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Relatos Ardientes

Mi amante me descubrió un placer que ignoraba

Jamás imaginé que el placer pudiera dispararse hasta donde llegó aquella noche. Mis piernas temblaban como si me recorrieran mil descargas. Mordía la almohada para sostener la postura a la que Adrián me sometía, y mis manos eran garras aferradas a los bordes de la cama.

¿Dónde aprendió a hacer esto? ¿Cómo nunca antes supe de ello?

Convulsionaba entre pensamientos sueltos mientras él se empeñaba en llevarme más allá de un orgasmo que parecía no tener fin. Cuando por fin las aguas se calmaron y logré recuperarme de aquel desmayo a medias en el que me hundí, solo quería dormir. Dormir y soñar con lo que acababa de sentir.

Se marchó a la mañana siguiente y yo seguía en brazos de Morfeo. Ni me enteré de su partida.

Desperté tarde. Serían las once cuando salí de la ducha, dispuesta a desayunar algo y reponerme de la noche pasada. En bata, sin más tela que aquel raso suave sobre mi cuerpo, fui a la cocina. Un café espeso y caliente, unas tostadas, un vaso grande de zumo de naranja y un poco de fruta.

Dios mío, tenía un hambre voraz. La noche anterior había acabado con todas mis reservas.

Devoré el desayuno mientras miraba por la ventana las fachadas grises de mi ciudad. Aunque confieso que no las veía. Mi mente volaba a aquellos instantes en que me sentí como gelatina entre sus manos.

A lo largo de mi vida había tenido muchas y muy distintas experiencias, pero nunca nadie me había propuesto algo como aquello.

Encendí un cigarrillo mientras buscaba mi ordenador. Necesitaba saber más. Casi me impacienté esperando a que arrancara.

Google, san Google me sacaría de dudas.

No me llevó ni un minuto encontrar material de sobra. Decenas de vídeos explícitos me pusieron al día. ¿Esto era así? ¿De verdad era algo tan común? No salía de mi asombro. Páginas y más páginas me devolvían mucho más de lo que esperaba.

Nunca fui de ver porno, francamente no me atraía en absoluto. Ni siquiera para masturbarme. No lo necesitaba: me bastaban mi mano o mis juguetes. Pero aquello me estaba excitando. Un latido conocido entre mis piernas me hizo estremecer mientras miraba, hipnotizada, vídeo tras vídeo.

Parecía algo frecuente entre parejas. Las veía cerrar los ojos mientras se lo hacían, casi delirar con aquel acto. Ellos también disfrutaban de sentirlo.

Mi mano buscó instintivamente mi sexo. Solo tuve que abrir un poco la bata para encontrarlo. Estaba caliente, muy caliente, como cada mañana después de una noche larga. Resaca sexual, lo llamo yo: ese rescoldo que se queda entre las piernas y en la fantasía después de haber tocado el cielo entre un orgasmo y otro.

Y ahí estaba yo. Sentada al filo de un taburete, en mitad de la cocina, con la bata abierta a ambos lados de las caderas. Una mano sobre mi sexo y la otra abriendo y cerrando vídeos en la pantalla que reposaba en la isla.

Estaba sola, como cada mañana al despertar. Caliente, casi desnuda bajo la bata, sintiendo mi humedad crecer a cada pasada de mis dedos. Se me escapó algún gemido. Me apreté un pecho duro y abrí la boca sin pensarlo.

Mis ojos devoraban imágenes de mujeres retorciéndose, sudorosas, expuestas frente a sus amantes. Sentí que me venía. Aferrada al borde de la isla, abrí más las piernas y me dejé llevar por un orgasmo liberador. Gemí y casi tiré el portátil al suelo entre una sacudida y otra.

***

Cuando me recuperé me dispuse a adecentar la casa, aunque entre una cosa y otra no conseguía apartar aquello de mi cabeza. Definitivamente, quería probarlo de nuevo.

La noche llegó junto a la llamada de Adrián. Respiré aliviada al saber que también vendría hoy.

Una cena rápida, una botella de vino y luego otra. Sus manos sabían cómo encenderme y yo, encantada, lo dejaba hacer.

Su sexo amenazaba con destrozarme la garganta mientras lo chupaba a conciencia. Siempre me gustó sentirlo en la boca: me hacía sentir poderosa frente a un hombre desarmado ante mí. Él se dejaba hacer, aguantaba mucho. Palpé sus testículos, otra vez repletos, y quise más. Quería saber hasta dónde era capaz de llegar.

Casi le arranqué los pantalones antes de sentarlo, con las piernas bien abiertas para mí. De rodillas en el suelo, volví a tomar aquella carne entre los labios. Mi lengua jugaba con la punta antes de sentirla palpitar de nuevo.

Él gemía y se abandonaba. La saqué de la garganta para bajar hasta sus testículos y los lamí a placer. Separé aún más sus piernas. Esa noche estaba dispuesta a todo. Quizás el vino que él había bebido de más ayudó a mi propósito.

Dejé que mi lengua empapara aquellas redondeces hasta que mi saliva resbaló y se perdió entre sus nalgas. Avancé más allá, insinuándome entre los dos montículos de carne. Sentí que se crispaba. Creo que intuyó mis intenciones.

Con los dedos lo abrí. Nunca jamás había hecho algo así, y, por sus gestos y sus sonidos, supe que a él tampoco se lo habían hecho nunca. Mi lengua resbaló buscando su entrada. Al principio me costó superar el bloqueo mental, pero continué.

La punta rozó aquel anillo y sentí su sacudida. Le gustaba. Avancé un poco más, insistí alrededor con la lengua mientras le sujetaba el sexo con la mano libre. Estaba duro como nunca. Pequeños espasmos lo recorrían y sus muslos temblaban a cada lamida. Lo estaba disfrutando.

Uno de mis dedos, bien mojado en saliva, se coló apenas en su esfínter. Sentí que se tensaba. Lo calmé con nuevas lamidas hasta que aceptó. Apreté un poco y entré hasta la segunda falange. Él boqueaba como un pez fuera del agua. Sus piernas temblaban igual que las mías la noche anterior.

Mi boca buscó su sexo sin dejar de penetrarlo con el dedo. Lo metí hasta la garganta. Tembló, completamente rendido. Bajé otra vez hasta sus nalgas para humedecer el dedo. Ya se había entregado: solo gemía, los ojos perdidos, la boca abierta de par en par igual que las piernas.

Quería sentir su placer en mi boca. Lo engullí sin dejar de moverme dentro de él. Sus manos se aferraron a mi nuca mientras me lo metía hasta el fondo. Sentí alguna arcada, pero la superé. Estalló, literalmente, inundándome el paladar mientras rugía.

Por primera vez se había corrido antes que yo. Me sentí satisfecha. Satisfecha y muy traviesa. Ahora era mi turno.

***

Lo dejé recuperarse acercándole la copa de vino a los labios. Bebió con ganas; supongo que tenía la garganta seca. Besé su pecho mientras miraba su sexo, relajado ahora sobre el vientre. Me encantó verlo así de vencido.

Le pasé un cigarrillo encendido y manchado con mi carmín. Exhaló una larga bocanada antes de devolvérmelo. Estaba rendido, sin duda. Unos minutos más de calma antes de pasar a la acción.

Me quité la poca ropa que aún me cubría delante de él. De pie, acerqué mi pubis a su cara. No hacía falta ninguna explicación: él sabía lo que tenía que hacer. Lo sentí aspirar mi aroma. Con las manos me tomó de las caderas y me apretó contra su boca. Su aliento chocó contra mi piel.

No tardó en sacar la lengua a pasear. La sentí húmeda y caliente abriéndose paso entre mis pliegues. Subió una de mis piernas al sofá para dejarme más expuesta. Buscó mi clítoris, ya bien duro a esas alturas.

Ahora fui yo la que tomó su nuca para apurarlo. Y lo hizo. Vaya que si lo hizo. Sentí que el vientre se me revolvía cuando succionó hasta hacerme gemir. Sus manos me sujetaban las caderas como para impedir que escapara. Nadie quería huir de aquello.

Dejé su cara empapada mientras me frotaba contra ella sin pudor. Pero quería más, mucho más. Me puse a cuatro patas a su lado, ofreciéndole mi trasero bien expuesto, abierto con mis propias manos, dejándole claro qué deseaba. Aquello que la noche anterior me había descubierto.

No se amedrentó. Se detuvo un momento a admirar las vistas. Supongo que su sexo dio un respingo ante la imagen. Mis dedos jugaban entre mis piernas, animándolo a seguir.

Una mordida en mi piel me hizo gritar. No la esperaba, pero me excitó saber que la había provocado yo. Su lengua paseó por la parte alta de mis nalgas, justo donde empieza el surco que las divide. Sentí su saliva resbalar más y más abajo.

Me moría por volver a sentir aquella calidez como la noche anterior. Casi temblaba de ganas, pero él seguía dando vueltas alrededor sin llegar nunca. Mecí las caderas para apurarlo, y ni así. Seguía jugando conmigo y con mi impaciencia.

Para entonces mis dedos se hundían en mí, buscando placer de solo imaginar lo que vendría. No me hizo esperar mucho más; conocía mi urgencia. Se dejó resbalar hasta llegar a donde lo reclamaba. Algo parecido a un destello me cruzó la mente con esa sensación.

Se sentía increíblemente bien, como nada que hubiera experimentado antes. Su lengua me hacía retorcer mientras hurgaba. Gemía como una gata en celo y me sacudía a cada embate. ¿Por qué no supe esto antes?

De pronto el sexo de siempre me pareció aburrido, soso, sin sal ni pimienta. Este descubrimiento me abría sensaciones nuevas, placeres nuevos. Adoraba sentirlo hundir la lengua en una parte que nunca antes sospeché capaz de darme tanto.

Me revolvía entera bajo su saliva caliente. Empujaba hacia atrás buscando que la clavara más adentro. Por un momento se detuvo para que fuese su dedo el que ocupara aquella zona tan sensible. Lo sentí entrar, abriéndose camino poco a poco, mientras yo trataba de relajarme a cada empujón hasta tenerlo dentro.

Me volvía loca. Su lengua jugaba entre mis dedos, mirándome entera, adelantando un orgasmo que ya amenazaba con desbordarme. Mi clítoris latía y aceleraba mi corazón. Me sentía volar.

De pronto fueron dos los dedos que se clavaban en mí. No dije nada. Se hacía un poco molesto, pero no dije nada. Lo dejé hacer. De reojo vi su sexo recuperar firmeza. Se ponía duro ante mis ojos y eso me encendió todavía más.

No sé por qué lo dije. Nunca antes lo había siquiera pensado, pero lo dije.

—Métemela ahí —susurré, sin reconocer mi propia voz.

Se tomó su tiempo. Después de mojar bien todo con saliva, apoyó la punta justo donde un momento antes jugaban sus dedos. Yo no sabía si sería capaz de aguantarlo, pero lo necesitaba. Jamás habría imaginado este deseo en mí. Era extraño, sí, pero también era exactamente lo que quería.

Apretó un poco y sentí como si me desgarrara por dentro. Dolió. Me quejé más de dolor que de placer, pero no lo detuve. Él se quedó quieto unos instantes, dándome tiempo para acostumbrarme a aquella sensación nueva.

Más saliva, un nuevo empujón, y casi la mitad entró en mí. Era una situación extraña, dolorosa y placentera a la vez. Se sentía muy distinta a la otra entrada. Yo misma empujé hasta sentirme llena, llena de una carne caliente y dura que me arrancaba gritos de placer doloroso.

Lo retuve con la mano para que no avanzara más. Aún necesitaba tiempo. Despacio, sin prisa, dejándose guiar, empezó a entrar y salir de mí. Poco a poco mis músculos se relajaron y volvieron a aceptarlo.

Me sentía llena, extrañamente llena. Todo aquello era nuevo. Estaba confundida y excitada, algo ansiosa, impaciente por saber hasta dónde sería capaz de recibirlo. Lo sentía intimidante y, a la vez, jodidamente placentero. Me ahogaba entre mil pensamientos y sensaciones. Quería más, fuera como fuera.

Empujé hacia atrás hasta sentir sus muslos chocar con los míos. Estaba encantada, ensartada como nunca, y sentía placer, mucho placer. Sus manos en mis caderas tiraron de mí varias veces, haciéndomelo sentir en las entrañas. Ahora sí, ya no había vuelta atrás.

Empecé a ir y venir contra él, sintiendo cómo me llenaba en cada embate. Me mecí para sentirlo en todo mi interior. Mis caderas eran su territorio y él las gobernaba con las manos. Gritaba a cada empellón, gemía y le rogaba que no parara. Entraba y salía ya sin contemplaciones.

Busqué mi clítoris para descargar la tensión que me consumía. Quería llegar ya, necesitaba llegar ya. Él aumentó el ritmo mientras me amasaba los pechos. Lo noté crecer dentro de mí. Sí, él también estaba a punto.

Le rogué que terminara dentro. Necesitaba saber qué se sentía. Tirando de mis caderas, se hundió hasta hacerme gritar al tiempo que noté su calidez en mi interior. Solo hizo falta eso para correrme yo.

Y me corrí como nunca. Entre estertores y gritos. Él siguió un rato más, entrando y saliendo aun después de que me derrumbara sobre el sofá. Cuando por fin se retiró, un reguero tibio corrió por mi piel. Mis dedos seguían quietos sobre mi sexo, como si no quisieran dejar marchar lo que acababa de sentir.

Nunca antes se me había pasado por la cabeza que esa forma de placer existiera. Fue un descubrimiento que ya no faltó en ninguna de nuestras citas posteriores. Había de todo, claro, pero aquello —el beso negro, lo demás— nunca volvió a faltar entre nosotros.

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Comentarios(5)

Moni_R

increible!! me dejo sin palabras

LucasCBA_88

Por favor que haya una segunda parte, quede con las ganas de saber como sigue todo esto

Pasion_Sur

Me encanto como lo contaste, se siente autentico y muy personal. Sigue subiendo mas relatos asi!

CristalHuinca

jajaja al leer esto me acorde de algo parecido que me paso hace unos años, no tan intenso pero similar. gracias por animarte a contarlo

RufinoMtz

Muy buen relato, directo y sin vueltas. Esperando mas

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