Lo que le propuse a un desconocido en la plaza
No busco amor ni promesas. Esa tarde lo vi cruzar la plaza y supe exactamente lo que quería pedirle, aunque nunca antes me hubiera atrevido a tanto.
No busco amor ni promesas. Esa tarde lo vi cruzar la plaza y supe exactamente lo que quería pedirle, aunque nunca antes me hubiera atrevido a tanto.
Abrí la puerta de la cabaña esperando una litera libre y me encontré con cinco desconocidas a medio vestir. Esa misma noche entendí por qué viajo solo.
Teníamos la casa para nosotras y una banana sobre la mesa cuando Malena decidió que había llegado la hora de enseñarme todo lo que ella sabía.
Le pedí ayuda para llegar al lavabo con ese traje imposible. Lo que hizo cuando cerró la puerta a nuestras espaldas no entraba en mi contrato.
Me había llevado al dormitorio sin dejarme soltar la bolsa de la compra. Para cuando entendí lo que tramaba, ya estaba atado a la silla y sonaba el timbre.
Detrás de mis gafas oscuras me sentía invisible. No imaginé que la mujer de la toalla de al lado supiera exactamente dónde tenía clavada la mirada.
Le pedí una sola cosa: que no apagara la luz. Yo lo vería todo desde el portátil, en la otra habitación, mientras ella se encargaba del amigo de mi primo.
La primera vez que sentí a otro hombre dentro de mí, mi esposo estaba a un metro, mirándome con los ojos encendidos. Y yo no podía dejar de buscar su mirada.
Llevaba semanas desnudándome frente a su ventana a la misma hora, convencida de que el indiferente era él. No imaginaba que la verdadera mirada venía de otro lado.
Me escondí tras la cortina convencido de que ella no podía verme. No imaginé que el ruido me delataría justo en el peor momento.
La puerta de su dormitorio quedó abierta una sola vez. Desde mi sillón, en la oscuridad, no aparté la mirada ni un segundo de lo que hacían.
Tardé meses en confesarle que escuchar a los vecinos me ponía. Lo que no imaginé fue que ella terminaría grabándose para mí.
Desde la oscuridad la veía moverse sobre él, y entendí que ya no sabía si me dolía más mirar o las ganas que tenía de seguir mirando.
Cuarenta y seis años, recién llegada de Montevideo, y por primera vez en mi vida me atreví a quitarme la parte de arriba del bikini frente a un extraño que no apartaba los ojos de mí.
Sus dedos moldeaban el barro despacio y yo, a unos metros, imaginaba que esas manos me moldeaban a mí. Nunca cruzamos una sola palabra.
La sala estaba casi a oscuras cuando él subió la mano por su muslo. Tres filas más adelante, un hombre solo había dejado de mirar la pantalla para mirarlos a ellos.
Eligió la falda más corta y salió sin ropa interior. A esa hora el desconocido del andén siempre estaba ahí, y esta vez ella no pensaba apartarse.
Me metí en el tercer probador, dejé la cortina justo como me gusta dejarla, y al levantar la vista la pillé mirando hacia dentro. Una de las mías, pensé.
Sabía que andaba sin sostén por la casa. Lo que no sabía era que él contaba cada vez, y que guardaba una prueba húmeda debajo de su almohada.
Me excita que otros deseen lo que solo yo puedo tocar. Ese sábado, en la obra de nuestro futuro piso, se lo serví en bandeja a todos.