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Relatos Ardientes

Me quité la ropa interior en plena notaría por él

Ya habíamos tenido suficientes encuentros como para saber que lo nuestro no era algo que pudiera apagarse con la voluntad. Cada vez había sido mejor que la anterior, y eso me tenía completamente perdida por ese hombre. Bastaba con estar cerca de él para que el mundo se detuviera, para que todo lo demás se volviera ruido de fondo. Conseguía algo que nadie había conseguido antes: que solo existiéramos él y yo, aunque estuviéramos rodeados de gente.

Esa mañana volvería a verlo, y yo estaba nerviosa como cada vez que sabía que iba a tenerlo a escasos centímetros. No era un nerviosismo desagradable. Era esa anticipación que se instala en el estómago y baja, lenta, hasta convertirse en otra cosa. Me había prometido mantener la compostura. Ya sabía, antes incluso de salir de casa, que esa promesa no iba a durar.

Elegí un vestido nuevo, de color verde botella, ajustado en la cintura y con un escote discreto que insinuaba sin enseñar. Lo combiné con unas sandalias de tacón a juego y dediqué más tiempo del necesario a maquillarme. Mientras me miraba al espejo, me di cuenta de que me estaba arreglando para él, solo para él, aunque la cita fuera, en teoría, un trámite de lo más aburrido.

La firma era a las doce en punto, en la notaría del centro. Mateo cerraba la compra de su nueva casa y yo lo acompañaba. Una excusa perfecta, envuelta en papeles oficiales y apretones de manos formales.

***

Llegué cinco minutos antes y ahí estaba él, esperando en la puerta. No estaba solo: lo acompañaba su madre, una mujer elegante de sonrisa amable que me recibió con dos besos y un comentario sobre lo guapa que iba. Le devolví la cortesía, pensando para mis adentros que, si aquella señora encantadora supiera la mitad de lo que su hijo y yo hacíamos cuando nadie miraba, la sonrisa se le congelaría en la cara.

Cuando le di los dos besos de saludo a Mateo, dejé que mis labios rozaran apenas su mejilla. Sentí el aroma de su perfume, esa mezcla de madera y cítrico que se me había quedado grabada, y las cosquillas de su barba contra mi piel. En ese instante, con la cara pegada a la suya, me apretó la mano. Solo eso. Una presión breve, casi imperceptible para cualquier observador.

Para mí fue como una descarga. El hormigueo me recorrió entera, igual que cada vez que su piel tocaba la mía, y tuve que respirar hondo para que no se me notara en la cara.

***

El notario nos hizo esperar. Nos sentamos los tres en una pequeña sala con sillas de cuero y una mesa de cristal, su madre charlando animada sobre cortinas y muebles, ajena por completo a la corriente eléctrica que circulaba entre su hijo y yo. Yo asentía, sonreía, fingía interés, pero por dentro estaba en otro lugar.

Entonces el móvil vibró en mi regazo.

—Estás demasiado guapa —leí—. Deja de mirarme así, me estás provocando.

Levanté la vista un segundo, lo justo para encontrarme con sus ojos, y volví a la pantalla.

—No te miro de ninguna manera —escribí.

—Sí lo haces, y lo sabes. ¿Estás nerviosa?

—Un poco.

—¿Qué llevas debajo del vestido?

Dudé. Sentí cómo me ardían las mejillas mientras tecleaba la respuesta.

—Un tanga negro.

La respuesta llegó casi al instante, una sola palabra que me cortó la respiración.

—Lo quiero.

Lo miré. Me sonrió, despacio, con esa seguridad insoportable que tenía. Y yo, que había salido de casa decidida a comportarme, me levanté de la silla.

—Discúlpenme un momento, ahora mismo regreso —dije, con la voz más serena que pude fingir.

Su madre asintió sin darle importancia. Mateo no apartó la mirada de mí ni un segundo.

***

¿Qué estás haciendo? ¿De verdad vas a hacerlo?

Caminé por el pasillo hacia el baño de mujeres preguntándomelo a cada paso, pero los pies no me obedecían a la razón. Me excitaba demasiado todo aquello: el juego, el riesgo, la idea de que él controlaba cada movimiento desde su silla sin levantar siquiera la voz. Quería seguirle el juego. Quería ganar.

Cerré la puerta del baño, me apoyé en el lavabo y me miré en el espejo. Tenía las pupilas dilatadas y un rubor que no era del maquillaje. Me subí el vestido despacio, deslicé el tanga por las piernas y, antes de pensarlo dos veces, lo colgué del pomo interior de la puerta. La tela negra balanceándose ahí, ridícula y atrevida, me arrancó una risa nerviosa.

Volví a bajarme el vestido. La tela me acariciaba directamente la piel, y esa sensación de no llevar nada debajo me puso la carne de gallina. Salí del baño con el corazón latiéndome en la garganta.

***

Regresé al despacho intentando aparentar normalidad, aunque cada paso me recordaba lo que acababa de hacer. Cuando abrí la puerta, noté que Mateo se incorporaba un poco en su asiento, expectante, intentando leer en mi cara hasta dónde había llegado el juego. Me senté con las piernas muy juntas y le escribí sin mirarlo.

—Lo tienes colgado en el pomo del baño de las chicas.

Vi cómo leía el mensaje. Sonrió, se pasó la lengua por el labio inferior y se puso de pie.

—Voy un momento al baño, este notario se hace esperar —dijo a su madre, que apenas levantó la vista.

Lo seguí con la mirada hasta que desapareció por el pasillo. Unos segundos después, el móvil volvió a vibrar.

—Qué bien huele esto —escribió desde allí.

Me mordí el labio para no reírme. Imaginarlo en aquel baño, con mi ropa interior en la mano, me provocó un calor que me subía por el pecho. Cuando volvió, abrió la puerta del despacho justo a tiempo de pillarme sonrojada y sonriendo como una adolescente.

Se sentó a mi lado y escribió:

—¿Cómo estás?

—Cachonda —respondí, sin disimular ya nada.

—Lo quiero comprobar. Gírate un poco hacia mí.

***

Lo hice. Giré el cuerpo apenas, fingiendo acomodarme en la silla, y me coloqué de manera que la mesa de cristal nos ocultaba a medias de su madre, que en ese momento revisaba unos folletos. Sentí su mano deslizarse por debajo del borde de mi vestido, sus dedos abriéndose paso despacio entre mis muslos hasta encontrarme. Tuve que clavar las uñas en mi propia rodilla para no reaccionar.

Sus dedos me acariciaron con una lentitud calculada, justo lo suficiente para volverme loca sin llegar a ningún sitio. Estaba tan húmeda que resbalaban sin esfuerzo, y eso pareció complacerle, porque noté que sonreía sin mirarme. Yo respiraba por la nariz, despacio, conteniendo cada sonido que amenazaba con escaparse.

No puedo aguantar mucho más así.

Lo necesitaba entero. Necesitaba que me tocara sin freno, que me besara, sentir su lengua en mi boca, su cuerpo contra el mío, todo lo que ese maldito despacho con su mesa de cristal y su notario impuntual me impedía tener. Pero lo prohibido tenía su propio sabor, y reconozco que parte de mí no quería que aquello terminara.

Lo que me remató fue verlo retirar la mano con total naturalidad y llevarse los dedos a la boca, lamiéndolos despacio, delante de todos los presentes, como quien saborea algo dulce. Lo hizo sin prisa, mirando hacia la pared, como si nada. No pude apartar los ojos de él. Mi cara y mi cuerpo empezaban a delatarme, y él lo sabía. Me conocía demasiado bien. Sabía exactamente cuánto lo deseaba.

***

Por fin apareció el notario, con su carpeta y sus disculpas por la espera. Nos sentamos los tres, ya formales, y comenzó el desfile de páginas, sellos y firmas. Yo apenas escuchaba; asentía mecánicamente mientras intentaba recuperar el aliento y bajar el calor que me subía por el cuello.

En un momento dado tuve que ponerme de pie junto a Mateo para mostrarle un documento que también necesitaba su firma. Me incliné sobre la mesa, explicándole dónde debía poner sus iniciales, y sentí de nuevo su mano recorriendo el interior de mi muslo. Subía despacio, acariciándome poco a poco mientras yo intentaba mantener la voz firme y señalar la línea correcta del papel.

—Aquí, y también en esta página —dije, y la voz me tembló apenas en la última palabra.

Su mano siguió subiendo, milímetro a milímetro, hasta casi llegar a la ingle. Necesitaba que continuara. Necesitaba que terminara lo que había empezado. Pero cuando se dio cuenta de que la situación estaba a punto de írseme por completo de las manos, de que mi respiración entrecortada empezaba a ser demasiado evidente, retiró la mano de golpe y firmó el documento con una calma exasperante, como si nada hubiera ocurrido.

Volví a mi sitio con las piernas temblando.

***

Cuando todo terminó, nos despedimos en la puerta de la notaría. Su madre se marchaba en su coche, y nosotros teníamos cada uno que volver al trabajo, a fingir que aquella mañana había sido un trámite cualquiera.

Nos dimos los dos besos de rigor, esta vez delante de su madre y de medio personal de la oficina. Aproveché el gesto para apretarle disimuladamente por encima del pantalón, solo para comprobar que no era la única que llevaba toda la mañana al borde. No lo era. Ni de lejos. A escasos centímetros de su oído, le susurré:

—Me encantas.

Lo sentí estremecerse. Subí a mi coche con el corazón desbocado y el móvil ya vibrando en la mano.

—Luego me paso por tu casa a terminar lo que hemos empezado. Quiero comerme entera esa excitación que llevas encima —escribió.

—Deseosa estoy —respondí.

—Te deseo.

—Yo más —escribí, y arranqué el coche sabiendo que aquella tarde no tendría nada de aburrida.

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Comentarios (5)

ManuelGBA

increible relato, me tuvo en vilo de principio a fin!!

FlorenciaR

Por favor seguí escribiendo, necesito saber como termino todo. Quedé con demasiadas ganas jajaja

Karina_Mza

Nunca pensé que una notaria podia ser tan... interesante jajaja. Muy bien narrado

PabloMza77

El escenario me parecio super original, no se me hubiera ocurrido nunca. Muy bueno

Nachito_77

Me recordo a una situacion con mi ex, mucho mas discreta, pero el morbo de estar en publico sin que nadie se entere es igual de intenso. Muy buen relato.

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