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Relatos Ardientes

La loba que me reclamó esa noche en el bosque

Doran corría como un animal acorralado, con el corazón golpeándole las costillas. El bosque, espeso y negro, le arañaba la piel con cada rama que se cruzaba en su camino. No le importaba. Nada podía ser peor que los grilletes, que el hambre, que el desprecio de los hombres que lo habían usado como bestia de carga durante años.

No vio los dos puntos dorados que lo seguían desde la penumbra.

Vharka olfateó el aire. Captó el olor a miedo, a suciedad, a sangre que no era de presa. Su instinto de cazadora se agitó, pero algo más la detuvo. No era solo un esclavo fugado. Era un hombre joven, flaco, herido. Débil. Fácil.

Con pasos silenciosos lo rodeó, acechando entre los troncos, hasta que de un salto se plantó frente a él. Doran gritó y tropezó contra una raíz. Cayó de espaldas, jadeando, los ojos desorbitados al verla: una mujer alta, de piernas largas y musculosas, la piel dorada por la luna y el cabello oscuro como la medianoche. Pero no era humana. No del todo. Las orejas puntiagudas y aquellos ojos de bestia la delataban.

Ella se inclinó y olfateó su cuello. Él contuvo el aliento al sentir el roce de un colmillo contra la piel.

—Hueles a sufrimiento —murmuró.

Doran no supo qué responder. Solo sintió el calor de aquel cuerpo acercándose, el deslizar de unas garras tan delicadas como peligrosas sobre su torso marcado por el hambre.

—¿Vas… vas a comerme? —logró balbucear.

Vharka rió, un sonido profundo que le vibró en el pecho.

—Tengo planes mejores para ti.

***

Lo cargó contra su pecho, envuelto en un manto áspero pero cálido. Doran apenas podía creerlo. ¿Una criatura salvaje lo llevaba como si fuera algo de valor? Sus dedos sucios se aferraron al borde de la tela mientras ella caminaba, internándose aún más en la espesura.

—Doran —repitió él su propio nombre cuando ella se lo preguntó, como si lo probara en la lengua. No dijo nada más. ¿Qué podía decir? Que había pasado años siendo menos que un perro. Que lo habían pateado, escupido, marcado con hierros al rojo. Que ya ni recordaba cómo se sentía una caricia.

Vharka lo olió otra vez, más cerca, la nariz rozando su garganta.

—Apestas, humano —dijo. Pero no había asco en su voz. Había interés—. El agua caliente y unas hierbas lo arreglarán. De lo demás me encargo yo.

Y siguió andando, llevándolo hacia lo desconocido.

***

Lo dejó caer sobre un montón de pieles de oso en el suelo de una cabaña. El calor lo envolvió de inmediato. Doran apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que aquellos dedos firmes tiraran del trapo maltrecho que le servía de pantalón.

—¡Espera! —protestó, cubriéndose con las manos, las mejillas ardiendo.

Vharka soltó una carcajada ronca que retumbó en las paredes.

—¿Vergüenza? —gruñó, inclinándose sobre él, los ojos brillando de diversión—. Después de todo lo que has sufrido, ¿esto es lo que te hace temblar?

Doran tragó saliva. No era solo la desnudez. Era ella: su presencia, esos colmillos que asomaban entre los labios, la forma en que lo miraba, como si ya le perteneciera.

No le dio tiempo a pensar. Lo levantó como si no pesara nada y lo llevó hasta una tina de madera donde el agua humeaba con aroma a hierbas.

—Entra —ordenó. Cuando él dudó, sus garras se cerraron con suavidad en su cintura—. O te meto yo.

El mensaje era claro. Doran obedeció y se sumergió en el agua caliente con un gemido involuntario. El calor lo quemó al principio, pero luego fue como si el dolor de tantos años empezara a derretirse.

Ella no se movió. Lo observó con los brazos cruzados bajo el pecho mientras la mugre y la sangre se desprendían de su cuerpo.

—Mejor —dijo, satisfecha. Sin avisar, tomó una esponja áspera y empezó a frotarle la espalda—. Aunque todavía hueles a humano. Eso lo cambiaremos pronto.

La esponja recorrió su torso, limpiando, pero también explorando: las costillas marcadas, el temblor del vientre, la tensión de los músculos cuando los dedos rozaban demasiado bajo.

—Tienes cicatrices —observó, pasando la esponja sobre una marca de látigo—. Pero también piel suave, debajo de toda esta porquería.

Doran contuvo el aliento cuando ella le sujetó la nuca y le presionó los dientes contra la piel, sin romperla, solo marcándola. Un recordatorio.

—Quieto —ronroneó—. Las bestias no hablan. Solo obedecen.

***

Los días se deslizaron como la savia espesa de los pinos antiguos, lentos pero dulces. Doran fue dejando de ser el esqueleto tembloroso que había llegado a la guarida. Su piel, ahora limpia y nutrida por las grasas que ella le untaba cada noche, recuperó un tono saludable. Sus músculos, aún delgados, respondían con nueva fuerza bajo el entrenamiento implacable de la loba.

Pero no era solo su cuerpo lo que cambiaba. Vharka, astuta como la depredadora que era, había empezado un juego peligroso.

—Aquí —gruñó una tarde, guiándole la mano con firmeza hacia el interior de sus muslos—. Cuando me huelas así, es cuando debes presionar.

Doran tragó saliva al notar la humedad que empapaba su piel antes incluso de que los dedos temblorosos llegaran a destino. El aroma de ella, salvaje y terroso, le llenaba la nariz y le hacía girar la cabeza.

Por las noches, las lecciones continuaban.

—Mis colmillos no son solo para desgarrar carne —susurraba contra su cuello antes de morderlo con precisión calculada, justo donde el hombro se unía con la garganta. Doran gemía, aprendiendo que ese dolor agudo siempre venía seguido del roce sedoso de su lengua. De la recompensa.

Y luego estaba el juego más peligroso de todos.

—Usa la boca —ordenó una vez, tendida sobre las pieles con las piernas abiertas, las garras enterradas en su cabello—. Pero no como un esclavo hambriento. Como un amante que sabe que su vida depende de complacerme.

Doran obedeció. Tembloroso al principio, luego con creciente confianza, descubrió que cada gemido ronco de Vharka, cada contracción de sus músculos bajo su lengua, le daban más poder que cualquier arma.

***

Llegó la tarde en que Doran ya no se estremecía cada vez que ella lo tocaba. Vharka lo empujó de espaldas sobre el lecho y observó con ojos dorados cómo su cuerpo respondía incluso antes de que lo rozara.

—Miedo —murmuró, oliendo el aire—. Pero también deseo.

Él tragó saliva cuando ella se arrastró entre sus piernas, los colmillos brillando peligrosamente cerca de su carne más vulnerable.

—Por favor… —balbuceó, sin saber si rogaba por piedad o por más.

Vharka no respondió. Solo actuó. Su boca fue una trampa caliente y sus garras lo mantuvieron inmóvil. Doran gritó cuando la lengua de ella encontró el punto más sensible, un movimiento que repitió con una precisión brutal.

No fue suave. No fue lento. Fue una lección.

Cuando él se derrumbó, vertiéndose entre sus labios, ella se lamió los colmillos con una sonrisa que prometía repetición.

—Ahora —jadeó él, temblando— entiendo por qué los hombres temen a las lobas.

Vharka rió y se arrastró sobre su cuerpo para morderle el cuello.

—Y apenas estás empezando a aprender.

***

La luna brillaba alta sobre el bosque, filtrándose por las rendijas de la cabaña y pintando de plata la espalda desnuda de Vharka. Dormía boca abajo, como siempre: un montón de músculos relajados y piel cálida, con un brazo colgando fuera del lecho, lista incluso en sueños para levantarse y cazar.

Pero esa noche Doran no era el humano tembloroso de antes. Había recuperado su fuerza. Y su orgullo.

Con movimientos cuidadosos se deslizó sobre ella, las rodillas encajando a ambos lados de sus caderas. Vharka emitió un gruñido somnoliento, pero no despertó. No todavía.

Él no la tocó de inmediato. Se limitó a observar: la forma en que su columna se curvaba hacia la cadera, cómo los omóplatos se movían apenas con cada respiración. Su loba. Su dueña. Su tormento y su salvación.

Entonces actuó. Sus manos, callosas pero seguras, se cerraron alrededor de las muñecas de ella, inmovilizándolas contra el lecho. Al mismo tiempo, su boca encontró la nuca de Vharka y mordió, justo donde ella solía marcarlo a él.

Vharka despertó de golpe con un gruñido que hizo temblar el aire.

—¿Qué crees que estás haciendo? —rugió, intentando girarse. Doran no cedió.

—Lo que me enseñaste —susurró contra su piel—. A tomar lo que quiero.

Ella tensó los músculos, lista para voltearlo y castigarlo. Pero entonces los dientes de él volvieron a cerrarse sobre su nuca.

—Maldito humano —respiró, arqueándose contra la mordida.

Doran sonrió, victorioso.

—Tu humano —corrigió.

Vharka podría haberlo derribado. Podría haberlo lanzado contra las pieles y demostrarle, con colmillos y garras, quién mandaba en aquella guarida. Pero algo en la forma en que él la tocaba ahora, tan seguro, tan distinto al esclavo quebrado que había llegado, la hizo quedarse quieta. Por ahora.

Las manos de Doran, antes temblorosas, exploraban con una osadía que le encendía la sangre. Recorrieron los surcos de su espalda, se aferraron a sus caderas, se atrevieron incluso a separar sus nalgas con una curiosidad que la hizo gruñir entre dientes.

—¿Tan ansioso por descubrir dónde termina tu atrevimiento? —preguntó, volviendo la cabeza para clavarle una mirada dorada cargada de advertencia.

Él no respondió con palabras. Su boca encontró el punto donde el hombro de ella se unía al cuello y mordió, no con la fuerza de una bestia, pero sí con la suficiente para dejar una marca.

Vharka soltó un jadeo áspero, las garras enterrándose en las pieles.

—Atrevido —respiró. Pero su cola, esa parte de ella que nunca podía esconder del todo, se agitó contra el vientre de él, delatándola.

Doran sonrió contra su piel.

—Me enseñaste demasiado bien.

Ella no pudo reprimir un gemido cuando él encontró el ritmo exacto que ella misma le había enseñado.

—Te voy a matar después de esto —prometió entre jadeos. Pero su cuerpo se arqueaba hacia el tacto, traicionándola.

Él rió, bajo y oscuro.

—Sí —aceptó, inclinándose para lamer el borde de su oreja puntiaguda—. Pero primero vas a gemir mi nombre.

Y así fue. Por primera vez fue Vharka quien perdió el control, quien mordió las pieles para ahogar sus gritos, quien se estremeció bajo las manos de aquel humano que ya no era esclavo.

***

No hubo poesía en aquella unión. Solo jadeos ásperos, el sonido húmedo de piel contra piel y el roce de las garras de Vharka arañando cada superficie que alcanzaban. Doran no era un amante experto, pero lo que le faltaba en técnica lo compensaba con intensidad.

Y entonces, en un instante, el mundo giró. Apenas tuvo tiempo de inhalar antes de encontrarse aplastado contra las pieles, el peso cálido de ella encima, los ojos dorados brillando con un mensaje claro: no te confundas, humano.

Con un movimiento fluido lo guio dentro de sí, hundiéndose sobre él con la precisión de quien conocía cada ángulo de su propio cuerpo. Doran jadeó, las manos aferrándose a sus caderas, pero ella no le permitió controlar el ritmo.

—Mío —gruñó, inclinándose para arrastrarle un pezón sobre los labios—. Chupa.

Él obedeció, sellando la boca alrededor del pecho mientras sus caderas se alzaban para encontrarla. Vharka rugió de placer, las garras clavándose en su torso, dejando marcas rojas que él sentiría durante días.

Ella movía las caderas con una furia calculada. Lento al principio, luego brutalmente rápido cuando el cuerpo de él empezaba a temblar. Y cuando lo sintió tensarse, lo apartó con un gesto brusco para retomar el control, solo cuando ella estuvo lista.

—Ahora —ordenó. Y cuando llegaron al límite juntos, fue con los dientes de Vharka hundidos en su carne.

Doran se derrumbó sobre las pieles, jadeando. Ella no lo dejó moverse. Lo mantuvo atrapado entre su cuerpo y el lecho mientras le murmuraba al oído.

—Puedes tomarme mientras duermo. Pero nunca olvides quién manda cuando estoy despierta.

Y él, con el corazón aún acelerado y la piel ardiendo, sonrió. Porque incluso en la sumisión había ganado algo más valioso que el control.

***

El viento de las Cumbres del Alba Gris aullaba como una bestia antigua, arrastrando copos de nieve que se enredaban en las pieles que ahora vestía Doran. A su lado, Vharka caminaba erguida, la mano callosa entrelazada con la suya. Una posesión pública. Un reclamo silencioso.

El clan emergió de las cuevas talladas en la roca negra. Lobos y lobas de ojos dorados, cicatrices guerreras y sonrisas afiladas los observaron. Doran sintió el peso de sus miradas, el forastero, el humano, pero no hubo desdén. Solo curiosidad, y respeto. Por llevar el aroma de su loba impregnado en la piel.

El anciano del clan, un hombre lobo de pelaje cano y una cicatriz que le cruzaba la nariz, se acercó. Olfateó el aire frente a Doran, largo y profundo, y luego asintió, mostrando colmillos gastados.

—Huele a tormento viejo —gruñó en la lengua gutural de los lobos—. Pero también a hogar. A tu hogar ahora, humano.

La celebración fue breve: carne asada en las fogatas, hidromiel espesa que quemaba al bajar y danzas bajo la luna llena, donde las sombras de los cambiantes se proyectaban gigantescas contra los acantilados. Doran bailó con Vharka, los cuerpos moviéndose en un ritmo aprendido en la intimidad de la guarida. Sus manos en las caderas de ella, sus colmillos rozándole la garganta en un gesto que ya no era amenaza, sino promesa.

Al amanecer lo llevaron a la cueva del viejo líder. Vharka lo sostuvo desde atrás, los brazos rodeándole el torso desnudo, mientras la tatuadora anciana trabajaba con agujas de hueso y una tinta hecha de carbón y hielo.

—Duele —advirtió Vharka en su oído, mordiéndole el lóbulo con suavidad.

El dolor fue agudo, frío y ardiente a la vez. La aguja trazó símbolos antiguos sobre su costado: la espiral de la luna llena, protección de la madre noche; el colmillo roto, el humano que desafió a una loba y vivió para contarlo; y las lágrimas de hierba, las cicatrices del pasado, ahora sanadas bajo nuevas lealtades.

Cuando terminó, Doran tocó la piel hinchada y oscura. Vharka lamió la marca, limpiando la sangre, su saliva un bálsamo que calmó el escozor al instante.

—Ya no eres esclavo —murmuró, los ojos dorados brillando con un orgullo feroz—. Eres de mi sangre. De mi clan. De mi caza.

Doran miró a los lobos que los rodeaban, criaturas de leyenda que ahora eran su familia. Sintió el peso del tatuaje, un dolor dulce que borraba las viejas marcas de grilletes y látigos.

—Soy tuyo —respondió. Y por primera vez esas palabras no sabían a rendición. Sabían a verdad.

Vharka aulló, un sonido que resonó en los picos helados. Y una a una, las voces del clan se unieron a la suya, saludando al humano que había corrido hacia las profundidades del bosque y, contra todo pronóstico, había encontrado su lugar entre lobos.

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Comentarios (3)

SombraRoja

tremendo!!! no pude soltar el celular hasta terminarlo

DiegoFuentes

Por favor que haya continuacion, me dejo con muchas ganas de mas. No puede quedar ahi

VeronicaCba

Me encanto la dinamica entre los personajes, se siente una tension increible de principio a fin. Muy bien narrado

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