La travesti del turno noche me esperaba bajo la lluvia
Bajo el uniforme de cajera escondía lencería carísima y un secreto que ningún pasajero del último colectivo llegaba a imaginar.
Bajo el uniforme de cajera escondía lencería carísima y un secreto que ningún pasajero del último colectivo llegaba a imaginar.
En la pantalla era una diosa intocable de miles de seguidores. Esa noche, frente a la puerta de la suite, era solo ella: sin filtro, sin máscara, temblando.
Todavía tenía la cara manchada cuando me metí a la ducha. En menos de una hora iban a tocar el timbre, y yo ya estaba lista para entregarme otra vez.
Tenía curiosidad y un poco de asco, pero ella insistió hasta que me oí decir que sí. Lo que pasó esa tarde en su casa todavía me hace sonreír.
Estaba distraída con el móvil cuando sentí sus manos en mis costillas. Esa noche, en el patio, no quedó nada inocente entre nosotros.
Vino a mi casa a estudiar, pero yo llevaba un top sin sostén y una idea muy clara. Esa tarde descubrí cómo cogía el chico más tímido de la facultad.
Siempre es tan serio frente a los demás. Nadie imagina que basta una mirada suya para que yo baje la vista, me acerque y me arrodille sin que tenga que pedírmelo.
Sabía que tarde o temprano vendría a buscarme. Solo tenía que esperar bajo la farola y dejar que su culpa hiciera el resto del trabajo por mí.
Lo dejé al borde toda la noche, una y otra vez, sin permitirle terminar dentro de mí. No era crueldad: era mi manera de garantizar el día siguiente.
Llovía, su casa estaba sola y yo tenía una sorpresa guardada. Nunca lo había hecho, pero esa tarde decidí que era el momento de averiguar a qué sabía el deseo.
Hay confesiones que se quedan atoradas en la garganta. Esta es una de ellas, y te la cuento tal cual pasó: sin vergüenza, sin filtros y con una sonrisa enorme.
Bajó la copa, lo miró a los ojos y supo que esa noche no habría vuelta atrás: dos años de aguantarse cabían en el silencio de su apartamento.
Pagué la entrada, elegí la cabina del fondo y me senté en la penumbra a esperar. No buscaba una cara ni un nombre: buscaba el morbo de no saber quién estaba al otro lado.
Cuando abrió la carpeta oculta de su teléfono y giró la pantalla hacia mí, entendí que la tímida de siempre se había atrevido por fin a contarlo todo.
La recogí en la estación pensando en la cena que había reservado. Ella tenía otros planes, y los dejó claros apareciendo en el salón con tacones, un tanga negro y nada más.
La primera vez me avisó que estaba por acabar y, aun sabiendo lo que significaba, no aparté la boca. Esa noche empezó algo que tardé en confesarme.
Dejé las llaves en el recibidor, me arrodillé sin decir una palabra y supe que esa tarde el lienzo iba a quedar a medias.
Llevaban semanas perdidos entre las estrellas. Esa noche, Sira dejó de mirar las pantallas y empezó a mirar a la máquina que nunca dormía.
Quería saber qué decían los chicos de ella a sus espaldas. No imaginaba que terminaría soñando que era yo la que estaba de rodillas frente a mi propio novio.
Aquella noche, arrodillado frente a ella en la penumbra de su habitación, entendí que para mí el placer no empieza en mi cuerpo, sino en el suyo.