Mi mejor amiga tocó el timbre en el peor momento
Volví a casa agotado, más de lo que podía soportar. El día en la facultad había sido un desastre en todos los sentidos: clases interminables, un trabajo en grupo que se cayó a último momento y un par de roces estúpidos con gente que ni siquiera me cae bien. Todo se había alineado para arruinarme la jornada. Por eso, cuando entré y comprobé que no había nadie, sentí un alivio enorme. Tenía la casa para mí solo al menos durante cinco horas. Cinco horas que pensaba usar para relajarme y olvidar la mañana entera.
Lo primero que hice fue meterme en la ducha. Me tomé mi tiempo, tanto para desvestirme como para entrar al agua. Casi sin darme cuenta, agarré el móvil y me puse a deslizar por las redes. Nada que valiera la pena al principio. La verdad es que era más una costumbre que algo que me entretuviera de verdad. Pasé varias historias hasta llegar a las de Renata, una de mis mejores amigas.
Las primeras eran del día anterior: un par de fotos de una cena y poco más. Pero las últimas eran otra cosa. Aparecía con unos calzas ajustadísimos que no dejaban absolutamente nada a la imaginación, marcando ese cuerpo con el que, lo admito, había fantaseado más de una vez.
Aparté el teléfono de golpe. Al mirarme al espejo me di cuenta de que ya me había puesto duro solo con esas imágenes. Genial, lo que me faltaba. Decidí terminar con agua fría, a ver si así me calmaba. Eran días de mucho calor y, sumado a cómo estaba yo en ese momento, no hacía falta ni encender el calentador para que el ambiente ardiera. Aun así, no pude evitar volver a pensar en esas fotos, y en otros momentos que había vivido con Renata tiempo atrás.
Cerré el grifo y salí del plato de ducha solo para encontrarme, frente al espejo, completamente excitado. Me quedé unos segundos mirándome, dudando qué hacer. Al final me puse unos pantalones cortos y nada más; dejé la remera tirada sobre la cama. Hacía calor y no me apetecía vestirme de más. Fui al living y me desparramé en el sillón, todavía con la erección latiendo bajo la tela. Empezaba a resultar una sensación incómoda y, como estaba solo, decidí liberarme un rato.
Al ver que no había forma de que bajara, y ya excitado por el simple roce de mi mano, busqué un video y lo puse en el televisor. Elegí una de las páginas de siempre y fui bajando hasta que uno me llamó la atención. Una chica morena, de ojos castaños, con unos calzas idénticos a los que acababa de ver en la foto de Renata.
No me lo pensé dos veces. Empecé el vaivén lento sobre mi pene mientras el video corría. La chica, como era de esperar, me recordaba a mi amiga: los mismos rasgos, el mismo pelo, el mismo color de ojos. Igual de impresionante. En la pantalla, la mujer se tocaba sentada en el banco de un gimnasio, pero a decir verdad yo ya ni miraba. Hacía rato que había cerrado los ojos, dejándome llevar por los gemidos del video, imaginando que era Renata la que los soltaba.
Aceleré el ritmo. Sentía el orgasmo cada vez más cerca cuando, de repente, alguien tocó el timbre. Que se vaya. Lo ignoré por completo, perdido en mi propia fantasía. Mi mano ya se deslizaba sin esfuerzo cuando el timbrazo se repitió, esta vez más insistente, acompañado de la vibración de un mensaje. Solté un suspiro de pura frustración y miré la pantalla del móvil. Era Renata.
«Soy yo, abrime de una vez, sé que estás en casa.»
El corazón me dio un vuelco. Mi mejor amiga, la misma con la que estaba fantaseando en ese preciso instante, ahora golpeaba mi puerta. Si me ve así, estoy muerto. Apagué el televisor lo más rápido que pude y corrí al baño a limpiarme y a disimular lo que había estado haciendo. Estaba tan nervioso, a partes iguales muerto de miedo, que ni siquiera me acordé de ponerme la remera antes de abrir.
Al abrir la puerta me encontré a Renata de frente. Sus ojos color avellana me recorrieron de arriba abajo por una razón que no entendí hasta que caí en la cuenta de que estaba apenas con los pantalones cortos. Ella sonrió de lado al verme así. Llevaba los mismos calzas de la foto y un top deportivo ajustado que marcaba muy bien su pecho. Tragué saliva, intentando controlar lo caliente que seguía.
—Vaya… ¿Te agarro en mal momento? —me preguntó.
—No, no… Estaba haciendo algo de ejercicio —contesté, tratando de disimular lo mejor que supe.
—¿Puedo pasar?
Entró sin esperar mi respuesta, así que simplemente cerré la puerta. Aproveché el instante en que pasó a mi lado para echar un vistazo rápido a ese cuerpo con el que había estado fantaseando minutos antes. Renata fue directo al sillón y se sentó exactamente en el mismo lugar donde, hacía nada, yo me estaba tocando.
—Esto… ¿Qué hacés acá, Renata?
—Solo vine a ver a un amigo un rato, Tomás… ¿Te molesta? —preguntó con ese tono burlón tan suyo que siempre me gustó.
—No, claro que no. Dejá que me ponga algo, así no estás incómoda.
—Por mí no lo hagas… Es tu casa, al fin y al cabo. Además, verte así es un regalo para la vista. ¿Estuviste entrenando?
El cuerpo se me tensó al escuchar eso. Decidí sentarme a su lado, a una distancia prudente para no incomodarla, pero suficiente para observarla. No puedo explicar lo bien que se veía en ese momento. Parecía salida de una película, con el pelo recogido en una coleta larga y la piel brillante por el sudor, algo que solo conseguía ponerme peor.
—¿Venís de entrenar? —pregunté, intentando romper el hielo. Había una tensión en el aire que no terminaba de descifrar.
—Sí… pero no tenía ganas de volver todavía. Ya sabés, mis viejos no paran de pelearse últimamente y en casa ya no me siento del todo cómoda. ¿Te molesta que me quede un rato con vos?
La forma en que lo dijo me llenó de ternura y de pena al mismo tiempo. Renata no estaba pasando por su mejor momento, y que me viera a mí como alguien a quien recurrir me hacía sentir importante de una manera difícil de explicar.
—Para nada. No va a venir nadie hasta dentro de varias horas, así que quedate tranquila.
—Gracias… Sos el mejor.
Sentí el roce suave de su piel contra mi hombro desnudo. Renata había apoyado la cabeza en mí, cerrando un poco los ojos. Fue un gesto tierno, pero mis hormonas revolucionadas no pudieron evitar fijarse en el escote que se veía desde mi ángulo. Prácticamente podía verle el pecho entero. Mi pene dio un respingo bajo el pantalón y, si lo notó, ella no comentó nada.
Se me erizó la piel cuando sentí el roce leve de sus uñas. Había empezado a trazar pequeños círculos sobre mi pecho, mientras seguía con la cabeza apoyada en mi hombro. Se pegó un poco más a mí, lo que solo aceleró mi pulso.
—Sí que te pusiste fuerte… —susurró mientras recorría con la mano mi abdomen y mi brazo.
—Gracias…
—Voy a poner la tele un rato.
Estaba tan absorto en su caricia que no caí en lo que significaba encender el televisor justo en ese momento. Intenté impedirlo, pero fue tarde. El video que había estado mirando volvió a reproducirse. Solo quería que la tierra me tragara, muerto de vergüenza.
—Así que esto era lo que estabas haciendo… —dijo casi en un susurro contra mi oído.
—Ya lo saco… Perdón que hayas tenido que verlo —me disculpé, sinceramente avergonzado.
Intenté levantarme, pero Renata me agarró fuerte del brazo, impidiéndome moverme, y negó con la cabeza.
—Dejalo… Quiero verlo.
La manera en que lo dijo despertó algo en mí. Fue un susurro ahogado, casi un jadeo. Lo único que pensaba era que me lo estaba imaginando, que eso no podía estar pasando. Volví a mi lugar y dejé que apoyara de nuevo la cabeza, pero esta vez no fue en mi hombro, sino directamente sobre mi pecho. Esa posición me dio una vista todavía mejor de su cuerpo.
Me sentí envalentonado, así que la rodeé por la cintura y la acerqué un poco más a mí. Para mi sorpresa, soltó un gemido suave, pero no se quejó en lo más mínimo. La chica del video había pasado de tocarse con los dedos a usar un juguete. Primero lo humedeció con la boca, despacio, y después se lo metió casi de una.
A juzgar por el sonido que hizo Renata, estaba más que impresionada con lo que acababa de ver. Ninguno de los dos hablaba. Ella concentrada en la pantalla, con el cuerpo pegado al mío, y yo absorto en su figura. Mi mano recorría su abdomen plano y firme. No exagero si digo que no hay nada que me ponga más de una mujer que un vientre como ese.
Me estaba volviendo loco, y mi erección estaba más dura incluso que antes. Notaba la mirada de Renata viajando entre el televisor y el bulto de mis pantalones. Un nuevo gemido de su parte terminó con el poco autocontrol que me quedaba. Bajé la vista lentamente, siguiendo su brazo, hasta que su mano se perdía dentro de los calzas. Se está tocando. Acá, al lado mío. No podía creerlo.
Me acerqué a su cuello, respirando contra él, sintiendo su perfume mezclado con el sudor del entrenamiento. Los gemidos de Renata se intensificaron, y llevé mis labios a su piel mientras mi mano se colaba bajo su top, sosteniendo su pecho directamente.
Era una sensación increíble. Suave y firme a la vez, con los pezones duros que no dudé en pellizcar con cuidado, arrancándole un gemido más fuerte. Al instante noté un roce delicado en mi pene. Renata había deslizado la mano libre bajo mis pantalones y lo sostenía con firmeza.
—Está ardiendo… y muy dura… —dijo en un susurro.
Entonces levantó la cabeza y me miró directo a los ojos, con una expresión a mitad de camino entre la súplica y el deseo.
—Tomás… —hizo una pausa que solo estiró la tensión—. ¿Me dejás… probarla?
La forma en que lo dijo, cómo miraba mi pene libre y erecto, y los sonidos que soltaba mientras se tocaba fueron suficientes. Asentí, sin que me salieran las palabras. Renata sonrió y se acomodó en el sillón, acercando la boca a la punta. Al hacerlo me dejó una vista perfecta de su cuerpo, que no dudé en recorrer con las manos, bajando los calzas hasta exponerla por completo.
Me derretí al sentir sus labios besando la punta antes de tomarme lentamente con la boca. Era una sensación brutal: la primera vez que recibía algo así de la chica que llevaba tanto tiempo deseando. Usaba una mano para acompañar el movimiento mientras subía y bajaba, intentando llegar un poco más lejos en cada pasada. Sentía que iba a terminar enseguida, pero traté de aguantar todo lo posible.
Acerqué los dedos a su entrepierna, rozándola con suavidad al principio, humedeciéndolos con sus propios fluidos, para después marcar un ritmo constante dentro de ella. Los gemidos de los dos crecieron, cada uno perdido en el cuerpo del otro. Sentí cómo se contraía contra mis dedos, señal de su orgasmo, que acompañó con un gemido apagado.
—Renata… me voy a venir —le avisé, pero ella no se detuvo.
En un gesto que no vi venir, se metió todo lo que pudo y me obligó a terminar dentro de su boca, en uno de los mejores orgasmos que recuerdo. Cuando acabé, sacó mi pene despacio, mirándome fijo. Tenía curiosidad por lo que iba a hacer, pero en el momento en que tragó sin pudor, sin dejar de mirarme y mordiéndose después el labio, terminé de entender que, si no lo estaba ya, me había enamorado de ella por completo.
—Tengo que irme antes de que pregunten por mí… Te llamo esta noche, Tomás.
Me dedicó una última sonrisa pícara antes de levantarse y desaparecer por la puerta, dejándome a medio vestir en el sillón, tratando de asimilar lo que acababa de pasar. Tardé un buen rato en convencerme de que no había sido otra de mis fantasías. Esa noche, cuando el teléfono vibró sobre la mesa con su nombre en la pantalla, supe que entre nosotros nada volvería a ser como antes.





