El favor que mis vecinos le hicieron a mi amiga
Carolina estaba al borde del colapso por la frustración acumulada. Yo conocía a cinco hombres capaces de arreglarlo, y esa noche decidí presentárselos a todos a la vez.
Carolina estaba al borde del colapso por la frustración acumulada. Yo conocía a cinco hombres capaces de arreglarlo, y esa noche decidí presentárselos a todos a la vez.
Lo dijo en voz baja entre las máquinas, con el sudor todavía en la espalda: necesitaba que alguien la deshiciera. Carla sonrió y sacó el teléfono del bolsillo.
Solo le ofrecí un vaso de agua. Lo que pasó después no lo había sentido en veinte años de vida sexual, y todavía no sé cómo lo dejé entrar.
Nunca supe qué fue primero: las ganas de mi marido de verme con otros, o las mías de probar algo que no cabía en nuestra cama. Aquella noche dejé de fingir.
Empezó como un secreto que le contaba al oído mientras me follaba. Terminó con él sentado a un metro, mirando cómo otro hombre me hacía perder la cabeza.
Cuando la diosa liberó su sexo en mitad de la tienda, Renata supo que su vida de cronista discreta había terminado para siempre.
Cuando la seda le rozó la piel, supo que esa noche no iba a ser Mateo. Las esposas se cerraron sobre sus muñecas y, por primera vez, alguien la llamó hermosa.
Si eres una mujer alta te das cuenta de cómo te miran. Aquella tarde, entre estanterías polvorientas, supe que un hombre me había marcado como su próxima presa.
Avancé a la par de mi patrocinadora, no detrás de ella como los otros casos. Yo era el mejor calificado, y esa noche todas querían comprarme.
Me quedé sola recogiendo botellas en el patio, con un short que marcaba mis curvas nuevas, cuando él se acercó por detrás y supe que esa noche no dormiría.
La primera vez que llamó «tetitas» a mi pecho plano me reí. La segunda vez, mi cuerpo se arqueó solo y supe que algo dentro de mí había empezado a cambiar para siempre.
Me afeitaba, me ponía la peluca y los tacones, y le hablaba a la cámara como si alguien fuera a venir de verdad. Una noche, alguien vino.
Su vestido negro parecía pintado sobre la piel y sus ojos enormes me pedían algo que ni ella sabía nombrar. Entre el neón rosa y el calor, todo cambió esa noche.
La primera noche bajo el farol, con el frío cortándome la cara, entendí que mi androginia podía ser un arma. Solo necesitaba aguantar hasta tener el cuerpo que siempre quise.
Él sabía leer el miedo de cualquiera. Lo que no esperaba era que aquella travesti de vestido rojo le pidiera, en voz baja, que se lo quitara todo.
Cruzó las piernas en la barra, se mordió los labios y dejó que el vestido subiera lo justo. Sabía que él bajaría a buscarla, y sabía bien qué iba a darle.
Crucé el campus vacío con la bata sobre la piel desnuda y el corazón a mil. Adrián me esperaba dentro, y los dos sabíamos que esa noche no íbamos a dormir.
Cada mañana se lanzaban insultos como dardos. Lo que ninguno admitía era cuánto deseaban que el otro cruzara, por fin, la línea que los separaba.
A la mañana siguiente, Marta me miró por encima del café con una sonrisa que no era inocente. Había usado mi portátil. Lo sabía todo, y yo no tenía adónde esconderme.
Cuando el viejo me dijo «venite quince días y no preguntes nada», debí haberme negado. En cambio agarré el bolso y subí a la camioneta sin mirar atrás.