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Relatos Ardientes

La dragona entregada al rey que no temía al fuego

El carruaje avanzaba por el camino empedrado, sacudiéndose con cada irregularidad del terreno, pero Veyra apenas lo notaba. Sus garras afiladas se clavaban en el terciopelo del asiento, mientras su cola, gruesa y poderosa, golpeaba sin querer los costados del vehículo cada vez que la rabia le subía por el pecho.

¿Acaso mi padre me ve como un tributo más? Oro y tierras a cambio de su propia sangre.

Una de sus damas, una dragona joven de escamas pálidas, se atrevió a romper el silencio.

—Mi señora… el aire está muy cargado. ¿Quiere que abramos las cortinas para que entre la brisa?

Veyra no respondió de inmediato. Afuera se extendía el paisaje de los hombres: campos de cultivo, aldeas humildes, mercaderes que ni siquiera levantaban la vista al paso del convoy real. ¿Tan insignificante soy para ellos? ¿Una más en el lecho de un rey al que ni conozco?

—No —dijo al fin, con voz grave—. No quiero ver nada de este maldito reino.

Las damas se miraron entre sí, conteniendo el aliento. Sabían que su señora no era una doncella sumisa, sino una dragona de sangre noble, criada para gobernar y no para ser entregada como moneda de cambio.

Mientras el sol empezaba a ocultarse, Veyra no podía evitar imaginar al tal rey Theron. Un humano enclenque, según los rumores. ¿Cómo se atreve siquiera a poner sus manos sobre mí? El mero pensamiento le hacía hervir la sangre.

—Mi señora —susurró otra de sus damas—. Dicen que el rey Theron… no es como los demás humanos.

Veyra giró la cabeza despacio, haciendo crujir las escamas de su cuello.

—¿Y qué se supone que significa eso?

La dama tragó saliva antes de continuar.

—Que, aunque no lo parezca, es un hombre que consigue todo lo que se propone. Y que nadie se niega a él dos veces.

Un escalofrío recorrió el lomo de Veyra. El carruaje siguió avanzando, llevándola cada vez más cerca de su nuevo dueño.

***

El gran portón del palacio se abrió con un crujido solemne. Veyra descendió del carruaje con movimientos calculados, sus escamas de un verde azulado brillando bajo la luz del atardecer. Las trompetas anunciaron su llegada, pero ella apenas las escuchó. Sus ojos dorados escudriñaron el patio interior, buscando al hombre que ahora era su esposo.

Y entonces lo vio. Theron no era en absoluto lo que esperaba.

No había armadura reluciente, ni músculos imponentes, ni siquiera una corona ostentosa. En su lugar había un hombre pequeño, más bajo que ella, con un sencillo atuendo de terciopelo negro y el cabello despeinado que le daba un aire casi juvenil. Pero lo que más la sorprendió fueron sus ojos: grandes, cálidos, del color del café, observándola con una curiosidad descarada.

¿Este es el gran rey Theron? ¿El señor del bastión humano más poderoso?

Antes de que pudiera decir nada, el hombre hizo algo inesperado: se inclinó en una reverencia profunda, como si ella fuera la soberana y él un simple cortesano.

—Bienvenida, Veyra del Clan de las Escamas de Ónix —su voz no era ronca ni autoritaria, sino suave, casi musical—. Es un honor tenerte en mi hogar.

Veyra parpadeó, desconcertada. ¿No va a exigir sumisión? ¿No va a reclamarme como su trofeo?

—No esperaba… —murmuró, sin poder evitar que su cola se agitara con nerviosismo— que el gran rey Theron fuera tan cortés.

Él se enderezó, y entonces ella notó algo en su mirada: una chispa de astucia escondida tras esa fachada amable.

—Los humanos tenemos muchas maneras de ser fuertes —dijo, con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos—. Algunas más sutiles que otras.

—¿Y cuál es tu forma de ser fuerte, mi rey? —preguntó ella, deslizando un dejo de sarcasmo en el título.

Theron no se inmutó. En lugar de responder, le extendió la mano. No para tomarla con fuerza, sino como una invitación.

—¿Por qué no vienes a descubrirlo?

***

La habitación era amplia, decorada con lujo pero sin excesos. Grandes ventanales dejaban pasar la luz del atardecer, pintando las paredes de tonos dorados y carmesí. Veyra recorrió el espacio con la mirada, evaluando cada detalle. Al menos no me han encerrado en una mazmorra.

Theron permaneció en el umbral, observándola con esa calma desconcertante.

—Espero que te sientas cómoda aquí, por ahora —dijo, con una voz pensada para tranquilizar—. La ceremonia oficial será en tres días. Hasta entonces, este será tu espacio.

Veyra asintió con frialdad, sin agradecer. No era su costumbre mostrarse complaciente.

—Mis doncellas se quedarán conmigo, supongo —dijo, más como afirmación que como pregunta.

—Por supuesto —Theron sonrió, como si no notara el desafío en su tono—. Aunque…

Se acercó entonces con pasos silenciosos y le tomó la mano con una delicadeza que ella no esperaba. Antes de que pudiera reaccionar, inclinó la cabeza y depositó un beso en sus nudillos. Un gesto aparentemente cortés.

Pero entonces lo sintió. La punta de su lengua, cálida y húmeda, le rozó la piel apenas un instante, tan rápido que pudo haberlo imaginado. Pero no. Había sido completamente real.

Veyra contuvo un escalofrío, sus escamas tensándose bajo el vestido. ¿Qué demonios pretende?

Theron se separó deprisa, como si nada hubiera pasado, y sus grandes ojos color café brillaron con algo que ella no logró descifrar.

—Disculpa la prisa, debo asistir a una junta importante —dijo, como si no acabara de cruzar una línea invisible—. Descansa, Veyra. Mañana habrá tiempo para conocernos mejor.

Y con eso se retiró, dejándola plantada en mitad de la habitación, con la mano todavía caliente allí donde sus labios y su lengua habían estado.

***

Cada encuentro con Theron en los días siguientes se convirtió en una tortura exquisita. El rey humano, tan frágil e insignificante en apariencia, resultó ser un maestro en el arte de la provocación silenciosa. Sus toques eran como pinceladas de fuego sobre la piel: sutiles, calculados, deliberados.

Esa tarde le había obsequiado un collar de oro engastado con un diamante tallado en forma de lágrima.

—Para que brilles aún más de lo que ya brillas —murmuró, colocándose detrás de ella frente al espejo.

Veyra contuvo el aire cuando los dedos del rey deslizaron la joya por su cuello y las yemas rozaron, con demasiada familiaridad, la parte alta de sus pechos, justo donde las escamas más finas se fundían con la piel suave.

—Maldito humano —gruñó entre dientes, pero no lo apartó.

Theron solo sonrió, como si supiera con exactitud el efecto que tenía sobre ella.

—Siempre tan fogosa, mi dragona —susurró cerca de su oreja, tan bajo que solo ella pudo oírlo.

Pero la cosa no terminaba ahí. En los banquetes, el pie del rey se deslizaba contra el suyo bajo la mesa, manteniendo el contacto hasta que ella lo apartaba con brusquedad. Al cruzarse en los pasillos, su codo le rozaba el costado como por accidente, siempre acompañado de una mirada que decía lo contrario. En las reuniones del consejo, sus dedos se posaban demasiado tiempo sobre su muñeca al entregarle documentos, como si disfrutara sintiendo cómo se le aceleraba el pulso.

Veyra odiaba que esos pequeños contactos la perturbaran. Odiaba que su cuerpo reaccionara antes que su mente. Odiaba que, en sus sueños más privados, ya no imaginara estrangularlo, sino sentir esas manos hábiles explorando mucho más que sus escamas.

***

La ceremonia fue impecable. Los votos, recitados con precisión. Los invitados, embelesados por la unión simbólica entre dragones y humanos. Pero Theron no siguió el guión.

En mitad del banquete, su mano recorrió el muslo de Veyra bajo la mesa, los dedos dibujando círculos lentos que la hicieron apretar los dientes. Durante el baile, su abrazo fue más posesivo de lo necesario, su cuerpo pegado al de ella, dejando claro que allí no solo se bailaba. Y luego, en un descuido de los presentes, le robó un beso. No uno casto, sino húmedo y profundo, con lengua y dientes, como si ya tuviera derecho a tomarla.

Las puertas de los aposentos nupciales se cerraron por fin. La habitación estaba iluminada por velas, el aire pesado con el aroma del incienso. Theron se reclinó contra el dosel de la cama, observándola con esa mirada que la hacía sentir desnuda antes de tocarle siquiera una escama.

—¿Vas a quedarte ahí parada toda la noche? —preguntó, deslizando una mano sobre las sábanas de seda.

Veyra respiró hondo, sintiendo el calor acumulado de semanas de provocaciones.

—Pareces muy seguro de que voy a obedecer —gruñó, avanzando hacia él con paso deliberado, las garras brillando a la luz de las velas.

Theron no se inmutó. Solo sonrió, desafiante.

—No es obediencia lo que busco —susurró—. Es que admitas lo que ya sabes.

Ella lo agarró por el cuello de la túnica y lo arrastró hacia sí.

—¿Y qué es eso, mi rey? —el título sonó a burla, pero su voz tembló cuando él deslizó una mano por su costado, directo a la base de su cola, donde las escamas eran más sensibles.

Theron rió, bajo, como un lobo que por fin atrapa a su presa. Entonces, sin prisa, desabrochó su propia bata y dejó caer el tejido al suelo.

Veyra esperaba ver un cuerpo frágil, huesos delgados, la debilidad que tanto había despreciado. Pero no. Theron era esbelto, sí, aunque cada músculo estaba tallado con precisión y cicatrices antiguas le cruzaban el torso. Y en sus ojos brillaba esa chispa oscura, hambrienta, que por fin dejaba ver al depredador que siempre había sido.

—De rodillas —dijo, y ahora su voz goteaba dominio—. O tendré que ponerte ahí yo mismo.

Veyra lo miró, sus pupilas reptilianas contraídas en finas líneas doradas, el fuego ardiendo bajo sus escamas. ¿Cómo se atreve? ¿Cómo se atreve este humano a darme una orden? Y, sin embargo, con un gruñido que era mitad advertencia y mitad rendición, dobló las rodillas.

Theron exhaló, satisfecho, y avanzó hacia ella.

—Bien —murmuró, tomándole el mentón entre los dedos—. Ahora ábreme esa boca que tanto me ha insultado.

Ella obedeció, y él no tuvo piedad. Sus manos se enredaron en el cabello de Veyra, guiándola con firmeza, marcando un ritmo que ella no controlaba. Cada vez que intentaba cerrar los ojos, los dedos del rey se tensaban en su pelo y la obligaban a mirarlo, a ver cómo disfrutaba, a ver cómo ganaba.

Y lo peor era que su cuerpo respondía: el calor en el vientre, la humedad entre las piernas, la manera en que sus propias garras se clavaban en los muslos de él no para alejarlo, sino para sostenerse.

—¿Te gusta, dragona? —Theron sonrió, soberbio, notando cómo temblaba bajo su control—. ¿O vas a seguir fingiendo que no es esto lo que querías?

Ella no podía responder. Solo podía sentir el sabor de él en la lengua, la presión de sus dedos imponiendo el compás, la manera en que su propio aliento se entrecortaba entre sonidos ahogados.

***

Theron la levantó del suelo y la tendió sobre las sábanas. Le retiró el vestido y la ropa interior con calma, hasta dejarla expuesta: cada curva, cada escama, cada temblor al descubierto bajo sus ojos hambrientos.

Sus dedos pellizcaron los pezones de Veyra, tirando de ellos hasta arrancarle un gemido áspero. Después su boca tomó el relevo, chupando y mordisqueando la punta hasta que ella arqueó la espalda, las garras hundidas en la seda.

—¿Te gusta? —murmuró él contra su piel, el aliento caliente sobre su pecho—. ¿O prefieres que pare?

Ella no respondió. No podía. Entonces los dedos del rey bajaron, no con timidez, sino con la confianza de quien sabe exactamente lo que busca. Un roce suave al principio, solo para sentir cómo temblaba. Luego un círculo lento alrededor de ese punto que la hizo gemir.

—Te devolveré el favor, mi reina —susurró, antes de hundir la lengua en ella como un hombre sediento.

Veyra gritó, las caderas empujando hacia adelante por instinto, pero las manos de Theron la sujetaron con firmeza, obligándola a quedarse quieta mientras él bebía de ella. Su cuerpo se tensó como un arco a punto de romperse, las escamas brillando bajo una fina capa de sudor.

Theron se incorporó, la guió contra el colchón y se hundió en ella con un movimiento firme. Veyra gimió, un sonido a medio camino entre la protesta y la entrega, las garras desgarrando las sábanas.

—Dilo —exigió él, la respiración pesada pero controlada—. Dime que esto es mío.

Veyra negó con la cabeza, pero su cuerpo temblaba bajo el suyo, las piernas cerrándose en torno a él sin querer.

—Nunca —gruñó, aunque la voz le falló cuando él rozó ese punto interno que la hizo ver estrellas.

Theron sonrió, salvaje, victorioso.

—Tu boca miente —murmuró, acelerando el ritmo—. Pero tu cuerpo dice la verdad.

Veyra ya no podía pensar. El mundo se había reducido a calor, movimiento y esa voz profunda que la arrastraba más hondo. Cada embestida era más intensa que la anterior; sus gemidos eran roncos, desgarrados, pero sus caderas se levantaban para encontrarlo incluso cuando su orgullo se negaba.

—Para… —jadeó, pero la palabra sonó falsa hasta para sus propios oídos.

Theron no se detuvo. Se inclinó sobre ella, sudoroso, hermoso en su dominio.

—Miente mejor, mi reina.

Entonces la tomó de las caderas y la giró, colocándola sobre las manos y las rodillas, hundiéndose en ella desde atrás. Veyra gritó, la cola enroscándose alrededor del muslo de él, las palabras desvaneciéndose en sonidos que ni ella misma reconocía. El placer y la rabia se confundieron hasta que dejó de distinguirlos, y cuando el clímax la atravesó, lo hizo gritando un nombre que se había jurado no pronunciar.

***

La primera luz del alba se filtró por los altos ventanales, pintando los cuerpos entrelazados de oro pálido y sombra. Theron la besó, ya no como el amo que había sido durante la noche, sino con algo casi parecido a la ternura.

Veyra era un mapa de la conquista: marcas violáceas en el cuello, en los pechos, en el interior de los muslos. Huellas de dientes en los hombros. Y, sobre todo, un cansancio que le pesaba en los huesos como nunca antes.

—Duerme —susurró él, atrayéndola contra su pecho, como si no fuera la misma bestia que la había doblegado una y otra vez.

Demasiado agotada para luchar, ella cerró los ojos. Pero ni siquiera en el sueño hubo paz. Soñó con un ejército de Therons infinitos, todos con esos ojos color café hambrientos, esas sonrisas que prometían placer y desafío a partes iguales.

Nunca escaparás, le susurraban, mientras manos incontables la recorrían. Y lo peor de todo: en el sueño, ella no luchaba. Arqueaba la espalda, gritaba su nombre, lo atraía más cerca.

***

Despertó al caer la noche, desorientada por el sueño profundo. La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por el resplandor de las velas. Su cuerpo, que había sido un lienzo de placer y rabia, estaba ahora limpio, perfumado, envuelto en sábanas frescas. Y frente a ella la esperaba un banquete digno de una reina: carnes asadas y humeantes, frutas exóticas cortadas en formas delicadas, postres bañados en miel, una jarra enorme de ponche especiado y un barril de cerveza oscura, su favorita.

Pero lo que de verdad llamó su atención fue Theron, dormido, envuelto en una sábana como un niño satisfecho, con una sonrisa boba estampada en el rostro.

Algo en Veyra estuvo a punto de estallar. ¿Cómo se atreve a descansar así, tan tranquilo, después de todo? Sus garras se tensaron. El fuego le ardió en la garganta, listo para escupir. Podía reducirlo a cenizas en ese mismo instante.

Pero entonces el aroma de la comida le llegó a las fosas nasales y su estómago rugió. Con un gruñido derrotado, se dejó caer al suelo, una pierna doblada contra el pecho y la otra estirada. Se llevó una enorme pieza de carne a la boca y la desgarró con furia, como si fuera el cuello de él. Con la otra mano levantó la jarra de cerveza y bebió a grandes tragos, dejando que el líquido ámbar le resbalara por la barbilla y se mezclara con un par de lágrimas silenciosas.

A la mierda las etiquetas. A la mierda los modales.

El alcohol no apagaba el fuego que llevaba dentro; solo lo avivaba. Porque la verdad era simple y la quemaba más que cualquier llama: Theron la había doblegado. No solo el cuerpo, sino el orgullo, el linaje, todo lo que alguna vez la hizo sentir invencible. Y lo había hecho no por la fuerza, sino porque, en algún punto entre la furia y el placer, algo dentro de ella se había rendido.

No lo arañó. No lo escupió. No lo incendió. Solo se arrastró de vuelta a la cama, lejos de él, y lo observó. La sonrisa de Theron seguía allí, tonta y satisfecha, como si ya supiera que, al final, ella siempre volvería. Y eso la quemaba más que ninguna otra cosa.

***

Pasó el tiempo. Una noche, en la habitación ancestral de Veyra —paredes talladas con runas de dragón, armaduras de sus antepasados brillando en la penumbra—, el contraste resultaba brutal: allí, donde una vez había sido princesa, ahora aguardaba la palabra de un rey humano.

Theron se desabrochó el cinturón con lentitud deliberada, el cuero crujiendo como un latigazo en el silencio. Sus ojos color café, siempre tan desconcertantemente calmados, no se apartaron de ella.

—Dije… de rodillas.

Veyra le sostuvo la mirada, los músculos de la mandíbula temblando. Por la ventana abierta entraba el aroma de la hierba de las montañas y el eco lejano de los cantos de celebración. Esta guerra es solo nuestra. Sus rodillas golpearon el suelo de piedra. Frío. Duro. Humillante.

—Buena chica —murmuró él, acariciándole la mejilla con el dorso de los dedos.

Ella apartó la cara, las escamas del cuello erizadas.

—No soy tu maldito perro.

Theron sonrió, un destello de dientes en la oscuridad.

—No —su mano se detuvo en la barbilla de ella—. Eres algo mucho más valioso.

Cuando terminó, Veyra mantuvo la mirada mientras se limpiaba los labios con la lengua, despacio. Un acto pequeño. Una victoria minúscula que él le permitió saborear.

—Siempre tan brava —musitó Theron, arrodillándose frente a ella para besarle la frente, un gesto inesperadamente tierno. Entonces sus dedos se deslizaron entre las piernas de ella y la encontraron empapada—. Y, sin embargo, sabes perfectamente quién manda.

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Comentarios (5)

LecturaDeNoche

Que relato tan diferente a lo que suelo leer aca. Me engancho desde el principio, no pude parar hasta el final. Tremendo!!!

DrakoFan_21

Por favor que haya una segunda parte, quede con demasiadas ganas de saber como sigue esto entre los dos

Monika40

me encanto el planteo, una protagonista que no esperaba lo que encontro... se nota que le pusieron creatividad de verdad. Sigue escribiendo asi!

Rolo_03

jajaja el giro del comienzo me mato. tremendo!

SoledadBaires

Que bueno encontrar algo con fantasia mezclada con lo erotico. Me recordo a unos libros que lei hace tiempo, ese mismo clima de tension bien construido. Muy logrado.

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