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Relatos Ardientes

El amigo de mi pareja nos miró toda la noche

Era viernes por la noche y yo solo quería tirarme en el sillón con una copa de vino y no hablar con nadie. Habían sido cinco días largos en el estudio, de esos que te dejan el cuerpo cansado y la cabeza peor. Pero Matías tenía otros planes, y me los anunció con esa sonrisa que usa cuando ya decidió algo y solo le falta convencerme.

—Invité a Damián a cenar —dijo, mientras dejaba las llaves sobre la mesa—. Se separó hace poco y está bastante hecho mierda. Necesita despejarse, charlar, tomar algo. Vos sabés escuchar mejor que yo.

Hacer de psicóloga de un recién separado un viernes a la noche era lo último que tenía ganas de hacer. Pero Matías insistió, me besó la nuca, me dijo que con un par de horas alcanzaba, y terminé aceptando como termino aceptando casi todo lo que me propone con esa boca.

Damián era el mejor amigo de Matías desde el colegio. Eran como hermanos: se conocían cada gesto, cada silencio, se bancaban en las buenas y en las malas. Yo no tenía demasiado trato con él; en nuestra relación cada uno conservaba sus espacios, sus amigos, sus mundos. No mezclábamos.

Lo poco que sabía era que, desde la separación, había empezado a entrenar. Sus amigos lo arrastraron al gimnasio y el resultado se notaba: brazos trabajados, espalda ancha, una contención física que antes no tenía. No era alto, pero ocupaba espacio. De esos tipos que entran a un lugar y, sin proponérselo, hacen girar alguna cabeza.

Cada vez que armábamos una cena en casa, yo aprovechaba para salir del jean y arreglarme un poco. Esa noche me puse unas medias de lycra, una remera negra escotada y una pollera ajustada que marcaba todo lo que tenía para marcar.

Soy una chica bastante común, pero lo que más me gusta de mi cuerpo es la cola. La tengo carnosa, sobresale, y aunque no soy de mostrarme demasiado, con cierta ropa es difícil esconderla. Soy alta, de pelo lacio y pechos medianos que no llaman la atención, así que los acomodo para que al menos sugieran.

Cuando sonó el portero, todavía no sabía que esa cena iba a cambiar algo entre nosotros. Matías había salido a comprar la bebida y Damián llegó temprano, justo en el peor de los momentos.

—Pasá, pasá. Mati fue a buscar unas cervezas, ya vuelve —le dije, con la mejor onda que pude fingir.

Lo hice subir. En el ascensor cruzamos apenas dos o tres frases de compromiso, lo cordial, lo justo. Por el tono de la voz se notaba que no estaba cómodo de quedarse a solas conmigo. Rezaba para que su amigo apareciera rápido, y yo más o menos pensaba lo mismo.

Y fue ahí, en ese cubículo de espejos, cuando lo descubrí. Lo vi en el reflejo. Una mirada rápida, fugaz, pero inconfundible: me estaba mirando la cola. Un calor repentino me trepó desde el pecho hasta las orejas.

El ascensor frenó en el piso y ninguno dijo nada. El silencio pesaba como una manta. Ese segundo en que sus ojos bajaron por mi cuerpo me había dejado inquieta. Y, para mi sorpresa, excitada.

Entramos al departamento y le ofrecí algo para tomar.

—¿Una birra? ¿Vino?

—Una birra está bien —contestó, sin sostenerme la mirada, como si le costara apoyarla en mí más de un segundo.

Fui a la cocina y abrí la heladera. Me incliné un poco más de lo necesario para sacar la lata. Sabía que estaba detrás de mí. Sabía que miraba. Y la idea, lejos de molestarme, me gustaba.

Cuando le di la cerveza, nuestras manos se rozaron apenas. Otra vez ese temblor mínimo, ese contacto de nada que dice demasiado.

Nos sentamos en el living. Yo con las piernas cruzadas, la pollera tirante, la espalda recta. Él incómodo, haciendo girar la lata entre los dedos. Hablábamos a media máquina, hasta que, por suerte o por desgracia, llegó Matías.

—¡Acá estoy! ¿Rompiendo el hielo? —preguntó desde la puerta.

—De a poco —dije, con una sonrisa que solo yo entendía.

Matías destapó una botella de vino y sirvió tres copas. La charla se fue soltando, pero los gestos hablaban más que las palabras. Damián me miraba. Matías me miraba mirarlo. Y yo me dejaba ver. La tensión era suave y constante, un hilo invisible tendido entre los tres.

Para la segunda botella, el aire ya estaba cargado de otra cosa. En un momento Matías se levantó al baño y, apenas quedamos solos, Damián bajó la voz.

—¿Siempre te arreglás así para las cenas?

Me giré despacio. Lo miré con intención y crucé las piernas todavía más lento, dejando que el roce de la lycra hiciera ruido.

—No —respondí—. Solo cuando quiero que me miren.

Silencio. Copa en mano. Sus ojos clavados en los míos. Y justo ahí volvió Matías.

—¿Uh, me perdí algo?

—Nada, nada —dije. Pero los tres sabíamos que sí.

Matías me miró un segundo de más. Y supe que entendía. Lo raro fue que no le molestaba. Al contrario.

Puso música, bajó las luces, sirvió otra ronda. Nos reacomodamos en el sillón largo, y de alguna manera quedé en el medio, entre los dos.

Esto se está yendo a algún lado.

Y en esa cercanía, una mano se metió debajo del mantel y buscó la mía. No fue la de Damián. Fue la de Matías. Me acarició la palma con los dedos y, sin que nadie lo notara, la guió hacia su muslo. Estaba duro.

Damián se removió en el otro extremo, claramente sin saber si quedarse o inventar una excusa para irse. Yo, en cambio, ya sabía que quería que se quedara.

—Te mira, ¿sabés? —me susurró Matías, con voz grave, pegado a mi oído.

—Lo sé —dije, y sentí cómo me humedecía con solo decirlo.

La música baja llenaba la habitación mientras Matías me sostenía la mirada con una sonrisa cómplice. Sus dedos seguían recorriendo mi mano y el calor de su piel me subía por el brazo como una corriente.

Damián estaba al borde del sillón, la respiración un poco más agitada, los ojos fijos en nosotros. No podía disimular cuánto lo afectaba lo que veía, y esa mezcla de deseo y desconcierto en su cara me prendía todavía más.

Matías me tomó de la cintura y me acercó a él. Mis piernas se acomodaron sobre las suyas y sentí su dureza bajo la tela. No hacían falta palabras: el idioma era la piel, el roce, el calor.

Empezó a besarme el cuello con lentitud, mordiendo apenas, mientras yo arqueaba la espalda y dejaba escapar un suspiro, sabiendo que Damián seguía cada movimiento desde su rincón. Lo vi de reojo: una mano ya descansaba sobre su pantalón, indeciso entre el pudor y la tentación.

Matías me corrió la pollera despacio. Sus manos exploraban mi piel y yo me sentía vulnerable y poderosa al mismo tiempo, envuelta en un juego que solo nosotros tres entendíamos. Me fui desvistiendo mientras él se desabrochaba el pantalón y quedaba en ropa interior. La música seguía de fondo. Damián, sin disimular más, se acariciaba por encima del jean, marcando con claridad cuánto le estaba afectando la escena.

Matías se sacó la camisa, me agarró de la mano y me llevó hacia la habitación, con alguna palmada suave en la cola que me erizaba entera. Damián nos siguió y se sentó en el sillón que hay dentro del cuarto. Con las manos algo temblorosas se bajó el cierre y empezó a tocarse, mirándonos con una atención total, entregado por completo al espectáculo que le ofrecíamos sin pedirle permiso.

Me arrodillé frente a Matías y lo tomé con la boca, deslizando la lengua por toda su dureza mientras él me sostenía los pechos con firmeza. Y mientras lo hacía, clavé los ojos en Damián, disfrutando de verlo mirar, de saberme el centro exacto de su deseo, el único show del que no podía despegarse.

Nos pasamos a la cama. Matías me acomodó boca arriba y me penetró con ganas, sin apuro, y yo no podía dejar de buscar la mirada de Damián, que tragaba saliva con cada sonido que se me escapaba.

—¿Te gusta que nos miren? —me preguntó Matías al oído, la voz ronca—. ¿Te gusta saber que él no puede tocarte?

—Me encanta —admití, y era verdad.

Matías me hizo arrodillar al borde de la cama y se acomodó detrás. Sentí sus manos apretándome fuerte mientras marcaba el ritmo de cada embestida. El calor de su cuerpo contra mi espalda me hacía vibrar, pero mi atención seguía fija en Damián: los ojos brillantes, la respiración acelerada, las manos inquietas entre las piernas.

—¿Ves cómo te desea? —me dijo Matías, otra vez al oído—. Quiere tocarte, pero solo puede mirar.

Damián ya no aguantaba. Se acariciaba lento, con la boca entreabierta, absorto, soltando algún gemido ahogado como si tuviera enfrente a dos actores haciendo una función exclusiva para él. Cada sonido mío, cada golpe de cadera, lo envolvía un poco más. Y yo, empapada de placer y de poder, me dejaba poseer con todo, sabiendo que éramos el espectáculo del tercer invitado.

Matías me giró con suavidad para que lo mirara a los ojos mientras seguía moviéndose dentro de mí con más fuerza. En ese instante, Damián se aceleró. Sus jadeos se mezclaron con los nuestros y con el sonido de la piel contra la piel, hasta que ya nadie supo del todo de quién era cada gemido.

Matías se tensó, soltó un gruñido contenido y se retiró justo a tiempo. Se acercó a mi cara y terminó ahí, sosteniéndome con una mano de la nuca, y yo sentí el calor recorrerme la piel mientras lo miraba a él y, de reojo, a Damián.

Casi al mismo tiempo, Damián explotó con un suspiro largo, sin poder contenerse, derramándose sobre su propia mano y sus piernas. Se había venido ahí, delante nuestro, sin haberme rozado siquiera una vez.

Nos quedamos así un rato, los tres respirando, conectados por ese fuego compartido que nadie nombró pero que estaba más vivo que cualquier palabra. Después vino el silencio raro de siempre: la realidad volviendo de a poco, la ropa, las miradas que ya no sabían dónde posarse.

Nos bañamos, nos vestimos y lo acompañamos hasta la puerta. En el ascensor, mientras bajábamos a despedirlo, todo fue silencio otra vez. Damián apenas atinó a un «gracias por la cena» que sonó a otra cosa.

Cuando volvimos a subir, ya solos, un torbellino me atravesaba el cuerpo: culpa, placer, sorpresa y una libertad nueva que no había buscado. Ese fuego compartido había abierto una puerta. No sabía si quería cruzarla del todo, pero algo tenía claro: después de esa noche, nada entre nosotros iba a volver a ser igual.

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Comentarios (4)

carlos_rdp

Que buenisimo!!! Me atrapo desde la primera linea y no pude parar

DiegoLect

Por favor que haya una segunda parte, no puede terminar asi... me quede con ganas de saber todo

Nahuel_BA

Ese momento del ascensor lo escribiste de una manera que te mete directo en la escena. Se siente muy real, muy bien logrado el ambiente.

Rebe_MdP

se me hizo cortisimo, queria que siguiera y siguiera

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