Lo que hice en un cine porno al salir de clase
Me llamo Abril, y aquella tarde no salí de casa buscando sexo. Salí con la cabeza vacía después de una jornada larga en el instituto donde estudiaba un posgrado, con el calor pegado a la piel y las ganas de caminar un rato antes de volver a mi apartamento. Iba vestida de una forma que me hacía sentir yo: pantalón ajustado, blusa suave, el pelo acomodado con cuidado y ese aire ambiguo que más de una vez había provocado miradas dobles.
Siempre me había gustado provocar un poco, aunque fuera solo con la forma de andar. No porque necesitara aprobación, sino porque me excitaba saber que alguien podía mirarme y dudar. Hombre o mujer. Chica o chico. Delicada por fuera, caliente por dentro.
Esa tarde pasé por una galería vieja que conectaba dos calles del centro. Casi todos los locales estaban cerrando. Las cortinas metálicas bajaban con estruendo y el eco hacía que el pasillo pareciera más vacío de lo que ya estaba. Entonces lo vi.
Un letrero de neón rosa y violeta, gastado, parpadeando con terquedad sobre una entrada oscura: «Cine». Me acerqué por simple curiosidad, o eso me dije al principio. Pero cuando leí la cartelera y entendí el tipo de películas que proyectaban allí, sentí el golpe directo entre las piernas.
Era un cine porno de los de antes, de esos que sobreviven como un secreto sucio en medio de la ciudad. Había dos funciones a punto de empezar. Miré a ambos lados del pasillo. No había nadie. El corazón me empezó a latir con más fuerza, no de miedo, sino de esa excitación nerviosa que te sube por el pecho cuando sabes que estás a punto de hacer algo que no sueles permitirte.
Compré una entrada con voz baja, intentando sonar tranquila. Detrás de la ventanilla, una mujer mayor y enorme apartó la vista de su televisión, tomó mi dinero y me deslizó un boleto rosado por la ranura.
—Sube al fondo. La sala de la derecha empieza ya. La otra, un poco después —dijo con una voz ronca, como si vender entradas para ese lugar fuera tan rutinario como vender pan.
Le di las gracias y avancé.
El pasillo era viejo, casi bonito a su manera. Alfombra roja gastada, detalles dorados, paredes azul oscuro y afiches amarillentos con cuerpos desnudos en poses exageradas. Me detuve frente a uno donde una trans se tragaba una polla enorme mientras la sujetaban del pelo. Solo mirarlo me secó la boca y me calentó de golpe. Sentí mis pezones tensarse bajo la tela.
Subí las escaleras despacio, oyendo el taconeo suave de mis botas cortas sobre los peldaños. Al llegar arriba vi las dos puertas abiertas y, sin fijarme bien, entré en la sala equivocada. Lo supe más tarde. En ese momento solo me recibió una penumbra tibia, el olor a tela vieja, semen seco y desinfectante barato, y el resplandor azulado de la pantalla.
Había poca gente. Muy poca. Un hombre delgado con barba, lejos, casi hundido en su butaca. Y otro más cerca de la entrada, separado de mí apenas por un par de filas. Era corpulento, con canas en las sienes y esa forma de mirar directa de los hombres que ya no se andan con rodeos.
Me senté intentando parecer casual, pero en cuanto él volvió la cara y dejó sus ojos sobre mí, supe que me había leído de inmediato. Vio mis gestos, mi ropa, mi forma de cruzar las piernas. Y yo vi cómo se llevaba la mano a la entrepierna y se frotaba por encima del pantalón, lento, descarado, mirándome sin pestañear.
Sentí un calor bruto atravesarme. Miré su mano. Miré la forma que empezaba a marcarse bajo la tela. Quise apartar la vista, pero no pude. Las luces terminaron de apagarse y la pantalla llenó la sala de destellos. Mi respiración cambió. Él se desabrochó el cinturón con una calma insultante.
Entre una escena y otra de la película, con la luz intermitente bañándonos apenas, vi cómo abría el pantalón y sacaba la polla. Gruesa, pesada, semidura todavía, apoyada sobre el muslo. No era bonita en un sentido limpio. Era mejor. Era real. Una polla adulta, de carne viva, llamándome.
Me quedé un momento inmóvil, sintiendo cómo la humedad me recorría la ropa interior y cómo mi propia verga, pequeña pero sensible, respondía aprisionada contra la tela. La película seguía al frente, gimiendo y jadeando, pero ya casi no la oía. Solo oía mi sangre.
Entonces me levanté.
Crucé las butacas con cuidado y me senté en su misma fila, a varios asientos de distancia. Él sonrió apenas, sin dejar de masturbarse. La punta de su polla brilló húmeda bajo el reflejo de la pantalla.
—Ven más cerca —murmuró.
Su voz era baja, grave, segura. No sonó como una orden violenta, sino como la clase de invitación a la que yo ya había decidido decir que sí incluso antes de oírla.
Me acerqué un asiento más. Luego otro. Hasta quedar pegada a él. Tenía olor a colonia barata, sudor limpio y macho excitado. Volteó un poco la butaca para hacerme espacio y abrió más las piernas.
—Qué bonita estás —dijo, mirándome el cuello, el pecho, la cintura—. ¿Cómo te llamas?
—Abril.
—Yo soy Darío. ¿Quieres tocarla?
No le respondí con palabras. Deslicé la mano por su abdomen, bajé hasta el vello áspero que asomaba y rodeé su polla con los dedos. Estaba caliente, viva, endureciéndose más al instante bajo mi palma. Darío soltó un suspiro largo y reclinó la cabeza hacia atrás.
Empecé despacio, subiendo y bajando la mano con la misma presión que a mí me habría gustado sentir. La piel se movía sobre el tronco grueso, la punta se humedecía más con cada caricia, y el sonido de mi mano deslizándose sobre él era casi tan excitante como los gemidos de la película.
—Así... sí, así —murmuró—. Tienes una mano deliciosa.
Me gustó oírlo. Me gustó sentirme observada y útil, convertida en el centro de su deseo en medio de aquella sala casi vacía. Bajé la cabeza y seguí masturbándolo mientras lo miraba de reojo. En la pantalla, otra trans se inclinaba sobre una polla. La coincidencia me hizo sonreír.
—Te pone, ¿verdad? —me dijo él, notándolo.
—Sí.
—A mí también. Pero ahora mismo me pones más tú.
Sus palabras me dieron el empujón final. Me arrodillé entre las butacas, apartando el cabello hacia un lado. Quedé a la altura exacta de su entrepierna, con la cara tan cerca de su polla que podía sentir el calor que despedía. La punta estaba hinchada y brillante. Abrí la boca y saqué un poco la lengua solo para tocarla.
Darío soltó un gemido seco, contenido.
Le di una primera lamida lenta desde la base hasta la cabeza, saboreando el salado de su piel y el olor espeso del sexo excitado. Después rodeé la punta con los labios y la metí despacio. Era gruesa de verdad. Mi boca tuvo que abrirse bien para recibirla. Bajé hasta donde pude y sentí cómo me tensaba la garganta.
—Joder... —susurró él—. No pares.
Volví a subir y a bajar, esta vez con más ritmo. Mi lengua trabajaba sobre el frenillo, mis labios apretaban, y una de mis manos masajeaba lo que no me cabía entero. Lo chupaba con hambre, sin hacerme la delicada, porque ya estaba demasiado caliente para fingir inocencia. La saliva me corría por la barbilla y resbalaba hasta mi cuello.
Darío me agarró el pelo con firmeza, no para hacer daño, sino para guiarme. Empujó un poco cuando bajé, y acepté la presión. Lo tomé más hondo. Sentí la cabeza golpeando el fondo de mi garganta y me dio arcada, pero no me aparté. Al contrario. Respiré por la nariz y lo dejé entrar otra vez.
—Eso es, trágatela —dijo, ya respirando más deprisa—. Qué boca tan rica tienes, Abril.
Oír mi nombre así, con su polla dentro, me puso todavía peor. Apreté los muslos. Mi propia excitación ya era dolorosa. Mientras mamaba, me llevé una mano al bulto de mi pantalón y me acaricié por encima. Darío lo notó y soltó una risa ronca.
—¿También quieres correrte, preciosa?
Asentí sin soltarlo, con la boca llena.
Él metió una mano por debajo de mi blusa y me tocó el pecho, los pezones endurecidos bajo la tela fina. Me los pellizcó con suavidad primero, luego con más firmeza. Yo gemí contra su polla y la vibración lo hizo estremecerse.
—Haz eso otra vez.
Lo hice. Lo chupé más rápido, tragando saliva, alternando mamadas largas con lamidas rápidas en la punta. Luego bajé a sus huevos y me los metí en la boca uno por uno, húmedos, pesados, mientras lo masturbaba con la mano. Darío abrió más las piernas y empezó a mover la cadera, cogiéndome la boca con pequeños empujes.
La película seguía proyectándose delante de nosotros, iluminando a ratos mi cuerpo medio inclinado entre los asientos. Aquello hacía todo más sucio, más público, más excitante. En cualquier momento alguien podía voltear y ver cómo una chica trans de aspecto delicado le tragaba la polla a un desconocido en una sala porno. Y en vez de asustarme, esa idea me mojaba más.
Darío bajó la mano hasta mi cintura, desabrochó mi pantalón y lo abrió lo suficiente para colar los dedos por dentro. Encontró mi ropa interior ajustada y apartó la tela hacia un lado. Sus dedos rozaron mi verga ya dura y soltó un gruñido de placer.
—Mira nada más... —dijo—. Estás ardiendo.
Dejó de guiarme el pelo solo para masturbarme. Su mano grande envolvió mi polla y empezó a moverla al ritmo de mi boca sobre la suya. Casi me vuelvo loca. Me saqué la polla de la boca apenas un segundo para jadear, pero él me la volvió a acomodar en los labios.
—No, sigue. Quiero sentirte mamármela mientras te pajeo.
Eso hice. Me hundí otra vez sobre él, dejando que me usara un poco más. Su mano subía y bajaba en mi polla con una seguridad experta. A veces me apretaba la base, a veces me frotaba la punta con el pulgar húmedo, y yo respondía con gemidos roncos, babeándole toda la verga.
—Qué bien chupas, joder. Como si hubieras nacido para esto.
La frase fue vulgar y perfecta. Yo no quería ternura en ese momento. Quería eso. Quería crudeza. Quería ser la perra hambrienta de su polla en la oscuridad de un cine decadente. Lo miré desde abajo, con los labios mojados alrededor de la cabeza, y él entendió que podía seguir.
Me tomó del mentón y me hizo abrir más la boca. Después empujó con más fuerza. Entró hasta el fondo una, dos, tres veces. Tuve que agarrarme a su muslo para no perder el equilibrio. Me ardían los ojos. La garganta se me llenó de saliva. Pero también me corría una descarga brutal por todo el cuerpo cada vez que me penetraba la boca.
Su mano dejó mi polla un momento y bajó a mi culo. Apartó la tela lo justo para meter los dedos entre mis nalgas y presionar. No llegó a entrarme, pero ese roce directo, húmedo y obsceno, me sacó un gemido tan fuerte que tuve que apartarme un instante para respirar.
—Quiero oírte —murmuró.
—Me encanta mamártela —le dije, ya sin fingir vergüenza—. Me encanta tener tu polla en la boca.
Le brillaron los ojos en la penumbra.
—Entonces vuelve y trágatela entera.
Volví. Esta vez con más hambre. Me la metí hasta donde pude, subiendo y bajando casi con furia. La mano en sus huevos, la boca abierta, la saliva cayendo a chorros sobre su muslo y el asiento. Sentía el sabor de su excitación cada vez más intenso. Sentía en su respiración que estaba cerca.
Darío me empujó el cabello hacia atrás y empezó a follarme la boca de verdad. Las embestidas seguían el ritmo entrecortado de sus jadeos. Yo me dejé hacer, tragándomelo, ahogándome un poco, sacándolo solo lo suficiente para chupar la punta y volver a hundirme. Mi propia polla latía dolorosamente; ya tenía el orgasmo acumulado en el vientre.
—Voy a correrme —dijo con la voz quebrada—. No te quites.
No tenía ninguna intención de quitarme.
Me lo metí bien hondo una última vez y mantuve la cabeza baja mientras él se tensaba entero. Sentí el primer chorro caliente golpearme el fondo de la garganta. Luego otro. Y otro. Se corrió con violencia, sujetándome fuerte del pelo, echándome la leche en la boca mientras gemía entre dientes. Tragué lo que pude y lo que no, se me escurrió por las comisuras y me manchó la barbilla.
Darío siguió soltando corridas cortas sobre mi lengua y mis labios. Cuando me aparté por fin, jadeando, me dio un par de golpecitos suaves con la polla todavía palpitante contra la boca abierta. Yo levanté la mirada hacia él, con la cara húmeda de saliva y semen, y vi en su expresión una mezcla de alivio, deseo y sorpresa.
—Mierda... —dijo—. Mamás de lujo.
Me limpié un poco con el dorso de la mano, sonriendo apenas. Pero no había terminado conmigo. Su respiración aún era pesada y su mano volvió a bajar a mi entrepierna, como si ahora quisiera devolverme el favor hasta el final.
—Ahora te toca a ti —murmuró.
Abrió más mi pantalón y sacó mi polla por encima de la ropa interior. Estaba dura, brillante, sensible hasta doler. La envolvió con la mano todavía húmeda de mi propia excitación y empezó a masturbarme con lentitud, mirándome mientras yo seguía de rodillas ante él.
—Tienes una verga preciosa —dijo—. Pequeña, sí, pero preciosa. Y estás a punto de correrte, se te nota.
Me mordí el labio. Sus palabras me prendían más de lo que quería admitir. Él siguió pajeándome, primero despacio, luego más rápido, sin perder el ritmo. Con la otra mano me acariciaba la nuca, el pecho, la cintura. Era un contraste extraño: vulgar con la boca, cuidadoso con las manos. Me volvía loca.
Yo le chupé la polla blanda que iba recuperando algo de dureza, solo la punta, por puro reflejo, mientras él me masturbaba. El cine entero pareció reducirse a ese asiento, su mano y mi respiración rota.
—Vamos, Abril. Córrete para mí.
Eso bastó. El orgasmo me subió desde el vientre hasta el pecho como una descarga eléctrica. Me arqueé, agarrándome del respaldo de la butaca, y me corrí en su mano a sacudidas, manchándome el abdomen y parte de la ropa abierta. Solté un gemido más alto de lo prudente, pero ya no me importó. Nada me importó durante esos segundos.
Darío no soltó mi polla hasta exprimir la última pulsación. Luego me acomodó la ropa con una tranquilidad casi íntima, como si aquella escena sucia entre desconocidos tuviera también algo de cuidado inesperado. Yo seguía temblando un poco.
Nos quedamos en silencio, mirando la pantalla sin verla realmente. Al fondo, el hombre barbudo seguía en su sitio, quién sabe si ajeno o simplemente acostumbrado a que en ese lugar pasaran esas cosas. La sala olía todavía más espesa: a sexo recién hecho, a semen, a tela caliente.
—Entraste por casualidad, ¿no? —preguntó Darío.
Solté una risa baja.
—Eso quiero creer.
Él sonrió y me acarició la mejilla con los nudillos.
—Pues ojalá te equivoques de sala más seguido.
Me subí la blusa, terminé de arreglarme y me senté a su lado un minuto más, intentando ordenar la cabeza. Menos de una hora antes yo caminaba de regreso a casa pensando en cosas completamente normales. Ahora estaba semidespeinada, con la garganta llena del sabor de un hombre maduro y las piernas aún flojas por haberme corrido en un cine porno.
No me sentí usada. Ni arrepentida. Me sentí viva, deseada, ferozmente excitada por haberme permitido cruzar una puerta que llevaba demasiado tiempo imaginando desde lejos.
Cuando por fin me levanté para irme, Darío me detuvo apenas tocándome la muñeca.
—Cuídate, Abril.
—Tú también.
Salí de la sala con el pulso todavía acelerado. Bajé las escaleras rojas, crucé el pasillo de afiches obscenos y volví a la calle como si nada hubiera pasado. Afuera seguía quedando algo de luz. La ciudad era la misma. Yo no del todo.
Mientras caminaba hacia mi apartamento, me llevé la lengua al labio superior y todavía pude saborearlo. Entonces sonreí. Había entrado por curiosidad, sí. Pero salí sabiendo exactamente por qué volvería.
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