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Relatos Ardientes

Mi fantasía con otra mujer se sintió tan real

Me da risa lo curiosos que son. Algunos me andan preguntando qué pasó la noche siguiente a aquella en que le di a mi marido el mejor masaje de su vida, y la verdad es que los voy a dejar con las ganas. Hay cosas que una se guarda. Pero a cambio les voy a contar otra, una que ni siquiera pasó del todo, y que sin embargo me dejó temblando durante días.

Tengo que explicar algo primero. Soy bastante tímida con casi todo el mundo. Me cuesta sostener una mirada demasiado tiempo, me sonrojo por nada, y cuando alguien me dice un piropo bajo la cabeza y cambio de tema. La única persona con la que dejo de ser así es Bruno, mi marido. Con él me suelto entera, sin pudor, sin pensar en lo que está bien o mal. Es el único hombre con el que aprendí a desatarme de verdad.

El problema empezó una tarde aburrida. Bruno estaba de viaje por trabajo y yo me quedé sola en casa, sin nada que hacer. Por curiosidad, más que por otra cosa, me puse a ver algunos videos en el teléfono. Y entre todo lo que pasó por la pantalla, hubo uno que se me quedó pegado: dos mujeres, sin prisa, mirándose como si tuvieran todo el tiempo del mundo. No podía dejar de pensar en eso.

Desde entonces se me metió en la cabeza un deseo raro, nuevo, que nunca antes había sentido con tanta fuerza: quería estar con otra mujer. No con cualquiera, ni en cualquier parte. Era una idea difusa, una textura, una boca. Y lo curioso es que se me coló hasta en los sueños.

***

Una de esas noches soñé algo tan vívido que todavía me cuesta creer que no fue real.

Estaba sentada en un banco de la plaza que hay cerca de mi casa, esa de los plátanos viejos donde la gente lleva a los perros por la tarde. El sol caía de costado y me acariciaba el brazo desnudo. Era una tibieza tan agradable que me hizo cerrar los ojos un segundo, y al abrirlos ella ya estaba ahí, parada frente a mí, con el sol a la espalda.

Era una mujer de cuerpo generoso, de esos que llenan la ropa sin pedir permiso. Llevaba un vestido liviano de color claro y el pelo recogido con un par de mechones sueltos pegados al cuello por el calor.

—Perdoná —me dijo—. ¿Conocés algún lugar cerca para tomar algo fresco a esta hora?

Me acordé de que en la esquina habían abierto un local pequeño donde vendían unos batidos de crema con mucho hielo. Le señalé hacia allá y le expliqué cómo llegar. Ella me agradeció con una sonrisa y empezó a alejarse.

No sé de dónde saqué el valor. Yo, que me sonrojo por nada, le grité:

—¿Querés que te acompañe?

Se dio vuelta despacio. Me miró de arriba abajo, sin disimular, y sonrió de un modo que no tenía nada de inocente.

—Tardaste bastante en pedirlo —dijo.

Agarré mi bolso y crucé la plaza casi corriendo, como si tuviera miedo de que desapareciera. Cuando llegué a su lado me di cuenta de que tenía los labios más carnosos que había visto en mi vida. Quise besarlos ahí mismo, en plena calle, pero había demasiada gente alrededor y me contuve. El solo hecho de contenerme ya me estaba calentando.

***

Caminamos las dos cuadras conversando de cualquier cosa y llegamos al local. Pedimos dos batidos y nos sentamos junto a la ventana. Recién entonces nos presentamos. Ella se llamaba Renata.

Me preguntó a qué me dedicaba. Le dije la verdad: que por ahora no trabajaba, que me ocupaba de la casa y de mi marido, y que a veces me aburría tanto que terminaba inventándome historias en la cabeza. Ella se rió con eso, como si supiera exactamente de qué le hablaba.

—Yo soy secretaria —me contó—. O era. En el último trabajo no me fue muy bien.

Le pregunté qué había pasado y me lo contó sin vueltas, removiendo el hielo con la pajita. Su jefe le venía pidiendo favores que no figuraban en el contrato, y a ella, me confesó, tampoco le molestaban tanto. El asunto terminó el día en que la esposa del hombre apareció sin avisar y los encontró en una situación difícil de explicar. La mujer exigió que la echara en el acto, y el tipo, para no seguir discutiendo, lo hizo sin pensarlo dos veces.

—Así que acá me ves —dijo, encogiéndose de hombros—. Buscando trabajo y tomando batidos con desconocidas.

Me dio pena, y a la vez me dio una excusa. Le dije que conocía gente, que tal vez podía ayudarla, y que me pasara su número. Saqué el teléfono para anotarlo y, con los nervios, se me resbaló de las manos y cayó debajo de la mesa, casi a sus pies.

Me agaché a buscarlo. Y ahí abajo, en la penumbra del mantel, me quedé un instante más de lo necesario. Tenía las piernas cruzadas, firmes, brillantes por el calor. Sin pensarlo, le pasé la mano por la rodilla y subí apenas unos centímetros por el muslo.

Arriba, Renata soltó una risa baja, una risita que me erizó la piel entera. Sentí cómo me humedecía de golpe, y me senté de nuevo con la cara ardiendo, segura de que se me notaba todo.

—¿Lo encontraste? —preguntó, mordiéndose el labio.

—Sí —mentí, porque ni me acordaba del teléfono.

Acerqué mi silla a la suya, todo lo que pude, para sentir su perfume. Llevaba una loción dulce, cálida, que se me quedó en la nariz. Y entonces, sin reconocerme a mí misma, le solté:

—Tengo una fantasía desde hace días. Quiero estar con una mujer. ¿Te animarías a estar conmigo?

Renata no se sorprendió. Apoyó la mano sobre la mía, encima de la mesa, y me dijo que por supuesto. Es más, añadió, lo del batido había sido un pretexto. Me había visto desde el otro lado de la plaza y se había acercado solo para tener una razón de hablarme.

***

Yo no entiendo mucho de hoteles ni sé a dónde se va para estas cosas, así que dejé que ella me guiara. Caminamos unas cuadras más y entró sin dudar a un edificio discreto, de fachada gastada. No era lujoso, pero el cuarto estaba limpio y ordenado, con las cortinas pesadas que dejaban la habitación en una media luz agradable.

En cuanto cerró la puerta, no le di tiempo a hablar. Me abalancé sobre esa boca que me había tenido obsesionada desde la plaza y la besé como si llevara años esperándola. Ella respondió enseguida, con una calma que me desarmaba, dejándome marcar el ritmo.

Le bajé el cierre del vestido y la tela cayó hasta su cintura. No llevaba mucho debajo. Me quedé mirándola un segundo, sin saber por dónde empezar, y después me incliné y empecé a recorrerla con la boca, lento, mordiendo apenas, escuchando cómo su respiración cambiaba. Cada vez que se le escapaba un sonido, yo apretaba un poco más, igual que cuando Bruno me hace temblar a mí. Era raro y maravilloso reconocer mis propias reacciones en el cuerpo de otra.

Después llegó su turno. Me empujó con suavidad hasta sentarme en el borde de la cama y se arrodilló frente a mí. Empezó por el cuello, bajó por entre mis pechos, por el vientre, dejando un rastro tibio de besos hasta llegar más abajo. Yo ya estaba tan excitada que el primer roce de su lengua me sacudió entera. Abrió mis piernas con las manos, sin apuro, mirándome a los ojos todo el tiempo, y esa mirada me daba más vértigo que cualquier otra cosa.

Lamía despacio, jugaba, se detenía justo cuando yo creía que no aguantaba más. Me sostenía al borde con una paciencia que me hacía gemir y pedirle que no parara. Cuando por fin cedió, el orgasmo me llegó con una fuerza que no recordaba haber sentido así, tan rápido, tan sin defensas. Tanto había fantaseado con ese momento que mi cuerpo no supo esperar.

Apenas recuperé el aliento, la giré sobre la cama. Quería devolverle lo mismo, sentir lo que ella había sentido en su boca. Bajé entre sus piernas y la besé con la misma lentitud con que ella me había torturado a mí. Renata se aferraba a las sábanas, arqueaba la espalda, repetía mi nombre en un susurro entrecortado. Seguí hasta que la sentí tensarse del todo y dejarse ir con un grito que me llenó de orgullo, como si acabara de aprobar un examen que nunca había dado.

Nos quedamos tiradas, enredadas, riéndonos de la nada. Le dije que nunca había hecho algo así, que ni sabía que era capaz. Ella me acarició la cara y me dijo que se notaba, y que justamente por eso le había gustado tanto.

***

Y entonces sentí un peso sobre el pecho.

Algo tibio, vivo, que subía y bajaba con mi respiración. Abrí los ojos despacio, todavía con el corazón golpeándome las costillas, y me encontré con dos ojos verdes mirándome muy de cerca. Era Mishka, mi gata, que se había acomodado a dormir justo encima de mí.

Tardé unos segundos largos en entender. La plaza, Renata, el hotel, los labios carnosos: nada de eso había pasado. Estaba en mi cama, totalmente empapada en sudor, con el camisón pegado al cuerpo y las piernas todavía temblando. Había sido un sueño. El sueño más real que tuve en mi vida.

Giré la cabeza. Bruno seguía dormido a mi lado, de espaldas, respirando hondo, sin enterarse de nada de lo que su mujer acababa de soñar a centímetros de él. Me dieron ganas de despertarlo, pero me quedé quieta, escuchando mi propia respiración volver a la normalidad.

Aparté a Mishka con cuidado y me quedé mirando el techo en la oscuridad. Todavía sentía el perfume dulce de aquella loción inventada, todavía me ardía la piel donde una boca que no existe me había recorrido.

Ahora tengo una duda que no me deja en paz, y por eso se las cuento. Si soñarlo se sintió así de intenso, ¿cómo sería de verdad? Me pregunto si me animaría, si algún día cruzaría esa plaza de los plátanos buscando a una desconocida de labios carnosos, o si esto va a quedar siempre del lado de los sueños. No lo sé todavía. Lo único que sé es que la curiosidad, una vez que se despierta, ya no se vuelve a dormir.

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Comentarios (4)

PattyLeeds

Que relato tan lindo, me llego al corazon. Se siente muy real y honesto

Miriam_BA

Por favor una segunda parte! Me quede con tantas ganas de saber que paso despues con esa desconocida :)

Gonza_cba

Increible, lo leia y no podia parar. Muy bien escrito

Valeria_86

Me recordo a algo que me paso en el colectivo hace tiempo... esas miradas que lo dicen todo sin decir nada. Lo describiste perfectamente

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