La primera vez de mi mejor amigo en su cuarto
No voy a fingir que aquello fue un accidente, aunque al principio sí empezó como uno de esos impulsos que te cruzan la cabeza y te hacen actuar antes de medir las consecuencias. Yo llevaba semanas saturada por la universidad, por la gente de mi carrera y por una cadena de dramas que me tenían con la paciencia hecha mierda. Cuando me siento así, siempre termino buscando al mismo hombre: mi mejor amigo, el único con el que puedo tirarme en una cama a hablar basura durante horas hasta que se me baja la ansiedad.
Lo llamaré Darío. Nos conocíamos desde hacía años, desde que ambos éramos más torpes, más inseguros y bastante más ingenuos. Él siempre había sido reservado con las mujeres, educado al extremo, de esos tipos altos y delgados que llaman la atención sin darse cuenta, pero que se enredan apenas una mujer les sostiene la mirada dos segundos de más.
Yo sabía mucho de su vida y él sabía demasiado de la mía. Entre esas confesiones mutuas había una que salía de vez en cuando en tono de broma y que, en el fondo, le pesaba de verdad: todavía era virgen. No por falta de deseo. No por falta de ganas. Más bien por una mezcla de timidez, miedo a hacerlo mal y la costumbre de quedarse paralizado justo cuando una situación podía volverse real.
Aquel día llegué a su casa con la mochila al hombro, la cabeza llena de quejas y unas ganas tremendas de encerrarme en su cuarto con aire acondicionado. Sus padres no estaban, algo que me comunicó apenas me abrió la puerta con esa media sonrisa resignada que siempre le salía cuando me veía aparecer sin avisar.
—Te dejaron comida en la cocina —me dijo—. A ti te consienten más que a nosotros.
—Porque yo sí soy encantadora —le respondí, apretándole las mejillas.
Se quejó, me apartó las manos y me condujo a su habitación. Era un cuarto cómodo, con la cama junto a la pared, un escritorio con la computadora encendida y ese desorden típico de hombre que jura saber dónde está cada cosa aunque parezca un caos. Me tiré sobre el colchón mientras él se sentaba frente al monitor y empezaba a poner videos para hacerme compañía mientras yo despotricaba contra medio mundo.
Pasó más de una hora así, entre anécdotas, risas y comentarios idiotas. Yo estaba de mejor humor. Él también. Me acerqué por detrás para mirar la pantalla por encima de su hombro, y fue en ese momento, sin planearlo del todo, cuando soltó una pregunta con la voz baja.
—¿Cómo hacen ustedes para hablar tan fácil con la gente que les gusta?
—¿Ustedes quiénes?
—La gente normal —murmuró, sin dejar de mirar el video—. Yo me bloqueo. Me pasa siempre.
Lo miré de perfil. Tenía la mandíbula tensa y esa expresión medio avergonzada, medio frustrada. No era una novedad, pero aquel día le noté algo más pesado, como si de verdad se sintiera atrasado respecto al resto. Entonces pensé en lo fácil que era para mí tocar, besar, provocar, y en lo completamente inexperto que él seguía siendo en todo eso.
La idea me entró así, de golpe.
Me incliné, le sujeté la cara con una mano y lo besé.
Fue un beso suave al principio, apenas un roce de labios que lo dejó inmóvil. Darío tardó un segundo largo en reaccionar, como si su cerebro estuviera tratando de entender qué mierda estaba pasando. Yo sonreí contra su boca y repetí el beso, esta vez más firme, abriéndole apenas los labios con los míos hasta meter la lengua.
Estaba torpe. Mucho. Pero también atento. Cuando le marqué el ritmo, me siguió. Cuando le mordí suave el labio inferior, soltó un jadeo corto. Cuando me aparté, se quedó mirándome como si acabara de cambiarle el idioma al mundo.
—¿Y bien? —pregunté, sentándome en la cama.
—Acabas de darme mi primer beso —dijo al fin—. Mi primer beso de verdad.
Me reí.
—Entonces ya aprendiste algo hoy.
Se pasó una mano por el pelo, todavía incrédulo.
—¿Por qué hiciste eso?
Lo pensé apenas un segundo antes de decirlo.
—Porque quise. Y porque se me ocurrió algo mejor.
Frunció el ceño. Yo me incorporé y lo miré de frente, disfrutando la mezcla de nervios y curiosidad que se le veía en la cara.
—Si quieres, yo puedo ser tu primera vez.
Se quedó helado.
—¿Qué?
—Lo que oíste. Sin dramas, sin presión, sin hacerte sentir un idiota. Te conozco, confías en mí y yo no te voy a juzgar. Te enseño, probamos, y listo.
Darío tragó saliva. Vi cómo le temblaban apenas los dedos sobre el brazo de la silla.
—¿Lo dices en serio?
—Sí.
—No quiero que pienses que me estoy aprovechando.
—Serías muy malo aprovechándote de alguien, así que no me preocupa. La idea fue mía.
—Pero… ¿ahora?
—Ahora mismo.
Me puse de pie y le hice una seña para que viniera hacia la cama. Casi tropezó con sus propios pies, lo que me hizo reír, pero no me burlé más porque de verdad estaba nervioso. Cuando se sentó al borde del colchón, me arrodillé frente a él y volví a besarlo, esta vez sin darle tiempo a pensar demasiado.
Lo guié con paciencia, marcándole con la boca cómo debía abrirse, cómo responder, cómo no tensar tanto la mandíbula. Mis manos recorrieron su cuello, su pecho y bajaron despacio hasta la erección evidente bajo el pantalón. Apenas rocé el bulto con la palma, soltó un gemido ahogado en mi boca.
—Respira —le murmuré—. No tienes que hacerlo perfecto. Solo sentir.
Le quité la camiseta primero. Quería que se acostumbrara a ser mirado. A sentirse deseado. Él se dejó hacer, rojo hasta las orejas, con esa mezcla de vergüenza y excitación que me estaba calentando más de lo que esperaba. Me saqué mi blusa delante de él y luego el sostén, dejando mis tetas libres. Sus ojos se clavaron ahí con una intensidad tan limpia, tan hambrienta, que se me apretó el coño al instante.
—Tócalas —le dije—. Son tetas, no una bomba.
Levantó las manos despacio, como si todavía necesitara permiso. Sus palmas fueron primero tímidas, apenas un contacto inseguro, pero cuando notó mi piel caliente y cómo yo arqueaba la espalda para ofrecerme más, se soltó un poco. Amasó mis pechos con más firmeza, me rozó los pezones con el pulgar y luego se inclinó para chuparlos.
Ahí sí me sorprendió.
Lo hizo con una torpeza deliciosa: primero demasiado suave, luego más fuerte, después con una pequeña mordida que me arrancó un gemido real. Le agarré el pelo y lo pegué más a mi pecho. Sentir su boca en mis pezones, su respiración caliente y esas manos grandes apretándome me hizo mojarme rápido.
—Así —susurré—. Sigue así.
Cuando levantó la cara, tenía la boca húmeda y los ojos oscuros de deseo. Bajé la mano a su pantalón, le abrí el botón y metí los dedos por dentro del bóxer. Su polla estaba dura de verdad, tensa, caliente, latiéndome en la palma.
—Joder —dije, sonriendo—. Al menos esto ya sabe trabajar solo.
Él soltó una risa nerviosa, pero se le cortó cuando le bajé el pantalón y la ropa interior de una vez. La saqué y le quedó libre, erguida, con la punta brillante de preseminal. No era enorme, pero sí muy bonita, gruesa lo suficiente y completamente tiesa por la simple situación. La agarré de la base y vi cómo se le fue el aire.
—Mírame —le pedí.
Lo hice mientras subía y bajaba la mano despacio, repartiendo el líquido de la punta por todo el tronco. Mis dedos apretaban lo justo, girando un poco la muñeca al subir, y cada movimiento le sacaba un jadeo más roto. Luego me incliné y le pasé la lengua por la punta, apenas un lametazo lento que lo hizo cerrar los ojos de golpe.
—No, mírame.
Obedeció.
Me la metí en la boca sin apartarle los ojos de encima. Primero solo la cabeza, rodeándola con los labios, succionando suave. Después un poco más, hasta la mitad, ayudándome con la mano en la base para marcarle un ritmo constante. Su respiración se volvió irregular enseguida, y ese sonido me encantó. Era el gemido de un hombre que no sabía dónde poner el cuerpo porque todo le quedaba grande de excitación.
Fui bajando más, relajando la garganta para tragármela casi entera. Noté el estremecimiento brutal que le recorrió el abdomen cuando sintió mis labios llegar hasta la base. Empecé a chuparla de verdad, subiendo y bajando con la boca húmeda, dejando que la saliva corriera y usando una mano para acariciarle los huevos.
—Mierda… —jadeó—. Mierda, qué bien se siente.
Eso me animó a apretar más el ritmo. Lo mamé sin delicadeza fingida, con ganas, sintiendo cómo la polla se me endurecía aún más dentro de la boca. Le lamí el frenillo, la punta, el tronco entero, alternando succiones profundas con pasadas lentas de lengua. Él me miraba a ratos y a ratos echaba la cabeza atrás, completamente entregado.
Le vi venir antes de que lo dijera. Le temblaron los muslos. La cadera quiso impulsarse sola. Le sujeté una pierna para mantenerlo quieto y me la metí hasta el fondo, tragando su polla entera mientras gemía contra ella. Se corrió con un espasmo seco, soltando un sonido ronco que me calentó muchísimo. Sentí la corrida llenarme la boca y seguí chupando despacio, sin parar, para exprimirle hasta el último latido.
Cuando por fin me aparté, estaba temblando.
—Eso fue… no sé ni cómo decirlo —balbuceó.
Me limpié la comisura con el pulgar.
—No tienes que decir nada. Ahora te toca aprender a usar la lengua.
Me quité los pantalones y las bragas delante de él, sin ocultarle nada. Abrí las piernas sentada en la cama y lo vi quedarse mirando mi coño empapado con una fascinación casi reverente. Me gustó tanto esa expresión que me mordí el labio.
—Ven aquí.
Se arrodilló entre mis piernas. Le agarré la nuca y lo acerqué más.
—Primero bésalo. Sí, así. Sin miedo.
Sus labios tocaron mi coño con una suavidad que me hizo estremecer. Repitió el gesto varias veces, dándome besos torpes, húmedos, y luego pasó la lengua por mi entrada como si saboreara algo nuevo de verdad. Solté un gemido bajo y abrí más las piernas.
—Arriba está el clítoris. Ese botoncito. Lámelo despacio.
Obedeció al instante. La primera pasada fue insegura, la segunda mejor, la tercera ya tenía intención. Le fui corrigiendo el ritmo con la voz, diciéndole cuándo más suave, cuándo más firme, cuándo mantener la lengua plana y cuándo cerrarla en punta. Aprendía rápido, cabrón. Muy rápido.
—Ahora chúpalo un poco. Eso es… no tan fuerte… así, joder, así.
Ya me tenía gimiendo sin disimulo. Mis manos se hundieron en su pelo y lo guié contra mi coño, sintiendo su boca cada vez más confiada. Cuando le pedí dos dedos, los metió con cierta torpeza, pero tenía buena voluntad y unas manos largas que prometían. Se los fui acomodando.
—Curva hacia arriba —le dije, jadeando—. Busca la parte rugosa. Sí, ahí. Ahí mismo.
Me folló con los dedos mientras me chupaba el clítoris, y esa combinación me fue poniendo al borde muy rápido. Me abrí más para él, restregándome contra su cara sin vergüenza, dejándole el coño mojado hasta la nariz. Él seguía, hambriento, cada vez menos tímido, cada vez más metido en el papel de hacerme correr.
—No pares —gemí—. No pares, cabrón.
Pero me detuve justo antes de venirme. Lo empujé suave hacia atrás y respiré hondo. Necesitaba sentir otra cosa. Necesitaba tenerlo dentro.
—Túmbate.
Se recostó al instante, todavía con la cara brillante de mi humedad. La imagen me dio un latigazo de deseo brutal. Fui a mi mochila, saqué un condón y lo abrí con los dientes.
—No sé ponerlo —admitió.
—Por eso estoy aquí.
Se lo enrollé despacio sobre la polla, ya otra vez dura, mostrándole cómo sujetar la punta, cómo desenrollarlo bien hasta la base. Luego me monté sobre él sin meterlo todavía. Solo lo froté entre mis labios, dejándolo sentir lo mojada que estaba.
—Escucha —le dije, inclinándome sobre su cara—. Si te corres antes que yo, te perdono. Pero intenta aguantar, ¿sí?
—Voy a intentar no morirme primero.
Me reí y entonces me lo acomodé en la entrada. Bajé muy despacio, sintiendo cómo la punta me abría paso. Él abrió la boca, sorprendido, y me agarró las caderas con fuerza. Seguí bajando hasta hundirlo entero dentro de mí. Soltamos el aire al mismo tiempo.
—Joder —susurré.
Estaba tenso, inmóvil, casi asustado por la intensidad. Yo me quedé un segundo quieta para que sintiera cómo mi coño lo apretaba, cómo lo envolvía completo, húmedo y caliente. Luego empecé a moverme. Primero lento. Arriba y abajo. Dejando que se acostumbrara a la sensación de estar metido dentro de una mujer por primera vez.
Darío me miraba como si no pudiera creerlo.
—¿Así se siente? —preguntó, sin aliento.
—Así —le dije—. Y todavía puede sentirse mejor.
Aumenté el ritmo. Mi coño resbalaba sobre su polla con un sonido húmedo que llenó el cuarto. Sus manos subieron a mis tetas y empezó a manosearlas sin coordinación, apretando de más a veces, pellizcando un pezón, luego el otro. Nada perfecto, pero auténtico. Y a mí me estaba volviendo loca.
Me incliné para besarlo mientras lo cabalgaba más fuerte. Sentía cada embestida desde dentro, cada subida, cada bajada, el roce exacto de su polla contra mis paredes. Su respiración se convertía en gemidos cada vez menos contenidos, y yo acompañaba con los míos, dejando que el calor se adueñara de todo.
—Pon las manos aquí —le ordené, llevándoselas a mi culo.
Obedeció y me apretó las nalgas mientras yo me ensartaba sola en su polla, cada vez más rápido. El sonido de mi carne chocando contra su pelvis se volvió más duro, más claro, y me excitó todavía más sentirlo completamente a merced de mi ritmo.
—Ahora mueve las caderas un poco cuando yo baje —le dije.
Lo intentó. Al principio descoordinado. Después mejor. Después, de pronto, me dio una embestida ascendente que me hizo soltar un grito. Sonreí de pura calentura.
—Eso, ahí estás. Ya vas entendiendo.
Me agarró con más firmeza y empezó a empujar desde abajo cada vez que yo descendía. Yo seguí montándolo, pero ahora había una respuesta real, un hombre empezando a coger de verdad debajo de mí. La combinación fue demoledora. Sentía la polla entrando y saliendo, el condón deslizándose mojado, sus manos en mi culo, su boca tragándose mis gemidos cuando me besaba a lo bruto.
Quise cambiar de posición antes de correrme. Me bajé de él solo un segundo y me puse de rodillas sobre la cama.
—Ven. Quiero sentirte empujando tú.
Se movió detrás de mí, nervioso otra vez.
—No sé si…
—Te guío. Agárrala y métela.
Lo hizo con una torpeza adorable, rozándome primero el culo, luego la entrepierna, hasta que por fin encontró mi entrada. Cuando la punta volvió a meterse, eché la cabeza hacia delante y gemí. Le empujé el culo con la mano para marcarle la profundidad.
—Así. Ahora entra.
Me penetró despacio la primera vez, hasta el fondo, como si no quisiera romper nada. La segunda ya fue más firme. La tercera le salió casi natural. Yo arqueé la espalda, ofreciéndome más, y empecé a mover las caderas hacia atrás para recibirlo.
—Más fuerte —le pedí—. No me vas a romper. Fóllame.
Eso le encendió algo. Sus manos se aferraron a mis caderas y empezó a embestirme con más decisión. El sonido cambió otra vez: húmedo, repetido, su pelvis golpeando mi culo, mi cama crujiendo debajo. Cada estocada me sacudía el cuerpo entero y me obligaba a morder la sábana para no gritar demasiado.
—Mierda, qué apretada estás —soltó, ya sin ese filtro tímido del comienzo.
—Y tú me estás follando muy bien para ser tu primera vez —jadeé—. Sigue, no aflojes.
Se vino arriba con ese elogio. Me folló mejor. Más suelto. Más animal. Una mano me dejó la cadera para buscar mi clítoris, torpe pero bien intencionada, y yo la reemplacé por la mía para correrme como necesitaba. Me toqué rápido mientras él seguía entrando hasta el fondo, una y otra vez, con la respiración rota junto a mi oído.
Ya estaba al límite. El coño me latía alrededor de su polla y cada embestida me acercaba más.
—No pares, no pares, no pares…
Me corrí con un espasmo fuerte, apretándolo dentro mientras temblaba de rodillas. El orgasmo me subió por el vientre y me salió por la boca en un gemido sucio, largo, imposible de disimular. Sentí cómo él se descontrolaba al notar mis contracciones.
—Me voy a correr —dijo casi entre dientes.
—Hazlo. Córrete.
Me agarró duro de las caderas y me dio cuatro embestidas más, profundas, desesperadas, hasta quedarse clavado dentro de mí mientras se corría en el condón con un jadeo ronco. Se quedó temblando detrás de mí, pegado a mi espalda, sin poder recuperar el aire.
Permanecimos así unos segundos, sudados, jadeando, escuchando solo el aire acondicionado y nuestros cuerpos tratando de volver a la normalidad. Luego salí de debajo de él y ambos nos dejamos caer sobre la cama.
Giré la cabeza para mirarlo. Tenía la cara desencajada de placer, el pecho subiendo y bajando a toda velocidad y una sonrisa incrédula que me dio mucha ternura.
—Bueno —dije—. Ya no eres virgen.
Se echó a reír, todavía sin aliento.
—Definitivamente no esperaba que mi día terminara así.
—Yo tampoco. Aunque debo admitir que resultaste mejor alumno de lo que pensaba.
Me acercó a él y me besó otra vez, pero esta vez no tan torpe. Había aprendido algo incluso en eso. Le pasé una mano por el pecho y me quedé observándolo, preguntándome si aquello iba a complicarnos la vida o si, por el contrario, nos acabaría llevando a un terreno del que ya no querríamos salir.
Fuimos al baño a limpiarnos y volvimos al cuarto vestidos a medias, todavía riéndonos como dos idiotas que acababan de hacer una locura deliciosa. Después encendimos la computadora otra vez, como si fuera posible regresar a la normalidad tras haberle enseñado a mi mejor amigo cómo se besa, cómo se mama un coño y cómo se mete una polla con ganas.
La verdad es que nada volvió a ser exactamente normal después de eso.
Y si me preguntan si me arrepiento, la respuesta sigue siendo la misma: ni un poco.