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Relatos Ardientes

La mejor amiga de mi madre me enseñó a sentir

Todavía no sé cómo explicar lo que pasó esa tarde. Cuando lo recuerdo, me cuesta separar la vergüenza del deseo, porque las dos cosas llegaron al mismo tiempo y se quedaron pegadas. Tenía dieciocho años y creía conocerme. Resultó que no conocía nada.

La que me enseñó fue Renata, la mejor amiga de mi madre. Se conocían desde la adolescencia, habían crecido en el mismo barrio, y para mí siempre había sido una especie de tía postiza que aparecía en los cumpleaños y se quedaba hasta tarde tomando vino en la cocina. Tenía casi cuarenta años, estaba divorciada, sin hijos, y arrastraba esa certeza tranquila de que iba a llegar sola a la vejez. Veinte años nos separaban. Nunca, ni en el peor de mis insomnios, se me habría ocurrido lo que terminó ocurriendo entre nosotras.

Hay algo que tengo que confesar primero, porque sin eso nada de esto tiene sentido. A los dieciocho yo nunca había llegado al final con nadie. Había salido con un par de chicos, besos, manos torpes en el asiento trasero de un auto, pero jamás había perdido la virginidad y, lo que más me pesaba, jamás había sentido un orgasmo. Ni sola, ni acompañada. Empezaba a creer que algo en mí estaba roto.

La vez que estuve más cerca fue con Tomás, un chico de mi edad, guapo, atento, de esos que parecen sacados de una buena recomendación. Estábamos solos en su casa esa tarde.

—¿Estás cómoda? —me preguntaba cada dos minutos.

—Sí —mentía, aunque por dentro estaba en cualquier parte menos ahí.

Me sentó en un sillón, se arrodilló entre mis piernas, me levantó la falda con una paciencia que no le pedí y me bajó la bombacha por los tobillos. Empezó a lamerme el coño despacio, de abajo hacia arriba, separándome los labios con los dedos, chupándome el clítoris como si supiera de memoria dónde tocar. Hacía todo bien. Ese era el problema. Hacía todo bien y yo seguía mirando el techo, contando las grietas, esperando una señal de mi propio cuerpo que no llegaba.

—Decime qué te gusta —susurró, con la boca todavía brillándole de saliva.

No supe qué responder. No tenía idea de qué me gustaba. Se sacó la remera, se bajó los pantalones y el bóxer, y me quedé mirándole la verga parada, gruesa, tensa contra el ombligo, sin sentir absolutamente nada. Se la agarró con la mano y se la pasó por mis labios, la apoyó en la entrada del coño para probar si estaba mojada. No lo estaba. Insistió con dos dedos, tratando de abrirme, y solo consiguió que me tensara más. Después de un rato largo se incorporó, frustrado, y yo más que él. Como no me humedecí, tampoco lo dejé entrar; estaba segura de que me iba a doler. Esa fue la última vez que me llamó, y lo entendí. Nadie quiere perder la tarde con alguien que parece de piedra.

***

Con mi madre nunca pude hablar de estas cosas. No por mala, sino porque entre nosotras esos temas estaban cubiertos por una capa de silencio que ninguna de las dos sabía romper. Así que un día, casi sin pensarlo, terminé hablándolo con Renata.

Fue en su departamento, una de esas tardes en que mi madre la había mandado a buscarme y nos quedamos solas esperando que ella saliera del trabajo. Renata me preguntó por mi vida, por los chicos, con esa naturalidad suya que no juzgaba nada, y de repente me escuché a mí misma contándole todo. Lo de Tomás. Lo del cuerpo que no respondía. El miedo de estar defectuosa.

—No estás rota —me dijo, y lo dijo tan seguro que casi le creí—. Estás esperando a sentirte segura. Son cosas distintas.

A partir de esa tarde nos vimos cada vez más. Renata se convirtió en mi refugio. Me compraba libros, me recomendaba lecturas, me mandaba cuentas que seguir, me hablaba del placer como quien habla del clima, sin solemnidad y sin morbo. Me explicaba cosas concretas: cómo tocarse el clítoris con dos dedos en círculos, cómo meterse un dedo adentro y buscar ese punto rugoso hacia adelante, cómo aprender a correrse sola antes de pedirle a nadie que te haga acabar. Y yo, que nunca había tenido a quién contarle mis fantasías, empecé a contárselas. Todas. Sin filtros, sin tabúes, segura de que con ella nada estaba mal.

Lo que no calculé fue que esas charlas también la estaban cambiando a ella.

Me lo confesó mucho después, cuando ya no había nada que esconder. Que esas tardes le habían removido cosas que creía enterradas. Que a sus casi cuarenta años, divorciada y resignada, había empezado a sospechar que tal vez su camino estaba al lado de otra mujer. Lo que jamás imaginó fue que esa mujer fuera una chica de dieciocho años. La hija de su mejor amiga.

***

Las palabras tienen un peso que una no mide. Yo le contaba mis fantasías sin darme cuenta de que, al hacerlo, las estaba sembrando también en ella. Y en la soledad de mi cuarto, de noche, empecé a notar que cuando recordaba las cosas que Renata me había contado, el cuerpo que nunca respondía empezaba a responder. Apenas, como un murmullo. Pero estaba ahí. Me metía la mano bajo la bombacha y me encontraba mojada por primera vez, con los dedos resbalando entre los labios del coño, y aunque no lograba correrme, sentía que algo se movía adentro mío que antes estaba muerto.

Después supe que a ella le pasaba lo mismo. Que se masturbaba pensando en mí. Que me imaginaba desnuda, con las tetas al aire y las piernas abiertas, mientras se metía dos dedos y se los chupaba pensando que era mi sabor. Que se acordaba de las veces que habíamos ido juntas a la pileta, o de aquella tarde en que la acompañé a comprar ropa interior y ella, sin que yo lo notara, me miraba más de la cuenta, se fijaba en mis pezones marcados bajo la tela, en la curva del culo cuando me daba vuelta. Sus fantasías eran más amplias que las mías, más detalladas, llenas de cosas que yo ni siquiera sabía nombrar: cómo pensaba comerme el coño hasta hacerme gritar, cómo iba a montarme la cara para que le chupara los labios hinchados, cómo quería hacernos venir juntas frotando concha con concha. La experiencia que a mí me faltaba a ella le sobraba.

El día que pasó no lo hablamos ni lo planeamos. Simplemente había sido imaginado tantas veces que ya parecía haber ocurrido.

Renata me había escrito esa tarde. Una pregunta tonta, si mi madre ya había llegado a casa. Le dije que no, que estaba sola, que volvía recién a la noche.

—Voy para allá —respondió.

Tres palabras. Las leí y se me secó la boca. Algo en el modo en que las escribió me dijo que no venía a tomar el té. Me la sentí ya entre las piernas antes de que tocara el timbre.

***

Le abrí la puerta y no hubo saludo. Me besó antes de que pudiera decir hola, y yo le devolví el beso como si lo hubiera estado practicando toda la vida. No fue un beso suave. Fue de esos que se cobran semanas de espera, con la lengua metida hasta el fondo, mordiéndome los labios, con las manos buscando por debajo de la ropa, apretándome las tetas por encima del corpiño, sin permiso porque ninguna de las dos lo necesitaba.

—Esperá —alcancé a decir, sin aire.

—No —contestó contra mi cuello, y tenía razón.

Me metió una mano por dentro del short y me palpó el coño por encima de la bombacha. La tela ya estaba empapada y ella dejó escapar un gemido ronco al sentirla.

—Mirá cómo me estás esperando —me dijo al oído, con la voz cambiada, más grave—. Mirá lo mojada que tenés la concha.

Nunca nadie me había hablado así. Se me aflojaron las rodillas.

Subimos las escaleras a los tropezones, riéndonos y respirando fuerte al mismo tiempo. Nos fuimos sacando la ropa en el camino, una prenda en cada escalón, como si dejáramos un rastro. Cuando llegamos a mi cuarto ya casi no quedaba nada que sacar. Ella en corpiño y bombacha negros, yo desnuda salvo por las bragas que me arrancó de un tirón en la puerta. No sentí ni una pizca de la vergüenza que había sentido con Tomás. Con él me había escondido. Con ella no quería esconder nada. Le miré las tetas cuando se soltó el corpiño —más grandes que las mías, caídas apenas, con los pezones oscuros y duros— y sentí que se me hacía agua la boca sin haberlo decidido.

Renata me empujó despacio sobre la cama y se quedó un segundo mirándome, de pie, recorriéndome con los ojos antes que con las manos. Me abrió las piernas con una rodilla y se quedó ahí, contemplándome el coño abierto para ella.

—Qué linda concha tenés —murmuró—. Rosada, chiquita. Tengo ganas de comértela hace meses.

—Tranquila —agregó después, con otra voz, más suave—. No tenés que hacer nada. Hoy solo sentí.

Y por primera vez en mi vida obedecí a mi cuerpo en lugar de a mi cabeza.

Empezó por la boca, con un beso profundo y largo, y bajó por el cuello dejándome marcas con los dientes. Se detuvo en mis pechos con una lentitud que me hizo arquear la espalda sin proponérmelo: me chupó un pezón entero, lo apretó entre los dientes, después pasó al otro, tirándomelos, dejándomelos duros y brillantes de saliva. Me lamió el esternón, el ombligo, la línea de vello finita que baja hasta el pubis. Cada cosa que hacía la acompañaba con la voz, me preguntaba en voz baja qué sentía, igual que Tomás aquella tarde, pero esta vez yo tenía respuestas. Esta vez el cuerpo hablaba antes que yo.

—Acá —le pedí, y no me reconocí en el tono—. Renata, por favor, acá.

Bajó entre mis piernas y me abrió los labios del coño con los pulgares, con una calma que me estaba matando. Se acercó tan despacio que sentí su aliento antes que su lengua. Cuando por fin me lamió, lo hizo de abajo hacia arriba, de una sola pasada larga y hambrienta, terminando con un beso apretado sobre el clítoris. Pensé que iba a llorar de puro alivio. No era dolor, no era espera, no era el techo lleno de grietas.

—Qué rica sos —dijo con la boca llena de mí—. Sos dulce, nena. Sos dulce.

Y volvió a hundir la cara. Me chupaba el clítoris con los labios, lo soltaba, lo golpeaba con la punta de la lengua, y cada tanto bajaba a la entrada del coño y me penetraba con la lengua entera, metiéndola y sacándola como una verga chiquita y ansiosa. Me metió un dedo despacio, curvándolo hacia adentro, buscando algo que ella conocía mejor que yo. Cuando lo encontró supe de qué me había estado hablando todos esos meses: un punto rugoso que al presionarlo me hizo levantar las caderas de la cama.

—Ahí —jadeé—. Ahí, ahí, no pares.

Metió un segundo dedo. Después un tercero. Los movía adentro mío en un ritmo constante mientras seguía chupándome el clítoris sin descanso, con una succión pareja que no aflojaba nunca. Era algo que crecía desde adentro y se expandía como una corriente, lento al principio, después imparable. Me apreté los pechos con las manos, me pellizqué los pezones, sentí cómo todo el cuerpo se me tensaba hacia un punto único. Los muslos se me cerraron solos contra su cabeza. La agarré del pelo y se lo tiré sin querer y ella gimió contra mi coño, y esa vibración fue lo que me terminó de romper.

Me corrí. Por primera vez, por fin, supe lo que tantos años había buscado. Fue una onda que empezó en el clítoris, se disparó hacia adentro, me subió por el vientre y me sacudió hasta los dedos de los pies. Solté un grito que no me creí capaz de soltar. Sentí el coño contrayéndose alrededor de sus dedos, apretándolos, mojándolos, y ella los dejó ahí, quietos, sintiendo cómo me iba de a poco.

Los gemidos se me escaparon sin que pudiera contenerlos. No me importó. No me importó nada. Estaba descubriendo que no estaba rota, que nunca lo había estado, que solo me había faltado este lugar, esta persona, esta certeza de estar a salvo.

—Mírame —me pidió Renata desde abajo, con la boca y el mentón brillándole de mi corrida, y yo abrí los ojos y la miré, y eso lo hizo todavía más fuerte.

Todavía temblando, la tironeé hacia arriba. La quería probar. Le busqué la boca y me chupé mi propio sabor de sus labios, y después la empujé para que se sentara sobre mi cara. Ella no lo dudó. Se acomodó a horcajadas encima mío, se sacó la bombacha negra y bajó el coño hasta apoyármelo en la boca. Estaba empapada, tanto o más que yo, con los labios hinchados y el olor fuerte, denso. Saqué la lengua y la lamí sin saber muy bien qué hacía, guiándome por lo que ella acababa de hacerme.

—Así, mi amor —me guiaba, moviéndose despacio sobre mi boca—. Chupame el clítoris. Ahí. Ahí está. Así, mi nena, así.

Le agarré el culo con las dos manos y la apreté contra mí. Ella se empezó a mover, cabalgándome la cara, jadeando cada vez más fuerte. Le sentía el coño palpitar contra la lengua, la saliva y su humedad mezclándose, chorreándome por el mentón. Se corrió a los pocos minutos, con un gemido largo, apretándome la cabeza entre los muslos, y yo seguí lamiéndola hasta que me pidió basta con una risa entrecortada.

Se bajó, se acostó de costado, me abrazó pegando su cuerpo entero al mío. Todavía respirábamos fuerte. Me pasó una pierna por encima y sentí su coño mojado contra mi muslo, y algo se me removió de nuevo, con una urgencia que ya no conocía miedo.

—Otra vez —le pedí sin vergüenza—. Renata, otra vez.

Ella se rió bajito y me trepó encima, poniéndose de manera que su coño se apretara contra el mío. Empezó a moverse, frotándose, y el roce fue una descarga inmediata: clítoris contra clítoris, labios contra labios, resbalándonos por lo mojadas que estábamos las dos. Me agarré de sus caderas y la ayudé a marcar el ritmo. Ella se inclinó hacia adelante para agarrarme una teta con la boca y yo levanté las caderas para encontrarla, y así, tijereadas, empezamos a subir juntas.

—Vení conmigo —me dijo con los dientes apretados—. Vení conmigo, dale.

Y me vine. Otra vez. Y ella conmigo, encima mío, gimiéndome en la boca.

Tan fuerte que ninguna de las dos escuchó el auto en la entrada. Ni la llave en la cerradura. Ni los pasos en la escalera, que después supimos que fueron rápidos porque mi madre venía siguiendo los sonidos desde la planta baja.

La puerta del cuarto se abrió de golpe.

Y ahí estaba ella.

El tiempo se partió en dos. Renata todavía encima de mí con el coño pegado al mío, las dos desnudas, empapadas, yo en pleno temblor, congeladas en una imagen que mi madre no iba a poder borrar nunca. La cara de ella pasó del desconcierto a la furia en menos de un segundo.

—¿Cómo es posible? —su voz era apenas un hilo, peor que un grito—. Yo lo sospechaba. Tantas llamadas, tantos encuentros. ¿Desde cuándo? ¿Desde cuándo andan en esto?

Nadie le respondió. Renata se incorporó despacio, buscando con qué cubrirse, y yo me hice un ovillo contra la pared, con el corazón golpeándome todavía por dos motivos que ya no sabía separar.

Y eso es lo más confuso de todo. Porque esa noche tendría que haber sentido solo vergüenza. La vergüenza de que mi madre descubriera la relación que mantenía hacía semanas con su amiga de la infancia, una mujer veinte años mayor que yo. Y la sentí, claro que la sentí.

Pero por debajo de la vergüenza, terca, imposible de apagar, seguía latiendo otra cosa. La certeza de que mi cuerpo por fin funcionaba. De que algo en mí se había despertado y no pensaba volver a dormirse. De que, pasara lo que pasara con mi madre, con Renata, con todo lo que se venía, yo ya no era la misma chica rota que contaba grietas en el techo.

Todavía no sé cómo explicar lo que pasó esa tarde. Pero si algo aprendí es que el deseo no entiende de planes, ni de edades, ni de quién debería sentirlo por quién. Llega cuando una se siente a salvo. Y a mí me llegó en el peor momento posible, en los brazos equivocados, de la manera más prohibida. Y aun así, no lo cambiaría por nada.

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Comentarios(8)

SofiaR_Baires

Que relato tan sensible... no esperaba que me llegara tanto. Gracias por compartirlo!

LaLectora_92

Increible. Te deja pensando un rato despues de terminar. Tiene algo especial que no tienen muchos relatos de aca.

Patricia_sur

Por favor seguí escribiendo mas cosas asi!! Quede con ganas de saber como siguio todo despues

CamilaCba

excelente!!!

lino40

Me gusto mucho, se siente autentico. No es de los tipicos, tiene algo diferente que no se bien como explicar jaja. Seguí asi.

Miriam_BA

Que buen relato. Me recordo a una situacion parecida que viví hace años... algunas personas aparecen cuando mas las necesitamos. Muy bien escrito.

Vane_ok

Buenisimo! Un poco corto para mi gusto pero muy bien contado. Esperando la continuacion :)

Tomas_R77

El titulo me llamo la atencion y no me decepciono para nada. Muy buen trabajo.

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