Ese día habíamos pasado la tarde juntos en mi departamento. Habíamos follado dos veces antes de que ella se fuera a su casa, una lenta contra la pared de la cocina y otra en mi cama, sudando, riéndonos y mordiéndonos como siempre. Quedé vacío, cansado y satisfecho, así que jamás imaginé que unas horas después iba a terminar pajeándome con una fantasía que me dejó el pecho ardiendo y la conciencia hecha mierda.
Me desperté de golpe a la una y media o quizá un poco más tarde. La pantalla del teléfono estaba casi negra, apenas encendida, y la llamada seguía abierta. Iba a colgar sin más cuando escuché algo que no era el zumbido del aire acondicionado.
Era un roce rítmico. Suave. Irregular. Como una mano moviéndose sobre tela o piel. Me quedé quieto, con el aparato pegado a la oreja, tratando de distinguir si de verdad había oído eso o si seguía medio dormido.
Entonces llegó otro sonido. Un gemido breve, ahogado, tan bajo que pude haberlo imaginado. Pero ya era tarde: mi atención entera quedó atrapada ahí.
—¿Se está tocando? —murmuré para mí, con la voz pastosa del sueño.
No tenía lógica. Si hubiera querido masturbarse tranquila, habría colgado. O eso pensé al principio. Después recordé cómo era ella cuando estaba caliente: caprichosa, juguetona, capaz de excitarse solo con saber que yo estaba del otro lado. Ese recuerdo fue suficiente para que me incorporara en la cama, subiera el volumen y contuviera la respiración para escuchar mejor.
Volvió el roce. Otra vez ese ritmo que parecía parar y retomar. Y otra vez, al fondo, una respiración que no sonaba dormida. Mi imaginación tardó segundos en ponerle imagen a todo: ella boca arriba, con una pierna doblada, la camiseta subida hasta el pecho, los dedos entre las piernas, húmeda todavía por lo que habíamos hecho por la tarde.
Conocía de memoria su cuerpo. La forma en que separaba más las rodillas cuando quería correrse. El modo en que sus pezones se ponían duros cuando le rozaba apenas la punta de la lengua. Cómo se apretaba los labios para no gemir fuerte cuando sabía que alguien podía escuchar.
Ese conocimiento me jodió. Porque cuanto más la conocía, más real se sentía lo que estaba imaginando.
Seguían oyéndose pequeños movimientos al otro lado de la llamada. Una sábana. Un golpe tenue en el colchón. Un susurro que no entendí. Ahí fue cuando todo se torció dentro de mí.
Recordé una conversación vieja, de esas que parecen irrelevantes hasta que una noche regresan para clavarse donde más duele. Ella me había contado tiempo atrás que un vecino de su edificio solía mirarla demasiado cuando coincidían en el ascensor. Lo había dicho entre risas, como anécdota. También me había contado que un par de veces ese tipo intentó sacar charla de más, con ese tono de hombre confiado que se cree irresistible.
No conocía su cara. Nunca la vi. Y quizá por eso mi cabeza la llenó con cualquier cosa: un hombre alto, más grande que yo, entrando de puntillas en su apartamento de madrugada. Ella abriéndole la puerta descalza. Llevándolo en silencio hasta su cuarto. Los dos conteniendo el ruido mientras el resto del edificio dormía.
Sentí el primer golpe de celos como un puñetazo en el estómago.
—No seas idiota —me dije—. Eso no está pasando.
Pero no colgué.
Al contrario, seguí escuchando con una mezcla enfermiza de rabia y necesidad. Porque mientras mi cabeza me decía que era imposible, mi cuerpo ya estaba reaccionando. Noté la sangre acumulándose entre las piernas, el calzoncillo tensándose, la polla endureciéndose despacio contra mi muslo.
La contradicción me encendió más. Me indignaba imaginar a la mujer que amaba con otro, y al mismo tiempo esa misma imagen me ponía duro como una piedra. Era una excitación sucia, incómoda, casi ofensiva para la idea que yo tenía de mí mismo. Pero era real. Y no dejó de crecer.
Otra respiración cortada sonó en el auricular. Luego un roce más rápido. Cerré los ojos y dejé que la escena se armara sola.
La vi en mi mente de perfil, recibiendo a ese desconocido en la cama. Vi sus piernas abiertas, esa forma tan suya de levantar la cadera cuando una polla le busca la entrada. Vi la cabeza húmeda deslizándose entre sus labios, separándolos despacio, y a ella mordiendo la almohada para no gritar cuando la penetraba hasta el fondo.
Solté una maldición entre dientes. Mi mano ya había bajado sola por el vientre.
Metí los dedos dentro del elástico y agarré mi polla. Estaba completamente dura, caliente, latiéndome en la palma. Sentí vergüenza incluso antes de empezar, pero no la solté. Apreté despacio, deslizando la mano de la base a la punta, apenas una vez, como si todavía pudiera detenerme.
No pude.
La llamada seguía abierta. El aire acondicionado al fondo. Algún movimiento lejano. Y yo, en mi cama, respirando por la boca mientras me imaginaba a mi novia siendo follada por otro hombre a pocos kilómetros de distancia.
Empecé a pajearme despacio. Cerré la mano más fuerte y repetí el recorrido, usando el líquido preseminal que ya me humedecía la punta. Cada subida me hacía ver algo nuevo. La imaginaba con el camisón recogido en la cintura. La polla de ese tipo entrando y saliendo de su coño mojado con un ruido húmedo que, en realidad, nunca escuché. Su ombligo temblando. Sus tetas rebotando con cada embestida. La cara vuelta hacia un lado, roja, excitada, sucia de deseo.
—Así, qué rico... —la imaginé diciendo con la voz quebrada.
Yo sabía que esa frase no había salido de su boca. Pero mi cerebro ya no estaba escuchando la realidad. Estaba fabricando porno en tiempo real solo con ruidos pobres y media sospecha.
La paja dejó de ser lenta enseguida. Empecé a mover la mano con más ritmo, apretando de verdad, notando las venas tensas bajo la piel. La punta resbalaba cada vez mejor. Mi respiración se volvió corta, nerviosa, igual que cuando estoy a punto de correrme pero todavía quiero aguantar un poco más para exprimirlo todo.
Lo peor era que cuanto más celos sentía, más me excitaba. Imaginé al vecino poniéndola a cuatro patas al borde de la cama, separándole el culo con una mano para mirar cómo se tragaba su polla. Imaginé a mi novia echando la cabeza hacia atrás, ofreciéndose entera, con el pelo pegado al cuello y la boca abierta. Imaginé las nalgas chocando contra la pelvis de ese hombre con un golpeteo sordo, rápido, prohibido.
Mi mano se aceleró.
Podía sentir el glande hinchado rozando mi palma en cada pasada. Los huevos tensos. El abdomen duro. El deseo subiendo en oleadas. La rabia ya no me quitaba excitación: la volvía más espesa, más animal. Me estaba calentando la idea de que ella disfrutara de otra verga, de que se abriera para otro como se abría para mí, de que se corriera intentando no hacer ruido mientras yo, al otro lado, la escuchaba sin saber si era cómplice o cornudo.
Me dio asco admitirlo incluso en ese momento. Pero me puso todavía peor.
Aflojé un segundo la mano para untar mejor el preseminal a lo largo del tronco y volví a apretar. Arriba, abajo. Arriba, abajo. Empecé a mover la cadera contra el aire, como si de algún modo necesitara acompañar el ritmo de esa escena inventada. Tenía la mandíbula tensa. El teléfono pegado a la oreja. La otra mano aferrando la sábana.
Y mi mente, desbocada.
Ahora la imaginaba arrodillada frente a él. Con la espalda recta, la mirada brillante, sujetándole la polla con una mano antes de metersela en la boca. La veía chupándola lenta al principio, húmeda y obediente, lamiendo la cabeza, dejándose empujar hasta sentir arcadas leves. La imaginaba babándole la verga, mirándolo desde abajo, excitada con el riesgo de que alguien la oyera en mitad de la noche.
Gemí yo. Un sonido ronco, feo, involuntario.
Mi mano trabajaba con fuerza de verdad, sin suavidad alguna. Ya no era una caricia. Era una paja intensa, apretada, casi desesperada. El tronco me latía con cada pasada. Sentía el cosquilleo acumulándose en la base, ese aviso claro de que estaba llegando al punto sin retorno.
Entonces, como si mi cabeza necesitara darme el golpe final, cambió otra vez la escena.
La vi tumbada boca arriba, con los muslos bien abiertos y el coño hinchado de tanto usarlo. El desconocido entre sus piernas, metiéndosela una y otra vez hasta el fondo. Ella agarrándose de las sábanas. Sus pezones duros. La boca torcida en un gesto de puro vicio. Y de pronto la escuché en mi imaginación con una nitidez obscena, diciéndole lo que a veces me decía a mí cuando estaba completamente rendida:
—No pares. Métemela toda.
Esa frase me atravesó.
Me pajeé más rápido, casi brutal. La mano subía y bajaba sin descanso, la piel del tronco estirándose húmeda, la punta tan sensible que dolía delicioso. El corazón me retumbaba en los oídos. Tenía el abdomen apretado y los muslos rígidos. Ya no estaba pensando en si era verdad o mentira. Solo quería corrérmela con esa imagen clavada dentro.
Imaginé al hombre agarrándole las piernas y abriéndoselas más. Imaginé mi polla sustituida por la suya, otra verga entrando donde tantas veces había entrado yo. Imaginé su coño apretándolo, tragándoselo entero, y a ella corriéndose sin llamarme, sin pensar en mí, entregada a otro cuerpo. Eso fue lo que me destrozó y me hizo explotar al mismo tiempo.
La primera contracción me dobló un poco sobre mí mismo.
Me corrí con un gemido seco, apretando la polla con toda la mano. El semen salió en chorros gruesos, calientes, disparándose sobre mi pecho y salpicándome el cuello. No dejé de moverme; seguí pajeándome durante las siguientes sacudidas, arrancándome más leche sobre el vientre, notando cómo cada latido del orgasmo me vaciaba mientras la imagen de ella con otro seguía brillando detrás de mis ojos.
Fueron varios espasmos seguidos. Intenso, sucio, casi violento. El glande me quedó extremadamente sensible y tuve que aflojar por fin la mano, respirando a tirones, con el cuerpo temblando y el semen enfriándose sobre la piel.
Me quedé inmóvil. El teléfono seguía en mi oreja.
Del otro lado no se oía nada extraño ya, solo el aire constante y un silencio normal, aburrido, inofensivo. Un silencio que me hizo sentir ridículo de inmediato.
Miré mi pecho manchado y me invadió una vergüenza tan brusca como el orgasmo anterior. No solo me había excitado una sospecha absurda. Me había corrido pensando en una infidelidad inventada, recreándola con detalle, disfrutando de una escena que me habría destrozado si fuera real.
Colgué la llamada con manos torpes y fui al baño a limpiarme. Bajo la luz blanca del espejo me vi la cara cansada, todavía colorada, y el semen resbalando por el abdomen. Abrí el grifo, mojé una toalla y empecé a pasarla por el pecho, evitando mirarme mucho tiempo.
¿Qué carajos te pasa?, pensé.
No tenía respuesta. Solo una mezcla rara de alivio, culpa y una excitación residual que seguía ahí, escondida debajo de la vergüenza. Porque, por más que quisiera negarlo, la escena todavía me rondaba. Ya me había corrido, sí, pero si cerraba los ojos otra vez, podía volver a verla: ella abierta de piernas, follando en silencio con otro, mientras yo escuchaba desde lejos.
Me limpié despacio y regresé a la cama. Miré la pantalla apagada del celular sobre la mesa de noche como si fuera culpable de algo. Quise convencerme de que todo había sido el cansancio, la madrugada, el exceso de imaginación y el recuerdo del sexo de la tarde. Quise decidir que al amanecer me reiría de aquello y no volvería a pensarlo nunca más.
Pero me conocía demasiado.
Porque incluso antes de dormirme otra vez, con el cuerpo relajado después de la corrida y la mente todavía revuelta, me sorprendí recuperando pequeños fragmentos de la fantasía. Ya no con pánico, sino con una curiosidad oscura. ¿Y si esa humillación imaginada era precisamente lo que me había puesto tan caliente? ¿Y si había una parte de mí que quería verla deseada por otros, escucharla, espiarla, sufrirlo y disfrutarlo a la vez?
La sola idea me hizo tragar saliva.
Al día siguiente ella me escribió temprano, cariñosa, normal, preguntándome si había dormido bien. Le respondí que sí, que me había despertado a mitad de la noche pero nada importante. No le conté la verdad. No le dije que me había pasado casi media hora escuchando ruidos insignificantes hasta convertirlos en una película de engaño. Mucho menos le confesé que me había corrido pensando en su coño abierto para otro hombre.
Guardé el secreto. Lo hice durante bastante tiempo.
Sin embargo, cada vez que después de eso teníamos videollamada y se hacía un silencio largo, yo notaba el mismo cosquilleo en el estómago. A veces deseaba no oír nada. A veces, en cambio, quería oír justo lo suficiente para que mi cabeza volviera a traicionarme. Un roce. Una respiración. Un gemido dudoso. Lo mínimo para encender de nuevo esa mezcla de celos, morbo y lujuria que me había dejado tan confundido.
Por eso lo llamo confesión. Porque no fue un accidente inocente ni una paja cualquiera. Fue el descubrimiento de una parte de mí que no sabía que existía. Una parte que se excita con imaginar a la mujer que ama siendo mirada, deseada o incluso follada por otro; una parte que sufre la fantasía y al mismo tiempo la ordeña hasta correrse.
No sé si esa noche mi imaginación me traicionó o si, en realidad, me dijo la verdad sobre lo que me calienta de verdad. Lo único seguro es que desde entonces nunca escucho un ruido ambiguo al otro lado del teléfono de la misma manera.
Y lo más honesto que puedo admitir es esto: si volviera a pasar, probablemente primero sentiría rabia. Después celos. Y, casi enseguida, la mano se me iría sola otra vez a la polla.
Para quienes leen desde Buenos Aires: escorts en Retiro, con fotos reales.