Lo que empezó en las duchas del camping
No voy a negar que esperaba que Nuria me siguiera, aunque al final no ocurrió como yo había imaginado. Llevábamos toda la tarde rondándonos, midiéndonos con la mirada, y yo daba por hecho que el siguiente paso lo daría ella.
Fue después de ducharme, cuando salí ya vestido, que me la crucé justo en la entrada de los baños del camping. El pelo recogido, una toalla bajo el brazo y esa media sonrisa suya que nunca terminaba de ser inocente.
—¿Ya terminaste? —preguntó, deteniéndose delante de mí.
—Sí. Me vuelvo para la autocaravana.
—¿Me harías el favor de esperarme?
—Claro. Estoy aquí fuera.
Entró en uno de los cubículos con un culote ajustado y un top que apenas la cubría. Yo me quedé apoyado en la pared de azulejos, fumando, escuchando el primer chorro de agua caer contra el suelo.
No sé si fue a propósito o un descuido, pero la puerta no llegó a cerrarse del todo. Desde donde yo estaba, una rendija de apenas unos centímetros me bastaba para verla.
Se desnudó dándome la espalda. Vi la línea de su columna, la curva de su culo redondo y firme cuando se metió bajo el agua. No aparté la vista cuando se giró de perfil y aparecieron sus pechos pequeños, jóvenes, coronados por unos pezones rosados que se endurecían con el frío del primer instante.
Ver cómo sus manos enjabonadas recorrían su cuerpo me caldeó por dentro. Subieron despacio hasta los pechos, los rodearon, y sus dedos pellizcaron los pezones con una suavidad calculada.
Lo está haciendo para mí.
Oí, apagado por el agua, un gemido contenido. Una de sus manos bajó por el vientre hasta perderse entre sus piernas. Empezó a acariciarse sin prisa, con los ojos entornados.
Ya no me importaba que me viese, y menos con la erección que empezaba a presionarme contra el pantalón. Ni siquiera intenté disimular.
Tuve que hacerlo cuando entraron dos personas más. Saludaron al pasar, ajenas por completo a lo que estaba ocurriendo, y se metieron en la esquina opuesta de las duchas. Cuando volví a mirar, Nuria me observaba fijamente. No parecía molesta. Al contrario. Su mano seguía moviéndose entre sus muslos.
Estaba depilada por completo, y desde la rendija alcanzaba a ver cómo sus dedos se hundían y volvían a salir mientras se mordía el labio. Un instante después estiró el brazo y cerró la puerta del todo, dejándome fuera, sin nada que mirar salvo la madera pintada.
Tardó unos minutos en salir, ya vestida. Yo, recompuesto, la esperaba apoyado en la misma pared.
***
Encendimos otro cigarro y echamos a andar de vuelta por el camino de tierra que cruzaba el camping. La luna sacaba destellos a las chapas de las autocaravanas aparcadas en fila.
—¿Qué? ¿Te gustó lo que viste? —soltó ella sin rodeos.
—¿Siempre eres tan directa?
—Sí. ¿Te gustó?
Me detuve y la miré. No tenía sentido mentir.
—Pues sí. ¿Y a ti te gustó que te mirara?
—Es evidente que sí. Hasta me corrí.
—Mira qué bien.
—¿Quieres saber de qué me reía antes, cuando volví de buscar a Marcos?
—¿De qué?
—Cuando entré en su autocaravana lo pillé con la polla en la mano. Y, ¿sabes qué estaba mirando? Un vídeo de Lucía y de tu mujer desnudas, acariciándose la una a la otra. Y algo más.
—Vale. ¿Y?
—Nada. Por mí, ningún problema. Me dio igual.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—El problema es que Marcos tiene una buena polla y verlo me puso. Mucho. Y me da que ahora mismo la están disfrutando ellas dos. De Lucía no estoy tan segura, pero de tu mujer no me cabe ninguna duda, sobre todo después de que les enseñara las fotos que le hice a Marcos.
—Serás… —me reí—. Me parece perfecto. No hay ningún problema.
—Ya. Pero yo sigo caliente.
La miré mientras tiraba el cigarro a medias. No lo pensé demasiado. La agarré de la mano y tiré de ella hacia un grupo de pinos que crecían al borde del camino, allí donde la luz de las farolas no llegaba.
***
Detrás de los árboles, donde nadie podía vernos, metí la mano bajo la cintura de su pantalón y bajé directo hasta su sexo. Lo encontré húmedo y caliente. Cuando introduje un dedo, gimió y dejó caer la espalda contra el tronco.
Me pegué a ella, presionando mi erección contra su vientre, sin dejar de mirarla a los ojos, que brillaban en la penumbra. La otra mano subió por debajo de su camiseta y se topó con que no llevaba sujetador. Apreté uno de sus pechos y sentí el pezón endurecerse contra mi palma mientras su respiración se aceleraba.
Ella tampoco se quedó quieta. Coló la mano bajo mi pantalón, rodeó mi polla con sus dedos finos y empezó a acariciarme de arriba abajo.
Bajé la cabeza hasta uno de sus pechos, rodeé el pezón con la lengua y lo atrapé entre los labios. Nuria suspiró y movió la mano más rápido sobre mí. Fue ella misma quien me bajó el pantalón para liberarme del todo y pegó su cuerpo aún más contra el mío.
Sin más preámbulos, le bajé yo el suyo. Se encargó de guiar mi polla hasta la entrada de su sexo. Con el glande apenas dentro, deslicé las manos hasta sus nalgas, las agarré con firmeza y la levanté en vilo para dejarla caer despacio y hundirme en ella.
Un pequeño grito se le escapó cuando me sintió abrirme camino hasta el fondo. Empezó a mover las caderas, buscando el ritmo. Notaba cómo se cerraba alrededor de mí con cada movimiento, y su respiración entrecortada me golpeaba el cuello cuando apoyó la frente en mi hombro.
Sus gemidos en mi oído me encendieron todavía más. Empecé a empujar acompañando su vaivén, sosteniéndola contra el tronco. Cada embestida le arrancaba un jadeo, y sus pechos pequeños se aplastaban contra el mío.
—Así —murmuró pegada a mi oreja—. Hasta el fondo. Me voy a correr. No pares.
Sentí los espasmos sacudirla mientras se deshacía contra mí. Su cuerpo se aflojó, aún con mi polla entrando y saliendo despacio.
Yo todavía no había terminado, pero me salí de ella y la dejé de pie sobre la hierba.
—Vístete.
—Pero tú no te has corrido —dijo, sorprendida.
—No te preocupes. Vamos.
La tomé de la mano y la llevé de vuelta. No hacia nuestra autocaravana, sino directo a la de la otra pareja.
***
Abrí la puerta y la hice subir delante de mí. La escena que nos esperaba dentro lo confirmaba todo.
Diana, mi mujer, Lucía y Marcos estaban en la cama grande del fondo, los tres desnudos. Una jadeante y sudorosa Diana cabalgaba sobre Marcos de frente, mirando hacia la puerta, mientras Lucía, sentada sobre su cara, se mecía para que él la lamiera.
Se veía cómo la polla de Marcos entraba y salía del sexo de mi mujer, cómo sus pechos se movían con cada empuje que ella daba sobre él. Lucía, inclinada hacia delante, nos daba la espalda, perdida en su propio placer.
Diana fue la única que reparó en nuestra entrada. Nos sonrió sin dejar de moverse, como quien recibe a alguien a quien estaba esperando.
Sin perder el tiempo, agarré la camiseta de Nuria y se la saqué por la cabeza. Pegué mi cuerpo al suyo desde atrás y le bajé el pantalón. Así se quedó, completamente desnuda, observando cómo Diana la miraba mientras cabalgaba a Marcos y Lucía no paraba de gemir.
Me desnudé detrás de ella, pasé las manos por su cintura y subí hasta abarcarle ambos pechos a la vez, apretando mi erección contra su culo. Ella respondió empujando hacia atrás, dejando que me deslizara entre sus nalgas.
Se giró y acercó la boca a mi pecho, paseó la lengua por un pezón antes de atraparlo entre los labios. Lo mordisqueó, quizá un poco más fuerte de lo necesario, y se arrodilló para rodear mi polla con la boca.
Con los labios ciñéndome, su lengua recorrió el glande y una descarga me subió por la espalda. Se me escapó un gemido que hizo que Lucía se diera cuenta por fin de que estábamos allí. No dijo una palabra. Solo sonrió, sin dejar de mecerse sobre la cara de Marcos, el único que aún ignoraba nuestra presencia.
Mientras la boca de Nuria me recorría sin olvidarse de nada, bajé la cabeza para besar a Diana, que seguía meciéndose sobre un Marcos ajeno a todo. Con una mano sostenía la nuca de Nuria; con la otra acariciaba el pecho de mi mujer, rodeando su pezón duro con el pulgar.
No aguanté más. Levanté a Nuria y la coloqué de rodillas sobre la cama, dándome la espalda. La impaciencia pudo conmigo: agarré mi polla y la hundí de un solo empujón, arrancándole un grito de placer.
Lucía giró la cabeza y se incorporó un poco. En ese instante Marcos se dio cuenta de que estábamos a su lado.
—¡Joder! —soltó.
—No te preocupes —le dijo Lucía con calma—. Tú sigue.
Volvió a sentarse sobre su cara, él le agarró las nalgas, y Diana continuó cabalgándolo. Mirando a mi mujer, con las manos cerradas sobre las caderas finas de Nuria, empecé a bombear cada vez más rápido. En la autocaravana solo se oían gemidos, jadeos y el golpe seco de mi cuerpo contra el suyo. Nuria mordía las sábanas para contener los suyos.
Diana no tardó en sacudirse en un orgasmo largo, gimiendo con la polla de Marcos todavía dentro. Se quedó sobre él un momento, jadeando, antes de apartarse y cederle el sitio a Lucía.
—Toda tuya —le dijo a su amiga, riendo—. Hay que ver el aguante que tiene el chaval.
Mientras Lucía se acomodaba, Diana sostuvo la polla de Marcos y miró a Nuria, que la observaba con los ojos encendidos sin dejar de sentirme entrar y salir. Sin pensárselo, acercó esa polla a los labios de Nuria, que se abrieron para recibirla. La recorrió con la lengua antes de hundirla en su boca todo lo que pudo.
Fue solo un instante, lo que tardó Lucía en montarse a horcajadas y dejarse caer despacio hasta el fondo, mientras él le sujetaba los pechos. La mano de Nuria se quedó entre las piernas de Marcos, acariciándolo con suavidad, mientras yo seguía penetrándola desde atrás.
Diana se había sentado a un lado, todavía jadeando, y empezó a acariciar los pechos jóvenes de Nuria, pellizcando sus pezones rosados. La respiración de Nuria se disparó y noté cómo se cerraba en espasmos a mi alrededor hasta correrse entre gemidos ahogados.
Yo estaba al borde. Me salí de ella, la hice tumbarse boca arriba y me coloqué a horcajadas sobre su vientre. Mientras Diana seguía acariciándole los pechos, fue la propia Nuria quien rodeó mi polla con la mano y empezó a masturbarme sobre ella.
Verla así, con los labios entreabiertos y la punta de la lengua asomada, fue el último empujón. Me corrí sobre ella, gran parte en su boca ansiosa, mientras levantaba la cabeza para lamer el glande. Siguió acariciándome muy despacio hasta dejarme del todo vacío.
A nuestro lado, Lucía cabalgaba a un Marcos que no le quitaba ojo a lo que ocurría junto a él, aunque tampoco soltaba sus pechos. Los besaba, lamía los pezones duros, mientras su polla entraba y salía a toda velocidad.
—¡Qué polla más dura! —gemía Lucía—. ¡Qué gusto!
No tardó en echar el cuerpo hacia atrás, temblando, hasta correrse.
Marcos aún no había acabado. Diana lo hizo arrodillarse delante de ella y lo rodeó con los labios, lamiéndolo de arriba abajo, hasta que Lucía se le unió y las dos empezaron a alternarse. Me sorprendió ver a Nuria colocarse entre ellas y sumar su boca a las suyas, las tres disputándose lo mismo como pajarillos hambrientos.
Yo, desde atrás, miraba a las tres sentadas sobre los talones, con las bocas abiertas, mientras él se vaciaba entre ellas. La cara de Marcos era todo un poema. No terminaba de creerse lo que acababa de pasar, ni mucho menos tener a tres mujeres peleándose por él.
Después, en el silencio que vino, Diana se acercó y se sentó entre mis piernas, la espalda apoyada en mi pecho. Le rodeé la cintura con los brazos y la apreté contra mí, y no tardé en subir las manos para acariciarle los pechos desde atrás, mientras los cinco recuperábamos el aliento en aquella autocaravana que olía a sudor y a noche de verano.