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Relatos Ardientes

Mi mujer cumplió su fantasía en el Caribe esa noche

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Esto que voy a contar es algo que mi mujer y yo guardábamos solo para nosotros, dicho en susurros antes de dormir, cuando la imaginación se vuelve más atrevida que la vida real. Es un placer raro el de fantasear con lo prohibido, alimentarlo con el morbo de lo que nunca te atreverías a hacer. Y, sin embargo, una vez se cumplió. Lo cuento porque desde entonces no hemos vuelto a ser exactamente los mismos.

Llegados a cierta edad, uno aprende a soltar los prejuicios. Lucía y yo lo hablábamos a menudo: la vida ofrece pocos placeres de verdad y sería absurdo desperdiciarlos por miedo al qué dirán. Así fue como, una noche cualquiera, empezamos a imaginar en voz alta cómo sería compartir la cama con un tercero. A mí me encendía más que a ella, todo sea dicho. Ella jugaba con la idea, le gustaba el cosquilleo de nombrarla, pero hacerla realidad le parecía otro asunto.

Reservamos quince días en un resort de la costa caribeña, uno de esos lugares donde el calor lo vuelve todo más lento y más fácil. Empezamos a disfrutarlo desde antes de llegar.

***

El avión cruzaba la noche cuando casi todo el pasaje dormía. Lucía se había recostado sobre mi hombro, vestida con una camiseta blanca de tirantes y una falda corta que dejaba sus piernas al descubierto. La azafata nos había dado una manta y yo la aproveché. Empecé a acariciarle el muslo por debajo de la tela, despacio, subiendo a medida que su respiración cambiaba.

Ella fingía dormir, pero abrió un poco las piernas. Mis dedos encontraron la frontera de su ropa interior y la apartaron con cuidado. Estaba húmeda, mucho más de lo que su cara serena dejaba ver. Metí dos dedos despacio, notando cómo su coño se abría para mí, caliente y resbaloso, mientras yo le masajeaba el clítoris con la yema del pulgar. Trabajé despacio, atento al pasillo, y noté cómo mordía la manta para no hacer ruido. Cuando su cuerpo se tensó y tembló en silencio, supe que había llegado al final. Se quedó inmóvil unos segundos, con las piernas abiertas apenas lo justo para que yo siguiera rozándole la vulva, como si quisiera más aunque todavía se hiciera la dormida.

Entonces fue ella quien tomó el control. Su mano buscó la cremallera de mi pantalón y, agachándose bajo la manta como si dormitara sobre mí, me sacó la polla con una naturalidad descarada. Me envolvió con la boca con una precisión que me dejó clavado, su lengua apretando la punta, jugando con el frenillo, lamiéndome desde la base hasta el glande como si se lo supiera de memoria. Yo apreté los dientes. Miré una última vez alrededor: todo en orden, todos dormidos. Después solo quedó cerrar los ojos y dejarme ir, sintiendo cómo me chupaba con ganas, tragándose cada gemido que yo no podía soltar.

***

El hotel nos dejó sin palabras. Nos asignaron una cabaña independiente, con una cama enorme de madera labrada al estilo de la zona, una pequeña nevera surtida y, para nuestra sorpresa, un mayordomo a nuestro servicio durante toda la estancia. Esa primera noche cenamos, tomamos un par de copas y caímos rendidos por el viaje.

A la mañana siguiente bajamos a la piscina. Lucía llevaba un biquini azul de poquísima tela, dos lazos a los lados que parecían sostenerse de milagro. Pasamos horas entre el agua y el sol, hasta que sus idas y venidas al baño empezaron a alargarse demasiado.

—¿Qué tramas? —le pregunté cuando volvió con una sonrisa que no había tenido al irse.

—No preguntes —dijo, mordiéndose el labio—. Es una sorpresa para esta tarde.

Me pasé el resto de la mañana intentando sonsacarle algo, sin éxito. La intriga me tenía nervioso, y a la vez ese nervio era parte del placer.

***

Después de comer volvimos a la cabaña. Nos echamos un rato y me quedé dormido. Me despertó su boca recorriéndome el cuello, bajando por el pecho. Se había duchado y perfumado, y llevaba solo la parte de abajo del biquini y una camiseta corta sin nada debajo. Me lamía el pezón con lentitud, dándome pequeños mordiscos que me ponían duro otra vez en segundos.

Sacó unos pañuelos de la mesilla y me ató las muñecas al cabecero. Luego me vendó los ojos. Me quedé a su merced, ciego, mientras su lengua trazaba un mapa por todo mi cuerpo sin tocar nunca donde yo más lo pedía. Me rozaba con su cadera, subía y bajaba, me apoyaba el sexo mojado sobre la verga para apenas frotarme y luego apartarse, cruel y deliciosa. Yo sentía su coño húmedo, el calor de su respiración, el aroma de su piel y el de la crema que se había puesto, mientras me mantenía al borde con una paciencia perversa.

—Pásamelo por la boca —le supliqué.

Pero ella no quería darme nada todavía. Quería tenerme caliente, desesperado. Bajó más la cabeza y me chupó los huevos, uno por uno, luego volvió a subir hasta mi boca y me besó con los labios llenos de mi propio sabor, como si quisiera recordarme quién mandaba en ese momento.

Entonces sonaron unos golpes en la puerta. Lucía se detuvo, se bajó de encima de mí y me levantó apenas la venda. Vi cómo abría y traía de la mano hasta la cama a Marcos, el joven que se encargaba de atendernos en el hotel. Desde luego, había hecho bien sus gestiones de aquella mañana.

Se colocó detrás de ella, le acarició el cuerpo por encima de la camiseta, le besó el cuello. Mi mujer no me quitaba los ojos de encima, vigilando mi reacción. La única reacción que tuve fue desear, con una fuerza que no recordaba, que aquello no se detuviera. Marcos le apartó la camiseta con cuidado y le chupó las tetas despacio, alternando la lengua en cada pezón hasta ponerla temblando. Lucía soltó un jadeo corto cuando él le metió dos dedos entre los muslos y los empapó con su jugo. Yo veía cómo ella se arqueaba, cómo le buscaba la boca a ciegas, hambrienta de lengua y de contacto.

Las manos de Marcos bajaron, apartaron la fina tela del biquini y se hundieron entre sus piernas. Lucía separó los muslos para facilitarle el camino, perdida ya en lo que él le hacía. Él le abrió el coño con los dedos, la frotó en círculos, y luego la hizo girar, sentarla en el borde de la cama frente a su cuerpo, con las piernas colgando abiertas. Ella, con un movimiento lento, le bajó el pantalón de lino. Era lo único que llevaba puesto.

Lo que siguió lo observé entero, atado y mudo, retorciéndome contra los pañuelos. Mi mujer se agachó sobre él y le tomó la polla con la boca, tragándosela hasta casi la garganta, la mejilla hundida contra su vientre mientras él le sujetaba la cabeza. Después Marcos la tumbó con suavidad, le separó las piernas y se aplicó con la lengua mientras ella se arqueaba y dejaba escapar gemidos que ya no intentaba contener. La lamía con hambre, abriéndole más y más, lamiendo su clítoris hasta hacerla temblar, y Lucía agarraba las sábanas con las muñecas atadas, empapando todo con su excitación.

Cuando la puso de rodillas y la penetró, despacio primero y luego con un ritmo firme, yo solo podía mirar. Le metió la polla hasta el fondo, saliendo apenas para volver a hundirse, y cada embestida le movía las tetas y el culo con una violencia obscena. La envidia y el deseo se mezclaban de un modo que nunca había sentido. Lucía empujaba la cadera hacia atrás, buscando más, ofreciéndose más abierta, mientras él le sujetaba las caderas y la follaba con fuerza creciente. Los dos terminaron casi a la vez, agotados, enredados sobre la cama, él jadeando sobre su espalda y ella temblando todavía con la respiración rota.

Marcos se incorporó, me dirigió un gesto con el pulgar y se metió en la ducha. Mi mujer gateó hacia mí, me besó con la boca todavía caliente, me liberó las manos y me montó sin previo aviso. Se sentó a horcajadas sobre mi verga, me la fue metiendo poco a poco, apretando el coño alrededor de mí hasta dejarme sin aliento. Apenas duré unos segundos, embistiendo contra ella con la urgencia de quien se ha pasado demasiado tiempo mirando. Antes de irse, Marcos se dejó dar las gracias en la puerta del baño, con una sonrisa, y prometió volver.

***

Esa noche cenamos rememorando la tarde, encendidos los dos solo de nombrarla. Bajamos al salón de animación a tomar una copa y allí estaba él de nuevo, guiñándole un ojo a Lucía desde la pista. Ella quiso bailar; yo la acompañé sin ganas, y cuando empezó la música caribeña los dejé solos con una excusa y me senté en la mesa.

Al rato volvió ella, acalorada, y me habló al oído con una urgencia nueva:

—Quiero que ese hombre me vuelva a buscar. Dile que sí.

Y se fue corriendo al baño. Aproveché para hacerle una seña a Marcos. Ya tenía una idea rondándome la cabeza, una que iba más allá de lo que habíamos vivido. Era arriesgada, porque Lucía siempre había dicho que más de un hombre le parecía exceso, vicio antes que fantasía. Pero la curiosidad me pudo. Hablé con Marcos, que conocía el hotel y a su gente mejor que nadie, y entre los dos dejamos todo preparado para el día siguiente.

***

Aquella tarde, de vuelta en la cabaña, le devolví el juego. La fui besando el cuello hasta la boca mientras le acariciaba el pecho. Sus pezones estaban ya duros bajo mis dedos y la noté húmeda con apenas el roce, con el coño palpitándole entre las piernas. Tomé los mismos pañuelos que ella había usado conmigo y le até las muñecas.

—Hoy me toca a mí —le dije al oído, y le cubrí los ojos.

Se dejó hacer, en silencio, mientras yo trabajaba su cuerpo con calma. Le abrí las piernas y empecé por donde sabía que iba a romperse antes: la lengua en el clítoris, los dedos profundos, el pulgar hundido en la entrada mientras ella soltaba pequeños gemidos entrecortados. Había dejado la puerta sin echar la llave. Cuando noté el momento, hice una seña hacia la entrada. Marcos se acercó sin un ruido y posó su boca justo donde mis dedos acababan de estar. Lucía se sobresaltó un instante al sentir a alguien más, pero el placer la convenció enseguida de rendirse. Él le lamió el coño con ganas, metiéndole la lengua de arriba abajo, mientras yo seguía besándole el cuello y las tetas, sujetándole la cara para que no pudiera escapar de lo que venía.

Yo seguía a su lado, besándole los pechos y la boca, cuando ella notó otra presencia. Un segundo hombre —Daniel, un amigo de Marcos— se había sumado en silencio. Lucía hizo un gesto de sorpresa, casi de alarma, al darse cuenta de que ya no éramos dos. Pero Marcos sabía exactamente lo que hacía, y muy pronto dejó de pensar en quiénes estábamos para concentrarse solo en lo que sentía. Daniel le tomó una mano y la obligó a tocarle la polla dura, guiándola hasta su base, dejando que ella la apretara y la masturbara con torpeza al principio y con hambre después.

Le quitaron la última prenda entre los dos. Marcos se hundió en ella mientras Daniel le ofrecía su cuerpo a la altura de la boca. Por un momento temí que se negara, que aquello fuera demasiado, pero el deseo la había ganado. Mi mujer, que siempre había rechazado la sola idea, se entregó a los dos a la vez con una intensidad que me dejó sin aire. Marcos la follaba por delante, sacando y metiendo la polla con un ritmo brutal, mientras Daniel la tomaba por detrás, alternando caricias, dedos y la punta de la lengua, haciéndola retorcerse en medio de la cama. Yo no paraba de acariciarla, de besarla donde podía, sumándome a su placer.

Los hombres se turnaron, intercambiaron posiciones, y en cada cambio era yo quien aprovechaba para acercarme a su boca o a su oído. Daniel le metió la polla en la boca y Lucía se la chupó con fervor, la mandíbula abierta, la saliva chorreándole por la barbilla. Marcos le sostuvo las caderas y volvió a penetrarla por detrás, ahora con más fuerza, haciéndola gemir más alto, perder el control, decir nombres entre jadeos. Sus gemidos debían oírse desde fuera de la cabaña. Cuando ambos llegaron al final, ella los acompañó con un grito largo, arqueada sobre la cama, perdida del todo. Uno tras otro descargaron sobre ella su corrida, y el calor del semen le resbaló por el vientre y los muslos mientras seguía temblando, abierta y rendida.

Me acerqué entonces yo, el último, y la hice terminar una vez más mientras ellos recuperaban el aliento junto al balcón. Le aparté el pelo de la cara, le besé la boca llena de saliva y sudor, y seguí frotándole el coño hasta que volvió a convulsionarse debajo de mí. Después les hice una seña: su trabajo había acabado. Se vistieron, se despidieron con una sonrisa cómplice y nos dejaron solos.

***

Me tumbé junto a Lucía, le aparté el pelo de la cara y la besé despacio. Le pregunté si le había gustado. Rendida, con los ojos a medio cerrar, solo alcanzó a contestar:

—Gracias, amor. Te quiero.

Aquella experiencia la seguimos disfrutando todavía hoy, cada vez que hacemos el amor a solas. Basta con recordarla en voz baja para que los dos nos encendamos como la primera vez. Lo echamos de menos, la verdad. Habrá que preparar otro viaje y sacarle a la vida todo el jugo que dé.

A veces pienso que fue un golpe de suerte que se alinearan el lugar, el calor y nuestras ganas. Sé que para mi mujer repetirlo es algo que ve lejos, una de esas cosas que excitan más en la imaginación que en la realidad. A mí me pone como una moto; a ella todavía le da un poco de vértigo.

Todo queda en la mente. Pero quién sabe si algún día, en otra cabaña, frente a otro mar, todo vuelve a cambiar.

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Comentarios(4)

Dani_sierra

excelente relato!!! uno de los mejores que lei por aca en mucho tiempo

MariaCba

Por favor que haya una segunda parte, quede con muuuchas ganas de saber como termino esa noche

NightReader86

Me encanto como lo narraste, se siente muy real sin ser bruto. De esos relatos que te quedas pensando un rato.

Toni_Mex

jajaja la parte de la sorpresa me mato. genial el giro

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