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Relatos Ardientes

La fantasía que cumplí limpiando su casa desnudo

Esto que os voy a contar es una de esas experiencias que guardo bajo llave, de las que solo saco en las noches en que necesito recordar que el morbo de verdad existe. Me pasó hace no demasiado, y todavía hoy me cuesta creer que fuera real.

Llevaba un tiempo entrando a un chat por las noches. Allí había conocido a varias personas, y entre ellas a una mujer unos años mayor que yo, con la que enseguida hice buenas migas. Hablábamos de todo, pero cuando caía la madrugada y subía la temperatura de la conversación, el tema derivaba al sexo sin ningún tipo de pudor. Comparábamos fantasías, experiencias, manías. Eran charlas calientes y, sobre todo, sinceras.

Ella se llamaba Carla. Me había confesado su edad una de esas noches —rondaba los cuarenta y pocos— y, por una de esas casualidades, descubrimos que vivíamos en la misma ciudad. Eso le dio a todo un punto de tensión nuevo: ya no era una desconocida abstracta al otro lado de la pantalla, sino alguien que podía cruzarme cualquier día por la calle.

Una noche de mediados de julio, con el calor pegándose a la piel, había leído un relato sobre CFNM. Para quien no lo sepa, son las siglas en inglés de Clothed Female, Naked Men: mujeres vestidas, hombres desnudos. Una práctica donde el hombre está expuesto delante de una o varias mujeres que mantienen el control absoluto de la situación, y él se convierte en poco más que un objeto con el que jugar.

Me excitaba la idea de la inversión de roles: ella decidiendo, mirando, tocando, dando órdenes; yo desnudo y vulnerable, obedeciendo. Con esa lectura todavía dándome vueltas, empecé a contárselo a Carla.

—A ver, explícame qué es eso del CFNM —me preguntó, como si nunca hubiera oído hablar del tema.

—Pues situaciones en las que el hombre está desnudo delante de mujeres que tienen el control. Él permanece pasivo y obedece.

—¿Ah, sí? Suena bien —escribió, y casi pude oírla reír—. ¿Y qué clase de situaciones?

—El relato que acabo de leer contaba cómo un tío se pasaba la tarde cocinando y sirviéndoles copas a dos amigas, completamente en pelotas, mientras ellas se reían, le metían mano o le daban alguna palmada en el culo cuando menos se lo esperaba.

—Qué bueno, parece divertido. Me encantaría vivir algo así, la verdad. Es una fantasía que tengo desde hace tiempo. ¿Te acuerdas de aquello de contratar a chicos para que te limpiaran la casa desnudos?

—Pensaba que era una broma —contesté—. Pero oye, a mí que me limpien gratis y que se pongan como quieran, mientras dejen la casa reluciente.

—¿En serio? —insistió.

—Si hay confianza y es un juego, ¿por qué no? Yo me atrevería.

—Es que tú no tienes remedio, eres un morboso con una imaginación que no veas —escribió—. Pero te pregunto en serio: ¿de verdad te desnudarías delante de alguien que apenas conoces solo por vivir esa situación?

—Dependería. Tendría que darse el ambiente justo. Me gusta el nudismo, ando desnudo por casa a menudo, vivo solo y puedo permitírmelo.

—¿Sueles andar desnudo por casa? No tienes remedio —bromeó.

—¿Quién te dice que no estoy desnudo ahora mismo, con el calor que hace?

—¿Estás chateando conmigo desnudo? No me lo creo. Enciende la cam un momento, rápido, y sin hacer trampas —me retó.

No me dio tiempo a pensarlo. Pulsé el botón, tomé la webcam con la mano y enfoqué mi torso. La conexión se estableció y en su pantalla, igual que en la mía, apareció mi cuerpo desde la barbilla hasta el ombligo.

—Vale, ya te veo. No llevas camiseta… no estás nada mal —escribió, y era la primera vez que me veía por algún medio—. Pero que no lleves camiseta no significa que estés desnudo. Baja la cam.

Moví la mano y dejé que el objetivo recorriera mi cintura hacia abajo.

—Ahí está… ahí te veo entero —dijo, y de golpe cortó la transmisión—. Pues decías la verdad, chateas en bolas. Es normal, con este calor y estas conversaciones, seguro que más de uno anda como vino al mundo.

La charla siguió como si nada, saltando entre el privado y la sala general. Pero ya de madrugada, a punto de despedirnos, Carla volvió a la carga.

—Entonces, si te pido que vengas a mi casa y te pongas en pelotas, ¿harás lo que yo diga?

—Esto… sí, en principio ese es el juego —contesté, sobresaltado por lo directa que se había puesto—. ¿Qué tienes pensado?

—Nada del otro mundo, no te emociones. Pero si me quitas el polvo, me barres y me friegas el piso entero, por mí puedes hacerlo desnudo. Cumples tu fantasía y yo me ahorro la limpieza.

—Sería genial. Aunque tendría que mentalizarme —respondí, medio en broma.

—No te lo pienses mucho, que mañana es sábado y toca limpieza. Si te animas, mándame un correo por la mañana y te paso la dirección. Me voy a dormir.

Y cerró sesión, dejándome con mil imágenes dándome vueltas en la cabeza. Dormí fatal, entre sueños entrecortados y una excitación que no bajaba.

***

A la mañana siguiente le escribí aceptando el juego. Me respondió enseguida con un cruce de calles y una hora. Allí estaba yo, hecho un manojo de nervios, cuando apareció casi de la nada y me saludó con dos besos.

—¿Qué tal? ¿Preparado? Tengo la casa hecha un desastre y estoy deseando ver cómo me ayudas —dijo con una sonrisa que no era del todo inocente.

—Claro —atiné a responder.

Subimos a su piso. Me llevó hasta el comedor, una habitación pequeña pero muy luminosa, con un balcón grande y unas cortinas blancas que se mecían con la brisa.

—Bueno, ya te puedes ir desnudando. Venga —me ordenó.

Cortado y excitado a partes iguales, empecé a quitarme la ropa bajo su mirada atenta. Primero la camisa, luego los zapatos, los calcetines. Desabroché el pantalón y, en algún momento, levanté la vista. Ella me la sostuvo, mordiéndose el labio inferior.

—Nunca me habían hecho un striptease —dijo, riendo.

Cuando me quedé en bóxer, me los bajé también y me erguí completamente desnudo frente a ella. Dejé la ropa interior sobre el sofá, junto al resto, y al girarme vi cómo me repasaba de arriba abajo. Bajé la mirada y descubrí que ya estaba medio empalmado. No había forma de disimularlo.

—Muy bien. A ver, date la vuelta —me dijo, agarrándome del brazo para verme la espalda y el culo. Me giró de nuevo de frente—. Oye, pues tienes buen cuerpo. Nada mal.

Y me soltó una palmada en el trasero antes de llevarme a un cuartito donde guardaba la escoba y el recogedor.

—Empieza por el pasillo y estas dos habitaciones. Yo iré mirando cómo lo haces.

Siguiendo el juego, me puse a barrer su piso completamente desnudo, en silencio, bajo su vigilancia. Al concentrarme me relajé, y eso solo sirvió para que la erección creciera. Al principio me dio algo de vergüenza, pero el pudor se evaporó enseguida. Me sentía expuesto y, al mismo tiempo, increíblemente a gusto.

—Vaya, parece que te gusta barrer —comentó, divertida, mirando lo evidente.

—La situación me encanta, y claro… se me nota —respondí, devolviéndole la sonrisa.

—¡Ahora toca fregar! Acaba ahí que voy a llenar el cubo.

Volvió con un cubo y una fregona, y me puse a la tarea. Lo más erótico llegó cuando se sentó en el sofá con una copa de vino y se dedicó a observarme mientras yo fregaba el comedor. No apartaba los ojos de mi cuerpo. Con cada movimiento sentía la polla balancearse en el aire, medio dura, y me excitaba saber que ella la veía y me preguntaba qué estaría pensando.

Cuando terminé, me pidió que dejara la fregona y me acercara.

—Lo has hecho muy bien. No sé si es por el vino, pero verte así, a mi merced, es de lo más excitante.

Me acerqué siguiendo sus indicaciones. Apoyó las manos en mis caderas y mi erección quedó palpitando a pocos centímetros de su cara. Me giró un poco para tenerme de lado. Una mano acarició mi trasero, alternando caricias suaves con apretones y algún pellizco; la otra subió hasta mis testículos y se cerró luego sobre la base de mi polla, ya completamente dura.

—Me alegra ver que estás bien dotado, ¿lo sabías? —dijo, con voz firme pero sensual, empezando a masturbarme despacio.

Era una sensación demoledora. Miré su cara: tenía los ojos clavados en mi sexo y en el vaivén de su propia mano, mordiéndose el labio.

—Antes de que te vayas, una última orden —dijo, haciendo una pausa—. Quiero ver cómo te corres. Pero lo vas a hacer tú. Masturbate para mí.

Se agachó a coger un pequeño bol de cristal y me indicó que me viniera dentro mientras ella lo sostenía. Empecé a tocarme rápido, sin dejar de mirarla, y ella no paraba de provocarme con frases en voz baja que me ponían a mil. No aguanté mucho. Avisé y me corrí dentro del bol, que ella acercó con cuidado para no perder ni una gota.

Cuando acabé, me pasó un pañuelo para limpiarme mientras comentaba, divertida, la cantidad que había soltado. Nos despedimos sin más, pero los dos sabíamos que aquello no se iba a quedar ahí.

***

Unos días después me escribió. Le había contado la historia a una amiga que no se la creía y que quería comprobarlo en persona. Que si me apetecía repetir. Pasar de una mujer a dos era una fantasía aún mayor, así que acepté sin pensarlo.

El día acordado me abrió Carla y me presentó a su amiga Noa: rubia, melena media, ojos claros, una sonrisa que parecía nórdica. Las dos estaban expectantes. Carla me ordenó desnudarme, hacer caso en todo y quedarme calladito —ni una palabra, solo obedecer—. El corazón se me disparó: aquello iba más en serio.

Me desnudé entre sus risas y sus miradas. En cuanto estuve listo, se acercaron, una a cada lado, y empezaron a acariciarme.

—¿Qué te parece nuestro chico para todo? —dijo Carla, una mano bajando por mi espalda hasta el culo, la otra agarrándome la polla.

—Muy bien —respondió Noa, más contenida, palpándome el pecho—. Lo veo bien dispuesto.

Carla me sujetó con firmeza y tiró de mí hacia la cocina.

—Ven, esclavo, empezamos por aquí.

Me entregó el plumero, la escoba y el recogedor, y me explicó la rutina. Antes de salir añadió algo que no esperaba:

—Intenta ponerte duro, que a mi amiga lo que le pone es ver una polla bien erecta.

Me toqué un poco y salí al salón a limpiar, medio empalmado, bajo la mirada de las dos, que cuchicheaban y reían en el sofá. Al rato Carla me llamó para que les llevara dos cervezas. Cuando me planté frente a ellas, de pie y ellas sentadas, mi sexo quedó a la altura de sus caras.

—Vaya vistas —soltó Noa, colorada de la risa.

Carla me agarró la polla y la manoseó despacio para enseñársela.

—Mira cómo está este pequeño pervertido —dijo con voz autoritaria—. Toca, verás qué dura.

Noa alzó la mano y me rodeó con los dedos.

—Uf, sí, dura como una piedra. Y suave —añadió, guiñándome un ojo.

—Acaba de barrer y luego vemos qué hacemos contigo —zanjó Carla.

No me quedaba mucho. El corazón me latía con fuerza y, de reojo, las veía reír. Ser su juguete me encendía como nada. Al terminar me acerqué.

—¿Ya está, perrito? Muy bien. Acércate y mira lo que tengo para ti —dijo Carla, mostrándome el mismo bol de la otra vez—. Vas a correrte para nosotras.

Esta vez no esperó. Dejó el bol a un lado, me agarró y empezó a masturbarme a buen ritmo, susurrándome que iba a ser bueno y a darles toda mi leche. Se turnaba con Noa, que lo hacía más suave pero igual de intensa. Tras varios relevos, Carla me pidió que siguiera yo y colocó el bol entre las dos. No tardé en correrme apuntando dentro, mientras ellas lo sostenían y se reían. Nunca olvidaré esa imagen: mi polla palpitando y ellas mirándolo todo, embelesadas, con el bol llenándose.

—Menuda corrida nos has soltado —celebró Carla—. ¿Ves? Ya te dije que descargaba un montón —le comentó a Noa.

Y entonces pasó algo que no había previsto. Noa se acercó, se metió mi sexo aún goteante en la boca y empezó a limpiarlo con la lengua, succionando y tragándolo todo. Lo sacó, apretó la punta con los dedos para recoger las últimas gotas y volvió a engullirlo, mirándome fijamente. Como seguía medio duro, me preguntó si podría correrme otra vez. Le dije que sí, y siguió con una mamada intensa mientras se masturbaba con la otra mano. Nos corrimos casi a la vez. No dejó ni rastro.

Días más tarde supe que Noa le había pedido mi contacto a Carla. Me «contrató» para limpiar su casa cada semana. Con ella las reglas eran distintas: me pagaba, me tenía siempre desnudo y me ponía un collar de cuero negro del que tiraba para dirigirme. Tenía que mantenerme erecto en todo momento, y cuando todo quedaba reluciente me llevaba a su cuarto y me cabalgaba sin piedad hasta quedar satisfecha.

Nunca, en toda mi vida, había apreciado tanto la limpieza como ahora.

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Comentarios (5)

Ramiro_cba

tremendo relato!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

SabrinaRL

Que bueno, me encanto como lo narraste. Se nota que sabes escribir, ojala haya segunda parte!

NightLector91

jaja la dinamica del relato me mato, muy entretenido

PatoLect

Increible, me tuvo enganchado de principio a fin. Sigue escribiendo por favor

Ruben_cba21

Me gusto mucho el tono que le diste, no es algo que se vea seguido por aca. Muy original la situacion que planteas

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