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Relatos Ardientes

Mi confesión en su oficina aquella tarde

Ya les había contado una parte de lo que pasaba entre él y yo, pero aquella tarde en su oficina fue cuando entendí hasta qué punto me tenía completamente entregada. No voy a usar sus nombres reales ni el lugar exacto, pero sí voy a decir algo importante: los dos éramos adultos y sabíamos perfectamente lo que hacíamos. Él llevaba tiempo invitándome a visitarlo cuando tuviera un rato libre, siempre con la condición de avisarle antes para no interrumpir alguna reunión.

Aquel día no pude aguantarme más. Le mandé un mensaje, me respondió que estaba solo y tomé un taxi con el corazón acelerado. Fui con un vestido corto de mezclilla que me gustaba porque se me ajustaba a la cintura y me hacía sentir guapa, y debajo llevaba ropa interior sencilla, nada especial, aunque por dentro iba temblando como si hubiera elegido el conjunto más provocador del mundo.

Su oficina quedaba casi vacía a esa hora. El pasillo estaba en silencio, las luces encendidas y la puerta de su despacho entreabierta. Cuando entré y lo vi detrás del escritorio, con la camisa remangada y esa sonrisa tranquila de hombre que ya sabe lo que provoca, no pude contenerme.

—Te extrañaba —le dije apenas crucé la puerta.

Él se levantó de inmediato, vino hacia mí y me abrazó fuerte. Me besó la sien, me pasó una mano por la espalda y soltó una de esas frases suyas que me desarmaban entera.

—Ven acá, preciosa. No sabes las ganas que tenía de tenerte otra vez cerca.

El beso no fue inmediato. Primero me sostuvo, me miró como si quisiera grabarse mi cara en la memoria y me apartó un mechón del rostro. Después sí, su boca encontró la mía despacio, con esa seguridad que me volvía blanda. Yo me pegué a su pecho, le rodeé el cuello con los brazos y sentí enseguida cómo mi cuerpo reaccionaba. No habían pasado ni dos minutos y ya estaba caliente.

Me llevó hasta el sofá de cuero que tenía junto a una mesa baja. Se sentó y me hizo un gesto para que me acomodara encima de él. Yo no dudé. Me abrí de piernas y me senté sobre sus muslos, de frente, abrazándolo por la cintura. Noté su respiración más pesada apenas empecé a moverme sobre él.

—Así me vuelves loco —murmuró contra mis labios.

Yo no estaba haciendo gran cosa, apenas frotando mi pubis sobre la tela de su pantalón, pero bastó para sentir cómo se le endurecía entre las piernas. Esa reacción suya me excitó más que cualquier palabra. Bajé la cabeza y le besé el cuello, dejándole roces lentos con la boca mientras me balanceaba con un ritmo cada vez más claro, buscando fricción justo donde ya empezaba a latirme todo.

—Mírame —me pidió.

Le obedecí. Me sostuvo la cara entre las manos, rozó su nariz con la mía y me besó con lengua, metiéndomela lenta al principio, luego más hondo, como si quisiera enseñarme a responderle. Yo abrí la boca, lo dejé hacer y terminé gimiendo bajito dentro del beso cuando su mano me apretó una nalga por encima del vestido.

—Qué bonita te ves arriba de mí —dijo—. Tan pegada, tan necesitada.

Yo estaba roja, nerviosa y mojada. Esa mezcla me hacía sentir expuesta y poderosa al mismo tiempo. Empecé a desabotonarle la camisa, uno por uno, con dedos torpes de la prisa. Él no me ayudó; prefirió dejarme hacerlo mientras me besaba los hombros y el cuello, mientras subía y bajaba las manos por mis muslos, separándomelos un poco más sobre sus piernas.

—Quiero verte —me dijo—. Ponte de pie.

Me levanté y él tiró del cierre lateral de mi vestido con calma, disfrutando de cada segundo. La tela cayó hasta mis caderas y luego al suelo. Me quedé frente a él en sostén y braguita, con la piel erizada por el aire acondicionado y por la forma en que me miraba. No apartó los ojos de mí ni un momento.

—Así quería tenerte delante —murmuró, abriendo las piernas en el sofá—. Ven.

Me acercó con una mano en la cintura y con la otra bajó mi ropa interior despacio, deslizándola por mis piernas hasta dejarla en los tobillos. Sentí una vergüenza caliente al quedar expuesta ante él, de pie, completamente abierta a su mirada. Pero su expresión no tenía nada de burla. Era hambre pura.

Se inclinó y primero me besó el vientre. Después el ombligo. Luego fue bajando sin prisa, como si saboreara el camino. Cuando su cara quedó justo frente a mi sexo, respiró hondo y soltó un sonido grave que me hizo temblar.

—Mierda… ya estás mojada.

Me acarició con el pulgar entre los labios, apenas una pasada, la justa para recoger mi humedad. Luego se llevó el dedo a la boca y lo chupó mirándome. Casi se me doblaron las rodillas.

—Así sabía que ibas a estar —dijo—. Ven aquí, deja que te pruebe bien.

Separó mis piernas con las manos y me atrajo más hacia él. El primer contacto de su lengua fue suave, una lamida larga de abajo arriba que me arrancó un jadeo torpe. Me agarré a sus hombros para no perder el equilibrio. La segunda vez abrió más la lengua y pasó por mi clítoris con firmeza. Ahí sí gemí de verdad.

—Eso… así —dijo contra mi piel antes de volver a meter la cara entre mis muslos.

Empezó a comerme el coño con una dedicación que no había conocido nunca. No era un par de besos tímidos ni un juego corto. Me abrió bien con los dedos y lamió cada pliegue, subiendo y bajando, insistiendo en el clítoris hasta ponerlo duro y sensible. Luego alternaba chupadas lentas con lengüetazos rápidos que me hacían retorcerme.

—No te muevas tanto —ordenó, sujetándome las nalgas—. Déjame trabajarte.

Yo quise obedecer, pero me era casi imposible. Cada vez que chupaba el botón hinchado entre mis labios, mi pelvis se iba hacia delante por puro reflejo. Me estaba poniendo perdida. Sentía la humedad escurriendo, la respiración cortada, la cabeza vacía. Sólo existía su boca y la vergüenza deliciosa de estar de pie mientras él me devoraba como si no tuviera prisa por nada más.

Metió dos dedos despacio y los curvó dentro de mí. Solté un gemido más fuerte y le clavé las uñas en los hombros. Su lengua siguió trabajando arriba mientras los dedos entraban y salían con un ritmo medido, húmedo, obsceno. Cada empuje venía acompañado por el sonido de su saliva y mi excitación mezcladas.

—Así me gusta, bien abierta para mí —murmuró—. Joder, qué caliente estás.

Yo ya no podía ni contestar. Apenas pronunciaba su nombre entre jadeos. Empezó a follarme con los dedos un poco más rápido, sin dejar de chuparme el clítoris. La combinación me sacudió por completo. El sofá crujía, yo temblaba sobre mis piernas y noté cómo el orgasmo me subía de golpe, como un calor concentrado en el vientre.

—Me voy a correr… —dije casi sin voz.

Él no se apartó. Al contrario, me sujetó con más fuerza y redobló el ritmo. Su lengua me castigó el clítoris con una precisión brutal, sus dedos siguieron entrando hasta el fondo y yo me corrí de pie, con un gemido roto, apretándole la cabeza entre los muslos mientras todo el cuerpo me latía. Sentí las piernas flojas y él me sostuvo para que no cayera.

Cuando levantó la cara, tenía la boca brillante. Me miró con una satisfacción casi arrogante y sonrió. A mí me ardían las mejillas de la vergüenza y del placer.

—Ahora siéntate —me dijo—. Quiero que me ayudes con esto.

Se puso de pie frente a mí y se desabrochó el pantalón. Yo me recosté en el sofá, todavía agitada, vi cómo bajaba la cremallera y cómo sacaba la polla dura, pesada, ya brillante en la punta. Tragué saliva. Había jugado con ella antes, la había tocado, pero esa tarde la vi con otros ojos, quizá porque venía de correrse mi primer orgasmo fuerte en su boca.

—¿Tienes miedo? —preguntó, acercándomela a los labios.

Negué con la cabeza, aunque claro que estaba nerviosa. No por rechazo, sino por ganas de hacerlo bien. Quería gustarle, quería sentir ese poder extraño de provocarle placer. Él me acarició la mejilla con el dorso de la mano y rozó la punta de su polla contra mi boca.

—Abre —ordenó bajito.

Abrí. La cabeza entró primero, caliente y húmeda, y yo la envolví con los labios. El sabor me excitó todavía más. Empecé despacio, lamiendo la punta, recorriendo el borde con la lengua, chupando con cuidado mientras lo masturbaba desde la base con la mano. Él cerró los ojos y soltó un gemido ronco que me dio confianza.

—Así, joder… así mismo.

Tomé más. La fui metiendo poco a poco, hundiéndola hasta donde podía sin atragantarme, sacándola despacio y volviendo a entrar. No tenía técnica perfecta ni experiencia enorme; tenía hambre, deseo y atención puesta en cada gesto suyo. Me guiaba por sus respiraciones, por la presión de su mano en mi cabello, por los temblores de sus muslos.

Me agarró la nuca sin brusquedad, sólo marcando el ritmo. Yo acepté esa guía y empecé a chupar con más decisión, ahuecando las mejillas, lamiendo el tronco en cada subida. Cuando me faltaba aire, sacaba la boca y le daba besos húmedos a la punta, al frenillo, al costado. Después bajaba la lengua hasta los testículos, los tomaba uno a uno, los chupaba y volvía arriba.

—Mierda, qué boquita tienes —dijo entre dientes—. No pares.

Yo tampoco quería parar. Me gustaba tenerlo así, mirándome desde arriba, completamente duro, con esa mezcla de ternura y lujuria en la cara. Pasé la lengua por toda la longitud y luego volví a tragármela lo más hondo que pude. Esta vez él empujó apenas una vez, cuidadoso, y el golpe en mi garganta me hizo lagrimear. Lejos de incomodarme, eso me excitó más. Sentí una descarga húmeda entre las piernas.

—Buena chica —murmuró—. Qué bien me chupas la polla.

Las palabras me atravesaron. Yo apreté más la base con la mano y aceleré la mamada, subiendo y bajando la cabeza mientras mi lengua acariciaba la parte inferior. La saliva empezó a escurrir por mi barbilla. Él la miró, soltó un insulto entre jadeos y me la volvió a meter hasta donde pudo.

—Joder, mírate… así, toda entregada.

Su respiración cambió. Eso lo noté enseguida. Se volvió más corta, más tensa. Los músculos del abdomen se le marcaron y la mano en mi pelo se cerró apenas un poco. Yo sabía lo que venía, pero no quise apartarme. Al contrario, abrí más la boca y lo chupé con más ganas, masturbándolo al mismo tiempo en la parte que no alcanzaba a cubrir con los labios.

—Si sigo así, me voy a correr en tu boca —advirtió.

Lo miré desde abajo y asentí. Creo que fue esa imagen la que terminó de romperle el control. Me sacó apenas, me pasó la punta por los labios y volvió a empujar. Yo lo recibí con la boca abierta y seguí chupando mientras él gemía mi nombre.

La primera descarga me golpeó tibia en la lengua. Espesa. Salada. Él soltó un gruñido grave y me sostuvo la cabeza mientras seguía corriéndose. Yo tragué lo que pude, sin apartarme, sintiendo cada pulsación de su polla dentro de mi boca. Parte se me escapó por la comisura y me cayó en el labio y la barbilla.

—Eso, tómala toda —jadeó—. Toda para ti.

Cuando la sacó, todavía estaba temblando. Me quedó semen en la boca y en la cara. Yo pasé la lengua por el labio superior, después por la comisura, y vi cómo él observaba ese gesto con una mirada oscura, orgullosa, como si ver su corrida en mí lo excitara incluso más que haberse venido.

—Mira el desastre que has hecho —le dije con una sonrisa nerviosa.

Él se rio por lo bajo, me agarró la barbilla y me pasó el pulgar por la mejilla para recoger una gota blanca. Luego me metió ese dedo en la boca. Lo chupé sin dejar de mirarlo.

—Ahora limpia bien —dijo.

Obedecí. Bajé de nuevo y le lamí la punta, el tronco, la base, despacio, recogiendo lo que había quedado. También le besé los testículos y el pubis húmedo. Ya no estaba tan duro, pero seguía sensible, y cada contacto le arrancaba un pequeño estremecimiento. Me gustó cuidar ese momento después del orgasmo, dejarlo limpio con la lengua, sentir su mano acariciándome el pelo ya sin prisa.

Después me levantó del sofá y me abrazó desnuda de cintura para abajo. Yo apoyé la cara en su pecho mientras él me subía la ropa interior y me ayudaba con el vestido. Todo se sintió extrañamente íntimo. Más que la corrida, más que la mamada, incluso más que su lengua entre mis piernas. Había algo en ese gesto de vestirme otra vez que me hizo sentir un calor distinto, una vulnerabilidad que no era sólo sexual.

—No te habría llevado más lejos aquí —me dijo en voz baja, acomodándome el cabello—. No en una oficina, no así.

Yo sabía a qué se refería. Entre nosotros todavía estaba esa tensión de lo que quedaba por vivir, de lo que aún no habíamos cruzado. Y precisamente por eso aquella tarde me marcó tanto. No hubo penetración, pero sí un nivel de entrega que me dejó temblando durante horas.

Nos sentamos un momento en el sofá, ahora ya medio recompuestos. Él me dio agua, yo bebí con la boca todavía sensible y nos quedamos mirándonos en silencio. El despacho seguía igual de tranquilo, como si nada hubiera pasado, y sin embargo el aire olía a sexo, a piel, a mi excitación todavía fresca.

—Cuando me escribas esta noche —dijo, rozándome la rodilla con la mano—, quiero que me cuentes cómo te fuiste a casa. Si seguiste mojada. Si te acordaste de mi lengua. Si en la ducha volviste a tocarte pensando en esto.

No tuve que prometerle nada. Ya sabía que lo haría. Sólo lo besé otra vez, largo y suave, probando todavía un poco de mí en su boca y un poco de él en la mía.

Salí de la oficina con las piernas débiles. En el ascensor me miré en el espejo y me acomodé como pude, pero seguía teniendo las mejillas encendidas y la mirada de mujer recién follada, aunque técnicamente no hubiera sido así. En el taxi, cada bache me rozaba el cuerpo sensible y me obligaba a juntar las piernas. Entre una estación y otra del tráfico, llevé la mano a mi muslo y supe enseguida que seguía húmeda.

Esa noche, cuando me quedé sola, me desnudé despacio frente al espejo del baño y reviví cada minuto. Su lengua abriéndome, sus dedos moviéndose dentro de mí, la forma en que me había hecho correr de pie. Después recordé el peso de su polla sobre mi lengua, el temblor previo a su corrida, el semen caliente llenándome la boca. No tardé nada en meterme la mano entre las piernas.

Me acaricié pensando en su voz mandándome abrir la boca. Pensando en su mano apretándome la nuca. Pensando en ese «buena chica» que me había dejado empapada. Metí dos dedos y me froté el clítoris al mismo ritmo con que él me había lamido, cada vez más rápido, hasta correrme otra vez con un gemido ahogado para no despertar a nadie.

Luego le escribí. No fui discreta ni dulce. Le conté todo, con detalle, igual que lo estoy contando ahora: que seguía sintiendo su sabor, que me había corrido recordando su boca en mi coño, que me había tragado cada gota de su corrida con un gusto que ni yo misma esperaba. Él tardó unos minutos en responder.

Su mensaje fue corto: «La próxima vez cierro la puerta con llave desde que entres».

Yo apreté las piernas al leerlo. Y sí, volví a mojarme.

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Comentarios(6)

RancheraMX

Que buenisimo relato!!! me dejo sin palabras de verdad

Mirta_Lectora

Necesito una segunda parte de esto, me quede con ganas de saber mas jaja

PatoLector

Me recordo a algo que me paso hace unos años en el trabajo. Esas situaciones que no te esperás... Muy bien escrito, se siente real.

Marta_BsAs

La forma en que lo narraste te atrapa desde el principio. Felicitaciones!

Verano2004

increible!!! sigue escribiendo asi

MiguelSC

Y despues que paso? jaja por favor que haya continuacion, no puedo quedarme con la intriga

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