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Relatos Ardientes

El secreto que mi novia escondía en mi almuerzo

—Toma, amor, que no se te olvide tu almuerzo —me dijo Carla mientras me ajustaba el nudo de la corbata con esos dedos finos que tan bien conozco.

Tomé la fiambrera que cada mañana me prepara con una dedicación que todavía me sorprende, y me incliné para darle un beso. Ella, como siempre, me agarró de la corbata y tiró un poco para alargarlo, mordiéndome apenas el labio antes de soltarme.

—Adiós, cariño —murmuré, todavía aturdido por la manera en que me besa cuando quiere dejarme pensando en ella todo el día.

Carla es mi pareja desde que teníamos veinte años. Era de esas mujeres a las que todo el mundo miraba dos veces, segura de sí misma, con una risa que llenaba cualquier habitación. Yo nunca terminé de entender qué vio en alguien tan corriente como yo, pero llevamos casi una década juntos y todavía me despierto agradecido de que siga aquí.

Llegué a la oficina puntual, como cada día. Trabajo en una gestoría llevando las cuentas de medio barrio: no es un oficio brillante, pero me da estabilidad y, sobre todo, me deja la cabeza tranquila para volver a casa sin arrastrar el trabajo conmigo. La rutina me reconforta. O eso creía hasta esa mañana.

El día transcurrió sin sobresaltos, papeles y números, hasta que llegó la pausa del mediodía y me senté con Damián en la cocina común. Él es de los que hablan más de lo que callan, y casi siempre eso termina en alguna conversación que no esperaba.

—A ver, ¿qué te preparó hoy tu chica? —preguntó antes incluso de que abriera la fiambrera.

—Lo de siempre —contesté mientras destapaba el agua—. Un bocadillo, fruta y ensalada con piña.

—Esa novia tuya es traviesa, ¿eh? Siempre te pone piña —dijo con una sonrisa torcida que no me gustó nada.

—Ajá. ¿Y qué tiene de raro? —pregunté con medio bocadillo en la boca. Nunca me dan demasiado tiempo para comer.

—¿No sabes lo que dicen de la piña? —insistió, claramente disfrutando del momento.

—No. ¿Qué dicen?

—Que le mejora el sabor a la corrida, hombre. Que si tu chica come piña, cuando te chupa la polla y te tragas, sabe dulce —soltó sin bajar la voz, cabrón—. Y la tuya lleva meses poniéndotela.

Me quedé inmóvil con el vaso a medio camino.

—¿En serio? —solté, más para mí que para él.

Sabía que Carla era apasionada. Después de tantos años conocía bien hasta dónde llegaba su imaginación en la cama: cómo se le encendían los ojos cuando le daba la vuelta contra la pared, cómo me clavaba las uñas en el culo cuando la penetraba a fondo, cómo pedía más aunque tuviera la voz rota. Pero jamás me había dejado una señal tan deliberada, tan paciente. La piña, día tras día, semana tras semana, sin decir una palabra. Preparándome la boca sin que yo me enterara.

Esa pequeña charla me dejó dándole vueltas el resto de la tarde. Repasé los últimos meses como quien revisa un balance: siempre piña, siempre en silencio. Yo había dado por hecho que la ponía porque sabía que era mi fruta preferida. Qué torpe había sido. No era un detalle cariñoso. Era una invitación esperando respuesta. Meses queriendo que se la metiera hasta el fondo de la garganta y correrme dentro de su boca, y yo mordiendo el maldito bocadillo sin enterarme de nada.

La polla se me puso dura ahí mismo, debajo de la mesa, con solo pensarlo. Tuve que cruzar las piernas y respirar hondo. Los números del resto de la tarde no significaron nada; solo veía la boca de Carla, sus labios pintados de rojo los sábados, la lengua asomando cuando se ríe. La imaginaba abierta, esperando, con la barbilla hacia arriba. Cuando el reloj marcó las cinco, recogí mis cosas más rápido que de costumbre, con la polla todavía a medio erectar apretada contra la bragueta.

***

Llegué a casa pasadas las cinco y media. Lo primero que noté fue el silencio. Normalmente Carla anda trasteando en la cocina a esa hora, con la radio puesta, pero esa tarde no había ningún ruido. Sobre la encimera había dos platos servidos, intactos, como si hubiera empezado a preparar algo y se hubiera detenido a media tarea.

Supuse que estaría arriba, así que subí. La encontré tendida en la cama, dormida, con una serenidad que hizo que me quedara un instante quieto en el umbral solo para mirarla.

Y entonces volvió la conversación con Damián. Volvió toda de golpe, y mis ojos cayeron en sus labios, entreabiertos por el sueño. Imaginarlos cerrándose alrededor de mi polla me provocó una reacción casi inmediata, una tensión que me sorprendió por lo intensa. Se me puso dura enseguida, empujando la tela del pantalón, palpitando al compás de las ganas que llevaba arrastrando desde el mediodía.

Me quité la chaqueta sin hacer ruido y la dejé sobre el respaldo de la silla. Aflojé el nudo de la corbata mientras me acercaba a la cama y me senté en el borde con cuidado de no despertarla.

Llevaba una camiseta de tirantes, sin nada debajo, y la tela dejaba adivinar la forma de sus tetas cada vez que respiraba. Los pezones se le marcaban duros contra el algodón. Bajé la mirada un poco más, hacia sus piernas marcadas bajo la sábana ligera. La aparté despacio. Solo unas braguitas de color azul claro, tan finas que se le veía el bulto del coño debajo, la sombra del vello recortado. Mi polla respondió otra vez con una urgencia que ya no quería contener, empujando el pantalón como si quisiera romperlo.

Pero mi atención regresaba siempre al mismo sitio: su boca. Desde aquella charla absurda en la oficina, no había podido pensar en otra cosa que en metérsela hasta el fondo, en sentir sus labios apretados en la base de mi verga, en tenerla así, rendida ante mí, tragándose todo lo que llevaba meses pidiendo sin pedir.

Tantos meses dejándome pistas. Ahora me toca a mí responder.

Me desabroché el cinturón con un cuidado casi quirúrgico. Terminé de soltarme la corbata, la deslicé del cuello y, con una lentitud que me hacía contener la respiración, le pasé la tela alrededor de las muñecas y se las até a la espalda. Tiré apenas para comprobar el nudo. Quizá fui más firme de lo que pretendía, porque al ajustarlo ella se removió y abrió los ojos.

No me importó. Ya había conseguido lo que buscaba.

—¿Qué haces? —preguntó con una sonrisa que no tenía nada de inocente, la mirada fija en mí, evaluando la situación sin el menor asomo de alarma. Los ojos se le fueron directos al bulto de mi pantalón y se le escapó un jadeo bajo, casi de aprobación.

No le contesté. No le di tiempo a protestar ni a fingir que protestaba. La incorporé con suavidad y la guie hasta dejarla arrodillada frente a mí, sobre la alfombra. Ella comprendió al instante lo que quería. Hubo un segundo de sorpresa, una ceja arqueada, y enseguida algo encendido en los ojos que me confirmó que llevaba esperando ese momento tanto como yo.

Me bajé la cremallera despacio, sin dejar de mirarla. Me solté el botón, me abrí el pantalón y me bajé el calzoncillo justo lo suficiente para que la polla saltara fuera, dura, tensa, con la punta ya húmeda de tanto imaginármelo. Se la vi mirar. Vi cómo se le abrieron los labios sin darse cuenta, cómo se pasó la lengua por el labio inferior como quien reconoce lo que llevaba meses esperando en la mesa.

—¿Sabes qué descubrí hoy en el trabajo? —le dije, acariciándole el labio inferior con el pulgar—. Que la piña le mejora el sabor a la corrida. Y resulta que tú llevas meses poniéndomela en el almuerzo sin decirme nada. Meses queriendo que te la meta en la boca, ¿verdad, guarra?

Se le escapó una sonrisa entre los dientes y asintió apenas, sin dejar de mirarme la polla.

Le metí el pulgar en la boca y ella lo recibió, cerrando los labios a su alrededor, succionando con una intención que me dejó claro que no había malentendido posible. Chupó despacio, hundiendo las mejillas, moviendo la lengua contra la yema, y yo entendí ahí mismo que ese ensayo lo había hecho mil veces mentalmente. Aguanté un instante más, mirándola, y después le retiré la mano y guie su cabeza hacia mi polla.

—Si tantas ganas tenías —murmuré—, solo tenías que pedirlo. Abre la boca.

La abrió. Sacó la lengua, la apoyó plana bajo la punta de mi verga y me miró desde abajo, esperando el permiso. Se lo di empujando las caderas hacia delante y deslizándome sobre esa lengua caliente hasta que sentí cómo cerraba los labios en torno a mí.

Nunca me había sentido tan dueño de una escena. Ella empezó despacio, con la lengua, trazando un recorrido lento desde la base hasta la punta, deteniéndose en el frenillo, en la cabeza, chupando la primera gota de líquido que me había asomado. Cada movimiento parecía calculado para llevarme al borde y dejarme ahí, suspendido. Se metió media polla en la boca, la sacó despacio, la volvió a meter un poco más, midiendo lo que aguantaba.

—Joder, Carla —gemí apretando la mandíbula—. Así, sigue así.

Ella respondió con un gemido ahogado que me vibró contra la piel. Empezó a moverse más rápido, subiendo y bajando la cabeza, apretando los labios, con las mejillas hundidas por la succión. Escuchaba el ruido húmedo, obsceno, de su boca engullendo mi verga, la saliva resbalándole por la barbilla, la respiración cortada por la nariz cada vez que me hundía un poco más.

—Desátame —pidió en un susurro, separándose apenas, con los labios rojos e hinchados, un hilo de saliva conectándola todavía a la punta de mi polla.

—No —contesté, echando la cabeza hacia atrás—. Así. Atada, de rodillas, con la boca abierta. Sabes lo que me hace verte de esta manera.

No discutió. Al contrario, la negativa pareció avivar algo en ella. Se le pusieron los pezones tan duros que se le marcaban a través de la camiseta, y noté cómo apretaba los muslos entre sí, buscándose fricción. Con las manos atadas a la espalda y sin más recurso que su boca, se entregó por completo. Me tragó de nuevo, esta vez más profundo, empujándose sola contra mi pelvis hasta que sentí la punta de mi verga golpeándole el fondo de la garganta y ella arcadeando levemente sin apartarse.

—Joder, así —jadeé, hundiendo los dedos en su pelo, agarrándoselo en un puño—. Ábrela más.

Cerró los ojos y relajó la mandíbula. Empecé a marcarle yo el ritmo, moviendo las caderas, follándole la boca despacio primero y luego más rápido, sintiendo cómo la garganta se le abría a mi paso, cómo tragaba en torno a la punta cada vez que se la clavaba hasta el fondo. La saliva le chorreaba por la barbilla y le caía en gotas gordas sobre las tetas, empapándole la camiseta, dibujándole los pezones.

—Has estado practicando —dije, tirándole del pelo para sacársela un segundo, mirándole la boca abierta, brillante, la lengua todavía fuera esperándome.

—Un poco —respondió jadeando, con la voz ronca de tanto tenerme dentro—. Con el mango del cepillo. Quería estar preparada para cuando te dieras cuenta. Para poder tragártela entera.

Esa frase, esa pequeña confesión, me terminó de desarmar. Me la imaginé sola en el baño, con el pelo recogido y la boca abierta, aprendiendo a controlar el reflejo, pensando en mí, en este momento exacto. No la dejé fuera mucho tiempo. La acerqué de nuevo, se la metí de una sola embestida hasta el fondo, y ella retomó el ritmo, alternando la lengua y la presión justa, mirándome desde abajo con una intensidad que me sostenía la mirada sin pestañear. Con la punta de la lengua me trazaba círculos alrededor de la cabeza cada vez que la sacaba, y volvía a tragársela entera como si le fuera la vida en ello.

Esa mirada fue mi perdición. Sentí la corrida subiendo desde los huevos, esa tensión inconfundible que ya no se puede parar.

—Me corro, Carla —le avisé apretando los dientes—. Trágatela toda. No pierdas ni una gota.

Ella asintió sin sacársela de la boca, apretó los labios en la base, hundió las mejillas y succionó con todo lo que tenía. La tensión que había arrastrado toda la tarde, desde la cocina de la oficina hasta el umbral de nuestra habitación, se concentró en un único punto y estalló. Sentí cómo la primera oleada de semen le llenaba la boca, cómo tragaba enseguida sin dejar de chupar, cómo la segunda le salpicaba la lengua y también desaparecía por su garganta. Le vacié la polla dentro entre gemidos que ni intenté callar, sostenido por sus labios apretados, por sus manos atadas, por la certeza de que llevábamos meses tejiendo en silencio ese mismo final.

Cuando volví a abrir los ojos, ella seguía arrodillada, con la polla todavía a medio salir de la boca, un hilo de semen y saliva resbalándole por la comisura hasta la barbilla. Me sostuvo la mirada con una mezcla de orgullo y picardía, se incorporó un poco, sacó la lengua enseñándome los restos blancos que le quedaban encima y, sin apartar los ojos de los míos, tragó despacio. Después se relamió los labios, capturando la última gota que se le escapaba.

—Vaya —dije con una sonrisa, todavía recuperando el aliento, con la polla goteando los últimos restos sobre su barbilla—. Sin duda la mejor mamada que me han hecho nunca.

—La única, querrás decir —respondió, alzando la barbilla con ese desparpajo suyo—. ¿Y qué tal el sabor? ¿Valió la pena tanta piña?

—Dulce, cabrona. Dulce como me habías prometido en silencio.

Me agaché para deshacerle el nudo de la corbata. Le froté las muñecas con cuidado, donde la tela le había dejado una marca tenue, y ella me dejó hacer sin dejar de sonreír, con los labios todavía hinchados y brillantes.

—¿Y la cena? —pregunté, recordando los dos platos abandonados en la cocina.

—La dejé a medias a propósito —confesó, estirándose como una gata, dejando ver el pezón erguido bajo la camiseta manchada—. Sabía que hoy llegabas con cara de haber entendido algo. Damián tiene la boca muy grande.

Me quedé mirándola, atando cabos.

—¿Tú sabías que él me lo iba a contar?

—Digamos que se lo puse fácil —dijo encogiéndose de hombros, encantada de sí misma—. Llevabas meses comiéndote la piña sin enterarte de nada. Una mujer tiene sus métodos. Y yo llevaba meses con ganas de que me follaras la boca así, de rodillas, sin preguntarme nada.

Me reí, más rendido que nunca a esta mujer que, después de tantos años, todavía era capaz de planear algo así con la paciencia de quien sabe que tarde o temprano va a salirse con la suya. Miré hacia abajo: mi polla, todavía dura a medias, brillante de su saliva, empezaba a hincharse otra vez solo con oírla hablar.

—La próxima vez —le dije, ayudándola a levantarse— prueba a decírmelo directamente. Te aseguro que respondo más rápido.

—¿Dónde estaría la gracia? —contestó, y volvió a agarrarme de la corbata, esta vez para arrastrarme hacia la cama—. Además, ahora te toca devolverme el favor. Llevo toda la tarde con las bragas empapadas pensando en esto.

La cena, definitivamente, iba a tener que esperar un poco más.

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Comentarios(4)

JuanCruz88

Que relato!!! me tenia en vilo de principio a fin

SolanaP

Segunda parte por favor, quede con muchas ganas de saber mas. Muy bueno!

FedeCba_23

me recordo a algo parecido con mi ex, esa complicidad sin palabras que tienen las parejas... lo contaste increible

LectorK_BA

jajaja el titulo me mato de curiosidad y el relato no decepciono para nada

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