Desde que volviste a la ciudad no dejo de imaginarte
Somos dos viciosos y no sabría decir cuál de los dos es peor. Cuando nos acostamos, lo nuestro es una especie de concierto sin idioma, todo gemidos y descaro. Tenemos hazañas particulares cuyo recuerdo todavía me alimenta cuando me quedo sola, años después de aquello.
Hasta hoy no creo que hayamos logrado vernos sin terminar enredados. Salvo aquella vez en la que decidí, entre juego y desafío, que no nos íbamos a tocar. Solo te susurré obscenidades mientras cada uno se ocupaba de lo suyo. Fue tan rico verte reaccionar a lo que te decía, ir subiendo despacio hacia el final, las dos copas de «vino entre amigos» temblando en la mesa.
El colmo de nuestro talento llegó cuando lamiste de tu propia mano lo que acababa de brotar, y yo, mirándote fijo, te pregunté: «¿Me invitas?». Lo que siguió fue el beso más sucio de mi vida, lenguas mezcladas con todo lo demás. Nadie nos había enseñado a ser así. Lo aprendimos solos.
***
Compartimos un secreto que no cabe en ninguna parte. Nadie más que tú conoce a la viciosa que se esconde detrás de la madre de dos hijos y restauradora de arte respetable que soy. Y yo soy la única que conoce al mirón insaciable, al besucón sin límites que escondes bajo tus modales de hombre serio, padre de familia intachable. Me honras, cariño, de verdad que me honras.
Imagínate entonces mi felicidad cuando me escribiste para contarme que habías vuelto a vivir a la ciudad, después de ese año largo y gris que pasamos lejos. Y ahora imagina las ganas que te tengo, lo obsesivas que se volvieron cuando supe que, por una casualidad absurda, te habías instalado a pocas cuadras de mi departamento nuevo.
Calculé incluso que estás a poco más de cuatrocientos metros de mí. Cuatrocientos metros. Es una barbaridad. Algunas noches salgo al balcón solo para mirar hacia tu calle y saber que duermes ahí, tan cerca, sin que nadie sospeche nada.
***
Por tu culpa me toco dos o tres veces al día. En el baño, en la cocina, en cualquier rincón donde tenga garantizados diez minutos a solas. Y siempre pienso en lo mismo, en nosotros, en lo que fuimos capaces de hacer y en lo que todavía podríamos hacer.
Voy a contarte exactamente en qué pienso cuando me abro de piernas y aprieto los dedos contra mí, de rodillas sobre el piso de la cocina, mojándome sin ninguna vergüenza sobre la cerámica que acabo de trapear. No te ahorro nada. Quiero que lo leas y que después no puedas dejar de imaginarlo.
Pienso, por ejemplo, en que podríamos hacerlo de pie en esta misma cocina. Como aquella mañana en que preparaba huevos para el desayuno, cuando vivíamos juntos. Te acuerdas, claro que te acuerdas. Te arrodillaste detrás de mí, pegado a mis nalgas, y me separaste las piernas con las manos.
Como solo llevaba un camisón fino, no te costó nada esconder la cabeza bajo la tela y sacar la lengua. Cuando la sentí pasar de mi sexo a un lugar más prohibido, solté la sartén y te pedí que siguieras. Lo hiciste con ganas, recordándome de paso que le echara sal a los huevos mientras me apretabas los pechos.
Terminamos haciéndolo de pie en el balconcito, a la vista del edificio de enfrente y de los autos que pasaban por la avenida de abajo. Me encantaba sentir tus caderas chocar contra mí, el calor de tu cuerpo encajando entero en el mío. Me agarraba del barandal de hierro frío y miraba las ventanas iluminadas de enfrente, preguntándome cuántos de esos desconocidos estarían mirándonos sin que nos importara. Apenas lo recuerdo, ya me empiezo a mojar otra vez.
Los huevos se quemaron, por cierto. Se quedaron pegados a la sartén mientras nosotros seguíamos a lo nuestro, y después nos reímos del olor a comida arruinada que invadió toda la cocina. Tuvimos que abrir las ventanas. Desayunamos tostadas con mermelada, todavía desnudos, mirándonos como dos cómplices que acaban de salirse con la suya.
***
Pero hoy quiero contarte otra cosa. Una que no pasó todavía, pero que va a pasar. Te armo la escena entera, para que la veas como la veo yo.
Por uno de esos milagros que nos merecemos, este fin de semana nuestras parejas se fueron con los chicos a visitar a los abuelos. Me invitas a tu casa para nuestro tradicional vino entre amigos. Bebemos, fumamos un cigarro en la terraza y nos calentamos un buen rato en el sofá de la sala. Pero sin tocarnos. Solo contándonos las últimas travesuras, midiéndonos con la mirada, como hacíamos siempre antes de rendirnos.
Terminamos besándonos, yo sentada a horcajadas sobre ti. Siento tu erección contra mí y me apuro en soltarte el cinturón. Cuando mi mano vuelve a encontrarte, suspiramos los dos a la vez. Me fascina esa piel suave y fina cubriendo algo tan tenso, tan vivo, latiendo bajo mis dedos como si nunca hubiera dejado de hacerlo.
Nos sacamos la ropa a tirones. Y aunque sé que te gusta estar completamente desnudos, me frenas justo cuando voy a quitarme la tanga de seda negra.
—Déjatela —me dices—. Se te ve preciosa.
Te quedas sentado en el sofá. Te obedezco, de pie frente a ti. Me la acomodo, la subo un poco para que entre bien entre las nalgas y presione donde sabes. No aguantas las ganas. Ves cómo la tela se ajusta a la forma de mí, dibujando esa línea que tanto te enloquece, y tu lengua empieza a recorrer toda la superficie todavía cubierta.
Lames la seda húmeda con una gula que no disimulas, disfrutando el sabor de mis ganas a través del género. Siento tu lengua insistir, presa de la tela, justo en la entrada. Te agarro los hombros con fuerza.
—Yo también te quiero probar —te digo.
***
Te levantas y me llevas al cuarto casi en vilo. Caemos a la cama besándonos, sin dejar de buscarnos con las manos. Mientras mi mano empieza un vaivén firme sobre ti, la tuya se abre camino entre mis piernas y me amasa entera. Apartas la tanga empapada de un dedo y siento tu mano deslizarse entre mis labios mojados. Te vuelve loco encontrarme así, lista desde antes de que empieces.
Te pido que te eches de espaldas. Me acomodo a tu lado, en cuatro, con el culo hacia ti, a disposición de tus manos y de tu obsesión por mi ropa interior. Empiezo a chuparte despacio, de la base a la punta, y vuelvo a usar la mano para hacerte entrar y salir de mi boca, mientras la otra te acaricia con cuidado.
La tienes más dura que nunca. Y tú, mientras tanto, juegas con la tanga, la tiras para que pase entre mis labios, presionando y despertando todo lo que ya está hinchado de ganas. Me retuerzo, gimiendo contra ti, sin poder quedarme quieta. Te fascina ese pedazo de seda del que te has vuelto dueño, ese que podría hacerme acabar con casi nada de esfuerzo.
Pero tu morbo siempre es más fuerte. Pasas la cabeza entre mis piernas y me lames sin tregua. Me comes literalmente, con la boca abierta para abarcar todo lo posible, con una lengua atrevida que se hunde donde quiere. Yo apenas puedo seguir el ritmo, la boca llena de ti, los ojos cerrados, el mundo reducido a este cuarto y a nosotros dos.
***
Gemimos los dos a la vez cuando te hundes hasta el fondo de mi garganta. Juego a envolverte con la lengua mientras siento la tuya trabajando en mí. Tienes ese don de hacerme las dos cosas al mismo tiempo, de tenerme entera a tu merced sin que yo quiera escaparme.
Con movimientos lentos de cadera empiezas a moverte en mi boca. Qué rico sentir cómo te deslizas mientras tengo la tuya dentro. Uno de tus dedos empieza a dibujar círculos húmedos en el lugar más íntimo, mientras me regalas lengüetazos anchos y pacientes. En mi boca siento los espasmos que te delatan: estás cerca, muy cerca.
Te suelto y levanto la cabeza para que aguantes unos segundos más. Suspiras de pura frustración. La saliva me chorrea por el mentón y yo también estoy al borde, temblando, sin querer que termine todavía. Tu dedo entra del todo. Me arqueo con un gemido ronco cuando otro lo acompaña.
Vuelvo a buscarte con la boca y te acaricio al mismo tiempo. Se escuchan nuestros jadeos ahogados, uno encima del otro, como aquel concierto sin idioma del principio. Estoy al borde y sé que vamos a acabar juntos. Te aprieto la boca, te chupo con todo, me restriego entera contra tu cara mientras tus dedos siguen donde están.
Y acabo así, contigo en mi boca, sin dejar de moverme. En el mismo instante, tú te dejas ir también, y siento todo lo tuyo llenándome de golpe.
***
Me dejo caer de costado, sin aire, el cuerpo todavía temblando por las réplicas. Te acercas y me acaricias la cintura despacio, con esa lentitud tuya de después, la única ternura que nos permitimos.
Entonces, entre una sonrisa y una mirada que ya conozco de memoria, acercas tus labios a los míos y, sabiendo perfectamente lo que haces, me preguntas:
—¿Me invitas?
Y yo, cariño, te invito siempre. Vives a cuatrocientos metros y todavía no me has tocado. Pero ya sé cómo va a terminar esto. Lo supe desde que me escribiste. Lo único que falta es que abras la puerta.





